Desde que compró los
derechos de autor de la novela por unos pocos miles de dólares, la obsesión de
Hitch fue siempre que nadie supiera de qué iba a ir su Psicosis. No hubo
preestrenos ni pase para críticos y otros, y cuando se estrenó se prohibió la
entrada al público que iba a verla ya empezada, por si se sentían defraudados
por el desenlace, además de conminarles a no hacer comentarios para su
desvelado. Que al final no pudo evitar, pues varias revistas especializadas se
encargaron de hacer lo posible por adelantarlo, destriparlo…, y garantizarle al
director 5 millones de dólares que se embolsaría finalmente por una peli que
costó 900.000. Entre otras cosas debido a su bajo presupuesto, al ser en blanco
y negro, decisión que la Paramount, que luego se iba a deshacer de la película,
dejándosela a la Universal para forrarse distribuyéndola, tomaría entre otras
cosas para que sus sanguinolentas escenas no fueran filmadas en un entonces se
pensaba demasiado agresivo color.
Otra causa de lo
barato del filme fueron los recortes de todo tipo que Hitch, que tenía grandes
intereses económicos en el mismo, proporcionó al empleara a
precio fijo a su bien amortizado equipo técnico, gastando solo 62.000 dólares en extras, y
escamoteándole, también hay que decirlo, a la Leigh las tres cuartas partes de
su caché, que cobraría solo 25.000,
mientras Perkins se apercollaba 40.000. Entonces, el Me Too aún no estaba ni en
mantillas.
Sin embargo, sí le pagó una fuerte gratificación a Hermann por su banda sonora, que claramente estaba basada en los movimientos segundo y tercero del cuarteto de cuerda de Shostakovich, y a la que el director era en principio muy renuente, y que al final prestó un gran servicio a la película, por su transferencia de la amenaza desde la pantalla a la mente del público, una gran novedad entonces.
Sin embargo, sí le pagó una fuerte gratificación a Hermann por su banda sonora, que claramente estaba basada en los movimientos segundo y tercero del cuarteto de cuerda de Shostakovich, y a la que el director era en principio muy renuente, y que al final prestó un gran servicio a la película, por su transferencia de la amenaza desde la pantalla a la mente del público, una gran novedad entonces.
Ya montada la peli,
Hitch tuvo que lidiar con la censura (mucha, en aquel entonces), que había
detectado, así, a bote pronto, un pecho de la Leigh –¿y quién no?–, quien por
cierto pasa de un primer sujetador blanco (símbolo de inocencia) en su
encuentro con el novio, a otros, todos negros, del resto del filme. Uy, uy, uy.
Y también habían visto un glúteo en su doble, e incluso un tirón de cadena del
váter, antes nunca mostrado en peli alguna, otro alarde del Maestro; e incluso
la palabra travesti. Todo, banalidades, al lado de la dichosa escena de la
ducha.
Hitch dijo que si le
permitían mantenerla, y todo bajo la supervisión de los buitres, rodaría una
versión más romántica del comienzo de la peli, para satisfacer las modas
pasteleras del cine del momento, pero al no presentarse ninguno el día previsto
para la nueva toma, todo quedó como estaba.
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Y es que al gran
descuartizador le gustaba tomarse su tiempo para ello. Por ejemplo, en el
asesinato de Arbogast, el investigador, invirtió varias semanas, siendo uno de
los más trabajosos del cine. Y quizá de la historia. Pues, como él mismo
afirmó, creo que a la pregunta de Truffaut de porqué duraba tanto el homicidio
del policía comunista de Cortina Rasgada, matar a alguien cuesta mucho en
realidad, y no se puede hacer así, como si dijéramos en un aquí te pillo, aquí
te mato. Qué tío.
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