lunes, 15 de mayo de 2017

El corazón de la pirámide


En las sociedades no enteramente occidentales como la nuestra, occidentosos y reconquistados reinos de la nonatalidad, representada su población por ese imago piramidal con michelines de lo fofo prematuro, siempre se está hablando del follón que da ese sector tan bien llamado tren por los gringos, que es el sufijo con sonido de latón discordante con que se designa a la gente de trece a diecinueve y que pensamos son el corazón de la pirámide al que se atribuye, cómo no, mucho ruido, una rotura de silencios natural a un órgano que marca el compás del cuerpo social con el tambor de su alegría de san vito. Todo mentira.

Cosas que queremos creer de día y que pueden quitarnos el sueño a la noche. Las maquinarias de la ficción y la fantasía instaladas en la sociedad para seguir fabricando los mitos utilitarios de cada época, han inoculado esa idea de hacernos percibir esa sección géntica como estrepitosa, jaleante, anárquica, irresponsable y, en fin, caótica, sobre la que hay que despachar kilos de indulgencia, en espera de que acabe su pulido y les comience una fase más asequible. Pero, ¿qué fase?
Llevados por la arrogancia de la frustración justificada en el prejuicio premeditado, tildamos de rebeldes sin causa a todo quisque en la edad representada por James Dean en aquella de Nicholas Ray; muchos, sin haberla visto siquiera. De modo que, si les achacamos el estrépito es debido a nuestra propia modorra; si el jaleo, por nuestra mohína; su anarquía, por nuestro borreguismo, y su irresponsabilidad, por la incapacidad social de transferirles responsabilidades, trabajo y retos y, al fin, el caos, porque simbolizan lo que falla en el falso orden cogido con pinzas que nos autoimponemos una vez agotado el coraje.
De esta forma, lo mismo que generaciones atrás todo eran reválidas para pasar con cuentagotas el fielato de la vida, ahora son prórrogas las que mandan. Lo que se dice dar largas, tan distintas en los distintos lustros sin lustre de ahora. Se trata solo de aplazar la juventud, el emparejamiento y no digamos lo demás, que es para nota, y sobre todo para notas. Así que, repito, ¿qué fase hay que aguardar de ellos?
Los adolescentes, vistos desde el tópico clasificatorio
Esperando esperando, bajo la petulancia de haber pasado ya por esa edad o haberla visto de cerca, que es el colmo, sin haber aprendido apenas nada de ella, se ignora con la suficiencia del cretino viejo que, mientras nuestra espera toma posesión de mejores edades, otros se apropian ya de la tal y para siempre, pues si antes, sustentados en el valor de la autoridad generalizada, iban ganándonos por veredas acotadas, hoy, la permisividad obligatoria, jódida alternativa, nos ofrece el valor de la libertad y la democracia y sus crepúsculos como ayudas a invertir en los nuestros, resultando al final ser simples cebos de Judas para que, 1) El Estado y las instituciones hurten por lo legal el patrimonio familiar o grupal de la educación, formación y control, haciendo de los teen, por todo lo expuesto, eternos preciudadanos, y 2) la publicidad, que es la la única que dispone de estudios reales sobre el ser adolescente, haga de ellos inicuos consumidores de banalidades aburridas y disponga sus neuronas hacia el vacío de por vida. Eso, con suerte.
Mientras tanto, las autoridades se escandalizan del consumo de alcohol y pastillujes, los políticos muestran su pesadumbre por lo arduo de la problemática de esas tribus, los agentes sociales, preocupados por el alto índice de embarazos, abortos o matrimonios no deseados, los gestores por la insuficiencia de sus aportaciones de futuro para mantener las pensiones, la prensa, de su falta de interés por lo que pasa,  partidos y sindicatos, alarmados por su desideologización, y el barrendero, harto de recoger los domingos y fiestas de guardar papeleras destrozadas.
Mucho ruido y pocas nueces, porque: las autoridades malamente irán contra lo que produce recursos, ingresos, la pela; políticos y sindicatos, no esperan el voto de adolescentes que, con pavo y todo y lejos ya de sus voces blancas, ven el parazo que les espera y el morro de todos;  los agentes sociales viven entusiasmados por el memorandum y la estadística, y los gestores, pendientes del arqueo y del 3%. Y aún así todavía hay medios que cree, que a esta gente les interesa qué fue de las Brigadas Internacionales o de la Revolución Cubana. Y el barrendero, bastante tiene.

Mientras esto pasa, una vez descargada, no su ira –que eso ya no se lleva en los adolescentes, tétricamente imbuidos, por si faltara algo, de lo políticamente correcto–, sino más bien su rabia del sábado noche, de origen desconocido, pues ni ellos mismos se saben a ciencia cierta a esa edad, vuelven tan perplejos como salieron, protegidos por las marcas con que únicamente se identifican y abrigan, se meten en su habitación, el que la tenga, y ponen su música  de estruendo para aislarse de todos los embustes de esperanza de una realidad que, como el atrezzo de una mala comedia, urde la telaraña de preocupaciones que desde todas parte gravitan sobre ellos, sin remisión. 
Y así, negociando un silencio ruidoso para sí, dentro de la pirámide, siguen esperando no se sabe qué. Quizás algún ruido por nuestra parte que denote al fin una presencia y esperanza reales rompedoras de silencios enmascarados de estropicio. De todo corazón, puesto que el suyo es el de toda la pirámide y el futuro.

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