Tomás
Algarra, alias Garrapata, nació en un cuco de pastor y murió en Benidorm el día
que el equipo olímpico alcanzaba su tercera medalla de plata, tras un avatar
quizá más complicado que la simpleza que él quería para su tumba como epitafio:
obrero.
Pérez, el marmolista, sabedor de que ya no
había hombres a secas, ni hombrecetes, ni siquiera piedras de mechero, sino
solamente profesionales, le instó a ser más explícito, abundando en la materia
de su oficio: “¿cómo obrero? Alguna especialidad habrá que poner, ¿no?”. Y el
Algarra, empeñado: “¡Nada, nada, obrero!”. “¡Pero coño, obrero”, insistió
Pérez, “pon lo que sea, albañil, molinero, pastor, matarife de las SS...!
–Pérez gustaba de bromear con esas cosas de la Historia, para darle trajín–. Y
el Algarra, determinado: “¡He dicho obrero, de la clase obrera, y hemos
terminado! Sin cualificar, como debe
ser...” Y con una de sus sentencias lo dejó zanjado: ”Si supieras bien el
significado de esa palabra, no ponías tanta pega”. Y Pérez, que en 52 años de
marmolista no había leído más que
lápidas, contestó no se sabe si de coña: “Claro, como tú has sido tipista, bien
podrás...”

