viernes, 2 de enero de 2026

Presentismo


La gran carrera de propósitos del año acaba de empezar. Sin muchas novedades, la verdad. Sánchez, con su pertinacia numantina de engarabitarse al gotelé monclovita; Trump, empeñado en ganar el nobel de la paz, aunque sea por conseguir que los niños coman brócoli; yo, deseando que el resfriado se me vaya de una vez, y todos, temblando por tener que devolver, ahora, los regalos de Reyes. 

Y es que, más que año nuevo, esto sigue siendo año gagá. Que es lo que siempre es el año a partir de que te sale pelo ahí. Es como un síndrome de Sansón, pero al revés: es salirte pelo, y perder toda la fuerza que da la ignorancia más ilusa. Y desde ese día te pasas al presentismo más viral. 

Lo cual puede parecer contradictorio con la ensoñación volátil pajillera de la edad del pavo, que no es sino la estrategia, quizá la única posible a esa edad, de huir a ninguna parte una vez atrapado en el presentismo como enfermedad social que lo invade todo. Hasta que te dan un bono cultural -el móvil viene de serie, desde la primera comunión-, y otro para el bus, o consigues un currillo, o te proveen los padres (lo mejor), y entonces pasas a integrarte en el sector recio del presentismo, como un adulto, un tío. 

Y como has aprendido durante años en el cursillo de escasez y onanismo, empiezas a abandonar la ensoñación para vivir el momento, y disfrutar, y dices cosas como la vida son dos días, hay que viajar, date un homenaje, un día es un día, hay que salir, los pobres también tenemos derecho, más vale tieso que sieso, ese compendio de sabiduría superior a Hegel y Sócrates juntos al que se llega desde la más absoluta insolvencia tras renunciar a miles de años de civilización en favor de la huida narcisista hacia adelante más descarada y por lo pobre. Que el mundo se acaba, y maricón el último, dicho sea retóricamente (o no). 

Quizá por eso los viejos vayan los primeros. Y con razón, no solo porque, cuanto más viejo, más pellejo, o porque este sea un país para viejos -es curioso haberse criado en un país de viejos y acabar en otro para ellos pero sin ellos-. Y es que el presentismo es la única alternativa a la misa diaria en la catedral. Y no hay color.