Todas las campañas electorales tienen bastante de orgías y un mucho de pornografía. Primero hay un precalentamiento, o mejor dicho ésa es la situación permanente, la del efecto invernadero pero en la sesera, hasta que se arrejuntan los factores, los psicológicos, los materiales, los humanos y hasta los de la RENFE, y como nadie necesita sardinas para beber, ya está liada; a unos y otros se les calienta la boca, con o sin algo para picar, el aire se llena de feromonas al grito de ¡vamos a ganar!, y empieza el besuqueo, el gambiteo, el manoseo, el holismeo, se pierde la noción (y el frenillo) y en cuestión de nada y con el vértigo de la vorágine, el roce (que hace el cariño) de las presentaciones, los euforizantes, los estimulantes –¡os prometo que os prometeré!; ¡os haré, no una, sino cien propuestas que no podréis rechazar!–, se pasa de lo oral a lo anal y viceversa, y llega un momento en que no sabes si estás en una página de contactos o es que se te ha ido la olla, o su variante femenina.
Meterse
en campaña es meterse en harina, sin prolegómenos ni leches, echando de golpe
toda la morterada en la freidora, echarle jeta y pasarse por el forro las
barreras, desinhibirse y mostrarse tal cual, pornográficamente, enseñarlo todo.
Así, en campaña se permite cualquier infidelidad, escarceo y transfuguismo a
fin de limar (hay quien lo consigue con tanto frotamiento y lametazo) las
asperezas de los complejos, así como ayuntarse, aunque sea de forma adventicia,
con el enemigo, que es aquel que se sospecha vota al contrincante, con tal de
aplacar traumas o mostrar el otro carrillo (aunque haya quien disfrute
mostrando los dos a toda pompa). También es una ocasión excelente para
positivar las perversiones, con tanta gente como se deja, o para las aberraciones,
pues la temporada es ideal, o las uniones contra natura que a menudo en campaña
llegan al bestialismo, dada la índole del votante medio, e incluso darse el
postín de dar rienda suelta a los fetichismos ocultos, que es la parte más chic
y sofisticada de toda esta jodienda, como tratar de usted a un simpatizante,
cuando está claro que lo suyo sería ponerlo mirando para Cuenca sin preguntarle
siquiera si trabaja o estudia.
Esta
huida de las sensaciones negativas, descarga de adrenalina, bilirrubina y otras
cosas de cocina, por su capacidad de poner al día el organismo, pone de
manifiesto que las elecciones son el periodo ideal para meterse o sacarse del
cuerpo (social, por supuesto) lo que sea. El inconveniente es que, como en toda
orgía, los protagonistas salen como si hubieran visto una de Röhmer, y no les
preguntes nada, que no saben ni con quién anduvieron (o con qué, pues los hay
muy tecnologizados) o si fue por el misionero o disciplina inglesa; nada, como
si se les hubiera borrado la memoria Ram (y no me refiero a la de Kurosawa), en
la que sólo mantienen, eso sí, eternamente, a los que no les han votado. Y si
los políticos salen de campaña totalmente en blanco, como un fornicador
borracho que no se atreve a asegurar ni su nombre, del espectador, para qué
hablar.
El
espectador de orgías porno, superada la envidia inicial, ya sea ésta orgánica,
con las cosas que ahí se ven y con los complejos subsiguientes que eso genera,
ya sea subliminal o simplemente envidia, llámese golica o ganas de ganeta, es
que ni se halla, llegando a ser tal su confusión, que al final pilla y,
aburrido, se va con la parienta. Lo que quiere decir que quien más quién menos,
ante la nulidad del masaje recibido que haga prosperar algo por su sitio, uno
se queda con lo que es el crudo mensaje y vuelve al medio habitual, a la cama y
con lo de siempre, al síndrome de lo malo conocido. Y no es una cuestión
estrictamente metafórica. Conozco a uno que dice estar tan harto de ver siempre
las mismas películas, con los mismos actores porno, que ya le parecen como de
la familia, haciendo las mismas piruetas, que afirma que quien más le pone es
su señora, tal vez porque la tenga menos vista. También, digámoslo de paso,
está pensando en ir al médico.
Pues
con las elecciones, lo mismo. Y no es una opinión errática. Al votante, con las
campañas electorales, le pasa lo que al que come de restaurante a diario: que
al final acaban gustándole las lentejas viudas. Fíjate si nos volverán
gilipollas. No se trata de ese principio sociológico de que en el fondo todos
somos afectos a una causa, la famosa relación causa–afecto. No. Ni mucho menos
argumentos esgrimidos sobre si los servicios municipales o regionales son
precarios, inexistentes o de mero escaparate, si reina la chapuza, el
enchufismo, el nepotismo y el hijoputismo o si los impuestos son de extorsión.
Todo eso son pendejadas. Y que la melsa del personal es infinita. Hay hasta
asuntos serios tales como que un candidato se pueda presentar con un look que
parece hecho por un estilista de la kale borroka, o si a otro es tan pedante
que le gusta el marrasquino más que a la Parrala (¿y a quién no?) o un tercero
bien pudiera dar el pego como un cáustico vendedor de biblias, que carecen de
importancia comparados con el escarnecimiento de la cruda realidad, sea ésta
nocturna o en horario de siesta.
La
cosa obviamente va mejorando y los estrategas electorales del país, aunque
andan algo cortos de sinapsis y les siguen patinando las neuronas, parece que
se esmeran y, para no abusar mucho de la gente han propuesto dos campañas en
una. Una, esa que llaman las primarias, hecha para que las teles nacionales no
interrumpan su programación a piñón fijo con esa especie de carta de ajuste de
encabronamiento con que los líderes nacionales siguen en antena, con un
requilorio y repalandoria, que no hay quien los chocee; y otra, que son las
secundarias o políticas de segunda, lo suficientemente solapadas por la primera
(o telecinco, o la cuatro, u otra), para que no suframos mucho de ver cómo nos
come la mierda en nuestra propia casa. Aunque, eso sí, sólo podremos votar por
las segundas, cuando por el mismo precio podíamos haber resuelto todo de una
tacada. Uy, mecachis, qué fallo de estrategia.
Claro, ellos no pueden estar en todo, pongamos que en el caso de una pareja joven, titulados ambos, tres master per capita, dos empleos basura, hipoteca LEVO (Ligada a la Esperanza de Vida Oficial), cada uno trabajando desplazado, sin saber qué van a cenar ni si les habrán recogido a su alimaña de la guardería. ¿Cómo es que nadie ha pensado allá arriba que sería bueno que las elecciones habría que hacerlas siempre antes del quince de cada mes, fecha en que esa pareja y otras muchas ya está en quiebra y han presentado expediente de crisis?
En fin, son detalles que supongo se irán subsanando si quieren que alguien se
interese por la cosa. Y por favor, no saquen entre un candidato y otro noticias
como esa de que “España necesita una popa nueva” (referida a la America’ Cup,
pero qué sabe uno), o más de uno se va a trabucar con los mensajes y se va a
poner a pensar que esto, la vida, las elecciones, lo mismo es una película
porno y tal, pero, qué casualidad, siempre hacen de putas los mismos.
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