Cada
noviembre simultaneo el manto del azafrán con la recaída en esa gallardía
estéril de querer comprender –pues aún no he llegado a esa edad de Fernán Gómez
de estar hasta los cojones de comprender– cómo vivimos de pendientes de cosas
que en realidad no existen, que incluso cultivamos el afán de su creencia, tal
vez huyendo de una realidad tan irreal como la que se nos impone, yendo de la
sartén de lo virtual al fuego de lo sólo verosímil, inermes frente a lo casi
inerte, al mando de una felicidad malva como esa flor empeñada en anunciarnos
un tiempo, más que de difuntos, tordo y radical, un tiempo de crepúsculos, que
es como más gótico y matizado.
Recalé
por primera vez en esa laxitud desprendida viendo cómo los negros de los
telefilmes de repente eran policías, jueces (juezas, más bien), crasos jazzman,
generales, hombres de negocios, y yo, blanco de mí, con estos (pobres) pelos.
Y
aunque alegre por esa negritud redimida, intuí que sólo se trataba de que, al
menos en la tele, las minorías al fin subían al podio escaparate (las mayorías
no suelen subir porque no caben), comprendiendo que un nuevo tópico surgía que
añadir a los que ya manejamos tanto a nivel tangible como representativo, todo
aquello que damos por hecho y existente que nos permite la tensión mínima para
mantener la velocidad de crucero de la vida al ralentí.
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La primera gran banalización masscult de la tradición de difuminación social de la muerte, a lomos tanto del espíritu halloween como del falso culto a los muertos, por lo pop y a lo loco. |
No son
cosas profundas. Es que el silencio y la oscuridad hacen profundo lo cotidiano,
y al platicarlo le damos carta de naturaleza. Así, solemos dar por sentada la
existencia de cosas como el pan, el cine, la dieta mediterránea, el flamenco o
la multitudinaria industria navajera. Cuando todo el mundo sabe que el pan ya
no es pan –la prueba es que hasta las
gallinas le hacen ascos–, que el cine se acabó allá por los setenta y sólo
quedan teen movies bazofia; que la
dieta mediterránea es otro mito nacionalista para engordar a los vendedores de
coleccionables culinarios, y el flamenco, que antes era de minorías, ahora es
underground, para ratas de quejío, y que como tuviéramos que vivir de la
industria navajera íbamos a pasar más hambre que los pavos de doña Lola.
De tal
modo se habla de estas cosas que un día le oí declarar a un eminente (por
estatura física) agrónomo –la agricultura, que no sé si aún existe, pero que es
la única actividad, creo yo, con la facultad de empobrecer aún más al pobre,
tanto económico como mental– que el azafrán movía en nuestro entorno más de
20.000 millones de pesetas. Menos mal que no dijo euros.
Me río yo de los
ajuares que se compren a las mozas con lo que den sus matas. Juro que me los
pongo y salgo con polisones para el próximo Halloween. Que esa es otra. La
cultura spanglish, la única disponible, un folclore, una cultureta de revoltaza
amanerada de tics cambiantes para la venta, que utilizan como engrudo y
levadura la gelatina de la lengua y el gasificante de cierta idiosincrasia
católica, que hace marginal cualquier intento de reelaboración. Que por otra
parte es lo mismo que ya se hizo en los países antes protestantes.
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Dulces –galguería, que se decía antes por aquí– al hilo de la nueva tradición instaurada para estas fechas. Otro festín de impostura. |
Es el síndrome Halloween, que empezó siendo la metonimia de la muerte, y ahora
es su simple parodia con calabaza desvirgada de pezote, hueca y con una bujía
para iluminar la tumba de los andrajos de la parca. Es a la modernidad lo que
las Danzas de la Muerte eran a lo arcaico. O sea un supletorio de lo telúrico
por lo siniestro, de lo inabarcable por lo grotesco, de la conmoción por el
escalofrío de pacotilla, una muestra de cómo el poder adquisitivo compra el
sucedáneo de la muerte cuando ésta ha desaparecido de un panorama totalmente
secularizado. La última desacralización del dinero. Otra prueba de la
irreversible descatolización. La última victoria de Lutero depuis la lettre.
Lutero
fue un genio del marketing político al decir a los nuevos burgueses con
complejo de culpa católico por haber almacenado tanto tesoro mundano y
pecaminoso a los ojos de Dios, que éste en realidad se sentía muy honrado por
sacarle el amago a la puta Gaia, aliviándoles así la conciencia del peso de querer
enriquecerse cuanto antes, dándoles en el asa de lo que luego explicaría Freud
sobre la importancia de que el padre o el superyo te dé unas palmaditas cada
vez que pateas a una piedra, o a un negro, aunque sea juez, y encuentras dinero
debajo. Da como confianza, ¿no? Para
enmendarte (o enmerdarte más) sólo tienes que revertir un diezmo a obras
sociales, o para el psiquiatra. Si esta
vida ya es light, entonces, ¿qué será la muerte?
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Y el último gran producto, preparado para las fechas, y con gran éxito. De risa –y para llorar, a la vez–. Todo un alarde. |
Y sin
embargo todos esos y otros mitos es lo que nos mantienen vivos. Los pistilos,
ya secos, del pasado que vuelve cada otoño para dar un cierto aroma lila al
estercolero e hidratar la vida contenida de las tontunas de cada uno y
alimentar así esa presbicia social, que es una parábola social sobre otra
evangélica, la de la paja en el ojo ajeno (que ya es perversión), que nos es
tan necesaria para no ver lo que, existiendo cerca, no hacemos ni caso, y sí lo
lejano e inexistente, en un tiempo sin ojos y sin dientes ni oídos y sí mucha
paja, mucha epidermis, piel despilfarrada y no menos olfato, por lo mucho que
hay para oler.
Para bucear en el vertedero en busca de esos mitos tan
importantes en la gestión de la población ya no hacen falta los sentidos más
espirituales. Sólo un poco de oxígeno y esperar a esas puestas de sol de
temporada cuyos malvas nos deparan el perfecto camuflaje de estar entre dos
mundos.
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