Mostrando entradas con la etiqueta ARTICULOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ARTICULOS. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de abril de 2025

Mientras dormimos

 

Salgo y veo a Santiago, mi fotógrafo. Viene ya de vuelta con el carrito del bebé, y al ir a verlo me dice, sí, mira el niño, y me enseña la bolsa del pan en el nido, y nos reímos.

miércoles, 29 de enero de 2025

Aniversario


La apropiación de la historia como propaganda, a la que tan dada es la socialdemocracia europea en cualquiera de sus versiones, izquierdista, liberal o mediopensionista, es también una nostalgia autoflagelante utilizada como venganza fustigatoria sobre sí misma en función de su pecaminosa conciencia farisea,

jueves, 31 de octubre de 2024

El dolor

 

Si algo es común a toda Europa, y cada vez más universal, es la huida del dolor.

jueves, 29 de junio de 2023

Reciclaje

 

Más pronto que tarde nos acabamos convirtiendo en ganado. Aunque no por ser actores, que eran para Hitchcock el ganado por excelencia, sino por dejar de serlo; o, mejor dicho, cuando pasamos a ser simples figurantes, y eso con suerte, o aún peor: extras; ya sea con una bolsa en la mano por la calle, o recogiendo la caca del perrito del césped (que cada día estoy más seguro de que lo plantan para ellos) o apoyancados frente al ordenador, la caja tonta 2.0 del momento. 

Un ganado tan pasivo como productivo para las clases dominátrix que toca servir, esas del amplio espectro (pues espectrales son las cosas del zénit vital) que va desde un político a una nuera o un yerno -y ay de quién le coincidan ambas categorías-, o un pobre oficinista de banca, o un repartidor de paquetería, esa precoz ganadería a motor. En fin, que al viejo y al bancal… 

Pero si el voto, el servir a la patria yendo al supermercado o hacer mandados ya suponen actividades más que lucrativas para sus beneficiarios (que queda claro no son los que las llevan a cabo), es cuando se pelecha cuando los subproductos de los mayores -que en puridad ya no lo son por estar en horizontal y no pueden decir ni lo que Groucho: perdonen que no me levante-, más útiles se manifiestan, y ahora para el público en general.

Pues es al morir cuando más colaboramos al bien común, por el hecho mismo de hacerlo, y en especial por poner en circulación las cuatro cosas de uno, que en realidad suelen ser dos: el coche y la casa, que enseguida se ponen en venta, facilitando, por un lado vivienda para abaratar las que no se hacen, y el coche, que hasta por piezas sirve contra lo imposible de los nuevos. 

Lo cual es un anticipo de la fábrica de reciclaje que pasamos a ser en sí mismos, con órganos para trasplantar y todo los más cuidados, al pasar a difuntos, de clase pasiva a concesionarios de artículos de segunda mano. 

No me digan que no es para merecer, a título póstumo, naturalmente, aunque fuese una medallica por los servicios prestados al PIB y contra la inflación. Ah, y a la lucha contra el cambio climático. O una mención, al menos. Aunque sea de segunda mano.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Luminarias

 En mi niñez, hace un bancal de años, la Inmaculada no era un puente, y acueducto no había más que el de Segovia. Eso fue cuando la casaron con la Constitución, esa otra santa, en premonitorio matrimonio LGTcétera.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Como la vida

 El cosmos ha tenido a bien regalarnos una estación más al año. Y ya van cinco (por el c… te la hinco). Para que luego nos quejemos del cambio climático.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Monstruos

 La relación perversa entre la luz de gas y la envidia social, esas dos normas generalizadas ya de actuación en la plena universalización de las tecnologías del yo, tanto en lo físico como en lo psíquico, más que personas ideales en una sociedad a la vez de masas y exclusivista, lo que produce son monstruos. 

Unas tecnologías del yo, mi, me, conmigo, que, por su carácter sesgado y clasista, como es obligado para resaltarse uno como individuo en sociedad, resultan alienantes. 

A nivel general, la democratización de los cuerpos como fórmula de casación del yo con el resto como marco general, o escenario, es un mero espejismo, pues la misma generalización de lo amorfo, lo heterodoxo y lo digresivo entre los aspirantes a cumplir los ideales impuestos por los cánones estético-morales, es imposible de cumplir. 

La causa es esa falta de glamour, el instrumento cultural sofisticado de esas tecnologías de definición del nuevo orden fisiopsíquico, al que solo pueden acceder unas minorías muy selectas. Lo cual conlleva de hecho la exclusión de ese plano de inserción requerido, y el complejo y rechazo de la propia disfunción social, como consecuencia, que hacen que el ostracismo derivado de ello acabe viéndose como un mal de todos aceptado como un castigo (en parte autoimpuesto) de consolación. 

Sin embargo, la necesidad de reafirmación de la política de la corrección como fundamento social de toda esa actuación, obliga a desdramatizar lo monstruoso, anormal o ilegítimo que cada uno tiene que asumir, y con lo que ha de convivir, lo cual se logra mediante una teatralización activa para manifestarlo, visible y permanente, a través precisamente de un glamour de segunda, impostado o degradado, low cost, o de franquicia, tan ambiguo como deleznable y equívoco. 

Y es a partir de ahí, de ese friquismo devaluado, como un producto más de consumo popular, inherente (y necesario) a cada uno, en un medio y unas formas que son un cruce (¿antinatura?) entre lo pseudo glam de opereta y la corrección, es como el friquismo se universaliza, se disemina y se naturaliza, siendo asumido como lo más “normal”, pasando así, de ser un mecanismo identificador de lo social, de sus estratos, de sus connotaciones o divergencias, a redefinirse como un mecanismo más bien indefinido, mimetizado, falsificado y diluido en esa confusión en que se convierte (¿pervertido?) el marco de monstruismo social construido a partir de todo ese trasiego.

Un proceso en el que las élites, que como parte operativa principal lo son al poder establecer parámetros para todo, en este caso también para lo monstruoso, lo imponen y van modulando a conveniencia como el permanentemente renovado logos social a seguir, lo último de lo último, siempre al que adherirse como falaz promesa que, una vez aceptada como la premisa moral para ser tú mismo e integrado en una instancia superior que es lo más, conforma el terreno de una renovada dominación. 

Y así es como la nueva esclavitud atomizada y personalizada del presente está servida. De nuestras propias contradicciones, pues, las penitencias venideras. O todo nos pasa por friquis.


jueves, 10 de junio de 2021

Perros parabólicos

 Los concejales de urbanismo de hoy se lo andan poniendo a huevo últimamente a los filósofos (o teólogos, que también nos sirve) para que diluciden de una vez por todas, ya que lo que es en la Biblia no viene, si el perro es animal o cosa, si pertenece a la Naturaleza o a la Sociedad o, mejor aún y para darle con todo lo gordo del pensamiento fuerte, si es un ser. 

martes, 9 de marzo de 2021

Chi, cago. –Artículo viejo (pero no envejecido: Birmania, Yemen, Siria, Rep. Centroafricana, etc, etc, que no quiero aburrir)–

 Las cosas de Chicago han creado escuela. Por ejemplo, los corrales-embudo de sus mataderos en serie; por ejemplo, el gansterismo de extorsión, coacción y represión, tan bien adoptados después por tantos estados; y por supuesto, sus laureados economistas que, partiendo de la casi nada idea de Marx de que todo es economía, han llegado hasta la miseria del delirio del beneficio factible de cualquier aspecto de la vida. 

Un buen día, algunas multinacionales, bancos y políticos usamericanos, tuvieron la idea de envasarlos y venderlos como un producto tres en uno, a unos milicos chilenos para hacer la prueba del algodón en lo que consideraban y consideran su cono o coño sur, y he ahí los resultados, que, para no incordiar aún más al personal, omito. Luego, aprovechando que el Támesis pasa por Londón, un juez empapela al jefe de la banda de barriobajeros con licencia para matar y todo el mundo se empieza a calzar los guantes de manipular alimentos, que es lo que se lleva en vez de envolvérsela con papel de fumar. 

Y no es para menos, pues resulta que los crímenes contra la humanidad van a mil por hora y que desde Europa, donde toda la sangre del mundo rentúa en sus bancos a tutiplé, se pida la extradicción del bicho y no se pida, por ejemplo, la de los de El Salvador, Argentina, Ruanda o las Chimbambas, que no tiene más lectura que la de ser antieconómico –y aquí la escuela de Chicago es irrefutable–, no yendo desatinados sus defensores cuando acusan a España de ver la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, pues que el autoolvido sirve de mecanismo de supervivencia y echar cuentas al mal ajeno dinamiza.


Además de que el justicialismo histórico viste mucho más que, por ejemplo, sacudir con toda la badana de la ley allí donde la espalda social pierde su honroso nombre convirtiéndose en un culo de agresiones a mujeres, marginaciones mil, vejaciones y terrorismo contra los diferentes, y otras con las que no quiero aburrir pero que entiendo aburran a los jueces, que ni les entran o las despachan con sentencias hechas en papel higiénico, ahorrando sus fuerzas para ajusticiamientos más ejemplarizantes, aunque al final se dejará hacer de verdugo a la naturaleza, esperemos que cuanto antes, aunque los vampiros ya sabemos lo que duran. 

Pero a lo que íbamos, que yo sepa, el Kissinger, apoderado de matanzas sin número, se pasea por el prado y nadie le dice ni mú; la General Electric, la Westinghouse o la Anaconda, con responsabilidades en el golpe, y con intereses también aquí, jamás se les pidió una explicación, y no digamos a las honorables fundaciones implicadas en el amasado, a las que todo el mundo hace el parabién. 

Evidentemente, es mucho pedir y siempre se dijo eso de “los jóvenes, es que lo queréis todo y ya”, pero es que uno ya no es tan joven y querría tener también un atisbo de justicia que recordar desde la marea de decepción total que se nos avecina, y al final habrá que vivir de la ilusión y, como siempre, pensar que el poyo de la extradicción al menos evitará que a Pinocho le den el Nobel de la Paz, algo que estaba cantado, por el espléndido uso hecho de la dinamita en su país, pues los terroristas siempre fueron de los principales clientes de su inventor. 

Lo más seguro, volverá a Chile y morirá en paz como todos los malos, siendo la única esperanza que engorde y, siguiendo hasta el final los esquemas economicistas de la escuela de Chicago, dé de comer al máximo de gusanos aborígenes. Claro que éste es tan hijo de la chingada que lo mismo manda que lo incineren.




jueves, 4 de febrero de 2021

Extrañados

 Los políticos son la basuraleza de la sociedad: se han integrado tanto en su tejido que los consumimos en todo cuanto vivimos, siendo como los alimentos, que, o tragamos o pelechamos de hambre, pues si en nutrición lo ecológico, la biótica, bioética, el veganismo y demás son zarandajas, pues todo está conectado y contaminado, imagínate en lo social, donde encontrar un político sano es como hallar un nabo –con perdón– que no haya respirado aire podrido, aquí o en el Amazonas.

miércoles, 20 de enero de 2021

Invierno

 Con el nevazo he vuelto a los dieciséis. Violeta decía a los diecisiete, pero creo que era solo por mantener el ritmo poético. Lo suyo son más los 16, o los 15 –más dinámicos– y si es medio siglo después, mejor. El tiempo hace más fácil el recuerdo. Aunque para volver a los 16 yo nunca tengo pegas. Pongo Jumpin’ Jack Flash, y en el primer riff ya estoy electrizado y allí, en un baile del Rabo de la Sartén, absorto con la versión del grupo que la toca. 

jueves, 14 de enero de 2021

El claustro

 ¡No salgas! ¡Quédate en casa! Al primer copo, los gobiernos han volado –para eso sí– a reanudar su lucha ya desde el Covid (¡Mantén la distancia! ¡Protégete de los demás!) contra el encuentro e interactuación como forma productiva social, animando al homo clausus (con brotes promiscuos) que somos hace mucho, al encierro como gran panacea de todos nuestros males. Y con gran éxito: los móviles llevan echando humo va para un año. 

La comunicación ha dejado de ser presencial y en vivo –y llamar es lo más, un acto personal de entrega casi íntimo–, para ser solo en directo, burocrática, con público y notario (los demás, las operadoras, el control granhermánico), pues el móvil y las redes en particular son la nueva teatralidad de la integración social, como en el Renacimiento lo eran la etiqueta y la urbanidad como signos de modernización, y el que está fuera, quien no vive pendiente del móvil y no se autocoacciona aceptándolo como la gran premisa relacional, es un inadaptado, alguien que está fuera del proceso social. 

Una presión que acrecienta el miedo actual, suscitado siempre por los otros, sea a la guerra, a Dios o a uno mismo como ahora a esta soledad de pre-muerte (social, de momento), al abandono a un olvido anticipado cuyo paradigma son los muertos desde que el covid manda en nuestros miedos. Una muerte de lo más silenciosa, casi sutil, tan aséptica como queremos nuestras vidas, como jamás antes lo fue “bajo unas condiciones que hayan fomentado tanto la soledad”, que dijera Norbert Elias

Y sin embargo, de donde viene esa aberración relacional, por el ansia de independencia y autosuficiencia individual, es de la misma necesidad de interacción con los demás para encontrar sentido a la vida. Lo cual es una paradoja. Y un drama, el de no aceptar nuestra relativa autonomía, ni reconocer el nuevo miedo con el que contender, que nos lleva, no a la acción, sino al extrañamiento de lo social, cuya opacidad, su ininteligibilidad, está hecha de miedo; y al display como última ratonera. Así es que, perdonen la sentencia, pero si el guasap es hoy la máxima locuacidad, nos espera un mañana de lo más lacónico.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Diciembre

 Antes, cuando llegaba diciembre, matábamos el cerdo. Ahora, más vale que no, porque el cerdo somos nosotros. Y la película debe continuar –ya que diciembre es cuando se acaba la película, o, mejor, el episodio de la serie–, aunque sea sin guión, sobre la marcha, a lo nouvelle vague, o mejor dicho, de nouvelle vague en nouvelle vague, y surfeándolas –como una olaa, tarí, rarí, que cantaba la Jurado–, sin más tabla de salvación que las promesas de los que pueden prometer (¡y vaya si lo hacen!) volver a ese pasado visto como el mejor futuro, cuando diciembre no es ya sino el último mes del primer año del futuro convertido en el peor pasado, que muchos no pueden reconocer como tal, por edad o por ese velo confundidor que es la tecnología. 

Un pasado que solo tendrá pinta de futuro por haber sido facilitado por esos inventos de última generación (ya pasada) que son las máquinas para la solipsis, que es la gran ideología general que se extiende cual lava precursora de lo inerte: así la termomix, el móvil, la tele, la rumba, la bici estática, el satisfyer, el ordenata, las apps, el spinning, la lejía, los mensajeros, los riders, los pijamas como prenda básica, todo aquello que ayuda a trasmutarnos en burbujas dentro del mundo, a cohabitar consigo mismos y a ser devotos de Onán, del teletrabajo, la telerrevolución, el aislamiento, el crowdfunding de la ruina, la videollamada, el sexting, la incomunicación, la mascarilla, la distancia, la nada.

Así es como diciembre ha cerrado el círculo o, mejor, la serie de nuestra fabricación como telesúbditos, o súbditos de la distancia. Y sin catarsis posible, ya que ésta, una vez más será una purificación en falso y nada llameante, esa hoguera donde tendría que arder lo viejo y podrido de cada uno para resucitar en aves fénix, sino una mísera, profana e instrumental vacuna para seguir mordiendo el polvo dándole vueltas cual hámsteres a la rueda de una perdición más que anunciada, aunque vista con los ojos estertóreos de la negación de nuestro propio horror ante el fin de fiesta, pues a la larga no hará más que de profiláctico, póntelo, pónselo, para relacionarnos preservándonos del peligro del vivir, establecido ya como una enfermedad venérea de la que avergonzarnos, al grito creciente admonitorio del poder de ¡arrepentíos!, de lo que sea, cada uno sabrá (estos sumos sacerdotes…). 

Y esa es la buena nueva de diciembre. La mala es que seguiremos fiándolo todo a la esperanza. No hay peor seña de identidad de lo que tenemos encima. 

Mientras tanto, confinamiento ha sido nombrada palabra del año. Por odiosa. Aunque, de tanto practicarla la vamos hasta queriendo, no en vano el roce hace el cariño. Tanto como la distancia el olvido, que es lo que ya hemos empezado a ser para los demás, apenas un emoticono o una foto de estado en el móvil, y luego a luego para sí mismos, y RIP. Feliz año.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Septiembre


Septiembre es un placebo. Es el fondo de armario del resuello, un fin de siesta, quizás pintada de libido para esforzados cumplidores, que despierta entre profusos desperezos y cohetes festivos, satisfechos los unos por los frutos cumplidos del año, ilusionados otros por estar a la vista la nueva sementera, resulta ser un mes de festivales, certámenes y ferias –con alcaldes que el virus y las malas compañías dejan en uniféricos–, una muestra concelebrada de los sentidos renacidos por exhaustos, un mes al que dar rienda suelta de vendimia a vendimia. 

viernes, 14 de agosto de 2020

CREPÚSCULO

 
Todos los días nos preguntamos cuándo regresaremos al futuro, invadidos por esa impresión de haber retrocedido en el tiempo, hacia la eterna escasez, el miedo, el recelo de todo, la desconfianza de todos, la reclusión por falta de perspectiva, la ansiedad del hoyo, enfatizado todo por este agosto sin verbenas ni mundanal bulla  -que ya nos parece transgresora, signo este de claudicación ante el enemigo, la tristeza, el orden, el poder-, listos para firmar la paz y entregar la cuchara, agosto y cierra España. 

lunes, 29 de junio de 2020

Junio


Pradial para los revolucionarios, cuando aún había prados y antes de que aquéllos se pasaran a las flores, aunque fueran del mal, y de que estas se marchitasen, es un mes que a la primera calor se espesa y se vuelve bullabesa que anuncian las chicharras arriba de los árboles a la arriesgada población que pretende vivir otro mes, quizá otro verano, ahí es nada, y disfrutar, si cabe, de ese muñón primaveral, quizá un sarcasmo. 
Porque junio ya no es de ida, sino un mes que está de vuelta, y más que aterrizar, aterrazamos, con permiso de las camareras y su lejía, al fin empoderadas entre mesas y sillas de alguna marca de cerveza, como nueva legión de policía (sanitaria o no) que añadir a los clásicos de la represión por nuestro bien. 
Y es que la nueva normalidad no es nada original, sino un patrimonio de junio, solo que este año, al ser una parodia de sí mismo, con sus flores tardías de papel (higienizado), su recién descubierto grupo O de la suerte, sus rebrotes nada tiernos, su invitación con la boca pequeña a donar plasma con anticuerpos, su quiero y no puedo vacacional, su sudocu vital tan imposible de cuadrar, sus mascarillas de papada, café, copa y puro, su reino del decreto y dictadura telemática –cuando despertamos, Pedro Sánchez (y Fernando Simón) todavía estaban ahí–, hacen que junio parezca que le falte un hervor, que sea casi un mes, un mes seismesino que, en vez de ser el mes chill out por excelencia, es ese treintena en que no sabemos si lo vivido fue una tragicomedia de Netflix o un dramón de HBO, un mes que corre el riesgo grave de convertirse en repe y de instalarse, sin ferias ni verbenas, como rey de la incertidumbre.
Pero si algo delata a junio como sospechoso habitual en este caso pillado in fraganti es por haber aflorado tanto tonto asintomático, esos seres tranquilos vueltos iracundos horribles; serenos ahora presos del pánico; paranoicos antes necios confianzudos; abrazadores natos que huyen hasta de su camisa; gente que te ha hecho su enemigo. Junio, una guerra fría para una vida fría. 
Y es que, al fin y al cabo es el mes con más horas de luz, y ya, todo está a la vista.

viernes, 1 de mayo de 2020

Abril


Jamás un 30 de abril –por ayer- fue más cumplido, amén de infame todo él, pues treinta días con sus noches lloviendo muertos hasta embaldosar nuestro horizonte triste y húmedo con una repentina negrura de sudario, más allá de su ancestral verdor, hasta cambiar refranes el muy cafre, ya es de mérito. 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Compay Felipe


Cuba, por mucho que se empeñe, está destinada al turismo. De hecho, fue descubierta por los europeos en una excursión a trasmano de la metedura de gamba de un italiano ansioso por pegar el sorpasso, dejando la cama hecha para que los castellanos, también conocidos allende la historia como grandes comerciantes de enfermedades venéreas, comenzaran su particular y sexi viajerismo en aquellos chárter de cuatro velas sobre el alisio, hasta no dejar un indio vivo, por desconocer éstos la campaña del “póntelo, pónselo”. 

jueves, 31 de octubre de 2019

Tiempo de crepúsculos


Cada noviembre simultaneo el manto del azafrán con la recaída en esa gallardía estéril de querer comprender –pues aún no he llegado a esa edad de Fernán Gómez de estar hasta los cojones de comprender– cómo vivimos de pendientes de cosas que en realidad no existen, que incluso cultivamos el afán de su creencia, tal vez huyendo de una realidad tan irreal como la que se nos impone, yendo de la sartén de lo virtual al fuego de lo sólo verosímil, inermes frente a lo casi inerte, al mando de una felicidad malva como esa flor empeñada en anunciarnos un tiempo, más que de difuntos, tordo y radical, un tiempo de crepúsculos, que es como más gótico y matizado. 
Recalé por primera vez en esa laxitud desprendida viendo cómo los negros de los telefilmes de repente eran policías, jueces (juezas, más bien), crasos jazzman, generales, hombres de negocios, y yo, blanco de mí, con estos (pobres) pelos. 
Y aunque alegre por esa negritud redimida, intuí que sólo se trataba de que, al menos en la tele, las minorías al fin subían al podio escaparate (las mayorías no suelen subir porque no caben), comprendiendo que un nuevo tópico surgía que añadir a los que ya manejamos tanto a nivel tangible como representativo, todo aquello que damos por hecho y existente que nos permite la tensión mínima para mantener la velocidad de crucero de la vida al ralentí. 
La primera gran banalización masscult de la tradición de difuminación social de la muerte,
            a lomos tanto del espíritu halloween como del falso culto a los muertos, por lo pop y a lo loco.
Algo más por lo que discutir, hacer encuestas, leer y guiar como hitos entretenida nuestra vida cotidiana hasta la muerte, que los americanos dicen pasar delante (passing on).  Porque la muerte, como el negro pobre, no existe.
No son cosas profundas. Es que el silencio y la oscuridad hacen profundo lo cotidiano, y al platicarlo le damos carta de naturaleza. Así, solemos dar por sentada la existencia de cosas como el pan, el cine, la dieta mediterránea, el flamenco o la multitudinaria industria navajera. Cuando todo el mundo sabe que el pan ya no es pan  –la prueba es que hasta las gallinas le hacen ascos–, que el cine se acabó allá por los setenta y sólo quedan teen movies bazofia; que la dieta mediterránea es otro mito nacionalista para engordar a los vendedores de coleccionables culinarios, y el flamenco, que antes era de minorías, ahora es underground, para ratas de quejío, y que como tuviéramos que vivir de la industria navajera íbamos a pasar más hambre que los pavos de doña Lola.
De tal modo se habla de estas cosas que un día le oí declarar a un eminente (por estatura física) agrónomo –la agricultura, que no sé si aún existe, pero que es la única actividad, creo yo, con la facultad de empobrecer aún más al pobre, tanto económico como mental– que el azafrán movía en nuestro entorno más de 20.000 millones de pesetas. Menos mal que no dijo euros. 
Me río yo de los ajuares que se compren a las mozas con lo que den sus matas. Juro que me los pongo y salgo con polisones para el próximo Halloween. Que esa es otra. La cultura spanglish, la única disponible, un folclore, una cultureta de revoltaza amanerada de tics cambiantes para la venta, que utilizan como engrudo y levadura la gelatina de la lengua y el gasificante de cierta idiosincrasia católica, que hace marginal cualquier intento de reelaboración. Que por otra parte es lo mismo que ya se hizo en los países antes protestantes.
Dulces –galguería, que se decía antes por aquí– al hilo de la nueva
         tradición instaurada para estas fechas. Otro festín de impostura.
No obstante esto, España es diferente, es decir, idiota pero de otro modo, y debe ser el único país donde cada vez más gente huye de ir a los cementerios y celebrar San Pueblo con crisantemos cada 1 de Noviembre, para subirse a su sarcófago de hojalata e irse a morir de vacaciones. El tiempo es breve, las ansias crecen y las esperanzas merman. Todo acucia. Más vale perder la vida que morir. 
Es el síndrome Halloween, que empezó siendo la metonimia de la muerte, y ahora es su simple parodia con calabaza desvirgada de pezote, hueca y con una bujía para iluminar la tumba de los andrajos de la parca. Es a la modernidad lo que las Danzas de la Muerte eran a lo arcaico. O sea un supletorio de lo telúrico por lo siniestro, de lo inabarcable por lo grotesco, de la conmoción por el escalofrío de pacotilla, una muestra de cómo el poder adquisitivo compra el sucedáneo de la muerte cuando ésta ha desaparecido de un panorama totalmente secularizado. La última desacralización del dinero. Otra prueba de la irreversible descatolización. La última victoria de Lutero depuis la lettre.
Lutero fue un genio del marketing político al decir a los nuevos burgueses con complejo de culpa católico por haber almacenado tanto tesoro mundano y pecaminoso a los ojos de Dios, que éste en realidad se sentía muy honrado por sacarle el amago a la puta Gaia, aliviándoles así la conciencia del peso de querer enriquecerse cuanto antes, dándoles en el asa de lo que luego explicaría Freud sobre la importancia de que el padre o el superyo te dé unas palmaditas cada vez que pateas a una piedra, o a un negro, aunque sea juez, y encuentras dinero debajo. Da como confianza, ¿no?  Para enmendarte (o enmerdarte más) sólo tienes que revertir un diezmo a obras sociales, o para el psiquiatra. Si esta  vida ya es light, entonces, ¿qué será la muerte? 
Y el último gran producto, preparado para las
           fechas, y con gran éxito. De risa
         –y para llorar, a la vez–. Todo un alarde.
Y si todos aspiramos a ser ricos, o sea si todos esperamos morir, es que aquí nadie cree. Y no es sátira, pues esa otra ilustre desdentada también ha desaparecido, desleída por la pertinaz lluvia de cretinos. Por cierto que la lluvia es otro mito. Por eso es irremediable (como su ausencia). No así el frío, prosaico y vil al que nacemos, desde el principio ya empleados en trabajos basura.
Y sin embargo todos esos y otros mitos es lo que nos mantienen vivos. Los pistilos, ya secos, del pasado que vuelve cada otoño para dar un cierto aroma lila al estercolero e hidratar la vida contenida de las tontunas de cada uno y alimentar así esa presbicia social, que es una parábola social sobre otra evangélica, la de la paja en el ojo ajeno (que ya es perversión), que nos es tan necesaria para no ver lo que, existiendo cerca, no hacemos ni caso, y sí lo lejano e inexistente, en un tiempo sin ojos y sin dientes ni oídos y sí mucha paja, mucha epidermis, piel despilfarrada y no menos olfato, por lo mucho que hay para oler. 
Para bucear en el vertedero en busca de esos mitos tan importantes en la gestión de la población ya no hacen falta los sentidos más espirituales. Sólo un poco de oxígeno y esperar a esas puestas de sol de temporada cuyos malvas nos deparan el perfecto camuflaje de estar entre dos mundos.

jueves, 25 de julio de 2019

Nubes de verano


Años después recuerdo el último regalo que El Maza me hizo un domingo de julio de esos en que uno vaga perdido entre los isótopos del verano. 
Era un casete de la D.G.T. con temas del festival de San Remo y deleznables chorradas de pseudohumor de relleno sobre la seguridad en carretera, que acarrearían más fiambres de los que prevendrían. Y ellos qué saben. 
Lo mejor de la cinta era su distribuidor, que echaba el alto a los reconocidos y te la endosaba. Otros de su talante han dado bolis, estampicas, o te han pedido un duro, que son formas de darse; pero éste, como le había dado por el tráfico, te oficiaba con ademanes, aspavientos, poses y otras formas vehiculares de estar en medio, que era su oficio, y tú te dejabas porque hay felicidades que no piden pan, y si encima te regalan a Domenico Modugno... 
Hay seres -y enseres- que poseen la capacidad de hacer de muestra de las esferas perdidas, y El Maza, cuando entonces, nos revertía a la esfera pública, no en su vertiente prostituta y tergivérsica, ni la del laberinto de espejos en que nos examinamos, esa realidad de bodegón que nos fabrican, ni la de la celebridad o la cenicienta actualidad, no, sino la de los taninos del vivir colectivo, aun resudado y fétido, la del entorno con solera: el árbol, la piedra, la gente, aquello que Felipe (D. León, cuidado) enunciaba como el mundo, y que ahora parece que nos ensucia. 
El Maza, que creía en el otro Felipe, Dios sea loado, era uno de esos elementos del camino y del andar con el que estamos condenados a tropezarnos aunque fuera en bici, la de los colorines y las briosas cintas y quincalla refulgente que, como un tropel de oropéndolas, pasaba a ras del pavimento, que era su pedestal, aparcando lo eterno en mitad de nuestro  autoestimado tráfago, poniendo en marcha la moviola desgranadora de la soguilla de un tiempo apenas detenido. 
Una de esas personas públicas de verdad, con su facultad de gente de la calle y que parecen puestos ahí por un Dios social y verbenero para hacernos detectives de nosotros mismos en nuestra relación irremediable y cada vez más oscura con ese espacio del que crecientemente aborrecemos y quizás por ello aún sea más reivindicable, a la vista de la escasez actual de su savia en los que han hecho de ello, no oficio, sino profesión bien remunerada en esta sociedad de esfinges, que cuando te tropiezas con uno no sólo no te da ninguna cinta sino que a lo mejor te tienen que llevar al dentista, porque les falta la blandura del rocío y les sobra la de los invertebrados a los que en el fondo envidian, por mucho que se vistan de luciérnaga, pues el brillo que despiden no es otro que luz de gas para los demás que, como aquel ciclista obrero autónomo del tráfico que estaba del corazón desconociéndolo, se dedican en cambio a alumbrar la vía pública y de paso las privadas –aunque muchas veces no consigan hacerlo con la suya–, sin necesidad de meterse en una lista o pegar un codazo a su mejor enemigo, y que encima tienen el detalle de regalarte a Modugno para ayudarte a volare a cualquier nube en un Domenico de julio de esos en que los isótopos están tan sesteados contemplándolo. 
Descanse en paz y otros con él del mes de julio, que cierto estoy harán buena compaña gozando del frescor imaginado de la bahía de San Remo.