El
alcalde de Estella (Lizarra para él, bildutarra) acaba de declarar la plaza de
toros pipicán oficial, que en cristiano y yendo las aguas a mayores, es
cagadero de perros. Decisión que, en principio, no parece mala.
Los perros, en
este mondo cane, han devenido báculo social, moral y hasta físico, mientras que
el toro ha quedado apenas en muletilla para maletillas eméritos del arca identitaria
perdida. Y si no está claro si es mejor que el albero se vea sembrado de
amapolas de mierda que de sangre, no cabe duda que el uso canino es más
participativo y hasta interactivo, pues el respetable, instalado al fin todo él
en el tendido bajo, podrá jalear mejor las faenas, todas sin duda de aliño –“¡ole esas
cagarrutas bien puestas!”, “¡arrímate más, jindama, que no muerde!”, “¡esa
meada, muy alta!”, “¡menos tablas y más a los tercios!”, “¡a ver ese mastín
pasao de peso, que no van a poder con él las mulillas!”, “¡a que bajo y le pego
al dálmata media verónica!”–.
Amén de ayudar a las mujeres, que vienen pisando
fuerte (bueno, menos las que padezcan fascitis plantar) con su revolución Me
Too –las revoluciones, que están sobrevaloradas–, que eleva al perro a relevo de
humanos como sujeto de las relaciones sociales, al pasar de objeto vicario a paseador
real del paseante (y no a la inversa como tanta gente cree), lo cual convierte
al sujeto tomador en el vicario real del hogar disfrutador del animal (con
perdón), y todo lo más en ladrador, pero ya lejos, muy lejos de su condición,
en extinción, de mordedor.
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Perro racista, y analfabeto, y con gafas para leer. |
Además, y con el tema que nos ocupa (y desocupa, aprovechando ya), es
que, si a los toros se puede ir una vez al año, al chucho hay que sacarlo a hacer
sus necesidades todos los días. Y eso socializa un montón –recuérdese: picha
española no mea sola, se decía en tiempos, qué tiempos–. Mira si no el
botellón. Eso, además de dejar al fin a los gamperros sin excusas para manchar
la calle.
Pues bien. Aun así, la medida ha tenido sus adversarios. Lo cual
quizá le otorgue todavía un mayor futuro, pues como bien decía el maestro
Muguerza, muerto anteayer (que no desaparecido, como se dice) para desgracia de
animales y perros, el disenso es aún más importante que el consenso. Y el
objeto que el sujeto, diría yo.
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