Me juego dos dioptrías a que, cuando Sánchez tenga que comparecer sobre el descarrile -no el suyo sino el importante, el del tren, esa metáfora de España-, y dado que el temporal (no el suyo, sino el diario) todavía no habrá pasado, dado que las nubes dicen que vienen de USA, esa otra metáfora del mal, va y le echa la culpa al cambio climático (metafóricamente, quiero decir), pues echárselas a la ultraderecha sería peregrino hasta para él, que ya no está para más caminos que el de Santiago (¿Abascal?) .
Aunque no es descartable, dada la influencia manifiesta de este sector político (tan mimado por él), tanto en la alta costura, en los meteoros, ¡rayos y truenos!, o en la reactivación del Barça, tal es el poderío que ciertos izquierdistas, por decir algo, endiñan a la ultraderecha. De cualquier modo, tanto en lo cotidiano como en lo meteorológico estamos en una cumbre borrascosa permanente, y acostumbrados ya a que el único tren que no descarrila sea el de las tormentas.
Así, vivimos en una alerta continua, ya sea de (malos) vientos, precipitaciones (de ahogo), marejadas (de odio) y otros fenómenos que nos van forzando a situarnos -también los 850.000 nuevos legalizados, entre otras cosas para eso, para que se posicionen, o qué se habían creído- a ambos lados del laberinto en el que algunos se empeñan en conformar nuestro destino, como si no hubiera otro, como de momento parece.
Empezando por Moncloa y sus secuaces, con esa estrategía de calamar, soltando tinta mugrosa en el entorno, como única forma de sobrevivir a la debacle propiciada por ellos mismos, y mantenerse así como casta, como grupo de presión, influencia y dirección sociales, tan cuestionadas ya por todos; y terminando por los que, con esa misma pretensión, pero de llegar (o volver) a serlo, tan legítima como de igualmente dudosa bondad (o alternativa) para la ciudadanía en general.
El caso es no dejar títere con cabeza, subirse al caballo desbocado del enmarañado presente, convertido en una cabalgata de sucesos más que un panorama de actualidad, y hacerlo parecer tal remolino de basura y desdicha, que el personal ha salido despavorido hacia otras cosas del vivir, dejando vía libre a estos pendejos.
Y mientras, todo va a peor como es ya obvio, y la vida es cada día
más difícil. Eso sí, el país va como un tiro, según los bandarras, aunque esos mismos demócratas no presenciales nos permiten
situarnos, libremente, en un frente u otro del vertedero para que tomemos posiciones. Un gran privilegio. Así pues, nos vamos organizando. ¿Para qué? Ya se verá.