Igual que a todos nos
encantaría morir agusticiados, o sea que nos ajusticiaran pero a placer, que es
la única justicia que admite el hedonismo del siglo XXI, también hay que decir
que lo único que diferencia a los muertos de muchos vivos es que estos aún
disfrutan de onomástica individual, mientras aquellos la tienen a piñón fijo el
1-N, que es como la fosa común del cumpleaños, en la que yacen tanto
difuntos egregios como donnadies, tan olvidados salvo para aquellos vivos que
apenas se reafirman como tales solo poniendo flores a las piedras.
Por eso nos
encanta que los famosos también se mueran y pasen a ser muertos florero. Y también
el descanso de no verlos más en las páginas rosa. Además de esa pequeña y poética
justicia sarcástica, claro, o venganza, a qué engañarnos, por la envidia que
nos hicieron pasar en vida, y nos hacen pasar hasta en su muerte, con su
donosura social, si bien ese beso lo perdonamos por el coscorrón.
Otra razón es
esa eternidad que ellos se creen que se garantizan perdurando en nosotros,
cuando es al revés, es nuestra propia eternidad la que disfrutamos durante el plazo
fijo de lo que los supervivientes tardemos en seguirles.
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Tumba a la que en realidad todo el mundo aspira: la vacía. |
Así es la muerte –o eso creo–,
la única república independiente, unilateral y sin necesidad de declararse.
Pero es verdad que a un muerto célebre se le saca más que a un tonto útil. La
muerte, en realidad es el tonto útil más universal. Gracias a ellos, a su más
destacados productos, hemos construido eso que se llama memoria colectiva –la
memoria histórica sería pues la de la historia muerta–, eso del seguir viviendo
en nosotros mientras estemos aquí, y que es una especie de antídoto de segunda
contra el pasar para los que se van, y un alimento de mentirijillas del afán
imposible de perdurar para los que se quedan.
Es la ilusión de que proveen los
semidioses, los grandes muertos, siendo por ello que toda sociedad posee una
industria manufacturera de mitos, de muertos mitológicos, mantenidos vivos por
esa otra de los trabajadores (y empresarios, sobre todo) de la añoranza, que
los resucitan de cuando en cuando para que los demás nos sintamos vivos y
eternos en el geriático, o mirador para viejos, lustro más o menos, en que esperamos
tan felices la otra eternidad, la de segunda, al saber que los muertos que veneramos
al menos son de primera.
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