Viajes con mi primo. Libro de
entradas y salidas de Mediwat López. Impreso en hueso de fémur de equino de
primera; sistema odontográfico para lectura láser. Ejemplar único. Museo de
Cultura Hincaica. Cuentacuentos: Hermeneutina López.
Todo son átomos y entre ellos lo único
que existe es el vacío. Demócrito
Los sitios que no fui/ son un futuro/ de postal en mi mente./ Qué
suerte que haya tantos /viajes
postergados / al fin, como la vida.
Cuando mis dos nietecitos pascuales
vinieron de merendar su compuesto carminativo de sales de eneldo y aliaga, y me
lo trajeron, no me sorprendió. Habían encontrado a su autor dormido, y al ir a
bigotearle el costillar arrodalado por una tiña añera, una garrapata salió del
carrizal de su pelambre y se asustaron: “Mira, un hueso. Cógelo”. “No, tú que
eres mayor”. “¿Por una hora y veinte?”. “A ti te dan de mamar antes, por algo
será”. “Bueno...” . Lo cogieron y se fueron a dos metros, para examinarlo: “¿Qué son esas marcas?” . “Serán mates. A los
perros les van los números.” . “Arrea, ¿un hueso en clave?”. “Lo mismo es un
mapa del tesoro” . “Sí, de otro hueso enterrado; tú eres gilipollas”. “ ¿Y tú,
sabes leerlo?” . “No. Pero la abuela Hermeneutina sí. Una vez interpretó el
esqueleto de una sardina en salazón. Estaba de buena...”. Se relamió el mayor.
”Pues arreando”, ultimó el menor.
Al verlos venir azogados, abandoné mi
ramoneo estabulario y les pregunté: “¿Qué lleváis ahí, zarzaneros?”. Al menor
le faltó tiempo para decir: “Lo tenía el ratonero, que está ido perdido. ¿Nos
lo leerás?”. “Trae aquí. A ver...”, dije escudriñando las marcas dentarias del
húmero siniestrado. “Esto parecen vivencias. No nos incumbe. Se lo daremos a
Sumo”. Y por poco les doy un berrinche: “¡Nooo, güela, nooo, léenoslo antes,
andaaa, porfi!”. “ Mira que no me gusta que os metijéis en la vida de nadie”.
Repuse. “Además, se trata de un perro. Está totalmente contraindicado”. “¿Pero
para cuentistas, los perros, no? Puede ser chuli”. “Y peligroso. Se trata de un
superviviente de los Años Acelerados” . ”¿Y eso qué era, un grupo musical?”.
“No –no pude reprimir una risilla. Estos críos...–. Era cuando se buscaban las
respuestas. Y el ratonero era de la vanguardia”. Yo miré a los danzantes
pensando en otras cosas. Tal vez en otros bailes, en otros corazones. Y casi
sin querer, seducida por el duende pegadizo de la infancia, les hice bajar el
nivel de su júbilo y empecé a leer bajito aquel trozo calcinado de memoria...
“Hola, qué tal. Para quien le interese,
soy Mediwat López, de los López de Casajuncaña. Nunca he padecido la
hidatidosis ni la rabia y mi sentido olfativo es veinte mil veces superior al
del hombre. Pero eso no ha sido suficiente para escapar al fin. Al contrario,
más bien lo he perseguido desde la noche aquella en que, contra mi parecer, me
uní al bandido corneja y a mi estimado Patócleto en la Cápsula de los Tiempos
y, antes de mi segundo ladrido de alarma, marchábamos dejando un futuro de
plastilina a nuestras espaldas entre la nube roja en llamas que nos cegaba
aspirándonos fría como el sudor que ahora siento...
Después,
el deslumbrón se deshizo en volutas en una niebla seca, y el universo de fuego
desapareció. Debido a la deshidratación, las fibras nerviosas de mi superdotada
nariz quedaron bajo mínimos, y no pude indagar más sobre la película. Recuerdo,
eso sí, el aire insulso enrarecido, similar al del salón de mis amos. Y que el
huevudo Brevon me guiscaba:
–¿Y tú dices que tu mucosa olfativa es
una maravilla? ¡Una puta mierda! Un humano, con su porquería de 0.006
milímetros y drogado, huele más que tú.
Menudo
viaje me pegó, con su alma de chacal.
Cuando ya estábamos bien perdidos en la
perdición, atisbamos entre la gasa de niebla aproximarse un reflejo material.
Algo que incluimos en el esperanzador grupo de los objetos, y lo que al fin se
plantó ante nosotros era un fiero guerrero con el casco abollado. Y va y nos
vocea. Aunque al menos sabemos que somos una presencia:
–¡Eh, vosotros. Soy Hermes, el
mensajero de los dioses, dios mismo de la Astucia, la Suerte y el Robo, y vengo
a escoltaros hasta el Hades. Así que andaros con ojo!
De manera que lo creemos, por la cuenta
que nos trae.
–¿No queríais espíritus? Pues ya
estaréis contentos –les digo, nada satisfecho con mi destino. Y le seguimos sin
resollar porque, como es dios, va a todo puño. Pato le grita, desjarretado:
–¿Adónde vamos, buen Hermes pederasta?
–Pero no le contesta. Menos mal. Porque mi amigo confunde los términos y éste
debe ser uno de los dioses más groseros de por aquí. Por fin se digna, pero sin
volverse:
–A cruzar el Aqueronte. Yo no sé por
quién venís recomendados, pero debéis de tener un buen agarre. Aquí todo el
mundo lo cruza con sus huevos. ¿Lleváis los óbolos?
Nuestra extrañeza es intensa. Y Brevon,
que no se corta un ápice, grita:
–No, pero el pato puede recitarle el
listín de especies en extinción en un pestañeo.
Hermes da paso y medio y se para. Luego
se vuelve. Su mirada es mortal. Nosotros también nos paramos. Yo pienso: “Ya
está, ahora nos desintegra de una hostia”. Pero no. Sigue. Peor. Como es el
dios de la astucia, espera que te esperarás. Y en efecto; por lo menos por lo
menos estuvimos dos o tres años luz corriendo como galgos hasta llegar al
Aqueronte. Al acabar, y sin dejar ni descalzarnos:
–¿Qué, algún chistecito más? –Reta. Si
se le ocurre al bocazas de Brevon decir algo, le pego un bocado que le quito la
cabeza. Y, reventados, al ir a sentarnos en su orilla, sale con un exabrupto,
una cosa que para qué, que qué nos hemos creído, que si pensamos que él es
nuestro criado, que cómo nos atrevemos a poner el culo en el reino de
Ultratumba. Y entonces caemos. Pato, con mucha urbanidad, inquiere:
–¿Entonces, señor, ésto es... el Más Allá?