jueves, 30 de julio de 2026

Perspectiva


Cobra fuerza la idea de que la democracia tiene los días contados, que pronto engrosará la lista de especies en extinción del planeta. Y como síntomas de esta debacle jurásica se exponen ejemplos de tan distintos biotipos políticos, como la estrafalaria deriva dictatorial de Trump (y sus dudas electorales), la enconada erosión democrática del rechazo electoral de Sánchez, o el descarado y fulminante fin de la democracia impuesto en Nicaragua por Ortega, y el que quiera votar, que se largue a Suiza (je,je). 

Hace 30 años, todo eso era impensable, y al mismo verlo, se habría desatado una beligerancia importante. Hoy, no pasa nada. Lo cual es el gran síntoma de que algo está pasando. Y en más de uno aflora ese sentir de que, los sitios de donde vengo empiezan a desmoronarse. 

En cambio, en los que no vienen de ninguno, y solo van, no supone mayor problema; ya llegarán. El futuro se acepta mejor según viene para quien no tiene pasado. ¿Son ellos, pues, el problema? ¿O, según ellos, los viejos? 

En todo caso, es un hecho que las elecciones están sobrevaloradas. No hay más que ver la miseria alcanzada (partiendo de la más absoluta miseria). Aunque también lo es que, a partir de ahí, se empiece a minusvalorar, si no a despreciar, la democracia, aceptando que sea esa cosa estereotipada que nos hacen tragar a lo pavo. Ya que no hay democracia -ni cocina, ni amor, ni clima, ni cine, ni vida- como la ya pasada. 

Para mí, el periodo más democrático vivido va de 1978 a 1984, cuando el Psoe empieza a hacer de las suyas. Y la percepción era de gran insatisfacción. Quizá porque había mili, no había divorcio, o atención médica universal. Esas cosas con las que se mide la democracia, comparándola con otros sitios, y que no están nada claras. 

Si así fuera, los jóvenes, que lo tienen todo -¿o es que alguien cree que nosotros veníamos de fábrica con trabajo y casa puesta?- deberían de estar más satisfechos con el sistema. O quizá lo estén y piensen que un ajuste fino -terrorífico para tantos mayores- lo hará más democrático. Y si, al final, no resulta democrático, pues tampoco pasa nada. Al fin y al cabo, es algo que se verá dentro de mucho.

jueves, 23 de julio de 2026

Exilio interior

 

Ahora mismo soy un refugiado climático. Quien me lo iba a decir. He hecho acopio de todo mi capital vital, y abandonando a las olas del naufragio calórico la alcoba, la cocina, y casi el inodoro, pues he sufrido más que un san Antonio la tentación de trasladar conmigo un bacín (y así somos dos), me he instalado cual momia silente en el salón, a ver pasar a golpe de mercurio el cadáver de mi enemigo, o sea, yo. 

Lejos, no sé si en el tiempo o el espacio, parientes según los físicos, resuenan entre la calima calentorra los últimos Viva España de un verano que me hace la ola. Y aún me da más calor, como si los muros que protegen la patria mía que es mi aposento fueran a derrumbarse. 

Y resuelvo en pensar, casi siempre en tonterías, como qué será de los que estén escardando cebollino, o en los que, huyendo de guerras, hambres o infortunios, han venido a parar a este horno para bollos, o si, en mi calidad de damnificado por el torrezno atmosférico, tendré derecho a alguna ayuda, a una dádiva que me refresque, siquiera sea un soplo, una frigoría. 

Pues tengo entendido que algo se mueve en esto del asilo climático por padecer las del cainita palomo. En fin, algo de justicia climática, que ya se atisba, y yo quiero pillar lo mío. Como una tutela como desheredado del anticiclón, o una solidaridad pensionada de alguna autonomía más boreal ajena a la bomba de calor sureña; en suma, un derecho de encrucijada (por no saber qué camino tomar) que me allane el camino hacia un futuro de frescor, aunque sea en forma de limosna. 

Como si fuese un niño saharaui en acogida o un Mena sin derecho a cocina, solo a brisa. Pues los próximos negros fugitivos del desierto, el sol infame y los alacranes somos nosotros mismos, y cuanto más al sur alguna preferencia deberíamos tener en la próxima distribución de la riqueza climática, y disfrutar un poco por un módico precio subvencionado de ese norte que dicen que también existe. Los melones, los llevamos nosotros. 

Eso debería estar ya en estudio por los parlamentos regionales. Porque las apoplejías son para el verano, señor Page. Y la igualdad, inalienable. Sea en grados Celsius o Fahrenheit.

jueves, 16 de julio de 2026

Sentencias

Mañana es 18 de julio. Menos mal que es sábado y no se espera ninguna sentencia. Lo mismo decían que era un Dragon Rapide de papel. Pero la semana no ha estado mal (y el día no ha terminado). Y es que, si julito ya es un mes excretor, de cara (o culo) al agosto fiambre, este año es todo un sisón judicial, y se las trae, marcado como viene por el Niño. 

El Niño de la Audiencia, será, que suena a cantaor -¿de carceleras?-, y trae frita a la Moncloa. Menudo asorrate, eso de despejar todo el día autos, providencias y oficios varios, incluso de tinieblas. Ni el Unai ese. Eso sí, haciendo las delicias (con los goles de Porro, o el porro de goles) de un verano sin monstruo del lago Ness, ni siquiera de vacaciones, con los juzgados de programadores televisivos, animadores de barrio y amenizadores de verbenas; y con el trasnoche y tres pelotazos, se habla lo mismo de law fare que de chistorras. 

Y con tanto contubernio, tertuliano y vigilia, y tanto calor en lontananza, una sentencia como las del Hermanísimo II -el Hermanísimo I fue el del Guerra (Alfon), recuerden los fieles- llama a escandalera, válgame la Macarena y s.h.p.t.p. (se han pasado tres pueblos). Y nadie hace la lectura contraria. 

Osease. Aun no pasándoseme por el magín que no es más que la ley lo que se ha aplicado al Hmnsmo y a su tejemanejeador político de turno extremeño, y aun sabiendo que los extremeños se tocan, ¿se puede saber dónde han estado los justicias durante más de cuarenta años en que se han cometido todo tipo de tropelías, abusos y desmanes de parecido si no idéntico jaez -ojo, y se siguen produciendo- por toda la raída y estragada España profunda y provinciana en la que los políticos (tan bien ensamblados con las fuerzas vivas de cada sitio) han hecho de las suyas a izquierdas y derechas, lo que les ha salido del fandango, sin que a duras penas se les llamase la atención? ¿Por qué no se denunciaba?

 Después de tantos años en la administración, me da la risa. Y, no nos engañemos, es la sensación general. De ahí la polémica, las dudas y la división. En conclusión. La sentencia podrá ser ejemplar, y ejemplarizante. Pero ya podían haber empezado antes.


jueves, 9 de julio de 2026

Resiliencia

 

Los europeos siguen sin entendernos. Ahora, les extraña cómo podemos vivir, currar, pasear, amar, pelear, dormir, que ya es decir -incluso morir, que se pone imposible- con este calorro, este palomazo. Algo inexplicable sin lo cual no puedes entender a Goya, Picasso o Lorca. O el confinamiento, que es algo que se aprende a golpes de calor. 

Y vienen como en su día Irving o Hemingway, a asolanarse, a socarrarse, a cogerle el tranquillo, aunque no a hacerse de secano, que es algo que les entra a la primera en bares y colmados. Hasta la política la pillan, que hace falta algo de calentura y mala hostia vespertina, hasta que te hinchas de agua tras la siesta y empieza el nuevo día, o sea la tarde. 

Pues acá, gobierno y calor son dos efectos del anticiclón, y ambos en competencia por nuestras meninges menos sobradas. No en vano el 18 de julio es fecha señalada de ambos males, calor y políticos. Y la mala hostia, ya puestos. 

Quizá por ese mal sueño de verano, esa pesadilla sestera que es soñar en verde, eso tan nuestro. En cuanto aprieta el Lorenzo anhelamos el verde. Nuestro paraíso es verde. Y eso antes nos trasladaba siempre a Europa. Y al Tour (desde que era en blanco y negro). Nuestro complejo europeo de amorodio estaba ahí. Hasta que vimos que también estaban verdes, pero en muchas otras cosas del vivir. Y que los sueños también se agostan. 

Y ha sido últimamente cuando se nos ha caído la venda, al ver que aquello también va para secarral, que sus prados se secan, las vaquitas no pastan y el ocre, el pardo y amarillo campan también bajo las lenguas de calor que los invaden, y que, por fin, lo hemos conseguido, hacerlos de los nuestros, y solo les falta el botijo y el ventilador (y poner persianas). 

Mientras, su propio sueño, el mediterráneo, también se desvanece: vamos para viejos, rentistas y fachas. Como ellos. Somos su decepción, como ellos la nuestra. Europa es eso, una decepción recíproca. 

Menos mal que Sánchez todavía resiste. Y de vez en cuando les lee la cartilla de nada con sifón (con hielo, eso sí), pero sin Begoña. Y Europa sigue. Y el calor. Y espérate que llegue la Calígula. La canícula, quiero decir. Menuda resiliencia nos espera.

viernes, 3 de julio de 2026

Fútbol

 

No es casual que el último gran héroe del fútbol fuese Maradona, coincidiendo casualmente o no con el alargado fin de este deporte como tal y su conversión en el mayor espectáculo circense del mundo de la mano de su invasión y apropiación por el gran capital, allá por los 90.

Por esas fechas, el neoliberalismo entró a saco en los estadios, pero por acá abajo se dio la paradoja de hacer valer esa década como una nueva época heroica, algo meramente anecdótico debido a la coincidencia casi milagrosa de gestas como la de la Quinta del Buitre, un caso tardío en realidad de la época anterior, pero que sirvió para añadir (en falso) esa pátina de reflorecimiento. Aunque fuese un espejismo.

Un espejismo, pues de heroico, al fútbol le quedaba tres estornudos, tras su toma por el billetal. Y de hecho, algo empieza a pasar, pues comienzan a jugarlo niños bien, y hasta algún rico. No quiero decir que antes las chequeras no dominasen el pastel. 

Pero, y llámenme romántico, se trataba de un dinero del fútbol que, en comandita con la fuerza de trabajo salida del barrio, las fábricas, o el campo, eso que una vez existió llamado proletariado, trasladaban al terreno de juego un tándem como la vida misma, capital/trabajo, que en el cuadrilátero telúrico de una cancha constituía, dentro y gracias a su propia contradicción de origen, la fórmula magistral para jugarse las esencias mismas de su ser, su todo o nada, su proyección a futuro, su revolución de cada uno, su emancipación por el paso al Olimpo, o por la simple pelea de la vida que representaba. 

Y todo contra otros ejércitos -pues eso es la cancha, un escenario de guerra, abierta y lo más civil que se pueda-, dándolo todo, sin miedo a revelarse en sus adentros, pues al campo, al pasto, se va a confesar, a mostrarse hasta el tuétano cual eres, y sin arrepentirse, sin pleitesía ni penitencias, como debe ser en la aceptación previa de la muerte, que es por lo que el fútbol no es país para falsos ni huevones. 

Todo eso ha quedado usurpado por los fondos soberanos, que les da igual si en Toronto o Chicago no les suenan de nada los sueños de los niños en los descampados de las eras, sino la necesidad de falsos mitos y palomitas del presente que venden la épica de baratillo entre mazacotes de anuncios de chorradas, y como héroe admirable icónico a un Ronaldo subido al carro de la desmesura triunfal más al uso del relumbrón mediático, y que es como si Ulises, en vez de volver con Penélope hubiese puesto una agencia de viajes. 

Y a eso se le llama nueva épica, épica de masas. De masas para churros, será. Por no hablar de las árbitros. De colorines. Y asistidas por VAR. Qué risa. Una figura primordial, la de la autoridad inapelable, obligadamente patriarcal, casi divina por despótica, y fatal, con el silbato por guadaña y bien de negro, sin la cual, quién coño puede aspirar a héroe como dios manda. Todo lo más, a Yamal. Otro niño rico.