jueves, 23 de julio de 2026

Exilio interior

 

Ahora mismo soy un refugiado climático. Quien me lo iba a decir. He hecho acopio de todo mi capital vital, y abandonando a las olas del naufragio calórico la alcoba, la cocina, y casi el inodoro, pues he sufrido más que un san Antonio la tentación de trasladar conmigo un bacín (y así somos dos), me he instalado cual momia silente en el salón, a ver pasar a golpe de mercurio el cadáver de mi enemigo, o sea, yo. 

Lejos, no sé si en el tiempo o el espacio, parientes según los físicos, resuenan entre la calima calentorra los últimos Viva España de un verano que me hace la ola. Y aún me da más calor, como si los muros que protegen la patria mía que es mi aposento fueran a derrumbarse. 

Y resuelvo en pensar, casi siempre en tonterías, como qué será de los que estén escardando cebollino, o en los que, huyendo de guerras, hambres o infortunios, han venido a parar a este horno para bollos, o si, en mi calidad de damnificado por el torrezno atmosférico, tendré derecho a alguna ayuda, a una dádiva que me refresque, siquiera sea un soplo, una frigoría. 

Pues tengo entendido que algo se mueve en esto del asilo climático por padecer las del cainita palomo. En fin, algo de justicia climática, que ya se atisba, y yo quiero pillar lo mío. Como una tutela como desheredado del anticiclón, o una solidaridad pensionada de alguna autonomía más boreal ajena a la bomba de calor sureña; en suma, un derecho de encrucijada (por no saber qué camino tomar) que me allane el camino hacia un futuro de frescor, aunque sea en forma de limosna. 

Como si fuese un niño saharaui en acogida o un Mena sin derecho a cocina, solo a brisa. Pues los próximos negros fugitivos del desierto, el sol infame y los alacranes somos nosotros mismos, y cuanto más al sur alguna preferencia deberíamos tener en la próxima distribución de la riqueza climática, y disfrutar un poco por un módico precio subvencionado de ese norte que dicen que también existe. Los melones, los llevamos nosotros. 

Eso debería estar ya en estudio por los parlamentos regionales. Porque las apoplejías son para el verano, señor Page. Y la igualdad, inalienable. Sea en grados Celsius o Fahrenheit.

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