El otoño no se
escribe solo en las hojas, a veces menos indelebles que la misma memoria, uno
de cuyos caracteres más nítidos es, con los años, ese deja vù de todo lo
presente, quizá por ser este un 90% pasado y un 10% de atrezo novedoso, aunque
esto, como la forma en poesía, siga siendo crucial y esencia del tiempo y el
pasar.
De ahí que lo que más me interesa cada inicio de curso es la
parafernalia de ese “¡Comienza el espectáculo”! con que nuestros señoritos nos
auguran, al más rancio estilo triunfal franquista, todo tipo de parabienes en
su bienvenida a otro año que será inenarrable, en que volveremos a superar toda
expectativa con los planes de desarrollo que nos tienen reservados, ¡odo, que
ya están en marcha!, y que solo Franco y Cospedal, con su maleficio perpetuo,
pueden frustrar.
Así, el curso escolar arranca bajo los mejores auspicios, sin
barracones o escuelas obsoletas, niños descolocados, pleno de material escolar,
con edificios listos para el frío y la calorina, y programas y profesores
idóneos, y sin la tóxica burocracia lameculos de todo régimen, que empantana
más que aclara y que va desde las delegaciones a cuadros directivos escolares
(sin olvidar esos apéndices clientelares que son los consejos y otras mandangas
de la “sociedad civil”).
Todo controlado, pues, y éxito garantizado, mínimo
fracaso escolar y una educación adecuada para el mundo de hoy (que se acaba
hoy, precisamente, pero eso es lo de menos).
Y qué decir de la otra pata de la
gran demagogia, la sanidad, tan jaleada, tan estupenda, con el siglo de longevidad
casi garantizado (la lista de espera para ello es kilométrica; esperemos no se
las carguen con la diligencia con que están acabando con ellas).
Cómo será la
cosa que en el nuevo hospital, que lo mismo está hecho ya cuando esto escribo,
para que se vea lo raudo de su acción, se ha tirado la parte más visible del viejo CAS de la Diputación (que integrará ese eterno futurible que es ya en boca de los prometedores profesionales), dejando lo demás, lo que no se ve, para luego, en un triunfalismo a la inversa realmente
revolucionario: antes se hacían la foto poniendo la primera piedra; ahora se la
hacen cuando la tiran. Por algo están libres de pecado. ¿Qué habremos hecho
para merecer tanto santo?
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