Cuba, por mucho que se
empeñe, está destinada al turismo. De hecho, fue descubierta por los europeos
en una excursión a trasmano de la metedura de gamba de un italiano ansioso por
pegar el sorpasso, dejando la cama
hecha para que los castellanos, también conocidos allende la historia como
grandes comerciantes de enfermedades venéreas, comenzaran su particular y sexi
viajerismo en aquellos chárter de cuatro velas sobre el alisio, hasta no dejar
un indio vivo, por desconocer éstos la campaña del “póntelo, pónselo”.
Y así, los sustituyeron por africanos, pero como en realidad lo que les gustaban eran las mulatas, no tuvieron más remedio que ponerse manos a la obra de desteñirlos a base de hacerles el amor, que no sé si le llamarían así entonces, como quien busca a la niña con vistas a una senectud bien atendida, y, una vez encontrada al cabo de los siglos, en esto que llegan los catalanes y copan el mercado cuando aquello iba viento en popa. No hay suerte para el hombre honrado.
Pero hete aquí que a los
norteños también les gustan los pájaros fritos y en lo que se tarda en
cambiarse de calzoncillos, allí que estaban para impartir la doctrina monrovita
de América para los americanos... del norte, incluidas las americanas, como
preciado objeto de la industria testil recién descubierta, cosa que a España le
costó una guerra y a ellos sólamente tener que leer periódicos y algún
divorcio.
Los catalanes, por lo menos, sacaron en claro la habanera.
Históricamente, es curiosa la similitud de la situación del gobierno de la
Restauración con el postcastrista de ahora, ambos intransigentes por
encontrarse atados a una situación de doble chantaje, de un lado por ser objeto
del mismo con la amenaza de los sectores
más privilegiados en la figura de los militares, y de otro el que el
chantajeado hace clamando a la culpabilidad general por las necesidades
materiales de un pueblo sojuzgado y embargado hasta el orinal. Una situación en
que los cabezos del poder son abducidos por la circunstancia, de forma que no
se puede ni derribarlos ni pactar con quien los sostiene; tan sólo esperar que
pringuen. Y mientras, los chiquillos, descalzos.
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Si en los setenta, cuando
íbamos a la embajada cubana a por revistas, se nos decía que había que ir a
Cuba a ver los logros de un socialismo calentito y salsero, y en los ochenta
empezó a cundir, primero, que había que ir antes de que se acabase lo que se
daba, y luego, que había que ir porque aquello ya no era lo mismo, y más
adelante por solidaridad y al final a por carne, que sólo había que llevar el pan
y el aceite, el solar, ahora se impondrá el tener que ir antes de que se
conviertan al catolicismo o se hagan monárquicos, con esos modelos que te luce
la Leti, y empiecen a decir que la prostitución en Semana Santa está fea y todo
eso.
Diversas consignas para ir a un país donde en vez del amor se hace el turismo,
que es el estigma con que nació y al que muchos no podremos ir hasta que, como
el Papa, vayamos o de solteros (en la próxima reencarnación) o lo
suficientemente decrépitos como para no levantar ni sospechas ni nada, que yo
creo que es por lo que su santidad, que creo se escribe con mayúsculas, se
esperó tanto a visitarlo, y Felipe lo ha visitado con cabestrillo femenino.
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Ca. El
objeto secreto de este viaje era, sin duda, no era evangelizar de nuevo a la
masa de aspirantes al capitalismo cubanos de toda la vida, que poco menos que esperaban
congregados en la plaza de la Revolución su bendición, es un decir, aunque
durase más que los discursos de Fidel. No. Estos ya estos ya están convertidos
y ahítos de fe.
A quien se trata de convencer es a unos cuantos, de acá como de
más allá para que hagan buenos negocios, porque en el beneficio mutuo está la
salvación.
Y es que para salvar a unos pocos bien vale liar a muchos, que es
como debe ser. Tanto a los que esperan la salvación, como a los que arrimarán
el hombro, por decir algo, viajando al Caribe a aportar su granito de arena,
como respuesta solidaria a tanta promoción turística y demás de la Casa Real. Y
más si se hace en primera, dejándose una pasta en el empeño. Que igual alguno
ya, ni vuelve, como Curro, que se fue, y mira.
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