Salgo y veo a Santiago, mi fotógrafo. Viene ya de vuelta con el carrito del bebé, y al ir a verlo me dice, sí, mira el niño, y me enseña la bolsa del pan en el nido, y nos reímos.
Salgo y veo a Santiago, mi fotógrafo. Viene ya de vuelta con el carrito del bebé, y al ir a verlo me dice, sí, mira el niño, y me enseña la bolsa del pan en el nido, y nos reímos.
La apropiación de la historia como propaganda, a la que tan dada es la socialdemocracia europea en cualquiera de sus versiones, izquierdista, liberal o mediopensionista, es también una nostalgia autoflagelante utilizada como venganza fustigatoria sobre sí misma en función de su pecaminosa conciencia farisea,
Si algo es común a toda Europa, y cada vez más universal, es la huida del dolor.
Más pronto que tarde nos acabamos convirtiendo en ganado. Aunque no por ser actores, que eran para Hitchcock el ganado por excelencia, sino por dejar de serlo; o, mejor dicho, cuando pasamos a ser simples figurantes, y eso con suerte, o aún peor: extras; ya sea con una bolsa en la mano por la calle, o recogiendo la caca del perrito del césped (que cada día estoy más seguro de que lo plantan para ellos) o apoyancados frente al ordenador, la caja tonta 2.0 del momento.
Un ganado tan pasivo como productivo para las clases dominátrix que toca servir, esas del amplio espectro (pues espectrales son las cosas del zénit vital) que va desde un político a una nuera o un yerno -y ay de quién le coincidan ambas categorías-, o un pobre oficinista de banca, o un repartidor de paquetería, esa precoz ganadería a motor. En fin, que al viejo y al bancal…Pero si el voto, el servir a la patria yendo al supermercado o hacer mandados ya suponen actividades más que lucrativas para sus beneficiarios (que queda claro no son los que las llevan a cabo), es cuando se pelecha cuando los subproductos de los mayores -que en puridad ya no lo son por estar en horizontal y no pueden decir ni lo que Groucho: perdonen que no me levante-, más útiles se manifiestan, y ahora para el público en general.
Pues es al morir cuando más colaboramos al bien común, por el hecho mismo de hacerlo, y en especial por poner en circulación las cuatro cosas de uno, que en realidad suelen ser dos: el coche y la casa, que enseguida se ponen en venta, facilitando, por un lado vivienda para abaratar las que no se hacen, y el coche, que hasta por piezas sirve contra lo imposible de los nuevos.
Lo cual es un anticipo de la fábrica de reciclaje que pasamos a ser en sí mismos, con órganos para trasplantar y todo los más cuidados, al pasar a difuntos, de clase pasiva a concesionarios de artículos de segunda mano.
No me digan que no es
para merecer, a título póstumo, naturalmente, aunque fuese una medallica por
los servicios prestados al PIB y contra la inflación. Ah, y a la lucha contra
el cambio climático. O una mención, al menos. Aunque sea de segunda mano.
En mi niñez, hace un bancal de años, la Inmaculada no era un puente, y acueducto no había más que el de Segovia. Eso fue cuando la casaron con la Constitución, esa otra santa, en premonitorio matrimonio LGTcétera.
El cosmos ha tenido a bien regalarnos una estación más al año. Y ya van cinco (por el c… te la hinco). Para que luego nos quejemos del cambio climático.
La relación perversa entre la luz de gas y la envidia social, esas dos normas generalizadas ya de actuación en la plena universalización de las tecnologías del yo, tanto en lo físico como en lo psíquico, más que personas ideales en una sociedad a la vez de masas y exclusivista, lo que produce son monstruos.
Unas tecnologías del yo, mi, me, conmigo, que, por su carácter sesgado y clasista, como es obligado para resaltarse uno como individuo en sociedad, resultan alienantes.
A nivel general, la democratización de los cuerpos como fórmula de casación del yo con el resto como marco general, o escenario, es un mero espejismo, pues la misma generalización de lo amorfo, lo heterodoxo y lo digresivo entre los aspirantes a cumplir los ideales impuestos por los cánones estético-morales, es imposible de cumplir.
La causa es esa falta de glamour, el instrumento cultural sofisticado de esas tecnologías de definición del nuevo orden fisiopsíquico, al que solo pueden acceder unas minorías muy selectas. Lo cual conlleva de hecho la exclusión de ese plano de inserción requerido, y el complejo y rechazo de la propia disfunción social, como consecuencia, que hacen que el ostracismo derivado de ello acabe viéndose como un mal de todos aceptado como un castigo (en parte autoimpuesto) de consolación.
Sin embargo, la necesidad de reafirmación de la política de la corrección como fundamento social de toda esa actuación, obliga a desdramatizar lo monstruoso, anormal o ilegítimo que cada uno tiene que asumir, y con lo que ha de convivir, lo cual se logra mediante una teatralización activa para manifestarlo, visible y permanente, a través precisamente de un glamour de segunda, impostado o degradado, low cost, o de franquicia, tan ambiguo como deleznable y equívoco.
Y es a partir de ahí, de ese friquismo devaluado, como un producto más de consumo popular, inherente (y necesario) a cada uno, en un medio y unas formas que son un cruce (¿antinatura?) entre lo pseudo glam de opereta y la corrección, es como el friquismo se universaliza, se disemina y se naturaliza, siendo asumido como lo más “normal”, pasando así, de ser un mecanismo identificador de lo social, de sus estratos, de sus connotaciones o divergencias, a redefinirse como un mecanismo más bien indefinido, mimetizado, falsificado y diluido en esa confusión en que se convierte (¿pervertido?) el marco de monstruismo social construido a partir de todo ese trasiego.
Un proceso en el que las élites, que como parte operativa principal lo son al poder establecer parámetros para todo, en este caso también para lo monstruoso, lo imponen y van modulando a conveniencia como el permanentemente renovado logos social a seguir, lo último de lo último, siempre al que adherirse como falaz promesa que, una vez aceptada como la premisa moral para ser tú mismo e integrado en una instancia superior que es lo más, conforma el terreno de una renovada dominación.
Y así es como la nueva esclavitud atomizada y personalizada del presente está servida. De nuestras propias contradicciones, pues, las penitencias venideras. O todo nos pasa por friquis.
Los concejales de urbanismo de hoy se lo andan poniendo a huevo últimamente a los filósofos (o teólogos, que también nos sirve) para que diluciden de una vez por todas, ya que lo que es en la Biblia no viene, si el perro es animal o cosa, si pertenece a la Naturaleza o a la Sociedad o, mejor aún y para darle con todo lo gordo del pensamiento fuerte, si es un ser.
Las cosas de Chicago han creado escuela. Por ejemplo, los corrales-embudo de sus mataderos en serie; por ejemplo, el gansterismo de extorsión, coacción y represión, tan bien adoptados después por tantos estados; y por supuesto, sus laureados economistas que, partiendo de la casi nada idea de Marx de que todo es economía, han llegado hasta la miseria del delirio del beneficio factible de cualquier aspecto de la vida.
Un buen día, algunas multinacionales, bancos y políticos usamericanos, tuvieron la idea de envasarlos y venderlos como un producto tres en uno, a unos milicos chilenos para hacer la prueba del algodón en lo que consideraban y consideran su cono o coño sur, y he ahí los resultados, que, para no incordiar aún más al personal, omito. Luego, aprovechando que el Támesis pasa por Londón, un juez empapela al jefe de la banda de barriobajeros con licencia para matar y todo el mundo se empieza a calzar los guantes de manipular alimentos, que es lo que se lleva en vez de envolvérsela con papel de fumar.
Y no es para menos, pues resulta que los crímenes contra la humanidad van a mil por hora y que desde Europa, donde toda la sangre del mundo rentúa en sus bancos a tutiplé, se pida la extradicción del bicho y no se pida, por ejemplo, la de los de El Salvador, Argentina, Ruanda o las Chimbambas, que no tiene más lectura que la de ser antieconómico –y aquí la escuela de Chicago es irrefutable–, no yendo desatinados sus defensores cuando acusan a España de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, pues que el autoolvido sirve de mecanismo de supervivencia y echar cuentas al mal ajeno dinamiza.
Pero a lo que íbamos, que yo sepa, el Kissinger, apoderado de matanzas sin número, se pasea por el prado y nadie le dice ni mú; la General Electric, la Westinghouse o la Anaconda, con responsabilidades en el golpe, y con intereses también aquí, jamás se les pidió una explicación, y no digamos a las honorables fundaciones implicadas en el amasado, a las que todo el mundo hace el parabién.
Evidentemente, es mucho pedir y siempre se dijo eso de “los jóvenes, es que lo queréis todo y ya”, pero es que uno ya no es tan joven y querría tener también un atisbo de justicia que recordar desde la marea de decepción total que se nos avecina, y al final habrá que vivir de la ilusión y, como siempre, pensar que el poyo de la extradicción al menos evitará que a Pinocho le den el Nobel de la Paz, algo que estaba cantado, por el espléndido uso hecho de la dinamita en su país, pues los terroristas siempre fueron de los principales clientes de su inventor.
Lo más seguro, volverá a Chile y morirá en paz como todos los malos, siendo la única esperanza que engorde y, siguiendo hasta el final los esquemas economicistas de la escuela de Chicago, dé de comer al máximo de gusanos aborígenes. Claro que éste es tan hijo de la chingada que lo mismo manda que lo incineren.
Los políticos son la basuraleza de la sociedad: se han integrado tanto en su tejido que los consumimos en todo cuanto vivimos, siendo como los alimentos, que, o tragamos o pelechamos de hambre, pues si en nutrición lo ecológico, la biótica, bioética, el veganismo y demás son zarandajas, pues todo está conectado y contaminado, imagínate en lo social, donde encontrar un político sano es como hallar un nabo –con perdón– que no haya respirado aire podrido, aquí o en el Amazonas.
Con el nevazo he vuelto a los dieciséis. Violeta decía a los diecisiete, pero creo que era solo por mantener el ritmo poético. Lo suyo son más los 16, o los 15 –más dinámicos– y si es medio siglo después, mejor. El tiempo hace más fácil el recuerdo. Aunque para volver a los 16 yo nunca tengo pegas. Pongo Jumpin’ Jack Flash, y en el primer riff ya estoy electrizado y allí, en un baile del Rabo de la Sartén, absorto con la versión del grupo que la toca.
¡No salgas! ¡Quédate en casa! Al primer copo, los gobiernos han volado –para eso sí– a reanudar su lucha ya desde el Covid (¡Mantén la distancia! ¡Protégete de los demás!) contra el encuentro e interactuación como forma productiva social, animando al homo clausus (con brotes promiscuos) que somos hace mucho, al encierro como gran panacea de todos nuestros males. Y con gran éxito: los móviles llevan echando humo va para un año.
La comunicación ha dejado de ser presencial y en vivo –y llamar es lo más, un acto personal de entrega casi íntimo–, para ser solo en directo, burocrática, con público y notario (los demás, las operadoras, el control granhermánico), pues el móvil y las redes en particular son la nueva teatralidad de la integración social, como en el Renacimiento lo eran la etiqueta y la urbanidad como signos de modernización, y el que está fuera, quien no vive pendiente del móvil y no se autocoacciona aceptándolo como la gran premisa relacional, es un inadaptado, alguien que está fuera del proceso social.
Una presión que acrecienta el miedo actual, suscitado siempre por los otros, sea a la guerra, a Dios o a uno mismo como ahora a esta soledad de pre-muerte (social, de momento), al abandono a un olvido anticipado cuyo paradigma son los muertos desde que el covid manda en nuestros miedos. Una muerte de lo más silenciosa, casi sutil, tan aséptica como queremos nuestras vidas, como jamás antes lo fue “bajo unas condiciones que hayan fomentado tanto la soledad”, que dijera Norbert Elias.
Y sin embargo, de donde viene esa aberración relacional, por el ansia de independencia y autosuficiencia individual, es de la misma necesidad de interacción con los demás para encontrar sentido a la vida. Lo cual es una paradoja. Y un drama, el de no aceptar nuestra relativa autonomía, ni reconocer el nuevo miedo con el que contender, que nos lleva, no a la acción, sino al extrañamiento de lo social, cuya opacidad, su ininteligibilidad, está hecha de miedo; y al display como última ratonera. Así es que, perdonen la sentencia, pero si el guasap es hoy la máxima locuacidad, nos espera un mañana de lo más lacónico.
Antes, cuando llegaba diciembre, matábamos el cerdo. Ahora, más vale que no, porque el cerdo somos nosotros. Y la película debe continuar –ya que diciembre es cuando se acaba la película, o, mejor, el episodio de la serie–, aunque sea sin guión, sobre la marcha, a lo nouvelle vague, o mejor dicho, de nouvelle vague en nouvelle vague, y surfeándolas –como una olaa, tarí, rarí, que cantaba la Jurado–, sin más tabla de salvación que las promesas de los que pueden prometer (¡y vaya si lo hacen!) volver a ese pasado visto como el mejor futuro, cuando diciembre no es ya sino el último mes del primer año del futuro convertido en el peor pasado, que muchos no pueden reconocer como tal, por edad o por ese velo confundidor que es la tecnología.
Un pasado que solo tendrá pinta de futuro por haber sido facilitado por esos inventos de última generación (ya pasada) que son las máquinas para la solipsis, que es la gran ideología general que se extiende cual lava precursora de lo inerte: así la termomix, el móvil, la tele, la rumba, la bici estática, el satisfyer, el ordenata, las apps, el spinning, la lejía, los mensajeros, los riders, los pijamas como prenda básica, todo aquello que ayuda a trasmutarnos en burbujas dentro del mundo, a cohabitar consigo mismos y a ser devotos de Onán, del teletrabajo, la telerrevolución, el aislamiento, el crowdfunding de la ruina, la videollamada, el sexting, la incomunicación, la mascarilla, la distancia, la nada.
Y esa es la buena nueva de diciembre. La mala es que seguiremos fiándolo todo a la esperanza. No hay peor seña de identidad de lo que tenemos encima.
Mientras tanto, confinamiento ha sido nombrada palabra del año. Por odiosa. Aunque, de tanto practicarla la vamos hasta queriendo, no en vano el roce hace el cariño. Tanto como la distancia el olvido, que es lo que ya hemos empezado a ser para los demás, apenas un emoticono o una foto de estado en el móvil, y luego a luego para sí mismos, y RIP. Feliz año.
Y es que la nueva normalidad no es nada original,
sino un patrimonio de junio, solo que este año, al ser una parodia de sí mismo,
con sus flores tardías de papel (higienizado), su recién descubierto grupo O de
la suerte, sus rebrotes nada tiernos, su invitación con la boca pequeña a donar
plasma con anticuerpos, su quiero y no puedo vacacional, su sudocu vital tan
imposible de cuadrar, sus mascarillas de papada, café, copa y puro, su reino
del decreto y dictadura telemática –cuando despertamos, Pedro Sánchez (y
Fernando Simón) todavía estaban ahí–, hacen que junio parezca que le falte un
hervor, que sea casi un mes, un mes seismesino que, en vez de ser el mes chill
out por excelencia, es ese treintena en que no sabemos si lo vivido fue una
tragicomedia de Netflix o un dramón de HBO, un mes que corre el riesgo grave de
convertirse en repe y de instalarse, sin ferias ni verbenas, como rey de la
incertidumbre.![]() |
| La primera gran banalización masscult de la tradición de difuminación social de la muerte, a lomos tanto del espíritu halloween como del falso culto a los muertos, por lo pop y a lo loco. |
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| Dulces –galguería, que se decía antes por aquí– al hilo de la nueva tradición instaurada para estas fechas. Otro festín de impostura. |
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| Y el último gran producto, preparado para las fechas, y con gran éxito. De risa –y para llorar, a la vez–. Todo un alarde. |