Quizá sean las
aves -incluido el Madrid-Barcelona, cuando funciona-, los seres más agradables
del planeta, y desde siempre, creo, los humanos hemos prestado especial
atención a su existencia debido principalmente a tres características suyas.
Una, sus costumbres alimenticias, que nos libran de contender en demasía con
bichos asquerosos, pero que últimamente
empezamos a cocinar también, compitiendo con ellas; dos, por ser los únicos
animales salvajes que se nos arriman dejándose ver, una familiaridad que se va
perdiendo hasta con los hijos; y tres, por ser, en su cima suprema, volátiles,
lo más parecido al sueño loco del pensar, a esa cumbre insuperable,
inalcanzable siquiera para el verbo que es la imaginación, con razón tan
identificada con su alado vuelo, y que explica la presunción de inocencia desde
siempre de quien tiene pájaros en la cabeza, o la cabeza a pájaros, como una
forma de privilegio, de unción especial que, si bien no rinde grandes rentas en
el productivismo actual, tampoco pide pan para sus vuelos.
Y es que no hay
quien dé más que los pájaros. Tanto, que cuando emprenden el vuelo siempre te
sientes solo y abandonado, preso de tu suerte, que suele ser esquiva, así como
la libertad indiferente al prisionero. P
or eso el pájaro como metáfora quizá esté
bien, pero es excesivo, como el que acompaña a Burt Lancaster en El hombre de
Alcatraz (en original El hombre-pájaro de Alcatraz). Demasiada poesía. Ni San
Francisco despierta tanta lealtad. Y luego está la dicotomía cristiano-comunista
presentada por Passolini en Pajaritos y Pajarracos, tan previsible. Y
o prefiero
un enfoque más borde y taciturno, como es el lado oscuro aportado por Hitchcock,
cuando los pájaros reniegan de su fe doméstica y se rebelan contra el mundo de
pajarracos que es la casa común donde conviven. Y luego cesa, como una locura
pasajera, que es donde Hitch se columpia, pues ninguna lo es, y todas las
locuras han venido para quedarse, también las aprendidas, sobre todo de los
humanos, los mayores transmisores de zoofilias perversas.
Y es que, en el
fondo, lo de los pájaros con nosotros es un error evolutivo. No saben dónde se
han metido.