La sociología tiene establecido
que la culpa histórica de esa constante postmoderna que consiste en que las
tías más guais, valientes y atractivas acaben siempre con los chicos malos,
la tiene el cine, y más concretamente el primer gran icono de villano bueno,
antihéroe de culto, aquel castigador con aura que fue Clark Gable, que puso de
moda la camiseta de tirantes. Y hasta hoy. Quién lo iba a decir del orejas de
pana, puto juvenil, según las malas lenguas, chulo braguetero de viejas, y picha
corta, según llegó a decir la Lombard, su señora, en uno de sus arranques
bocachanclas. Y es que la gran pantalla todo lo cambia. O como dice el
chascarrillo, parece mentira… lo que la picha estira.
jueves, 16 de febrero de 2017
jueves, 9 de febrero de 2017
Pobristas
Hubo un tiempo en que la revolución se quedó sin materia prima, descolocada. Había libertadores, pero no esclavos dispuestos a ser liberados. Algo así como un desfase entre la oferta y la demanda. O, en términos de comunicación, que el medio no era el mensaje, sino más bien un masaje. Pero eso cambió con la crisis, al producir esta al mileurista, el nuevo individuo que, una vez conceptuado sintéticamente como el pobre epistemológico actual, ha podido servir de aglutinante artificial de la nueva clase desposeída, y sustituir instrumentalmente a la ya desaparecida del proletariado, salvando así de la ruina a los políticos, que amenazaban quiebra y les ha faltado tiempo para hacerse pobristas, esa plaga criminal que, cual secta neo dulcinista, se dedica a penalizar, cuando no a criminalizar, de palabra y sobre todo de obra, a quien es capaz de vivir sin tener que recurrir al nuevo vasallaje del clientelismo político.
Para ello se invocan la igualdad, equidad y justicia del reparto. Aunque en la práctica consista en homogenizar la escasez y necesidad como nueva gran comunión obligada a la que sacrificarse. Es el nuevo gran ideal. Y quien no lo hace y se aparta del gran rebaño de desheredados pasa a infringirlo y a ser sospechoso del “algo habrá hecho”, “por algo será” o “Dios sepa” y a ser mal mirado por los que se quedan (“En cuanto los ideales son declarados superiores a los hombres, empieza la cacería”, Fernando Aramburu) y por quienes, ruinmente, solo pretenden explotar el gran caladero para seguir justificándose como un mal “imprescindible”. Unos, abiertamente; otros, cínicamente, defendiendo la riqueza como fin, pero a base de fabricar pobres. Solo se diferencian en el grado y la presentación.
Aun así, el asunto, tan viejo como el mundo (el triunfo del
cristianismo fue su primera gran hazaña) presenta algunas novedades, tanto de
forma como ideológicas. Así, la famosa declaración de la renta como DNI para
acceder a la nueva solemnidad de la pobreza energética o la renta universal, de
camino a la dependencia general de estos aduaneros del cielo (por lo pobre)
aquí en la tierra. En el olvido queda que al pobre solo le ayuda otro pobre. Y
no hablo de caridad, ni menos de solidaridad, que es aún más paternalista y
vertical. Sino de que los predicadores se ordenan sacerdotes y usurpan el lugar
propio de la gente. Y eso aún lo pone peor.
miércoles, 8 de febrero de 2017
Violeta siempre
Este año se cumplen
dos efemérides en una misma persona, la de la vida y la de la muerte, una
involuntaria, la otra elegida, la primera de un siglo que hará allá por octubre
cuando Violeta vio la luz austral; la segunda exactamente medio, cumplido el
domingo pasado a los cincuenta de que la doliente poetisa se pegase un tiro en
la sien para salir de escena a la manera, dicen unos que romántica, otros que
lúcida y otros qué lástima.
O tal vez quizás como la única manera de poder
volver a los diecisiete siquiera la nanoestadía fractal y sin parada en esa
estación adolescente, en la regresión a la nada que es la muerte en un segundo, camino siempre al
norte, como el Run-run de su canción, y maldiciendo del alto cielo por ello,
tan vecino del infierno.
A su estilo y según el favor del viento, preguntándose
la jardinera paloma ausente desde entonces, qué he sacado con quererte (la vida), y darle
gracias sin embargo, en versos de desengaño, indiferente a lo que dirá el Santo
Padre que vive en Roma, sobre si Arauco tiene una pena, los pueblos americanos
o porque los pobres no tienen. Y viva Dios, viva la Virgen.
En fin, cien años
de felicitarnos y cincuenta de condolencia. Eso es lo que este 17 del XXI nos
traerá de recuerdo de esa estrella que aún alumbra, deslumbrando, o mejor al
revés. Y en español. Aunque aún no comprendamos el inmenso lujo que eso
implica.
martes, 7 de febrero de 2017
Suelto
Choque de
trenes en Podemos, choque de trenes en el Psoe, choque de trenes entre el
Gobierno y el Govern, ¿y la gente prefiriendo el AVE al avión? Uy, uy, uyyy…
lunes, 6 de febrero de 2017
Anales
Vivía tiempos anales en los que primaba lo digital sobre lo
analógico y mucha gente disfrutaba metiendo el dedo en la hez ajena por ver su
analogía con la propia, o para cerciorarse de que los detritus seguían
marcando, como un ADN de popa, la autoestima medida a partir de la textura
implagiable del excremento marca de la casa que identificaba a la especie.
Se deleitaba contemplando la cultura excretal creada por el
ser humano, que recordaba a la de los sisones, que son, o eran, pues no sé si
nos lo habremos comido ya todos, unas aves que no cesan de soltar churlitazos Chanel Ful por la estepa, un territorio
vitalicio del que su intestino grueso era una extensión, un salvoconducto
extendido a nuestro nombre por el cual se evacuaban sólidos, líquidos o
imprevistas consultas del pensamiento, ayudados sólo por las revistas que acompañan
a muchos en el empeño.
Todo, tan desechable que si algún día llegaba a descifrarse
la información genética del mundo, se vería cómo los de esta parte, que estaban
llamados desde lo vernáculo a poseer un inodoro cada uno y a aparecer su
destino escrito en un WC, en gráfitis, apuntes y chuletas, como verdaderos
anales de un tiempo rectal cuya documentación debiera ser escrita y archivada
en rollos de tisú.
Nuestro invitado, según se percataba del desarrollo del
grueso de su producto, lo justificaba e incluso teorizaba antes que ponerle
coto, que hubiera resultado tan peligroso como el tapón del chiste de Jaimito,
e inventó, en plena sentada de taza, la tesis de la fase anal en individuos y
sociedades con un trasero incesante pero libre de moscas gracias a los esprais,
pasada ya la furia del cómic underground antes de convertirse en otra caca.
De modo y manera que, a la vez que la porquería se extendía,
se consentía como una enfermedad vergonzante tan ineludible como encubrible,
para no convivir directamente con sus efluvios, propalada ya al tresbolillo,
acabando siendo por tanto a un tiempo, como quien no quiere la cosa, sus
víctimas y sus secuaces.
El lenguaje, fregadero del inconsciente, también acabó por
adaptarse, remodelando a “la madre que te trujo”, y “la hemos jeringao”, por “te
meto un puro que te jiñas”, en pleno auge de “comemierdas”; y los estultos pero
candorosos eufemismos “hacer de vientre” o “de cuerpo” o el maravilloso “obrar”
andaluz, siempre base de los chistes sobre la actitud laboral de los
susodichos, que hicieron de la imagen del mundo una plasta vacuna.
Entonces,
¿por qué no mentarla?, se preguntaba. O incluso tocarla, usarla de plastilina,
pintar con ella las tapias como antaño y sin haber visto el Saló de Pasolini, que tenía más mérito.
Mejor tenerla a mano como ayuda de cámara para conocerse a sí mismo que aventársela
al vecino.
Pero nuestro ser humano resultó ser de letras y para él el
tratamiento ideal de residuos era recuperarlos del lenguaje y contextualizarlos
en los anales actuales, en lo excremental. Y nada del trato residual dado por
técnicos y polìticos, que eran mayormente de su pueblo, o sea muy suyos, y no
entendían a aquel material como el asimilable a lo poético por excelencia, al
objeto por antonomasia, a la eterna gravedad de la palabra descompuesta que hay
que dejar estrofarse como un magma para el renacimiento... y tratar de que
rime, pues los mejores anales son en
verso. Y más los del alma, que esos sí que llevan horas de inodoro, que es lo
que más se cotiza y por tanto no está de más que vayan a él directamente. Como
éstos. Y que tengan tan buen viaje como descanso dejan.
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