No es casual que
el último gran héroe del fútbol fuese Maradona, coincidiendo casualmente o no con el alargado
fin de este deporte como tal y su conversión en el mayor espectáculo circense del mundo de la mano de su
invasión y apropiación por el gran capital, allá por los 90.
Por esas fechas, el
neoliberalismo entró a saco en los estadios, pero por acá abajo se dio la paradoja de hacer valer esa década como una nueva época heroica, algo meramente anecdótico debido a la coincidencia casi milagrosa de gestas como la de la Quinta del Buitre, un caso tardío en realidad de la época anterior, pero que sirvió para añadir (en falso) esa pátina de reflorecimiento. Aunque fuese un espejismo.
Un espejismo, pues de heroico, al fútbol le
quedaba tres estornudos, tras su toma por el billetal. Y de hecho, algo empieza a pasar, pues comienzan a
jugarlo niños bien, y hasta algún rico. No quiero decir que antes las chequeras
no dominasen el pastel.
Pero, y llámenme romántico, se trataba de un dinero del fútbol que, en comandita con la
fuerza de trabajo salida del barrio, las fábricas, o el campo, eso que una vez
existió llamado proletariado, trasladaban al terreno de juego un tándem como la vida misma,
capital/trabajo, que en el cuadrilátero telúrico de una cancha constituía, dentro y gracias a su propia contradicción de origen, la fórmula magistral para jugarse las
esencias mismas de su ser, su todo o nada, su proyección a futuro, su revolución de cada uno, su emancipación por el paso al
Olimpo, o por la simple pelea de la vida que representaba.
Y todo contra otros ejércitos -pues eso es la cancha, un escenario de guerra, abierta y lo más civil que se pueda-,
dándolo todo, sin miedo a revelarse en sus adentros, pues al campo, al pasto, se va a confesar, a
mostrarse hasta el tuétano cual eres, y sin arrepentirse, sin pleitesía ni penitencias, como debe ser en la aceptación previa de la muerte, que es por lo que el fútbol no es país para falsos ni huevones.
Todo eso ha quedado
usurpado por los fondos soberanos, que les da igual si en Toronto o Chicago no
les suenan de nada los sueños de los niños en los descampados de las eras, sino la
necesidad de falsos mitos y palomitas del presente que venden la épica de baratillo entre
mazacotes de anuncios de chorradas, y como héroe admirable icónico a un Ronaldo
subido al carro de la desmesura triunfal más al uso del relumbrón mediático, y que es como si Ulises, en vez de volver con Penélope hubiese puesto una agencia
de viajes.
Y a eso se le llama nueva épica, épica de masas. De masas para
churros, será. Por no hablar de las árbitros. De colorines. Y asistidas por
VAR. Qué risa. Una figura primordial, la de la autoridad inapelable, obligadamente
patriarcal, casi divina por despótica, y fatal, con el silbato por guadaña y bien de negro, sin la cual, quién coño puede
aspirar a héroe como dios manda. Todo lo más, a Yamal. Otro niño rico.