sábado, 31 de octubre de 2026

Primarias y secundarias (2006)

 

Todas las campañas electorales tienen bastante de orgías y un mucho de pornografía. Primero hay un precalentamiento, o mejor dicho ésa es la situación permanente, la del efecto invernadero pero en la sesera, hasta que se arrejuntan los factores, los psicológicos, los materiales, los humanos y hasta los de la RENFE, y como nadie necesita sardinas para beber, ya está liada; a unos y otros se les calienta la boca, con o sin algo para picar, el aire se llena de feromonas al grito de ¡vamos a ganar!, y empieza el besuqueo, el gambiteo, el manoseo, el holismeo, se pierde la noción (y el frenillo) y en cuestión de nada y con el vértigo de la vorágine, el roce (que hace el cariño) de las presentaciones, los euforizantes, los estimulantes –¡os prometo que os prometeré!; ¡os haré, no una, sino cien propuestas que no podréis rechazar!–, se pasa de lo oral a lo anal y viceversa, y llega un momento en que no sabes si estás en una página de contactos o es que se te ha ido la olla, o su variante femenina.

Meterse en campaña es meterse en harina, sin prolegómenos ni leches, echando de golpe toda la morterada en la freidora, echarle jeta y pasarse por el forro las barreras, desinhibirse y mostrarse tal cual, pornográficamente, enseñarlo todo. Así, en campaña se permite cualquier infidelidad, escarceo y transfuguismo a fin de limar (hay quien lo consigue con tanto frotamiento y lametazo) las asperezas de los complejos, así como ayuntarse, aunque sea de forma adventicia, con el enemigo, que es aquel que se sospecha vota al contrincante, con tal de aplacar traumas o mostrar el otro carrillo (aunque haya quien disfrute mostrando los dos a toda pompa). También es una ocasión excelente para positivar las perversiones, con tanta gente como se deja, o para las aberraciones, pues la temporada es ideal, o las uniones contra natura que a menudo en campaña llegan al bestialismo, dada la índole del votante medio, e incluso darse el postín de dar rienda suelta a los fetichismos ocultos, que es la parte más chic y sofisticada de toda esta jodienda, como tratar de usted a un simpatizante, cuando está claro que lo suyo sería ponerlo mirando para Cuenca sin preguntarle siquiera si trabaja o estudia.

Esta huida de las sensaciones negativas, descarga de adrenalina, bilirrubina y otras cosas de cocina, por su capacidad de poner al día el organismo, pone de manifiesto que las elecciones son el periodo ideal para meterse o sacarse del cuerpo (social, por supuesto) lo que sea. El inconveniente es que, como en toda orgía, los protagonistas salen como si hubieran visto una de Röhmer, y no les preguntes nada, que no saben ni con quién anduvieron (o con qué, pues los hay muy tecnologizados) o si fue por el misionero o disciplina inglesa; nada, como si se les hubiera borrado la memoria Ram (y no me refiero a la de Kurosawa), en la que sólo mantienen, eso sí, eternamente, a los que no les han votado. Y si los políticos salen de campaña totalmente en blanco, como un fornicador borracho que no se atreve a asegurar ni su nombre, del espectador, para qué hablar.

El espectador de orgías porno, superada la envidia inicial, ya sea ésta orgánica, con las cosas que ahí se ven y con los complejos subsiguientes que eso genera, ya sea subliminal o simplemente envidia, llámese golica o ganas de ganeta, es que ni se halla, llegando a ser tal su confusión, que al final pilla y, aburrido, se va con la parienta. Lo que quiere decir que quien más quién menos, ante la nulidad del masaje recibido que haga prosperar algo por su sitio, uno se queda con lo que es el crudo mensaje y vuelve al medio habitual, a la cama y con lo de siempre, al síndrome de lo malo conocido. Y no es una cuestión estrictamente metafórica. Conozco a uno que dice estar tan harto de ver siempre las mismas películas, con los mismos actores porno, que ya le parecen como de la familia, haciendo las mismas piruetas, que afirma que quien más le pone es su señora, tal vez porque la tenga menos vista. También, digámoslo de paso, está pensando en ir al médico.

Pues con las elecciones, lo mismo. Y no es una opinión errática. Al votante, con las campañas electorales, le pasa lo que al que come de restaurante a diario: que al final acaban gustándole las lentejas viudas. Fíjate si nos volverán gilipollas. No se trata de ese principio sociológico de que en el fondo todos somos afectos a una causa, la famosa relación causa–afecto. No. Ni mucho menos argumentos esgrimidos sobre si los servicios municipales o regionales son precarios, inexistentes o de mero escaparate, si reina la chapuza, el enchufismo, el nepotismo y el hijoputismo o si los impuestos son de extorsión. Todo eso son pendejadas. Y que la melsa del personal es infinita. Hay hasta asuntos serios tales como que un candidato se pueda presentar con un look que parece hecho por un estilista de la kale borroka, o si a otro es tan pedante que le gusta el marrasquino más que a la Parrala (¿y a quién no?) o un tercero bien pudiera dar el pego como un cáustico vendedor de biblias, que carecen de importancia comparados con el escarnecimiento de la cruda realidad, sea ésta nocturna o en horario de siesta.

La cosa obviamente va mejorando y los estrategas electorales del país, aunque andan algo cortos de sinapsis y les siguen patinando las neuronas, parece que se esmeran y, para no abusar mucho de la gente han propuesto dos campañas en una. Una, esa que llaman las primarias, hecha para que las teles nacionales no interrumpan su programación a piñón fijo con esa especie de carta de ajuste de encabronamiento con que los líderes nacionales siguen en antena, con un requilorio y repalandoria, que no hay quien los chocee; y otra, que son las secundarias o políticas de segunda, lo suficientemente solapadas por la primera (o telecinco, o la cuatro, u otra), para que no suframos mucho de ver cómo nos come la mierda en nuestra propia casa. Aunque, eso sí, sólo podremos votar por las segundas, cuando por el mismo precio podíamos haber resuelto todo de una tacada. Uy, mecachis, qué fallo de estrategia.

Claro, ellos no pueden estar en todo, pongamos que en el caso de una pareja joven, titulados ambos, tres master per capita, dos empleos basura, hipoteca LEVO (Ligada a la Esperanza de Vida Oficial), cada uno trabajando desplazado, sin saber qué van a cenar ni si les habrán recogido a su alimaña de la guardería. ¿Cómo es que nadie ha pensado allá arriba que sería bueno que las elecciones habría que hacerlas siempre antes del quince de cada mes, fecha en que esa pareja y otras muchas ya está en quiebra y han presentado expediente de crisis? 

En fin, son detalles que supongo se irán subsanando si quieren que alguien se interese por la cosa. Y por favor, no saquen entre un candidato y otro noticias como esa de que “España necesita una popa nueva” (referida a la America’ Cup, pero qué sabe uno), o más de uno se va a trabucar con los mensajes y se va a poner a pensar que esto, la vida, las elecciones, lo mismo es una película porno y tal, pero, qué casualidad, siempre hacen de putas los mismos.

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