Hubo una época en que
quien no llegaba a nada en la vida (¿) se hacía socio del casino.
Era cuando la sociedad de masas clásica, las clases y toda la mandanga de integrarse a lo grande; y ser mecánico o español era bastante.
Era cuando la sociedad de masas clásica, las clases y toda la mandanga de integrarse a lo grande; y ser mecánico o español era bastante.
Luego, al bajar el listón y que
todos llegasen a algo en un mundo revenido donde lo social, el todo, era tan
caníbal como desintegrador, y tan desilusionante, vinieron los clubes, cotos de
caza, etc. El colmo de la frustración preventiva era apuntar a los hijos a un
club de fútbol antes de tomar la primera comunión.
Y así hasta llegar a los
grupos de guasap, lo propio de una vida con todo quisque atomizado, separado
del resto pero unido inalámbricamente con todo y lanzando sopas con onda todo
el día como deporte integrador. El culmen de lo ya fijado por Weber, que el individuo nace de su desencantamiento del mundo.
Y que
ahora va a tope, con el individuo lanzado a eso que en USA llaman autorrelleno,
algo así como la vida vista como gasolinera autoservicio, el autodesarrollo
autocomplaciente –todo es auto, mira tú–, el famoso crecimiento personal ese,
en medio de los estilos de vida hedonistas o directamente narcisistas, como
rellenos, apósitos, banalidades relacionales que no llegan a vida pública.
Una
carrera por ser algo, en medio de lo amorfo, en la que la clase o la nación son
vistas como indeseables por ser la causa de ese gran trauma del no ser, que
lleva a adherirse a magnitudes tan selectas y restrictivas como un club, pero
vistas como universales como el nacionalismo, o la patria chica, donde el
individuo puede ser él mismo, y distinto, como mandan los cánones modernos, y a
la vez otros.
El no va más del sé tú mismo, o sea, nada, pero con adjetivos, que
al disolverse en esa otra nada adjetivada de acogida genera la ilusión de dejar
la anomia, y ser alguien.
Es el triunfo del identitarismo o querer ser algo a
toda costa, y de eso que llaman resiliencia o capacidad de superar un
gran trauma, la nueva virtud de moda que no debería ser considera tal, sino lo
que es: la quimio del individuo que no sabe ya qué mierda pisar con tal de ser,
aunque sea eso.
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