sábado, 13 de mayo de 2017

Lo nuestro


Europa es un espacio demasiado hecho al infierno como para admitir que su reinvención (precisamente para huir para siempre de sus avernos) está tarada por el síndrome de Babel, esas rémoras históricas de todo tipo que impiden elevar la nueva torre lo bastante sobre las aguas aniquiladoras del piélago, del diluvio seguro que vendrá.
Y la razón técnica es otro síndrome, el proustiano (hay que joderse) de la búsqueda permanente de una identidad, no perdida sino nunca alcanzada, que, al no poder ser, se acaba refugiando replegada en lo individual, así como por otra parte la doctrina lleva siglos aconsejándonos para que nos conformemos: conócete, búscate, identifícate, sé tú mismo al menos. 
Una exaltación del yo, de uno, y un culto de lo privado e íntimo, tanto más enconada cuando más se necesita lo contrario, el grupo, lo social, y que no es nueva; los culturalistas ya advertían de que esa furia individual por convertir la miseria exterior en riqueza interior, venía incoada por el poder para que cada uno se encierre en el propio campo de concentración creado así para elloLa alternativa, el más de lo mismo, capitalismo, stablishment, o caos, incluso barbarie, no embelesa. 
Así que la disyuntiva se las trae: o huir hacia fuera y adelante, o hacia dentro y atrás; rebozarse en la miseria externa o diluirse en la propia; o fascismo ajeno –la globalización no es más que un eufemismo de la nueva división internacional del trabajo a partir de los 80, y su reparto mundial de mercados, casi inamovibles, que deja sin alternativas reales incluso a países muy desarrollados–, o recrudecer el propio, fundado sobre barreras reaccionarias como el nosotros, la lengua, el estilo de vida, lo identitario, la cultura. Y cada vez peor, pues ambos se complementan y retroalimentan. 
El sistema ya ha saltado hecho pedazos en Francia (algo que se ha vendido como una victoria del mismo), donde ya se admite Le Pen como animal de compañía políticamente correcto. Y aunque en plena decadencia, no se olvide que sigue siendo el gran laboratorio social de un continente cuyas vacunas contra el comunismo están más vigentes que las contra eso que ahora, en el nuevo discurso, se llama soberanismo patriótico o del pueblo. 
Por ahí se empieza, por las palabras, enmascarando su sentido. Y también sabemos cómo acaba. Lo que no sabe nadie es como pararlo. Quizá porque es lo nuestro.

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