Es un lugar común, un topicazo que niños y viejos comparten conductas e inclinaciones, y que, con la vejez, nos volvemos más críos, más regresivos al estar de vuelta, esa redundancia barata.
Es una más de las ofensas, humillaciones y ataques encaminados a dejar anómica esta edad previa a la nada que es la vejez, por si no fuese bastante el haberla convertido en el objeto preferido de ese parque temático de la estulticia, la iniquidad y la absurdez de la civilización del ocio y tiempo libre.
Pero no hay mayor ignominia que igualar e identificar un niño y un viejo. Pues, aunque coincidan en muchas manifestaciones más (o menos) humanas, hay una fundamental en la que difieren radicalmente, y es que, si el niño se lo cree todo, el viejo no se cree nada. O, aún mejor, duda de todo, que es lo más anti infantil del mundo, pues un niño que duda, no es un niño. Y un viejo que cree sin género de duda en algo, es un tonto.
El problema es que, si un niño tiene toda la vida por delante para aprender a dudar, el viejo no tiene apenas tiempo para librarse de caer en la tontuna. Solución, el niño tiene que saber esperar y el viejo saber correr. Precisamente lo contrario de lo que son los impulsos de cada edad.
De ahí que el joven tropiece con la prisa y el viejo con la inoperancia, pues si hay una victoria segura, salvo la muerte, en la vejez, esa es retirarse a tiempo antes de que te pueda la estulticia, pues agarrarse al enlucido, bunkerizarse, plantarse, enrocarse, es lo último, literalmente, que cualquiera puede hacer antes de irse al Hades.
Y que es precisamente la tentación que mucha gente no sabe, no aprende a gestionar. Y más si no tienes a alguien que te retire cuando la brújula se atasca. No es divismo, éxito mortal, pérdida del norte, la cabeza. Son los años. Y habría que dejar escrito, como testamento vital, que cuando eso suceda, te corten los vuelos y te bajen a tierra. Pero no.
Y ahí los tienes, a los Florentinos, los
Mick Jagger, los Trump, por citar conocidos. Pero ni el más modesto se baja de
la burra por las buenas. Es de lo único, como viejo (sin burra), de lo que no
tengo dudas. Ea, nadie es perfecto.
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