Según la Enciclopedia Álvarez Aníbal fue educado en el odio eterno a los romanos. Lo mío es más telúrico. Yo fui criado en un recelo atávico contra los años bisiestos.
Según la Enciclopedia Álvarez Aníbal fue educado en el odio eterno a los romanos. Lo mío es más telúrico. Yo fui criado en un recelo atávico contra los años bisiestos.
A un régimen totalitario se le conoce cuando los medios de prensa disminuyen y hacen las veces de cornetines de órdenes del gobierno. Y a un régimen democrático enfermo cuando los medios proliferan y pretenden llevar a golpe de pito al gobierno (o a la oposición, por serlo potencial).
El perfume masculino de más éxito es el Sauvage de Dior. Empieza oliendo a pimienta y bergamota de Calabria -si es de Nerpio no vale-, y al final a geranio, lavanda, pimienta de Sichuán, elemí (que ni me suena) pimienta rosa, vetiver y pachulí,
La cosa no viene de ahora. En el principio era el verbo, y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y no es que nos la dieran frita con ajos, sino que nos la metieron hasta la bola.
Es noticia que Milei va a tener ocho ministros y cuatro perros. Aunque lo realmente noticioso sería lo inverso. Y más relevante que gobernasen los perros en vez de los ministros, ya que, como es sabido, son intercambiables.
Y no va por Cristo, sino por quien puede acabar montando uno de carallo, y sin más vela en este entierro que el mechero proporcionado por sus pagadores para dar lumbre, y tabaco, si se tercia -los mirones están para eso-, a los protas de ese cafiolo con pestuzo a quilombo de campanillas que se han montado en Suiza para putear(nos). Lo que se dice un mero cafiolero del encame por conveniencia.
Y cobrando. Pues alguien dispuesto a meterse por medio y separar a dos que riñen a muerte, jugándose la vida, sin más armas que su lengua melosa cañiazucarada, o es un locatigüisqui o cobra de lo lindo, y a lo mejor lo consigue.
Yo no sé dónde se cree que está este cabrón. Bueno, sí, en el paraíso de las cuentas opacas, y va a intermediar lo suyo el muy liendre, en pos de una (si no la tiene ya), o sea, callar, compadrear, alcahuetear, tergiversar, poner el cazo. Y con su boquita dulzona nos relatará al chaucherío y la charamusca cómo nos salvó del holocausto ibérico (¿jamón o paleta?) que se nos venía encima.
Y así, como en todas las guerras, aprenderemos algo más de geografía, y cuando
nos digan El Salvador, ya siempre diremos sin dudar: ¡capital, San Salvador!
Ole.
Jennifer Hermoso presentará las Campanadas en la 1. Lo cual acaba de convertirla en la parodia de Blancanieves de este femipeculiar siglo XXI (otra más) y a Rubiales en el príncipe que, pasando por allí, por el siglo, la besa, ella sale de su encantamiento (o desencanto, o aburrimiento, o muermo, o idiocia, hay tantas lecturas posibles…), que los enanitos quedan tan contentos que, en efecto, la nombran icono oficial del nuevo glamur tatuado y abachatado universal. Eso sí que es dar la campanada. Aunque a alguno le dé las uvas.
Esto del Black Friday, el Ciber Monday, la Black Week, el Weekend Black, el Black is Black, el Yes is Yes y el más money, please, no están mal. Es como un cursillo acelerado de sacar y meter, la cartera (y el que la consiga volver a meter), que entrena para el periodo más crudo de consumo, el auténtico epifenómeno humano (bueno, y ahora de perros y otros ciudadanos) por el que se desempeñan en toda su extensión oral y anal todas las categorías del alma previstas por Spinoza y otros.
Pero no busques descuentos en el aceite de oliva, pues no son unas rebajas al uso. Yo, de hecho, cuando llegaron, creía que eran literarias o así, una virguería del tenderismo intelectual, en honor a Defoe, el inventor del evento al llamar Viernes a su negro, y comprarle así de barato en las rebajas de la selva un nombre por el morro. Pero no. Eran de artilugios, que son las baratijas de los buhoneros de hoy, los abalorios con los que a los indígenas se nos compra el alma, y la hacienda, sacándonos de Manitú para meternos en Amazon.
Y como todo se vende este día y todo el dinero lo iguala (bueno, menos el aceite de oliva), y todo son ya abalorios, macanas y chuches, es raro ver entre la panoplia del periodo más negro e iluminado con led del año, una de calamares a la romana. Si bien el abanico sea del copón y puedes aprovechar para estrenar cualquier chollo.
Así, Feijoy ha adquirido un flamante equipo para su aplauso en el Black Friday; la misma Legislatura, muy rebajada como se sabe, ha empezado su marcha en plena Black Week (lagarto, lagarto), con el culo aún caliente del mensajero; y el mismo discurso de la Francina, esa que quería que los ujieres extremeños o andaluces de Baleares hablasen en catalán con otros murcianos o maños, también parece agenciado en una tienda (on line, claro) de arreglos para pelucas.
O eso, o tiene un negro muy malo, con perdón, pero al que hay que dispensar, pues, aunque escriban como todo el mundo, o sea negro sobre blanco, se supone que le costará muy mucho enfrentarse a la página en blanco, y al final, por el pundonor o el compromiso, vas y la dejas hecha unos zorros. Que me lo digan a mí.
Las mujeres han descubierto el boxeo, y no va por lo de la Yoli con las podemitas, sino el del cuadrilátero, y lo están sacando a puñetazos de su vergüenza y ostracismo. Gracias, nenicas. Los caminos del feminismo son inextricables. Y sus efectos colaterales, más.
Y es que todo mito hay que humanizarlo para ser creíble, y siempre toman las ruinas y derribos del anterior, la virulencia masculina en este caso, para construirse, pues esto del mito funciona como los santos, que para vestir uno hay que desvestir otro: deconstruir para construir.
Así que si ellas lo practican como un ejercicio edificante y proactivo, y hasta como un deporte de competición responsable y honorable, ya no será pecado, ni machismo incivil ni antiestético, sino todo lo contrario, su desmitificación como anacronismo negativo. A la par que se levanta el nuevo mito de la mujer total, la somatizada, en el que el cuerpo como motor -previamente desalienado y reapropiado- ha jugado hasta aquí un papel fundamental, y al igual que Cristo se hizo hombre, la mujer, pues eso.
Él, puro mito del que apenas se tienen referencias humanas salvo su genio -si es que este lo es-, resulta que era un mortal capaz de sentar su cuerpo en una escalera, una persona básicamente corporal. Una humanización a trompicones a la luz de sus carencias que acaba siendo precisamente lo que lo refrenda como mito, más aún que los Ibáñez o Morente, cuyas Nanas de la cebolla poseen mucha más fuerza que la de Serrat, aunque sea éste el creador del soniquete hernandiano por excelencia. Es la humanización mitificante, la marca de una época ya sin dioses, sin más cielo ni infierno que el fútbol femenino (y ahora el boxeo) y algún que otro poema bien traído.
Surgen las dudas de si la designación de Mónica García es para reforzar la anestesia social, o para acabar por fin con las listas de espera, operándonos al fin a todos, anestesiados, supongo.
La perplejidad recorre España en modo fantasma, sobre todo en la acera de enfrente o progre, que ahora, van se hacen de nuevas, como tocados por el rayo de la copla: “la verdad a mí me engañó; cuando la verdad me engaña, ¿de quién me voy a fiar yo?”, y con la típica impostura puesta -otro día se pondrán otra cosa, la pana o tal- ante el desaguisado hecho con sus votos, ellos, que votaron con la corada y no con el bolsillo, como otros.
Y se lamentan tiernos: estoy aburrido de la política, todos son iguales, tra,la,la. Pues siento decírselo, pero es la postverdad, cretinos. Tiempos fake que corren que vuelan. Y reventar hoy la Constitución puede ser algo “impecablemente constitucional”, y desestabilizar mañana un país una migaja, un chollo, un pago menos que simbólico a cambio de normalizar una parte del mismo, que por cierto, tampoco estaba tan mal.
Todo esto es Trump, es populismo, es neofascismo, y es… Pedro, que conoce muy bien a sus clientes -nadie puede ser tan sectario si no tiene millones de ídem en la urna-, y sabe que en cuanto pasen dos días, el votante, sobre todo el suyo, que tiene la misma memoria que la lubina a la sal, que dijo Alfonso Rojo, le volverá a llenar la andorga de munición, con el mantra ese de que no hay alternativa, no hay salida, ya que los demás son muy malos. Unos fachas. Por cierto, lo mismo que su Puigdemont.
Y es que, si, dará asco que tu partido no cumpla las expectativas históricas, ni siquiera las de la fábula (tan odiosa) de la rana y el escorpión. Pero eso se pasa. Y volverán a pensar que el monclovita obsesivo es de nuevo la rana del cuento -la rana que salió rana, y venenosa-, picada por el bicho, y no otro escorpión con el aguijón listo y bien cargado de veneno. Vamos, que después de su reelección, Sánchez podría aspirar perfectamente -y lo mismo está nominado- al Mejor Arreglo de Perrea en los Grammy Latinos de hoy, y lo raro es que no lo saquen a hombros de su investidura en el Congreso, que ha convertido ya en su tentadero.
Y es que siempre se nos olvida lo más básico: que los grandes partidos (y
los demás se han apuntado) son ante todo empresas que apostaron hace mucho por
la estructura vertical (un
puro franquismo) para nuestra “democracia”, para que así todo dependa de ellos, pobres y ricos, dependientes o patronales, a las cuales, incluida la catalana, por supuesto tampoco les ha gustado la amnistía, ¡ja,ja! ¿Estamos entonces por fin ante una huida inminente de los ricos en cohete a otros planetas? No. Simplemente nos hallamos en otra vuelta de tuerca de la descomposición, la nuestra, en medio del cinismo general
(y que trabajen los negros), solo que más empobrecidos, en todo, y enfrentados. O sea, más
pobres.
Sánchez debe de ser un caso
insólito de cómo apoyarse a la vez en dos extremas derechas (Vox y Junts/Junts
y Vox) para neutralizar tanto a su derecha como a su izquierda. Y sin ser de
centro. Y ponernos a todos y todas a cavilar. Vamos, que si tuviera alguna
posibilidad de autoanalizarse, ya se habría donado él mismo a la ciencia.
Días atrás y páginas adelante del periódico que acoge esta columna se alababa, casualmente, a la Junta (Castellano-Manchega, la de Page), concretamente a su Consejo de Poética Fiscal. Tal cual. Yo lo pensé errata (genial por otra parte), pero como no fue corregida a posteriori ni nadie ha llegado a desmentir tal consejo, pasada una semana ahora soy yo quien felicita a nuestros mandatarios -dejémoslo ahí; gobernar es otra cosa- por disponer de un órgano, con miembros y todo, supongo, que así, a bote pronto, invita a la esperanza.
Pues, aunque no sepa en qué consiste tal cosa, por el nombre tal vez pudiera ser algo así como mandarte multas o citaciones en endecasílabos, o hacerte una paralela con un soneto con estrambote (que por lógica siempre saldrá más a pagar), o quizás se dediquen a convocar premios de poesía que desgraven. A la mejor rima, una rebaja del 2% en el IRPF; al peor haiku, un gravamen en el IVA cultural, y facilidades a autónomos y amas de casa para presentar solicitudes en romance asonante, por su escaso tiempo libre, y primas especiales por hacer gestiones en trova en vivo y en directo (previa cita, naturalmente), e incluso en rapeo, para acomodarse a los tiempos. Y así.
Yo mismo me presentaría con unas coplillas para tangos, aunque ya sé que el flamenco no es muy del interés de hacienda, moviéndole más asuntos como la bachata o el perreo, que siempre se hacen más en negro. Hombre, también me gustaría que corrieran más las listas de espera en las que estoy, y no solo de sanidad, porque es que duras más en ellas que Los del Río con Macarena. Pero ahí volvemos a lo de gobernar, y no es el caso.
Y que no vamos a emborronar con lo prosaico una iniciativa tan insigne como es unir, aunque sea por una vez y solo en epígrafe poesía e impuestos, lo excelso y lo bajuno, todo un logro. ¡Todo un Consejo para buscar la justicia, o mejor la equidad, a través del fisco y las quintetas! No hay administración, ni siquiera entidad pública que destaque por armonizaciones de tal nivel. Ni siquiera Puigdemont ha pensado en una reivindicación así para los suyos. Una cosa tan vital no ya para la propia autonomía, sino para la misma independencia.
Algo inexplicable, y más con el gran poeta que tienen enfrente, capaz de todo
por conseguir un pareado. Todo un desperdicio.
Antes se dedicaban a jodernos la infancia, que es la única edad para la que estamos preparados. Mayormente no lo hacían aposta. A ellos los jodían y ellos a nosotros. La rueda de la jodienda.
Te ponían a jugar a “ayudar”, y al llegar la pubertad ya eras eso hoy tan en voga, un fijo discontinuo, por la costa, o sea por la cara. Y como enano que eras te lo pasabas en grande. Y tenía sus ventajas. Así, de adolescente no te querías suicidar, como ahora, pues solo pensabas en matar a tus padres (y otras víctimas colaterales).
Y como tampoco estabas preparado para ser púber o adolescente, no te perdías nada. Con el plus de buscarte la vida enseguida, al estar metido ya en lo productivo. Lo cual no solo te ahorraba una juventud disipada, para la cual es obvio que nunca nadie ha estado preparado, sino que, además, te zampaba de golpe en la madurez, los niños, las responsabilidades, hecho un hombre, todo aquello que estaba chupado y te comías con patatas y que, al cabo, ya viste que eras un fake, una estafa, pues no tenías ni puta idea y el motor era la inercia, pues al llegar los cuarenta te creíste un rato más joven, ese no puedo ser yo, y te las seguían dando por todos lados, ya que tampoco estabas preparado.
Y al fin la vejez, la madre de todas las negaciones, la
vida como eufemismo, y por tanto tan esquivada, tan inasequible, ese examen
para el que en teoría hemos estado estudiando toda la vida y acudimos a él en
blanco, resultando ser Pedro Navaja, matón de esquina. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida,
ay, Dios... Parapaparadapapapapa...
El otro día un par de guindillas me multaron y confiscaron un buen billete por una infracción cogida por los pelos, una chuminada, una pijotada de esas que si todas las que se producen en un día se sancionaran el consistorio sería el más rico del planeta. No sé si hubo algo personal, no a lo Armando Manzanero sino lo otro, pero al no salirme besarles el culo y pedir perdón, confirmando su fama chunga entre la gente, me la zamparon.
Pero yo no pienso ir pidiendo disculpas por ahí a todo malaje que se me cruce, por el solo hecho de ser ellos muchos y yo vaya por libre. Uno es así y eso cuesta dinero. Lo malo es que también cuesta sin serlo.
A ver qué infracción hemos cometido para apoquinar a Meryl Streep -que hasta aquí me caía muy bien- 50.000 lubricantes; otros tantos a un negro que corre, o a ese de la concordia, vamos a llevarnos bien y tal y tal. Si es por eso, aquí está mi menda, pues, para concordia, yo. Y todos. ¿Te parece poca concordia la que gastamos para estar de contino poniendo el trasero, y la cartera, para que nos chuleen? Y no solo los de casa. También los foráneos. Mira qué chulos somos, aquí tirando y no se acaba. Que tenemos el culo gentrificado con tanto guindilla.
Y todo para promocionar ni se sabe, pues los dichosos premios no venden ni pelís, ni novelas, ni freidoras de aire, nada. A lo más que llegan es a publicitar Asturias como destino turístico, pero con dinero de sus futuros visitantes, que es la monda, y no creo que lo necesite. Disque es para promocionar el país. Hombre, si los emitieran a lo Emmy orbi et orbi, a lo mejor.
Pero, ¿y si la Meryl vuelve a su pueblo diciendo alucinada?:”Tíos, vengo de un sitio que, sin rodar ni madrugar ni aguantar Weinsteins, van, se visten todos como para una boda de Disney, te tocan una gaita escocesa, te sueltan un guión de tópicos más trasnochados que Whitney Houston, y te sacuden 50.000 pavos por la cara, bueno, o por la sidra que te echan para arruinarte los zapatos, y tú solo tienes que decir que estás muy contenta y que te alegras. Así que os animo a ir por allí. Está un poco más allá de México”. Pues que vamos dados.
Desesperanza
Los días son los pedazos
de una vida que se cae, ay,
Quién dijo que con buen mimbre
el cesto no se deshace, ay.
Tres cosas hay en la vida
que hacen feliz a la gente,
y yo sólo estoy contento
cuando tú vienes a verme.
Los medios andan quemados acusados de colaborar en el anestesiado de la opinión pública en los asuntos más peliagudos. A veces, con razón, relativa. Así la investidura, o mejor su negociación, un secreto a voces (o a veces) en el que se está tratando de cosas graves que afectan al futuro de todos, tal vez trascendentales, pero que no trascienden.
Con lo que nos obsequian es con mucha escandalera y propaganda para tapar el asunto principal, ausente, y Gaza, Ucrania, sequía, veroñazo, pateras, porno infantil, inflación, maltratos, etc. En eso consiste la llamada Agenda, que dicta, desde los centros de poder hacia abajo, el menú del día (muy repetido) de lo que hay que ver y oír, y sobre todo de lo que no hay que ver ni oír.
De manera que, premeditadamente o no, los sumarios, que van de temas tan poco baladís como Hamás o Aitana, especialmente esta última, son una maraña de ruido mediático que al final se traduce en silencio sobre el meollo de más interés. En fin, es una vieja discusión periodística si esa es la función o no de los medios: cumplir con la Agenda, y punto. Y desde diversas perspectivas. Y si eso supone el anestesiado del personal, mala suerte, o algo falla.
Pero el hecho es que mientras todo sucede, los unos actúan y callan, otros otorgan, aquellos suponen y alguno protesta, y todo eso sale en las pantallas y portadas, nadie se entera realmente de nada, ni a lo que juega nadie -salvo Page, que juega a todo-, ni de qué van unos ni otros, pues todo es guerra cultural interesada y mucha exposición pública de todo tipo de sandeces, trifulcas y miserias. Y al cabo, nada. Salvo una discutiña general, ya en la calle y las familias, para liarlo todo aún más, sobre algo que simplemente se desconoce. Y se dice que esa es la prueba de una sociedad informada y viva.
Pero yo diría que es lo más parecido a la epidural
(mediática), esa anestesia con la cual “te enteras de todo pero sin enterarte
de nada”, vives la cosa sin traumas, aunque eso no evite las preceptivas
paridas y cagadas, y no siempre de cintura para abajo. Y la pasas sin sufrir,
integrado y responsable. Y ayuda mucho…a saber a quién.
Hasta anteayer mismo, los cuatro Jinetes del Apocalipsis estaban pero que muy en vigor aquí mismo. El hambre, la peste, la guerra y la muerte campaban libres como escúteres y se contaba con ellos como fortuitos invitados a la fiesta obligada de una vida corta, que, pese a haberse alargado bastante, así nos sigue pareciendo a los agonías vividores por aquí de una juerga, ahora de verdad, que queremos inacabable.
El Apocalipsis, así, vivía siempre lejos, como los pobres, los hambrientos o los enfermos, a pesar de que las iglesias, u oenegés después, o Coppola en su (mejor) momento, gentes que según los estándares actuales de valoración serían calificados de terroristas, intentasen recordarnos que no, que el Apocalipsis era ahora, que estaba ocurriendo. Y como si oyésemos llover -que, por cierto, sería un placer-.
Y es que el hambre la vemos de soslayo en estampitas de niños negros con moscas. La muerte es, sencillamente un tabú. No es. La peste, véase el covid, ocultado, aherrojado y manipulado para servir al poder como sparring para demostrar que siempre sale vencedor y por tanto hemos de seguirle adonde nos lleve. Tan solo la guerra escapa a esta minimización elusiva y programada del desastre. No por inocultable, y mira que se intenta. O por ingestionable, ya que se hace y con muy buenos réditos. O por inexplicable. A cada guerra, de una piedra te salen cien expertos.
Pero aún así la gente no se lo explica. No llega, no la concibe. La opinión pública nunca entiende el porqué de una guerra. La causa es que ve ese fenómeno obsoleto, incluso extinguido, impropio de la civilización -y claro, propio de gente incivilizada-, dando por buenas una serie de mentiras tan proteccionistas como peligrosas, que nos apartan de la realidad incontestable de que la guerra vive, en todas las sociedades, y además sigue siendo uno de las medios supremos para entenderlas. También en ésta.
Ahí está el dichoso bloquismo (evidenciado una vez más con lo de Israel), tan bloqueante de nuestra política. Sí, solo es política. Siempre lo es, hasta que lo es pero por otros medios. No querremos verlo, pero ese es nuestro problema.
La parte contratante de la segunda parte, o sea Sánchez, para el que segundas partes siempre fueron buenas, anda ya encapillado (y el resto acapullados) en pleno deshojado de la margarita de Heisenberg, la incertidumbre esa de que “nada impide que midamos con precisión infinita la posición de una partícula, pero al hacerlo tenemos infinita incertidumbre sobre su momento”.
Sabe que es irresoluble y que si se traga algún sapo de más se le va a alterar la macrobiota y va a faltar papel higiénico para la legislatura. Por no hablar de los herpes, chancros y demás venéreas a las que vive expuesto un político tan poliamoroso. Y eso sin tener trato, y menos carnal, con Puigdemont, y todo lo más que hagan sea pasarse alguna marca de champú (¿la Marca Catalana tal vez?).
En suma, y como dicen los jóvenes, solo se trata de un intercambio energético, lo que todavía no descarta el de fluidos corporales. O que los jueces le salgan después ranas. Pero para eso tiene a su banda The Friends Conection (contra el Imperio de la Toga), para desaturdirse el contratiempo.
Pero sobre todo cuenta con la verana, o veroño, esa estación, o sea esta, estival pero como en femenino, trasegante, blandita, moscosa, de calmas y turgencias renacidas, en la que los salones de la moda compiten con la vuelta al cole y el polvo de los parques se levanta con rebaños de infantes. Y mientras a lo lejos, o ahí mismo, en las terrazas y en las playas sigue la berrea inacabada desde mayo, los conquistadores de cetros lo tienen menos crudo en plena prórroga de la vorágine de feromonas y oxitocinas.
Los invasores de cuerpos (y sobre todo de mentes) saben esto. Que antes de que vuelvan los barros de estos polvos -hasta las sequías favorecen a los canallas-, es necesario triunfar, o se les atascarán los tanques y las salidas. La verana, con su vuelta a la cotidianidad más cruda, la de un calor sin vísperas de vacaciones, bloquea las cuentas y las neuronas, evidencia el Euribor y el gas, y anula aquel dicho de “aunque falte p’aceite”, por obvio.
Y en medio de ese estado en vías de putrefacción, el brazo incorrupto del Señor de las Moscas volverá a hacer de las suyas, por desgracia, ya nuestras.
En 1980, en Alcalá 20 murieron 81 personas. En 1990, en Flying cayeron 43. Y ahora, en Murcia, solo 13. Vamos progresando.
Sea por haber vivido estos últimos cincuenta años de las palabras -y de los silencios, o entre los silencios- confieso (y no como delito, espero) que si algo admiro de los catalanes, o mejor de los catalanistas, es su enconada defensa de la propia lengua.
Bien por saber que es algo residual, o por intuir que ella es su única independencia probable, la protegen como a un hijo único, incluido la anulación de las demás, que es lo que suele hacerse en pro de la supervivencia, y que es un signo típico del imperialismo, como lo es todo nacionalismo, incluido el español, o castellano -recuérdese que el famoso imperio se fundó desde esa parte del “tanto monta”-, y que necesita erradicar a la competencia para serlo. Es la única forma: crecer o morir.
Luego, para salir en la tele se despliega una gran tela bien serigrafiada con el Catalonia is not Spain, que es como si estuviera en catalán, pues nadie lo entiende fuera, pese a estar en el actual idioma franco, con perdón, sino porque el asunto es (aún más) ininteligible en el exterior.
Una concesión, lo del inglés y tal, para dar visos de realidad a la ficción, o al revés, que aún resulta más estimulante y posmoderno, lógica en una política de internacionalización (y turisteo) a la defensiva, como se juega la cuestión. Es absurdo pero tiene su aquel.
Con el castellano, sin embargo, se da más el surrealismo. Por ejemplo, en mi barrio la escuela tiene un grafiti ocupando toda la pared frontal, legible a doscientos metros, que reza (pues no es para menos): “Protect the planet”.
Ignoro si la lumbrera creadora da por descontado que el entorno es bilingüe, por el hecho quizá de estar ocupado por parejas (tirando a viejas) todo lo más. O si espera que las corresponsalías de teles forasteras tomen vistas para emitirlo en Kabul o Nicosia. Un puntazo.
O quizá sea para inculcar en los niños que el planeta solo es salvable en inglés, pues el español, tan extendido, está tan visto y va tan “sobrao”, que mejor usar esa lengua cooficial de hecho, en plan snob, tirando de glamur. Y qué mejor que empezar por la escuela. Como para no envidiar eso de “el catalá a l’escola”.
Sánchez parece estar empezando a padecer de abuelimia, que es cuando a uno le crecen los abuelos que tiene en el circo para repartir chuches a los niños, pitas, pitas, y luego va y les echa una sardina como a las focas, y prou.
Así que, la Transition Band ha salido a pista con que este tío es hilipoya, que en andaluz es mucho más que hijoputa, y que no les toquen el legado (cojones, en anciano), que es para sus nietos, que mira tú por dónde más bien andan en la delincuencia digitosexual, que no es que se rasquen ahí abajo, sino emplear la IA, que al parecer es la única que tienen, para gamberrear con el otro sexo, que ya puestos en modo democratitis resulta que es gratis para nenes.
Pero es lo que cualquier yayo (y seguimos) haría, por sus partes, al cabrearse viendo a los hijos tirar de veta con sus ahorros de toda la vida invitando a caviar en el chalé familiar a una serie de aprovechaos, y prometiéndoles que igual se lo dejan en usufructo, sin pegas, tomaros lo que queráis, estáis en vuestra casa y tal. Un temor lógico si te figuras a Junqueras comiendo gambas. Pero hay más.
Los viejos, sin decirlo, pues aún no han perdido toda la vergüenza que dicen se pierde de viejo, andan señalando, así como así, el trasunto real de la movida de Sánchez con sus socios, que consiste en que la amnistía, y otros acuerdos, con la serie de cambios de todo tipo que eso conllevaría, si de hecho no romperían la Constitución, ni el régimen, ni España, etc, etc, sí supondrían en la práctica el inicio y puesta en marcha de otra transición, que acabaría de hecho con el régimen del 78 -algo que podemitas y otros llevan intentando ya ocho años-.
Lo cual, por otra parte, tampoco sería tan descabellado, a la vista de las muchas grietas de su edificio, y digámoslo pronto, la escasa o nula identificación de las nuevas generaciones con esta casa común vista ya como mamotreto, siendo indudable que unas buenas reformas sí convendrían a la casita, reformas que, por intereses de los dos grandes partidos, jamás llegan, dejando que todo se pudra, habiendo así llegado a esto.
Solo que (y seguimos) esta transición se haría sin consenso, sin saber hacia dónde se va o hay que ir, ni qué es lo que quiere la gente (o contra la mitad de ella), y, aunque tenga visos cabales -Sánchez es un maestro a la hora de montar movidas a lo grande, de debate universal, en las que parece que todo el mundo lleva razón-, cuando lo único claro es que, en esta nueva huida hacia adelante, que es políticamente lo que lo ha caracterizado, su aventurerismo patológico podría cargarse unas cuantas cosas de esas sin repuesto y cuya excusa luego, cuando te preguntan de viejo en el extranjero, es la típica “yo solo quería el bien de España”. Y eso, tampoco es.
Era de esperar que el gobierno acusase a Aznar de golpista, que la ministra portavoz, esa orácula, dijese que lo próximo de Jose Mari será llamar a un alzamiento (además del de bienes, se supone). Y ya estaban tardando pues hace tiempo que desde la acera de enfrente, con perdón, les vienen señalando a Sánchez Falconetti como el gran villano, el golpista enmascarado de progre demócrata -¡progre democracia!-, la amenaza en la sombra de Moncloa.
Es lo que se lleva, la propaganda quid pro quo, hoy por ti, mañana por mí, pues, aunque ambas acusaciones puedan ser ciertas, estas cosas siempre suelen levantarlas precisamente los que no pegan golpe, que es lo que caracteriza, por otra parte, a los grandes golpistas mediáticos, y entre los que no media ni el canto de un euro. Los demás, simplemente miramos por buscar un sustituto al aceite de oliva en la ensalada, que lo tenemos crudo (o eso quisiéramos), y apañárnoslas con nuestros pequeños terremotos cotidianos.
Los grandes se quedan para gente más pobre y morena, que ya se sabe son los que llevan la parte épica, y en esto la naturaleza es muy sabia, pues así los parias de la tierra pueden seguir protagonizando la historia como es debido, aunque sea sin alzamientos ni protestas en ningún sitio por la tardanza de su rey en acordarse de que existen. Pues los parias, sí, tienen rey, y lo adoran como si fuera de peluche, tan enjoyado para ellos, y con sus besos propios de telenovela de y para súbditos.
Y es que ya quisiéramos nosotros que un monarca así de patriarcal y divino diese su sangre por televisión por nosotros y se interesase, cámara al hombro, por una vez, por nuestras pústulas, y que una UME extranjera, con sus perros y todo, nos rescatase, pobres súbditos del IPC, del Euríbor de entre nuestros escombros. Y que un rey vecino del piso de arriba, le ofreciese al nuestro sus condolencias (por nosotros, claro, qué honor) llamándole hermano, aunque no supiéramos bien por parte de quién.
Que, ahora que caigo, si así fuera, resultaría que Froilán, la recluta Leonor o Victoria Federica serían sobrinos suyos. Y es que, si te fijas bien, hasta se dan un aire.
Lo peor de jubilarse es que te quedas sin el síndrome posvacacional, esa menstruación septembrina unisex, “esos días” que te jode y te excita a la vez el seguir en el tajo, pero lejos aún de la menopausia laboral; algo así como lo recordado por W. Allen sobre la vida, que es una mierda, pero dura tan poco…, ya saben, la ambivalencia de la jodienda, que no tiene enmienda. Aunque a algunos les afecte más que a otros.
Yo estoy por decir que, más que a los empleados, a los empleadores y su ansiedad propia días antes de empezar a estirazar de sus chollos o simples negocios, y más en vísperas de fiestas. Así, este año los hosteleros han reclamado, pero como agua de Dana, “personal cualificado” para la Feria, el gran síndrome. Ya estamos. Y llevan razón.
No basta con cobrar poco, ser apañados/as, hacer jornadas rijosas o saber idiomas. Un camarero cool tiene que saber disertar, al tiempo que sirve mojitos a una peña de tragones de miguelitos, sobre si la Yoli y sus escoltas delinquieron al tratar con Puigdemont en Waterloo, o si el Supremo debería fijar como precedente doctrinal (y figurar en el Aranzadi) el aplauso al protagonista de acto público -hacerse un Rubiales, que se dice- como motivo incontrovertible de lapidación púbica, cese, despido, ostracismo, si eso te excluiría como miembro de mesa electoral (qué gozo), y si habría excepciones, como aplaudir a Mojinos Escocíos o La Polla Records.
Y es que nos hemos olvidado ya del examen de conciencia como método para no volver a pisar charcos, sobre todo en septiembre, y si llueve. Yo mismo me tiré una vez cuarenta años, exactamente desde los trece, sin oír ese dictado. Hasta que un día, una diputadilla del Psoe, esa nueva iglesia de la verdad tan apóstata como excomulgante, ese otro síndrome colectivo guardián de las conciencias, ese superyo sin abuela que se creen, me lo zampó: “Antonio, deberías hacer examen de conciencia”. Así, en general.
Y lo hice. Desde entonces paso aún más, y sigo más a rajatabla mi lema: di lo que quieras, haz lo que puedas y reza lo que sepas. Y cada noche antes de acostarme pido que Dios nos pille confesados. Y más en Feria.