Los europeos siguen sin entendernos. Ahora, les extraña cómo podemos vivir, currar, pasear, amar, pelear, dormir, que ya es decir -incluso morir, que se pone imposible- con este calorro, este palomazo. Algo inexplicable sin lo cual no puedes entender a Goya, Picasso o Lorca. O el confinamiento, que es algo que se aprende a golpes de calor.
Y vienen como en su día Irving o Hemingway, a asolanarse, a socarrarse, a cogerle el tranquillo, aunque no a hacerse de secano, que es algo que les entra a la primera en bares y colmados. Hasta la política la pillan, que hace falta algo de calentura y mala hostia vespertina, hasta que te hinchas de agua tras la siesta y empieza el nuevo día, o sea la tarde.
Pues acá, gobierno y calor son dos efectos del anticiclón, y ambos en competencia por nuestras meninges menos sobradas. No en vano el 18 de julio es fecha señalada de ambos males, calor y políticos. Y la mala hostia, ya puestos.
Quizá por ese mal sueño de verano, esa pesadilla sestera que es soñar en verde, eso tan nuestro. En cuanto aprieta el Lorenzo anhelamos el verde. Nuestro paraíso es verde. Y eso antes nos trasladaba siempre a Europa. Y al Tour (desde que era en blanco y negro). Nuestro complejo europeo de amorodio estaba ahí. Hasta que vimos que también estaban verdes, pero en muchas otras cosas del vivir. Y que los sueños también se agostan.
Y ha sido últimamente cuando se nos ha caído la venda, al ver que aquello también va para secarral, que sus prados se secan, las vaquitas no pastan y el ocre, el pardo y amarillo campan también bajo las lenguas de calor que los invaden, y que, por fin, lo hemos conseguido, hacerlos de los nuestros, y solo les falta el botijo y el ventilador (y poner persianas).
Mientras, su propio sueño, el mediterráneo, también se desvanece: vamos para viejos, rentistas y fachas. Como ellos. Somos su decepción, como ellos la nuestra. Europa es eso, una decepción recíproca.
Menos mal que Sánchez todavía resiste. Y de vez en
cuando les lee la cartilla de nada con sifón (con hielo, eso sí), pero sin
Begoña. Y Europa sigue. Y el calor. Y espérate que llegue la Calígula. La canícula,
quiero decir. Menuda resiliencia nos espera.
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