Se dice que para que
las cosas existan, hay que nombrarlas. Y que basta con no mentarlas para
enterrarlas. Lo cual, pese a ser un idealismo platoniano, su camino lleva. Y
aunque más bien sea al revés –primero desaparece la cosa y luego se la olvida–,
el olvido, abandono y distancia vuelven antes extrañas nuestras cosas y hasta
nosotros mismos.
Y más si otras maneras de nombrar, otros lenguajes más bien
ajenos sustituyen a ese nexo de unión con nuestros propios referentes. Que es
lo que está pasando con nuestra cultura, y más concretamente con nuestros
clásicos, sobre los cuales la última plaga que pesa es el anuncio de que sus
obras sean debidamente depuradas de todo rastro de machismo, hegemonismo
hetero, patriarcalismo ruin y demás vainas del día. Todo ello comprobable desde
el Arcipreste a Unamuno. Solo que ese no es el asunto.
No es la primera vez que
estamos ante la “necesidad histórica” de revisar las letras para hacerlas más
actuales y sostenibles culturalmente, que no sé si se referirá a quitarles
páginas. Y siempre el lenguaje es el pagano. Un lenguaje, el castellano, que
apenas si conoce la mitad de la población, y la otra media no practica. Y del
antiguo, ni hablemos.
Lo cual favorece a esas iniciativas que, o bien lo podan
para hacerlo más accesible –por simple y pobre–, o para que no chirríe a las
ideologías más de moda, como el feminismo, que sirve muy bien como
excusa (¿a quién?). Y se presenta como una ventaja, cuando la modificación de esas obras,
la alteración de su lenguaje y su desvirtuado no son sino formas de censura
para hacerlas desaparecer y convertirlas en otras. Simple represión histórica. Y
no es la primera vez.
Sócrates o Platón, que no escribieron nada, han pasado a
nosotros por filtros similares, y hoy no hay quién sepa qué dijeron en realidad
estos hombres –si lo fueron, pues igual eran mujeres y hubieron de optar por
esa identidad–. Y otros como Aristóteles, fueron sepultados durante siglos
hasta que salieron a la luz, “debidamente tratados” por la censura de la época,
tal y como ilustra Eco en El nombre de la rosa. ¿Tendrán los nuestros tanta
suerte?
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