Lo irreal, como producto de
la imaginación, y aunque sea de lo más celebrado, no constituye efeméride,
quizá porque su construcción en la mente donde habita es similar a una obra
doméstica que se sabe cuando empieza pero no cuando acaba, como los albañiles.
Siendo así que grandes creaciones humanas como los mitos, el subconsciente o el
IPC, no tienen onomástica.
Una deslocalización que convierte a dichos andrajos
históricos en expedientes X, muy útiles
como certeza de que aún quedan meollos vírgenes para violación del saber,
constantemente de maniobras en prolegómeno amoroso sobre los distintos objetos
desflorables. Como es el caso del Purgatorio.
Se sabe ya que, entre 1024
y 1033, la Orden de Cluny, en plan populista y para contrarrestar la mención
litúrgica nominal del 1 de Noviembre de una serie de difuntos egregios,
instituyó el día 2 un culto concreto para conmemorar el de todos los demás,
como un día de puertas abiertas posterior, que vinculara en general y a piñón
fijo a los vivos con los muertos, siendo esa relación precisamente la que marca
la gestación del Purgatorio como intermezzo
límbico.
Un feto que crecería en las
conciencias del personal, no como un monstruito amenazante de penalidades a
treinta, sesenta o noventa, sino como una tercera vía de salida al overbooking planteado por el cambio en
la entrada masiva a la gloria, por otro de listado individual casi alfabético.
Casi lo que opina uno que
conozco, que dice que lo único que enturbia este buen Purgatorio son los
políticos, que han sido puestos aquí con el simple fin de darnos por donde
amargan los pepinos y que la felicidad no sea completa. No sabe que a veces son
precisamente éstos los que de verdad pasan aquí las mayores purgaciones
–anímicas–.
Lo cual hace que precisamente sea ese estamento y concretamente los
que más creen en la gloria, aunque sólo sea para llevarnos la contraria al
resto, que a falta de otro porvenir no nos queda más remedio que tomarnos este
valle de lágrimas por las buenas. Los que acaben viéndolo como un infierno
real, eso sí, administrable, para darle ese punto de sal que lo imaginario
siempre requiere, burocratizándolo y haciendo depender el cielo futuro de
expedientes que trasladan a lo inexplicable de lo “X” los más elementales
raciocinios y decisiones.
Lo cual alarga las penas indefinidas de la vida,
aunque sean infernales y postponen las mieles de la gloria, aunque sean jamón
serrano, ya que a lo que tienen miedo de verdad es al paraíso que, a lo peor,
al final es éste y sólo éste, tratando de vivirlo como chollo, aunque de cara
al graderío se llore a lebrillos.
¿En qué quedamos? Con lo
bonito que es considerar el trago como una sucesión de duras, mientras dura, y
maduras, que, con buena voluntad, también duran, incluso sin fármacos. Pero son
muchos años de influencia del Concilio de Trento y de su giro dado de lo
pasajero y beatífico del Purgatorio hacia lo eterno y terrorífico de tal
estadio y su aperitivo, la vida, un vermú de espinas que, bien trasegado, es el
mayor mérito para acceder al cielo hipotético.
Y es que son unos notas que
les cuesta coincidir con los demás en verla como un Purgatorio con tele, en la
que encima salen ellos hechos unos calientalmas.
Pues si quieren Infierno, que
se quiten de políticos, que no hay quien los entienda. Pero un día de estos,
por todos los santos que llamo a la Scully y al maromo para que vengan y me lo
expliquen. Porque este purgatorio, con tanto expediente X, es que es muy fuerte.
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