Gracias a las veganas
gallinícolas esas, que han cogido al feminismo, no por los cuernos, sino por
las plumas, se ha destapado el gran crimen: los gallos son unos violadores sin
piedad que merecen el apartheid (¿no sería mejor pasar directamente a la
pepitoria?).
Cuyo mensaje subliminal o entre líneas es: tomen nota los humanos.
¡Oído, cocina! Bueno, salvo si eres lidercillo zoco y posees un chaletazo, que
entonces se te permite ir de macho alfa à
la page (al día, que no a la página o a la paja, con perdón). Es lo que
tiene el ecofeminismo de dibujos animados cuando te solapas con las picamierdas
–así se llama también a los humanos/as removedores de basura– y trasladas a lo
avícola tus certezas antiheteropatriarcales: que cloqueas como una llueca de
secano.
No diré yo que cree el ladrón que todos son de su condición, que sería
mucho suponer y meterme en lo que no me importa. Pero eso de ver en las aves voluntad
y llevando un letrero de “no es no”, alevosamente roto por el gallerío, e
interpretar como violación un apareo cuya única misión es garantizar la supervivencia de la
especie mediante la mejor transmisión de esperma entre cloacas, uy, uy, uy. Eso no es más que otra cloaca.
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De cojón..., perdón, de cajón. |
Si alguna gallina pelecha por la violencia
entre varios gallos en competencia, que ya se sabe es lo peor del capitalismo,
porque en el igualitarismo esto no pasaría (y habría más capones para todos en
Navidad), imaginen las prácticas sexuales infantiles con gallinas de antes.
Lastimica de niños, sin conocimiento. Y que ahora han pasado a hacerse con
mujeres. Y lo graban con el móvil para publicarlo on line. Todo tan cool. Y trending
topic. Y éstas, ahí, apartando pollos. Que menudo pollo, pero en el cerebro
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