Rosalía, esa chica
casi milenial a la que muchos tomaron por neo flamenquita, aunque más bien vaya
de profeta poligonera del hip-hop más milenarista, ese que según sus practicantes
anuncian se instalará durante mil años antes del juicio universal para combatir
al maligno, en realidad está resultando de lo más catalocañí.
En su última
aportación a la cultura universal, y en su fiebre por tocar palillos, ahora, al
fin, nos deleita con una nueva intromisión, ésta, en la rumba, cómo no,
catalana, dedicándole un temita para adoctrinarnos sobre los males del dinero
(Milionària, se llama la cosa), en la que, con pose de recién llegada a la visa,
o de cura bien cebado, rechaza, para los demás, los bienes de la guita, o la
pela, que aún se dice allá, con esa ideología de orgullo de pobre, que se
extiende, como el de género o el de ser iletrado u otros igual de dudosos, como
una peste identitaria con lo primario, cutre y hasta piojoso, por entre los
damnificados de la globalización.
Y lo hace, por primera vez, aleluya, en
catalán. Malamente. Y ahí la quería yo ver.
Señal de
que están dispuestos a resucitar hasta a sus cadáveres más ocultos, con tal de
aprovechar todo un bombazo cultural que les es absolutamente ajeno, por muy de
casa que sea ella, y que ha explotado en español. Y eso, es imperdonable. Más
que por lo ofensivo del idioma empleado, por lo que ello demuestra.
Y es que,
culturalmente, viven condenados a ir al rebufo de lo que más detestan –dile tú
a un adolescente de esos de estelada que reniegue del reguetón–. De modo que,
presión a la neumática sirenita multifusión. Para que al menos, como ahora,
tenga un detalle. Aunque, cuando sale por bulerías, uno desearía que lo hiciera
en catalán. Y todo, el rap, ella y sus presionadores, todo a la mierda. Qué
descanso.
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