Los que vivimos en ciudades bajo el nuevo formato del
mandato 2x2, o tú arriba dos años y luego yo debajo otros dos –perdón, creo que
me estoy liando con el Kamasutra-, o sea, lo de repartirse la alcaldía a lo
Salomón, sin una madre –ya que las alcaldías no tienen mamá (la madre que las
parió), aunque se mame-, que se eche a llorar como loca, “¡nooo, para él, que
se la quede, pero que no la partan en canaaal!”, pues estamos de suerte.
Más
aún: somos de lo más afortunados, porque en vez de un alcalde, tenemos dos por
el precio de uno -ya veremos-. Mejor que tener dos padres, que eso lo tiene
cualquiera, y más en lo político, sino mejor que tener dos madres, que si una
ya es demasiado, imagínate dos. Pero como lujo, un lujazo.
Te haces un
esquince, y va el vicealcalde y te inaugura una perrera, o unos daños
vandálicos a mobiliario urbano; te tienes que ir a Torrevieja, por cumplir con
la familia, y tu sosias te evita el muermo de reunirte con vecinos, inversores
u otros interesados en la ciudad, y con la seguridad de que no te va a segar la
yerba bajo los pies, o pisarte el negocio. Por algo el alcalde in pectore (el
otro) es tu avatar y tiene idénticos intereses y es como si fuera tú, pues la
única diferencia son los asesores, que son distintos, pero eso es puro
formulismo, para aparentar pluralidad.
Por lo demás es lo mismo. Y para el
contribuyente es un chollo, algo así como tener melgos, que con lo que crías
uno, crías dos, y sin sentir, como aquel que dice. Y luego, que pueden
repartirse la faena, “tú a cenar con fulano a tal sitio, y yo, que estoy
delicado, a comer con zutano al otro”, “tú a las Quinientas y yo al Cerrico”, y
así se hace patria con todos.
Una especie de tú a Boston y yo a California
permanente de lo más chachi. Se lo he tratado de explicar a mi frutero, que es
pakistaní y con ganas de integrarse, que es lo que en los libros de historia
llamaban duunvirato, cuando dos cónsules de aquellos se turnaban para mangonear.
Y él dice que “claro, don viriato”. Y yo que no, que duunvirato. Y él, nada. Y
lo mismo lleva razón. Además, quién soy yo para contradecir a mi frutero.
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