La despedida de la mani madrileña del domingo, arengando a tomar cañas y disfrutar hasta la próxima no ha parecido bien a la derecha mediática, que le ha sacado, siempre tan chaflandera, las chullas del desahogo, incoherencia e irresponsabilidad. Con la que está cayendo y esa falta de seriedad. Como si todo el mundo tuviera para vinos de marca.
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O a lo mejor es que preferían un final de fiesta más clásico, con barricadas y cócteles molotov con tropezones (o sea con tuercas) en vez de rubia con o sin, u oxigenada, o sea una clara. Pues anda que si dicen de ir a comerse un codillo. ¿Dónde hubiera puesto el grito la criticona? Ella, históricamente tan gambera después de la misa de doce (nunca antes, que hay que comulgar), equivalente burgués del mitin obrero, que ahora está claro no puede permitirse, ni congeladas, porque tiene que dar al proletariado un ejemplo de austeridad que éste, pertinaz, se niega a aceptar, derrochando en cañas y vermús recios, así, como provocando: pues ahora me voy a tomar tres seguidas y con un plato de forro, por si jode. A ver dónde coño vamos con estos curris, que en vez de irse de lanzas se van de cañas. Si ya lo dijo Marx: nuestros oprimidos –que es un decir, ya que todo el mundo no eructa ni mea igual la cerveza– lo que necesitan es el materialismo científico, pero sin embargo practican el vulgar porque están en una fase inferior de su conciencia. Otra cosa en la que también se equivocaba el buen Karl. La fase inferior de la conciencia viene después, cuando sales del bar y llegas a casa y no aciertas con el mando a distancia (y que hay pulgares como morcillas de Burgos) a poner el canal para ver si sales en el reportaje, y al verlo imposible pones La Sexta porque crees que es lo tuyo. Que es lo malo de ir de manifa. Pero lo peor es que luego no te comprenden, con la lengua tan pastosa que se te pone. Porque el trabajador no es que esté acervozado; es que aspira a disfrutar los fines de semana en familia, en el hogar como oasis en un mundo hostil. Igual que sueña cada vez más con jubilarse, y alejarse del abismo. Es un síntoma del nihilismo que acecha en cualquier gran depresión, fruto de la falta de horizonte. Huir de la muerte que es este gran mutis por la escena que vivimos. Siempre es igual. Y en paralelo con su contrario, el desenfreno, el frenesí del vivir que el mundo se acaba. Apurar mieles y hieles. Cosas de intelectuales burgueses. Ellos, que sólo querían tomarse unas cañas, esa oda a la cotidianidad. La que les ha caído.

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