jueves, 18 de mayo de 2017

Camino de vuelta. La Venta de Mal Abrigo (II)

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.



Las habichuelas, con sangre entran

Los periódicos pasaban de mí como de la mierda. Te podías llevar bien con Ángel (Cuevas), Rosa (Villada) o Cándido (Dacosta). Pero al final el mando correspondiente te la piafaba. Y pizcaspajas las radios, pese a haber ideado un proyecto de comunicación basado en hacer publicidad en las mismas. Podías plantearte toda la indulgencia plenaria que quisieras. A la menor flaqueza, hueco en la loriga que veían, estocada al hígado sin compasión que te lanzaban. Pero lo peores eran los de casa, los del “propio bando”.
Desde el primer momento, los ediles, con el alcalde a la cabeza, no lo tuvieron claro. De acuerdo, era el primer gabinete de comunicación de la historia de Albacete. Pero estaba el miedo a lo desconocido, había nacido de penalti, de padres mal avenidos en una familia desestructurada. Y parido a hostias, ahora se lo tenían que comer con patatas. Y conmigo al frente, que según ellos era una especie de caballo de Troya introducido por ni se sabe (los comunistas señalaban al PSOE; los socialistas a una especie de contubernio socialdemócrata-extraparlamentarios; y los de UCD a la conspiración judeo masónica), constituía un plato indigesto que necesitaba de una urgente prueba de ADN para ingerirlo sin el antídoto a mano.
Imagen del periódico decano entonces,
          del que se acababa de marchar, tras su
        breve paso por él, Tico Medina.
Por si al engendro le faltaba algo, la fórmula de relación contractual era la de 'contrato de servicios', o sea la contratación de una empresa privada (yo) para dar el servicio durante un año. Algo que, buscando la asepsia y no mancharse demasiado, les suponía más impedimento aún, pringándoles más al no depender yo orgánicamente de la corporación.
Todo, pues, ayudaba a los munícipes a desmarcarse del hijo ilegítimo con la postura del padre ausente, viéndose todos como padres putativos y a mí no me mires, en medio de un mar de dudas y críticas soterradas que sólo podían empeorar el funcionamiento de algo que debía basarse obligatoriamente en la comunicación. Un disparate. Lo que se dice un buen ambiente. Y la actitud con que afrontaron el hecho de haberles salido rana, fue la de que un año pasa pronto, una mata que no ha echado, qué le vamos a hacer, ya se irá, y así.
Así pues, si de entrada había ya cierta aprensión, lo siguiente fue el rechazo estentóreo del juguete, poco o nada satisfechos de sus prestaciones. Lo cual era letal para el único objeto de mi contrato: tratar de poner al cabo de la calle al Ayuntamiento, hasta entonces parapetado a la defensiva como una plaza fuerte mal tomada; dar balumbo a lo suyo con anuncios, boletines, programas de radio, notas de prensa, y colocarles a ellos en el centro, no de la política, que ya lo eran, muchas veces para su desgracia, sino de la actualidad que debía pasar por la Casa Consistorial como enclave natural de una sociedad que se pretendía nueva.
No es que se negasen. Pero lo ponían todo en práctica para que no ocurriese, por estar todos convencidos que ya lo hacían de sobra ellos solos, cada uno por su lado. Y por supuesto mucho mejor que conmigo. Así, confiando más en las relaciones personales que cada uno había podido fraguar con los profesionales –a mí aún no me tenían por tal–, se las iban arreglando para ir a su bola, al pairo, cuando no a la deriva, mendigando migajas de unos y otros, que luego se cucaban con los compañeros, como si aquello fuera una competición infantil de cada uno con su pellica, de a ver quién salía más en la foto, ante la sonrisa perpleja tanto de la oposición (que hacía lo mismo) como de los medios.
Visto en perspectiva, la cosa puede explicarse por el maremagnum conceptual transitivo y contra natura, a medio camino entre el corporativismo fascista y la ficción democrática, propio de los recién estrenados políticos, que veían en el cuarto poder el ojo temible del gran vigía aún enfurecido, al que conferían esas cualidades míticas democráticas que negaban con su ductilidad a las instituciones que ellos mismos representaban.
Gracias al cielo, la vida fuera de la política seguía. Así
         en lo taurino. En la imagen dos toreros que no acabaron
         de cuajar (¿como todo?): J.L. Rodríguez y Poveda.
Sus perfiles, filosofía de la vida y actuación partiendo del pasado, sin mucho convencimiento de que el cambio no fuera pasajero (en esto coincidían con los medios), se veían a sí mismos como los que tenían que estar a su servicio y no al revés, que era lo propio del anterior o posterior régimen. Una actitud humillada y sodomita asentada en el falso presupuesto pseudo democrático de aceptación como demócrata de quien no lo es, que encubría una mentalidad estrecha y muy poco plural. 
Y así les iba. Siempre a los pies de los caballos. Aunque, claro está, en privado echasen pestes de la situación tildando aquel status quo como inaceptable. Como mucha otra gente, hacían la transición, que era una larga marcha de un rebaño de acémilas perdido y aturdido, que una vez que se acaba la linde, sigue, sigue y sigue… siempre al son del cencerro lejano de los medios, que se descojonaban viéndolos a su merced, aunque también sobrecogidos por el miedo a no tenerlas todas consigo que da no fiarse de en lo que pueda acabar una situación nueva dada.
Procesión de llevada de la Virgen a la Feria. Algo entonces no
era muy del gusto de la izquierda...
...Aunque acabasen cargando con la cruz.
Todo por el socialismo.
Un bonito panorama del cual, un mejor aventurero que yo podría haber sacado beneficio. Pero no era ese mi destino. Por el contrario, esas actitudes (y mi credulidad relativa en el nuevo mundo mejor) eran las que me hacía andar como puta por rastrojo en busca de información que transmitir (¡) a los medios sobre las cosas relevantes del Ayuntamiento, enterándome por algún colega de que el concejal fulano o zutano ya se había dejado caer con el tema, pero que no lo iban a publicar, porque no tocaba. O simplemente, y ante una información importante, se habían puesto de acuerdo para tapármela antes de dar ellos la exclusiva a cambio de un cuarto de página de publicidad que a ellos les parecía digno de saltárseles las lágrimas y de agradecimiento infinito, persistiendo en aquella red de favores y mercedes que mantenían con mentalidad vernácula. Eso, los socialistas.
Los comunistas, que la tenían, la información, y hasta más importante, no se sentían obligados conmigo en absoluto, y cuando se la pedía, a los típicos regates sociatas añadían la espalda o la callada por respuesta, con zancadilla marca de la casa incluida.
Un clima perfecto para la insidia, que no tardó en cristalizar en frases y consejos varios de Florián Godes y algún otro, que, queriendo hacer de mí un periodista de Pulitzer, me alentaban a que fuera yo el que, como un reportero de la calle, buscase, indagase, inquiriese, y en definitiva jugase a aquel escondite subnormal, para ver dónde se encontraba esa información que tanto deseaba como premio. Y que eso era lo que haría cualquier buen periodista. Como si yo hubiera ido allí de invitado a algún concurso, un reality o algo, y tenía que ganarme la nominación o algo así. Y lo peor es que, como yo tenía asumida desde hacía tiempo esa demencia, y ninguneado como estaba, entraba al trapo y buscaba entre los funcionarios, los periodistas de los medios y otras fuentes, los materiales negados por quien suponía debía dármelos, ya que yo estaba empeñado en dar la talla y que no se dijera. Y en esas, nos adentramos en temporada baja.

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