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jueves, 29 de diciembre de 2022

The end

De aquí a que aparezca en nuestras pantallas este rótulo dando fin al año, un buen puñado de insensatos (o no) habrán puesto punto y final a su peregrinar por estos pagos. Alguno será viejo, pero la mayoría no habrán cumplido los 35, y no sabremos el por qué de sus prisas por salir de este mundo sin comerse las uvas. 

sábado, 8 de octubre de 2022

Bendito estrés; equipajes para el otoño

La pulsión del estrés acaso sea de la misma raíz que la de la muerte. O al menos, parece ser una sublimación del proceso de ésta, cuando tal proceso ocurre.

jueves, 5 de mayo de 2022

Sombra y luz

 Parece ser que se nos anda poniendo de moda el suicidio, y no me refiero a esa pose kamikaze monclovita que empezó con el tiro en el pie y ya veremos donde acaba según va subiendo el disparo, si bien los gobiernos bi o tricéfalos, aunque se peguen un tiro en la sien, aún les sobran cabezas para llevarnos de ídem a los demás, aunque ya veremos si no faltan pies, y aunque no sea más que otra peripecia teatral y fake en línea con nuestra inclinación histórica e histérica al suicidio nacional permanente. 

Nada de cuidado pues. Me refiero al de verdad: al suicidio individual, que adquiere rasgos de epidemia en jóvenes, pero que en mayores puede ser aún peor (y cuanto más, más), dada la eficacia macabra con que nos manejamos según avanzamos en la cola del desfiladero, y la escasa o indiferente atención dispensada a los próximos al barranco, que es general y aceptada –no hay más que ver la (nula) reacción ante la casi eugenesia dada en las residencias y fuera de ellas con el Covid– desde que esa práctica abyecta de la muerte social se ha extendido por todos lados. 

Y es que, en resumidas, si a partir de una edad (o antes de ella, en los jóvenes) o unas circunstancias de olvido, falta de papel, marginación, de no pintar nada, que suelen concurrir cuando entonces, por mucho que te doren la píldora para que sigas comprando eso u otras cosas, si ya eres irrelevante, invisible, nada, ¿qué pierdes dejando de tomar la medicación o de sujetar el manillar de la moto? 

La muerte social, la luz de gas, ignorar al otro, son formas de anulación practicadas a nivel social como un poder o un querer poder, que es más un quiero y no puedo, que subliminal y alambicadamente acaba con el insumiso. En cambio el poder de verdad adula al individuo para obtener adhesión, mientras sacrifica el interés colectivo. Y entre ambos cavan la fosa, a la que vas, vivo aún, oyendo el paño caliente de que lo principal es la salud mental y su prevención. 

Como si lo único cuerdo fuera seguir vivo y decidir el rechazo del oprobio a que casi todos antes o después nos vemos abocados no pudiera ser igual de lúcido.  O sea, el eterno debate.

domingo, 1 de noviembre de 2020

La gran insumisión

 La muerte, realidad preexistente del jardín de los sueños, entró por la ventana su fragancia de copla, “dáme veneno; si me quieres, dámelo”, y acurrucándose en la almohada, al reclamo de la perdiz nival de la esperanza derrotada, tocó a Juan la sien y fue bastante. 

domingo, 5 de abril de 2020

La gran insumisión


La muerte, realidad preexistente del jardín de los sueños, entró por la ventana su fragancia de copla, “dáme veneno; si me quieres, dámelo”, y acurrucándose en la almohada, al reclamo de la perdiz nival de la esperanza derrotada, tocó a Juan la sien y fue bastante. Juan era insumiso de la vida, por condenado a ella, uno de esos conjurados con la razón a cuenta del dolor de los muñecos rotos, empeñados en abastionarse contra las sociedades represoras de confort, ocio y hartazgo, que había asimilado lo que una raza de estetas y filósofos adujera de la vida como imposición desde que la muerte perdiera su caché.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Asco

A los asesinos de mujeres les ha dado ahora por hacerlo en público. Como si para motivarse necesitaran espectadores, y cuanto más familiares, mejor. O sea, peor, porque aunque no paguen entrada, la visión de la muerte de la madre, o la del padre matándola (solapadas y a cual peor), es el precio más oneroso que puede pagar un hijo por lo más infernal, aunque en realidad sea solo la señal del coste final que solo acabará con el mismo espectador, por ser un asunto, alzheimer mediante, de por vida. Un espectáculo eterno. 
Porque, se quiera o no, también es eso. Por su puesta en escena, sin duda con un argumentario, un repertorio, un presupuesto. Y su ejecución. Es, por escabroso que resulte, como si los asesinos no tuvieran bastante con matar, que ya debe satisfacer lo suyo (lo de ellos, quiero decir), y buscasen, además, el me gusta (o el me disgusta, que a lo mejor les gusta más), el aplauso, algún meme que echarse a la pobre neurona. 
Y me da por pensar que tras estos crímenes abyectos y un tanto absurdos también existe la huida del anonimato de hoy: la evasión de la soledad del Facebook, la ruptura con la alienación del don nadie oculto en el grupo de guasap. Ser al fin alguien dentro de la anomia general, aunque eso conlleve nombrarte de manera horrenda. En fin. 
Se dice que estos crímenes son los que justifican la PPR (Prisión Permanente Revisable), eufemismo con el que se quiere revivir la cadena perpetua. Y se abre otro telón, que si justicia, que si venganza. Prevenir o curar. Vigilar o castigar. Bah. Al final, son ideas, producto de la mentalidad de cada época, para consumo de la sociedad del día en forma de usos y modas perecederas sobre la muerte, sea civil o física. 
Pero nadie piensa en el espectador. No solo el lejano, el gratuito, sino el pagano directo y víctima, solidario en tanto padecerá siempre no solo esa acción, sino también su sanción, afectado tanto por la cárcel del reo como por su posible liberación. Esa otra condena que lo convertirá en convicto permanente de eso tan asqueante como es la inocencia culpable, o viceversa. Es como se transmite toda pena. Y les ha tocado.

sábado, 27 de octubre de 2018

Morir requiere práctica


Es probable que ese acudir de tanta gente a los templos cuando la vida rueda deprisa y empieza a jugar al escondite se deba a que es en estos lugares donde el tiempo parece detenerse. Si nos fijamos, su silencio, quietud, recogimiento, ayudan a replegar la vida sobre sí envolviendo y protegiendo el presente de una fugacidad que a cierta edad campa convicta de asesinato, haciendo de último refugio contra la velocidad del pasar, cuyo vértigo acucia a agarrarse a algo que al menos produzca esa sensación de asidero innecesaria en la juventud, cuando se vive en el vórtice mismo de la tempestad, en pleno epicentro de la vorágine, que impide sentirla como tal por ser vivida en ese instante que pasa en unos años sin notarlo, hasta que un día, independientemente de tu confesión y por sobrevenida o no beatería, ya eres carne de templo, en el mejor de los casos.

viernes, 11 de mayo de 2018

El gran comando

ETA se ha apuntado al final (¿) a una cosa que se lleva mucho últimamente: el party funeral o funeral fiesta. 

lunes, 23 de abril de 2018

R.I.P

En este país no nos dejan matarnos a gusto. Yo no sé qué se han creído. Antes del Estado del bienestar, uno disponía de un abanico de posibilidades de diñarla prácticamente infinito. Era el paraíso. A la mínima, te pillabas un contagio, un navajazo o una indigestión (los menos), y te mudabas de barrio como si tal cosa. Y

sábado, 7 de abril de 2018

ZOOM (Crónicos resurrectos)

A menudo la vida se comporta con los humanos de forma semejante al sol que corre allá en lo alto.
Cuando comienza su carrera proyecta tal cantidad de nuestra sombra, que nos creemos grandes, especiales, magníficos, ciclópeos, y a la sombra de nuestro propio fraude solemos cometer los mayores actos de soberbia, quizá ya irreparables de por vida.

martes, 31 de octubre de 2017

Los nuevos transidos

Los epicúreos, que eran unos señores que todo el mundo cree que postulaban lo de dále a tu cuerpo alegría, Macarena, veintitantos siglos antes de servir de pachanga para saraos y convenciones demócratas, en realidad lo que afirmaban era que la muerte no existe, puesto que si estás vivo, no estás muerto, y si lo estás, ya ha pasado. Eran unos tíos. Que se sonrojarían de este hoy que niega la parca. O, por mejor decir, lo que ellos decían que no existía, el tránsito. Luego, culturas que le prestaban más oreja, como la judía, que fijaba químicamente mejor los elementos colágenos del morir, insertaron en la tradición grecocristiana la figura del transido, o sea el que se transfiere de estado, transitivamente y esenciado, y como prototipo, Cristo.
Hoy, el transido es una especie en extinción, ignorada de todos pero en especial por las instituciones que defienden a ultranza la vida para no quedarse sin la justificaciòn de la suya propia, transidas como están, en la segunda acepción de la palabra, de sedientos por transitarnos como su espacio natural que somos, y así vamos, de transido a transido y vivo porque me toca. Pero de muertos, nada. Y menos, en tránsito.
Desde los años 50, la sociedad de la salud, le endosó el muerto de los muertos, o premuertos, a su mejor mentor, la medicina, en particular la hospitalaria, para darles el tratamiento adecuado, como decía el Padrino, “una oferta que no pudieran rechazar”. Pero esta ciencia -tecnología del cuerpo, decía Foucault-, tan empecinada  en su función curativa, también ha renegado, respondona, de su menester sepulturero, haciéndose acérrima defensora de la enfermedad como rasgo de vida y no de la otra orilla, dándole la razón al filósofo y obligando a las institucioes a meterse a enterradores a la fuerza.
Así puede verse ese invento de las macroresidencias para pensionistas con diversos niveles de decrepitud en las que la muerte va por pisos, aumentando su presencia de arriba abajo, olfateando sus presas según baja las escaleras hasta donde están los de menos salud y donde se encuentran también unos habitáculos dispuestos como velatorios, muy útiles en estos recintos, como se ve con su premonición constante de lo mórbido y sospechosamente adecuados a la ubicuidad de lo funesto, tan negado fuera de ellos. Magníficos pudrideros que palian no sólo la soledad del sobreviviente de fondo sino también el olvido de su paso a ¿mejor? vida, puesto que ni los hospitales los quieren con visos de fenecimiento.

Si bien, en la Balada de Narayama, los murientes habían de subir a su propio Carmelo sin más cruz que la gavilla de su sentencia, los que logren ingresar aquí al menos, como en mi propio pueblo, tan horizontal, no tendrán que subir cuestas, que se agradece. Máxime cuando estos centros se suelen ubicar en los extrarradios donde aún quedan solares y edificios en ruinas, algunos incluso catalogados, o sea sin que nadie sepa qué hacer con ellos salvo dejarlos morir, fiel metáfora, y todo un cuadro. 
Como el de la Victoria de Samotracia y su atroz mutilación, las estatuas griegas malheridas, la catedral de Reims hecha una lástima, los cuadros de Ribera medio idos, como aquella iglesia creo que de Colonia, bombardeada y dejada echar a perder tal cual como elogio al horror, que anuncian en su permanencia así, tan deteriorados que da gozo y, como remedos de mobiliario urbano de ese parque temático que es la historia en ruinas, un monumento a la estulticia y, más aún, a la ausencia, que yo propongo así se queden, leprosos y arruinados por el cretinismo del tiempo y sus jornaleros, como un recuerdo de que somos carne de gusano (o de horno, que es más moderno), y para que sirvan de mojón, hito o baliza, señales de circulación para los penantes que dirijan sus huesos a esos residenciales sin retorno. 
Todo, menos que alguien, buscando la belleza quizás de construir sobre lo decadente un teatro lírico, como suelen pensar las altas mentes de la cultura, y derriben así toda esa poesía de la nada que sirve de Vía Apia en tránsito hacia la muerte y sus transidos, engalanada con su imagen de lo fúnebre, que es así de vital, aún, aunque no lo parezca ni queramos. Como la vida misma. Y los ignorantes, que no miren.

martes, 28 de octubre de 2014

TODOS LOS CAMPOS SON SANTOS (como su propio nombre indica)

Cualquiera que visite estos días un cementerio podría pensar en un reflorecimiento funerario. Pero una cosa es el culto suntuario, que es flor de un día –tres si son de calidad–  y otra el culto a los muertos, que es cada día más desleído.

jueves, 17 de abril de 2014

Saber estar

Yo no sé si será una suerte o no, pero gracias a la lengua los hispanohablantes podemos distinguir, percibir y conceptuar los dos modos de existencia, que son el ser y el estar, que tanto tienden a confundirse, aunque en todas partes se acabe pasando del primero al segundo, volviéndose el vivir un estado, que al final se convierte en ese algo cochambroso e incierto donde el vivir ya “ni está ni se le espera”, que cada vez más dura toda la vida, y un Sartre redivivo bien podría cambiar su El ser y la nada por El estar y la nada, más propio de los tiempos actuales llenos de muerte social, luz de gas y defunciones anunciadas.

jueves, 13 de febrero de 2014

Suicidadanos



Si usted es español –si no lo es, mejor– de entre 25 y 34 años (aunque en realidad no conozco ningún lector así), sepa que el principal peligro de muerte que le acecha es el suicidio (4000 se esperan este año).

miércoles, 31 de octubre de 2012

De vacío


¿Duele la muerte? Según filósofos o científicos, que hoy ya es lo mismo, no. Lo que duele es la vida. O mejor, los vivos son los que se duelen. Dolerse, que es reflexivo, y que se queda para los que quedan. Lo que da que pensar es el sufrir de quien padece, que deja este mundo o cómo lo hace. Todo tan inexplicable.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Jalogüineando

Poco a poco la celebración de Halloween se va solapando en nuestros lares con la de difuntos, amenazando, según algunos, con sus formas nacidas de las entrañas del peor imperialismo e importadas del más vil consumismo superficial a nuestra tradición cultural autóctona, como si de un cangrejo o una planta invasora se tratase.

lunes, 21 de marzo de 2011

Esquelario albacetense


    Trabajo sobre la evolución de las esquelas en la prensa albaceteña, que es tanto como decir de la historia de esta ciudad como tal, al compás de los cambios sociales habidos en ella en el tiempo, relacionando cierta idiosincrasia que pudiera ponerse de relieve, con las actitudes y los usos sociales que respecto de la muerte se generan en un ámbito dereminado.

     El estudio fue publicado en 1995 por el Instituto de Estudios Albacentenses en su revista Al-basit, haciéndolo después en forma de separata, y como opúsculo de 60 páginas es como está disponible en los servicios del Instituto. 

jueves, 3 de marzo de 2011

El nombre de la muerte

   Si tabú es el silencio y soterramiento que ata el verbo y los sentidos, haciendo percibir algo como amenaza para nuestra supervivencia, ¿quién sino la muerte lleva todas las papeletas como gran crápula de la desintegración, conforme está de menguado el viejo sueño de una vida postrera?