sábado, 25 de abril de 2026

Difuminado


Una ilusión muy extendida, fruto del pensamiento positivo y asertivo hoy día exigido para no ser muy infeliz, es que al morir no desaparecemos del todo. Y es verdad. Eso es algo que se suele conseguir más en vida. Cuando un día desapareces de la vida de un montón de gente, y la única prueba de supervivencia, de estar aún en el estercolero, es institucional. 

Y más o menos intuyes que sigues ahí, nominalmente, por las facturas de Iberdrola y la opresión de la Agencia Tributaria, las ofertas de tu banco o los recibos del seguro. Ya eres un zombi institucionalizado. Si no fuera por la atención que aún mereces a esos y otros delincuentes, caerías en la anomia más absoluta, y cuando a los cuatro años recibieras la propaganda electoral a tu nombre, no sabrías muy bien a quién se dirigen -bueno, ni así tampoco-. 

Y es que, con el tiempo y una caña, o muchas, según la sed de cada cual, te vas difuminando, adoptando unos el formato de simulacro vital, otros de hombre nuevo, o del mismo de siempre (que no sé cuál de los dos es más patético), como hay quien es sombra de lo que fue, quien adopta forma de segunda oportunidad o quien simplemente pide prórroga, o se va a Denia. El caso es no desaparecer del todo. Aprovechar la inercia (o la inepcia). 

O, como ahora ha puesto de moda espero que pasajera, Sánchez, resituarse en el lado correcto de la historia, y hale, a vivir. Y que es algo así como una reedición 2.0 de aquel “quien se mueva no sale en la foto” de su antecesor casi jurásico Alfonso Guerra, que a su vez era revisión del clásico “quien no está conmigo está contra mí”, y que no es otra cosa que la expresión tribal del rechazo más absoluto de lo que esté más allá de tres palmos de mi culo (y si me lo besa, mejor), condenándolo como lo peor, y, naturalmente, negándole cualquier tipo de evolución que no sea la de convertirse a eso, a mi culo hecho religión. 

Por eso sé yo que dejé de estar en el lado correcto de la historia hace mucho, cuando dejé de vendimiar, de servir, de ser útil, de callar, de asentir, de “trabajar para el progreso”, de comulgar. Y si desaparecer ya es fácil, imagínate si estás donde no debes. 

viernes, 17 de abril de 2026

Colas

 Recuerdo que en la puta mili no se aceptaba la expresión fila india -ni tanque, ni bazuka- para referirse a una hilera -a un carro de combate, a un lanzagranadas–. Pero si hay una afición patria inconmovible, esa es la fila india, esa inclinación a hacer el indio en hilera a la menor ocasión. Deporte que, lejos de menguar con la implantación de la socialdemocracia como impronta vital, mande quien mande, que era para que ese ya uso social idiosincrático, se hubiera disipado con la relativa abundancia y cierta educación ciudadana. Y no. 

Lo cual es todo un signo del mal funcionamiento democrático, de escasez, tanto material como espiritual, como los países socialistas ilustraron siendo potencias olímpicas del asunto, que aquí nos encanta. Es ver a dos presuntos colistas, y ya estás ahí de tercero, enganchado como con ánimo de konga y a pasárnoslo yupi aguantando mecha, a pie derecho, contentismos como si ese residuo de la cartilla de racionamiento y del Auxilio Social fuese lo más civilizado, progre y guay. Y un orgullo, pues si antes la cola era con jersey de borra, hoy vas de Zara, y eso ya es un avance. 

Incluso si es uno solo el avistado en actitud de espera. Esa es la mentalidad. La del comprador de churros. El otro día esperaba yo grácilmente que abrieran un comercio, y en esto que llegó otro primo y, sin anestesia ni nada, me preguntó si yo estaba en cola. Yo le dije que no, que simplemente estaba frente a una puerta. Me miró con cara entre compasiva y mosca. ¿Para qué otra cosa podía yo haber salido de mi casa si no era para hacer cola? Pero cuando abrieron, me obligó a pasar primero. Te puedes poner como quieras, que hagas lo que hagas, siempre trae cola. 

Y el colista profesional, el preponderante, siempre gana. Hasta en las situaciones más peregrinas. Como al pasar a un cine, en que, incluso si es con entrada numerada, automáticamente se forma una cola de quince o veinte metros, como si, asustados por la multitud, se tendiera a reaccionar con aquel “¡disuélvansén!”, para acabar con tal anarquía y vorágine, ordenándola, aunque sea en una cola. Que, eso sí, nos salen de preciosas, que ni la Pantera Rosa.

jueves, 9 de abril de 2026

Idiomas

 

Mi experiencia con niños, sobre todo grandes, me dice que lo de Trump obedece a esa perversión polimórfica (que diría Freud), tan típica del acostumbrado a que todas sus malas o buenas acciones (especialmente estas) no le pasen factura desde nunca. Y además, lo sabe. Que la maldad siempre sale más barata que la bondad. Y obra en consecuencia. Bueno, eso, y que le gusta la bolsa, esa otra juguesca para ludópatas con posibles. 

Pero sí estoy seguro que este señor con el pelo a juego con el color universal actual de los medios (a los que, dicho sea de paso, provee de titulares gratis), no sería ni la mitad de malo si estos no anduvieran pendientes como yayas de su caquita, sus dicharajos o sus bailecitos. Porque es que da asco. 

El día del antepenúltimo último ultimátum, valga la ortoendodoncia, la Moncloa se despachó con un telediario previo a un cataclismo nuclear, despidiéndose de la audiencia con dudas de volvernos a ver, en un inenarrable ejercicio de nauseabundo buenismo de “nos veremos en el juicio final”, mientras, por supuesto, transcurría la primera jornada del otro, el del aperitivo, a Ábalos y Koldo

Y a eso le llaman democracia informativa. Y a lo de Trump, tiranía. Que, aun siendo cierta, siempre es más productiva, aunque solo sea por verbalizar ideas subconscientes, tan propias del incontinente irreductible. Como lo fue el anunciar el apocalipsis para esa madrugada y, a continuación, que iba a aprender castellano en un plisplás, por si tenía que ser presi de Venezuela. Solo le faltó un spoiler de su posible boda con Delcy, y ya, la mejor telenovela para la eternidad. 

Otro de sus regalos impagables, y una promoción del idioma que ni el Instituto Cervantes ni la Real Academia han agradecido todavía. “Pase usted de apocalipsis nuclear y aprenda castellano, la solución final. Rechace imitaciones”. Y eso tras poner hace nada a Bad Bunny a caer de un burro, por ininteligible y vomitivo (y con razón). 

¿Se imaginan al pavo dando el cante en la Fox con el tema? A mí me hacen un eslogan así y es que me escurro de gusto. Vamos, que se lo hacen a un francés y responde con otro. Pero Spain, ya se sabe, is diferent. Y no aprendemos. Ni castellano.

sábado, 4 de abril de 2026

Letras pa´l cante: tangos de Málaga

 

De camino


Arriera de mal talante

sin talento para el trote,

la vara que tú gastaras

no vale ni el precio coste.

 

Viva Cádiz que es la espuma

y Jerez que es la solera,

y Sevilla que es el arte

y Madrid que es la primera.

 

Por Madrid pasan tres ríos

y ninguno lleva al mar.

Pero están los cantaores,

que son canteras de sal.

 


Cuando voy a San Fernando

yo cojo la carretera

y siempre me vuelvo andando.

 

No sé qué hacer, no sé qué hacer,

si meterme a monja o tomar café.

 

Se me clarean las carnes

cuando tengo que ir a Hacienda.

Yo creo que es un complejo

muy freudiano que me queda.

 

Cinturita de soltera,

la sonrisa abandolá,

el aire entre verde y oro

y ojitos de enamorá.

 

Se me están arrejuntando

las penas que yo me busco

con las que tú me vas dando.

viernes, 3 de abril de 2026

Reuniones


La religión no deja de ser un oficio de incrédulos (además de tinieblas). Y no se trata de una paradoja. Siempre hay algo más aparte del rebaño. Es lo que define cualquier fe como credo entre líneas: su cara oculta. Como la de una luna ignota pero intuida. 

Hablo, naturalmente, de todo aquel que, dentro del más preclaro, invariable y natural ateísmo como actitud serena, y no en plan forzado como el que llega a él desde el reniego o el rencor de sí mismo -he ahí al militante anticlerical grotesco, ese rastrero atavismo mental-, de vez en cuando visita, lo más seguro en clase turista, ese mundo en el que quizás un día estuvo avecindado, o incluso le cabe la circunstancia de serle familiar, aunque no fuere más que por la expresada por Don Antonio, fe de sus mayores.

 Nada. Una bagatela. Un adarme de nostalgia. Una debilidad consentida desde esa fidelidad hacia sí mismo como única religión que aparece como flojera ante el resto y que se la trae al pairo. 

Es en esa actitud madura y de libre albedrío, aparentemente tan anti religiosa, en lo que se basa, no el culto, pero sí la presencia en el fenómeno religioso, de un caudal guadianesco que en fechas y ocasiones señaladas, por el calendario o el destino, acude sin complejos con un monto fijo discontinuo de, no devotos, pero sí fieles (incrédulos), quizá más de sí mismos que del madero, del que algo sienten tener, como un producto de la historia a la que se conectan por momentos, pulsiones, fogonazos. 

Cada credo, para, reafirmarse, ha de tener sus furtivos. Y no solo es la Virgen su atavismo favorito. Puede que la palma se la lleve el Cristo de Medinaceli. Así, hay quien, desde el descreimiento, va a pedir por un enfermo terminal, por un caso perdido, por un milagro. Y por primera vez, pisa un templo. Aunque, tras la (semi) decepción, jamás volverá, siendo curiosamente ese espacio sacro, el que le confirme en su sagrado agnosticismo.

 Otros no se cansan, y volverán ya, año tras año a un besapiés como la excepción que les confirme su regla laica vital. Resulta extravagante. Pero no es más que la expresión de la diversidad encerrada en cada humano, que, de no existir, habría de inventarse.