Lo de Sánchez previniéndonos sobre la extrema derecha no deja de ser de agradecer, desde que la sacó de la irrelevancia en aquellas elecciones andaluzas para joder al PP. Pero no hay nada como lo cotidiano para tomar conciencia. La realidad como gran libro de autoayuda.
Tú vas a Mercadona, por ejemplo, y ves en el lineal las bajoquetas tiernas a 5 pavos y medio -no estamos hablando de kiwis, papayas o mangos, esas chuches introducidas, seguro, por el pijerío ultra para subvertirnos-. Y te caes del burro y te da el flash, la revelación: un atentado así no puede ser obra más que de la extrema derecha. Ni Marruecos, ni la Ursula von der Leyen, ni las Zapatero Sisters. Y más, sabiendo que Roig, con los cuartos que tiene, por lógica debe de ser un facha.
Luego, echas la bonoloto y ves que llevas siete semanas que ni el reintegro. Ya está fallando la igualdad, piensas. Y el lenguaje inclusivo, pues al irte has oído un “estos abueletes progres…”. Y hace nada te denegaron el bono social de la luz. Y ya estás en modo Gila: aquí pasa algo; veo una mano negra…, yo no vuelvo a esta lotería. Me juego lo que sea a que son de Vox.
Y embebido en tu soliloquio, vas y pisas una mierda de perro. Y la vieja sospecha toma forma en tu mente: la extrema derechización de los tenedores de perros (tan obvia en los que te despiertan de madrugada desde el cagadero vecino).
Y al ir a coger el bus, el tío no para. Y te ha visto. Y lo sabes. Con razón dicen que ya se han infiltrado también entre los obreros. (De los autónomos, ni hablemos: el otro día, tu panadero de toda la vida te dejó sin la chapata encargada. Ya decía tu suegra que no te fiaras, que lo había visto en el carnaval vestido de municipal).
Entonces te saluda una que iba para concejala y la echaron por facha de manera dudosa. Y tratas de entenderla, de empatizar, de…, hasta ver que es tu abstinencia de celibato lo que te hace claudicar ante las trampas a tus flaquezas de estos alienígenas extremos, y gritas “¡no, no me convertiréis, atrás. Yo soy rojo y a mucha honra!”. Y suena el móvil.
Ves que es un aviso del banco sobre tus inversiones y, hastiado,
susurras: “estos fachas…”