El feminismo se está convirtiendo en algo banal. En otra de tantas cosas. Y su problema no es ese reemplazo abultado de consigna y batucada nutrido por tanta entusiasta repentina de forma tan pedestre como rimbombante, al calor también del destajismo electoral del asunto promovido desde el poder, y que, más que inmadurez, parece una enfermedad infantil del mismo, sino ese otro mucho más amplio que lo ejerce de una forma tan rutinaria, sin convicción, solo por ir con la corriente, por la moda de ser feminista, porque es lo guay, porque hay que serlo.
Y, como toda moda, lo practica a través de tics copiados por ahí, tan visibles en el ‘vamos a jugar a ser lesbianas’ tan en boga -esos besos plagiados del porno-, o en el sexo abierto, cuyos referentes son tan pobres y difusos que rara vez pasan de lo lúdico; o con frases hechas tan cercanas a la pose, tan manidas que no pagan derechos de autor, auténticas etiquetas hechas como por Teta&Teta; o de lugares comunes, de un lenguaje diseminado verticalmente de arriba abajo, impuesto por la época, las marcas y grupos culturales vectores de inciertos intereses.
Y algo curioso: su catadura de fiesta interclasista, intergeneracional e inter todo. Con esa condición no dictada pero impuesta de la fiesta como obligatoria. A la alegría de la huerta por decreto. Porque el feminismo es alegre, es liberador y es lo más. Y el que no se alegre que se le seque la hierbabuena. Presión social que empuja al constante deber de declarar el fervor por la causa, ya que es un signo de identidad, fashion, cool y lo que haga falta. Aunque hay quien se pregunta si todo esto no será otra Movida, otro invento de barrio que durará en él lo que tarda todo lo aprovechable en ser explotado para algo.
Lo cual haría del nuevo feminismo otra nueva
normalización, no solo de las mujeres, sino de todo a través suyo. En un nuevo
espectáculo y negocio, como lo fue el deporte en otra época. En una nueva sumisión, en suma, a caballo entre la liberación
(a base de BOE y no de autogestión), y querer saber cuál es la esperanza de
vida de un culo respingón. Una contradicción que, será muy legítima, pero que
en sí misma lleva la semilla de su degradación.