lunes, 1 de mayo de 2017

Camino de vuelta (y media): La Venta de Mal Abrigo (I)

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.



Las habichuelas, con sangre entran

En el verano de 1981, cuando me puse los manguitos, el periodismo era de otra galaxia. –Siempre lo es en realidad–. Las instituciones iban por detrás de la agenda informativa y no la creaban y gobernaban: la sufrían. Era tal la intemperie mediática de ayuntamientos, diputaciones (incluso la Junta viviría de prestado y hasta itinerante), que me las veía y deseaba para colocar en los periódicos o emisoras locales (¿alguien piensa que si hubiera sido fácil, me habrían contratado?) algo del Ayuntamiento que no fueran las comidillas resabidas, o peor, algo que los concejales no hubieran colocado ya por su cuenta. Lo cual, por increíble que parezca ahora, tenía su explicación, siempre trufada de elementos profesionales, políticos y personales.
Primero, por el ambiente periodístico, pues, al estar saliendo (o no) de un régimen de información y propaganda domesticados, que pese a las reformas, las conversiones, las novedades y los cambios sinceros, seguía tan viciado y podrido –vamos, que seguía–, que hacía impracticable una normalización informativa en condiciones. Que tampoco iba a ser para tanto, visto lo visto después, pues salvo extraños episodios de acomodamiento de las piezas del puzle, siempre ha sido así, y nuestra provincia (o capital, porque el periodismo es un fenómeno urbano) tampoco diferiría de las demás, aunque sí con unas peculiaridades que me gustaría destacar.

En esos momentos ningún medio estaba por la labor de apostar por las instituciones en que no gobernaba UCD. Radio Juventud, emisora del Movimiento apenas reciclada en todos los planos, con Mujeriego a los micros, y Radio Popular, con sus obispos, ya se sabe; o La Voz, el periódico local, que ya hacía aguas y cuya única línea editorial perceptible consistía en buscar un asidero (de billetes) en el oleaje, sin desdeñar ninguno, pero arrimándose a quien entonces asaba las sardinas.
Ramón Ferrando en el Pregón de Feria del 97
Si la SER, que pasaba por cadena liberal (los Garrigues y todo ese rollo) logró parecer más proclive que tibia a lo nuevo, fue por su marketing en ese sentido, y porque eran los únicos que tenían informativos propiamente dichos, que acabaron siendo el último refugio de la divulgación política, y por tanto su negocio.
Y La Verdad, que acababa de perder a su director y hacedor, Ferrando, impulsor y amigo personal de muchos de los nuevos inquilinos del poder local, sucedido por Sánchez de la Rosa, muy ligado al régimen anterior, con cargos (como concejal, no sé por qué tercio, y con mesa reservada durante años después en la Caseta de los Jardinillos), mantenía ese tono hasta cierto punto plural dentro de un orden (eclesial), pero equívoco y taimado, sin acabar de decantarse, escudado en una objetividad profesional muy discutible.
En definitiva, la actitud mantenida en general por sus responsables era borrosa, de manta a la cabeza y madriguera, so pretexto del agobio de las presiones propias de la mucha responsabilidad de la etapa que transitaban, manejándose en una farragosa y unánime equidistancia a lo Bertrand du Guesclin, debido a que sus reflejos condicionados, bien amaestrados para servir a los regímenes fuertes, no acababan de hallarse cómodos en medio de la mudanza, esmerándose en un juego de confusión con el que se hacían valer hasta ver despejadas sus incertidumbres.
Mientras eso llegaba y para cubrir su expediente, se sacaban la espina castigando de vez en cuando, para lo cual solían elegir para machacar (criticar, se dice en eufemismo) a los mensajeros, esto es, a los machacas que íbamos emergiendo en las instituciones para batirnos el cobre con los chicos de la prensa, practicantes expertos de ese doble juego tan característico de enseñarle los dientes al mandado (y eso que se decía que perro no come perro), para llegar con ellos intactos a los postres que los nuevos amos les echaban, tan complacientes ellos, desquitándose de la mala sangre que criaban al tener que soportar la mano en su lomo de sus nuevos señores, con mordiscos a la yugular del personal de servicio.
Núcleo socialista de la 1ª Corporación Democrática, en su
         presentación electoral: Ma. Ángeles López Fuster, Carlos
        Sempere, J.Luis Gil, Manuel Vergara, Salvador Jiménez,
Juan Gómez y Florián Godes.
Esa fue la tónica general entre los que movían los hilos, y (algo) menos de su soldadesca. Hasta que vieron que sus temores a no ser invitados a los toros eran infundados (ése ha sido uno de los miedos atávicos recurrentes de la profesión, y no sólo metafóricamente). Entonces pasaron a alternar sabiamente dentelladas y lengüetazos para, con ese juego preliminar erótico alimentario, conseguir por un precio módico los laureles para las lentejas que suelen acompañar a quien permanece puenteando cacicatos y satrapías. Y con aquel su gran olfato adquirido y bien engrasado para detectar regímenes fuertes y duraderos, en cuanto se olieron que éste podía durar tanto como el anterior, no dudaron en apuntarse mayormente como sus nuevos mentores avant la léttre. Y viendo que podían meter mojada impunemente, se empezaron a abrir de capote. 

Perro come perro, y lo que sea
Cuando yo llegué al negociado, la situación descrita pasaba el ecuador y ya se vencía del lado del relevo de amos. Y mi percepción personal era que un desastre así, en vez de enderezarlo, lo que iba a hacer era masacrarme. 
Pero erraba en todo. Ni era tal desastre, ni aquel era un trabajo hercúleo, ni mucho menos un matadero, ni a mis jefes los trataban tan mal. Otra cosa es que se creyeran los reyes del mambo. Es más, pienso que sin mí les habría ido igual que les fue, si no mejor. Y si dieron el paso de mi contratación fue por estar iniciado el proceso desde principio de año y era mucho peor anular algo en lo que habían estado reticentes, que seguir con los faroles.

Aún así, los munícipes nos estaban esperando como agua de julio (después de haber estado mareando la perdiz durante meses, que ya les valía) para ver de sacar algún producto de su inversión, porque había una serie de cosas a las que, sencillamente, no llegaban. 
Por ejemplo, tenían encima los Festivales y la Feria. Y ahína si nos vimos para salir de aquel atolladero, poniéndose de manifiesto que cualquier cosa servía para avivar la suspicacia, el ya te lo decía yo o la actitud refractaria pura y simple, por parte de ellos, como si hubiéramos llegado tarde aposta. (Y todo, en medio de la citada doblez mediática de dar cera al príncipe y leña al heraldo).
El caso de los Festivales es que fue casi cómico, pues hubo periodistas de pro, con asiento gratis, sin redaños para cuestionar el programa –Pawlosky y Dagoll Dagom, entre otros, tan rompedores de lo que se estilaba en el Parque de los Mártires, que aún se llamaba–, se pusieron a criticar el cartel. Y al enterarse de que era de Turégano, les faltó tiempo para ensalzarlo. Pero con el programa de Feria fue aún peor.
Queriendo introducir ciertas innovaciones (que años después serían pan del día), aceptadas solo a última hora, el alcalde, un político que con un poker en la mano jamás se hubiera jugado ni una caja de Ducados (¿o era Rex lo que fumaba?), al fijarse en los costes le pegó tales recortes que más que en la estacada lo dejó en matascagadas, evidenciando el cutrerío del querer y no poder, y una modestia que aspiraba a ser franciscana y era más propia del tendero de Dickens. Y hubo un conato de escandalera, con puyas contra el papel, indigno del evento, una cosa tan emblemática y cosas así.
Sánchez, tomando (buena) nota, ante J. F. Fernández 
Pero la injerencia que más me chocó fue la de Sánchez de la Rosa, que sin presagiarlo beligerante, se alzó en lápices asaeteándonos con algún churlitazo de tinta sin demasiado fundamento. Porque tocaba. O para ganarse, a su estilo habitual, una nominación como “crítico” muy especial. Cuando con haberle dicho que, de todos los conversos, él era el mejor y el más auténtico, se hubiera derretido de gusto. Como hizo después Juanfra (Fernández), que le dijo ven y lo dejó todo.
Pobre e inconsciente de mí, párvulo aún en tramas, no podía comprender esa fustigación, aparte del antedicho jueguecito plumilla del navajeo/connivencia, como no fuera que entre tribus, lobis y francotiradores le habíamos quitado de la boca y casi sin querer (¿cómo nos atrevíamos?) el caramelo a su apadrinado pupilo preferido. Algo que si le honraba, luego, cuando le conocí mejor y casi alcanzo ese mismo grado en su catálogo, lo llegué a dudar muy mucho, pues en cuestión ya no de amistad, o lealtad, que sería demasiado pedir a un periodista, dejémoslo pues en simple afinidad, no llegaría nunca a destacar ni mucho menos.
Así que nos bautizamos con aguas más que residuales y una marea de morros levantiscos y mucha mohína alrededor.
No pintaba bien. Pero ya se sabía: de no ser eso, hubiera sido otra cosa. Había demasiadas baterías instaladas para que no dieran en la diana al descargar. Y es que nadie, de fuera ni de dentro, esperaba que aquello fuese a durar. Y los medios, los primeros. De modo que su indiferencia y luz de gas eran totales. O mejor dicho, su mezcla de siega de hierba bajo nuestros pies y política de tierra quemada para que no me comiera una rosca y dejarnos, sobre todo a mí, a la altura del betún. E iban por buen camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario