El mundo del cine
tampoco se ha librado de ese gusto tan francés por la apropiación indebida de
cualquier gloria que, aunque procedente de cualquier otro sitio, en algún
momento –y Francia, todo sea dicho, ha propiciado muchos, haciendo bueno el
dicho, no solo retórico en tantos casos, de Meca de la libertad– han
desarrollado su carrera al amparo de su suelo, hasta el extremo (y esto ya es
chovinismo puro y duro) de asimilarlos como suyos enteramente. Veamos algunos
ejemplos.
Jean Epstein, hijo de
polaca y francés, cuando Polonia aún no tenía estado, fue secretario y
traductor de Lumiére, teórico del cine, maestro y vanguardista de la primera época, así como colaborador de Buñuel (que dejó de ser amigo suyo por ser el francés un gran admirador de Abel Gance, y casi estoy por darle la razón), es quizá la apropiación menos ilegítima, de las aquí expuestas, pese al amplio espectro
europeo del cineasta.
Alberto Cavalcanti, brasileño
mandado a estudiar arquitectura a Suiza por su padre y que, sin terminar, salió
zumbando adolescente aún, a París, para trabajar como interiorista y luego como
escenógrafo de Marcel L’Herbier, un pope del primer vanguardismo
cinematográfico de los años 20, línea que seguiría ya toda su vida, haciendo en
ese país sus primeras obras en el mudo y comienzos del sonoro, así como las
últimas. Y no obstante hacer todo el resto de su carrera, o sea todo lo de en
medio, fuera de allí, pues eso, que ha pasado como uno de los cineastas
franceses pioneros.
Eddie Constantine,
quizá el caso de más legítimo afrancesamiento, por cuestiones obvias: criado en
Los Ángeles, hijo de emigrantes rusopolacos, estudió para cantante en Viena y,
no pudiendo hacer carrera en su país volvió a Europa, siendo en París donde la
llevaría a cabo, primero en corto y por lo musical, a partir de su relación con
Edith Piaf, y luego dando vida a la serie de películas como el detective Lemmy
Caution, hasta acabar allí sus días.
Jean Seberg, rubia
típica de Iowa, debutó con Preminger en Juana de Arco y a partir de ahí siguió
con diversos éxitos, siempre en Europa, con ese director y otros (Godard, por
ejemplo), convirtiéndose en una especie de musa nordexótica de la Nouvelle
Vague. Su falta de éxito en USA y su devoción por los Panteras Negras le llevó,
además de a ser fichada y espiada por el FBI, a volver a su patria solo para
hacer alguna película, mientras desarrollaba un buen síndrome suicida (su hija
Nana había fallecido al nacer), siendo a la octava tentativa cuando la
encontraron en una calle de París, en un coche y hasta arriba de barbitúricos,
en circunstancias confusas, también es verdad, lo cual ha alimentado siempre
ciertas sospechas.
Max Ophúls, el caso
más flagrante, aunque no sin cierta justificación, pues este judío alemán del
Sarre (territorio administrado para su expolio por Francia del 20 al 35) se
exilió allí tras el incendio del Reichstag, nacionalizándose cinco años más
tarde y llevando a cabo una carrera corta pero brillante, hasta su reexilio, en
USA, en el 41, donde, a los cuatro años de estar parado, lo recuperó su
admirador Preston Sturges para rodar solo cuatro pelis, pero eso sí, magníficas,
y volver definitivamente a Francia donde rodaría en ocho años una serie de
obras maestras antes de morir, irónicamente, no en su país de acogida, sino en
Hamburgo, allá de donde había huido, donde, para colmo, iba a ser incinerado, para
ser rescatado para la historia del cine por los de La nueva ola, como materialmente
también lo serían sus cenizas, que reposan, agasajado como francés universal,
en París.
Jules Dassin, cineasta
estadounidense de lo más completo, de origen judío ruso, se traslada en plena carrera
(y acoso maccarthista) a Francia, cambiándose el nombre y continuando allí una
carrera próspera, que acabaría sin embargo en Grecia, dado que estaba casado
con Melina Merkouri, actriz que iba a ser la primera ministra en un gobierno
griego, y a la que sobreviviría después de su fallecimiento por cáncer de
pulmón, por lo cual iba a ser homenajeada por sus admiradores griegos con
cartones (vacíos, supongo) sobre su féretro, de su marca de tabaco preferida.
Pues a pesar de hacer ese “griego”, y después de muchos años, ya que viviría
casi 100, jamás dejaría de ser francés.
Y es que no hay como que te quieran, oiga.
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