Recuerdo que en la puta mili no se aceptaba la expresión fila india -ni tanque, ni bazuka- para referirse a una hilera -a un carro de combate, a un lanzagranadas–. Pero si hay una afición patria inconmovible, esa es la fila india, esa inclinación a hacer el indio en hilera a la menor ocasión. Deporte que, lejos de menguar con la implantación de la socialdemocracia como impronta vital, mande quien mande, que era para que ese ya uso social idiosincrático, se hubiera disipado con la relativa abundancia y cierta educación ciudadana. Y no.
Lo cual es todo un signo del mal funcionamiento democrático, de escasez, tanto material como espiritual, como los países socialistas ilustraron siendo potencias olímpicas del asunto, que aquí nos encanta. Es ver a dos presuntos colistas, y ya estás ahí de tercero, enganchado como con ánimo de konga y a pasárnoslo yupi aguantando mecha, a pie derecho, contentismos como si ese residuo de la cartilla de racionamiento y del Auxilio Social fuese lo más civilizado, progre y guay. Y un orgullo, pues si antes la cola era con jersey de borra, hoy vas de Zara, y eso ya es un avance.
Incluso si es uno solo el avistado en actitud de espera. Esa es la mentalidad. La del comprador de churros. El otro día esperaba yo grácilmente que abrieran un comercio, y en esto que llegó otro primo y, sin anestesia ni nada, me preguntó si yo estaba en cola. Yo le dije que no, que simplemente estaba frente a una puerta. Me miró con cara entre compasiva y mosca. ¿Para qué otra cosa podía yo haber salido de mi casa si no era para hacer cola? Pero cuando abrieron, me obligó a pasar primero. Te puedes poner como quieras, que hagas lo que hagas, siempre trae cola.
Y el colista profesional, el preponderante, siempre gana. Hasta en las situaciones más peregrinas. Como al pasar a un cine, en que, incluso si es con entrada numerada, automáticamente se forma una cola de quince o veinte metros, como si, asustados por la multitud, se tendiera a reaccionar con aquel “¡disuélvansén!”, para acabar con tal anarquía y vorágine, ordenándola, aunque sea en una cola. Que, eso sí, nos salen de preciosas, que ni la Pantera Rosa.