Los ricos
no deben practicar la caridad. Es algo que aprenden desde pequeños.
Un rico es
un apátrida social que no puede ejercer de limosnero; su relevancia lo delata y
anula su acción, pues la limosna, si no es anónima, es imperdonable, porque
deja de serlo, para ser algo más que la ofensa que es toda caridad. Si la das a
tu jardinero, solo te odiará éste, y en silencio, pero si la generalizas, cunde
el recelo, explota el resentimiento y todos te detestarán a voces.
Pero cuando
la riqueza llega tras mucho bregar desde abajo, antes o después te dejas llevar
por la tercera virtud teologal, y a la picota. Amancio Ortega lo reunía todo
para ello. El pobre, con lo que habrá tenido que currar, no para llegar a ser
rico a reventar, sino después de serlo.
Flor viva de ese dicho de que el dinero, el amor y el humo no se pueden ocultar, en vez de comprarse una isla o irse de juerga con cualquier jeque y su jequesa, o hacer las sandeces propias del nuevo rico de fortuna súbita y malgasto imprevisible, o callárselo simplemente, y esconderse, que es lo práctico en cualquier reino de frustración e insidia, va y demuestra que va sobrao, y se hace nada menos que filántropo del Estao, endiñándole una limosna de amores, dolores, en equipos sanitarios, dándoselas de rico chic y solidario.
Flor viva de ese dicho de que el dinero, el amor y el humo no se pueden ocultar, en vez de comprarse una isla o irse de juerga con cualquier jeque y su jequesa, o hacer las sandeces propias del nuevo rico de fortuna súbita y malgasto imprevisible, o callárselo simplemente, y esconderse, que es lo práctico en cualquier reino de frustración e insidia, va y demuestra que va sobrao, y se hace nada menos que filántropo del Estao, endiñándole una limosna de amores, dolores, en equipos sanitarios, dándoselas de rico chic y solidario.
Lo cual no tiene perdón, por poner en duda al donado, ablandarlo con
dádivas en vez de sufragarlo, y tratarlo desde la bonhomía como un mindundi. O,
dicho en psicoanálisis, dejar el super yo a la altura del betún, junto a todos
esos demagogos de lo público que van de profesión, sus bondades.
Prójimos más o
menos gaznápiros (quizá clientes inconfesos de Zara, ese altar de los jobres), que
dicen que no lo hace por amor a ellos –y que de amoroso, en el sentido fiscal,
habría que verlo–, y que todo son cortinas de humo de vaya usted a saber.
Es el
sino de todo Craso caritativo, condenado a la falsa solidaridad, que se supone
es entre iguales, y, la verdad, si alguna vez tuviste que trabajar, es difícil
pagarle una mariscada por la cara a Florentino, solidario ejemplar. Lo suyo es más
dar limosna al estado. Aunque no esté a
su nivel.
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