miércoles, 13 de septiembre de 2017

Letras pa'l cante: bamberas

Bamberas del (no)soldado (des)conocido

Si un día vas a París,
en el Arco del Triunfo
a mí no me pongas flores
como soldado del mundo.
Porque yo soy insumiso
y yo no voy a morir
tirando a los corazones
con un maligno fusil.

Hago de mi vida un sayo
y una espada con mi huerto;
la ilusión es mi retallo
floreciendo entre los muertos.
Soldadito solidario
hecho de juzgado y cárcel,
a reunirme contigo
a mí me llama este cante
y con tu voz vigilante,
alerta, alerta, testigo
tú seas, siempre delante,

y tu conciencia, el camino.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Silenci


Hace cuarenta años Raimon cantaba aquello de: Jo vinc d’un silenci antic i molt llarg (yo vengo de un silencio antiguo y muy largo) en el que desgranaba la vida de las gentes cuya lucha por la existencia, sin más alardes, resulta lo más trascendente, por ser al ritmo de esa pelea diaria como, sin querer, se mueve el mundo. La vida como única bandera, ejecutada por ese sujeto impersonal cual era la mayoría silenciosa, que entonces se llamaba, en medio del silencio, producto de la discreción cotidiana, pero también impuesto –¿desde siempre?– por los dueños, también, del mismo. 
Los dueños, ya se sabe, tienden a serlo de todo, incluido el ruido, la algarabía, eso tan popular que si no es en su honor siempre quieren borrar de su presencia, ya que la única voz altisonante debe ser la suya. Porque, dicen, hay un tiempo de jolgorio y bullicio y otro de quietud. Lo que significa que en un mismo tiempo, unos deben vociferar y otros callar. 
Es lo primero que cualquier aspirante a súbdito debe aprender. A identificar la voz de su amo y saber permanecer callados. Y para eso hace falta educar en el silencio, crear un tempo y un tiempo de silencio, como aquella novela, también de época. Un tiempo, un cuadro, del que salimos con el grito, que en Cataluña fue siempre un inmenso Munch, y ahora ya es otro cuadro donde unos tienen voz y muchos callan. 
"En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira..."
Un cuadro pintado con el griterío de unos y la prudencia y nuevamente el silencio (y miedo, vamos a decirlo) de otros, y no solo millenials sordos, sino nuevos y viejos progres sacatajadas tan equidistantes –eufemismo acusatorio del quien no está conmigo está contra mí– como para armar silenciadores con tal de condenar al enemigo preferido. Alzar la voz de jóvenes para acabar callando de viejos. Para eso tanto. 
Para llegar a la puigdemocracia y el autogolpe; para polarizar entre escandalosos y escondidos en el nuevo viejo silencio. Para acabar acatando el derecho de admisión por decreto en la cuna del ruido. Menudo panorama cuando la voz de la experiencia ya no sirve y las voces nuevas se equivocan –dreamers, o jóvenes indocumentados (de cualquier bando) les llaman estos días en USA–. 
El choque de trenes se ha producido y sí, resulta que era un scalextric. Pero ese silencio en aumento es lo peor. La tremenda quietud. Esa calma televisada. Y esos espectadores, mudos ante la tele, mientras los “legitimados” para ello ladran.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Cinematontunas: Lee J. Cobb, el violinista cantante

Se dice que Leo Jacoby, que así se llamaba realmente, fue un niño prodigio del violín, aunque lo único que consta es que iba camino de ser alguien en este instrumento, después de sobresalir especialmente en su práctica durante su niñez, cuando una rotura de muñeca y posterior pérdida de movimiento muscular le llevaron al abandono de una carrera como figura del mismo ya en la adolescencia, pasando a inclinarse entonces por otra de sus aficiones como era la interpretación.
Y, probando fortuna, entabló relación con gente como Lee Strasberg, Clifford Odets, William Saroyan o Elia Kazan, partidarios del Método, si no de otras cosas, como el empleo del teatro como máquina de denuncia social, a lo que el joven Leo se apuntó más o menos entusiásticamente, hasta el 41, año de su disolución y su enrolamiento personal en las Fuerzas Aéreas, donde sirve, con su magnífica voz y dicción, en la agitprop radiofónica, antes de volver a Hollywood para participar casi en 80 películas en las que haría casi siempre de personaje poderoso peligroso con carácter, a un tris de la villanía, que cuando asumía papeles de policía aún era más inquietante.

Aunque su máximo éxito y con el que aún es recordado fue con La muerte de un viajante, con el que siempre viviría. Siendo precisamente su compromiso con ese teatro de denuncia en el que se involucró de joven y que le llevaría al reconocimiento el que también le ocasionaría su gran borrón biográfico y profesional, pues aquellas “malas compañías” (incluidas las teatrales) de su juventud,  le procurarían una citación en los interrogatorios de la Caza de Brujas y, casualmente o no, cuando recibía el Oscar por su actuación en La ley del Silencio, iba y denunciaba a una veintena de sus compañeros y amigos de ayer y hoy como militantes del Partido Comunista. A los que el exviolinista, ya convertido en cantante, citó con su muy buena voz y mejor dicción.

martes, 5 de septiembre de 2017

Todos morimos antes o sin guión

El gran público está cada día más de acuerdo con Benjamin, sin haber oído hablar siquiera de él (de ahí su importancia), en que el arte hace tiempo que se extinguió. Se asiste a él pero no existe. Así, nadie se atreve a dictaminar si el cine es un arte, una industria, un cachondeo, un putiferio u otra magia. Ni siquiera el autor, que tan atrevido escupió su teoría en plena edad de oro del así llamado séptimo arte, por ser precisamente éste el paradigma de su negación, al basarse en la copia. Lo que en dialéctica es la negación de la negación, o sea su afirmación. Y con lo cual se armaría tal taco (como nosotros), que más bien lo dejó, antes de que le diera un yuyu.
Pero el caso es que desde entonces existe la sensación de que es algo extinto, como el flamenco o los toros, otros grandes artes como la vida misma, convertidos ya en realidad en parodias de sí mismos, como la vida misma, que no cuadran.
A falta de otra cosa y en vista de su frágil perdurabilidad, se ha ido imponiendo lo efímero como su medida y máxima manifestación del arte, sobre todo si lo que expones es la vida misma. José Tomás lo ha expresado muy bien: el triunfo sin riesgo no es triunfo. ¿Qué arte es aquel en que no te juegas la vida aunque sea por un instante?
Es dudoso, por tanto, considerar arte una performance callejera (aunque te pueda atropellar un camión o los antidisturbios) o un montaje al uso, por heroico que sea meterse bajo estructuras y tinglados capaces de aplastar a un mamut. Si bien la cocina, ese otro arte moderno, el más efímero y que más llena, mira por donde, pueda valer, por lo arriesgado, y ser el único por el que morir antes de tiempo. Aunque no dejan de ser dudosas muestras del arte cometa, cuyo ser es la palidez de su reflejo, como esos asteroides sucedidos en el pasado cuya imagen fugaz vemos ahora.

El problema quizás esté pues, en la vida, donde ya no hay arte. Quizá por no haber ya guiones. Andamos por ella sin ellos, dando vueltas siempre al mismo argumento. De ahí el eclipse del cine, o del flamenco. Azcona, aquel soñador diurno y hombre peligroso por actuar sobre sus sueños con los ojos abiertos para hacerlos realidad, lo decía muy claro: él cogía de la vida sus historias. La vida era el negro, no él, que en todo caso era un negro de la vida. A la cual dejó huérfana de guionista, para sumarse a la huelga salvaje de guiones que, no ahora sino desde hace lustros, ilustra la vaciedad del cine, muerto, como él mismo o como el arte, antes, y cada vez más como la vida misma.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El arroz

Hace tiempo que al encontrarme con alguien, lo primero en preguntarme no es por mi salud, que sería lo suyo, pues todos estamos fatal, sino, primero (y con cierta esperanza), que si estoy de vacaciones, y al decir que no, y aumentado el recelo, que si me he jubilado, y de seguido, sin darme tiempo a responder, y ya con ansiedad, si ya tengo nietos. 
Así, como si fuera un virus todavía activo difícil de erradicar, como si de un ébola calvo se tratase, que entiendo puede suscitar cierta preocupación, pero no el alarmismo que observo luego, una vez salta a la cara, porque alguien como yo pueda reproducirse y tener descendencia, una alerta que aunque no deje de ser infundada, la verdad, la veo exagerada. 
¿Abuelo llevando a hombros, todavía, a su nieto?
Además de inútil, porque si lo primero, lo de quitarme de en medio, está en mi mano, de lo segundo, las correrías de mis genes, ya me guardaré, pues yo, por mucho que me achuchen con que se me está pasando el arroz, que si no voy a disfrutar de esas alimañas a las que se les quiere más que a los hijos, y tal y tal, jamais de la vie se me ocurrirá incitar a nadie, y menos a gente parecida a mí, par que traigan al mundo a un futuro votante. Y más con lo del “nosotras decidimos”. 
Porque a un tío lo puedes mediatizar, incluso a palos, para que compre algo por ahí o se agencie un ovario de alquiler, y no pasa nada. Solucionado. Pero tú le pides a una tía un hijo, aunque sea suyo (y aunque en realidad luego sea para ti), y es que te ponen a parir. Claro, hasta que se les mete a ellas en la cabeza –que ahí es donde se gestan esas cosas–. Y entonces ya no hay quién. 
Y es que las mujeres son muy influenciables, y claro, se quedan preñadas. Es pura presión social (bueno, y pélvica, si se recurre al procedimiento natural). Y sugestionadas como están por todo lo que ven y oyen en los cibercafés, las playas o en las gimnasios, acaban echando de menos incluso lo que nunca han tenido, ese absurdo muy de la época y llevado al ridículo máximo por tantos y tantos hombres (tenía que ser) en edad de merecer, nietos, se supone, que se sienten culpables de no ser abuelos, pequeños patriarcas aunque sea de nieto único. 
A pique de darles un trauma. Que es lo que tiene el entorno, y su hostigamiento para emparejar, casar –“eres bonita y no te has casao, alguna falta te han encontrao”, dice la copla– y amadrantar a la mujer… y a sus progenitores. Para realizarse, dicen, aunque a veces sea más para paliar la frustración paterna, cuyo cómplice y gran ayuda no es la psiquiatría, como cabría pensar, sino la traición biológica femenina, esa que en un momento dado toca a maternidad como quien toca a generala, o a zafarrancho de matriz, y te jode, o viceversa. 
Porque la maternidad es otra técnica de autoconstrucción como individuos normalizados, que, como el sexo y otras, quizá habría que desmontar, aprender a que no nos pre ni ocupe ni mucho menos nos enajene, y sobre todo a verlas como algo contingente y no depender de ellas –y menos esa neurosis de tener mono por algo que solo es un deseo–. 
La putada es que, con el sexo el tiempo se torna un aliado para aprender a pasar de él y reírte, y con lo del arroz es simplemente su peor enemigo, pudiéndote hacer llorar hasta agriarlo. Y por ende a quienes, aunque ya sean mayorcitos (o quizás por ello) sus mernguantes expectativas consistan en apostar casi exclusivamente a ello. 
Decidir pues, ser un arroz pasado y tan felices, como hacen ya prácticamente un tercio de mujeres, no es fácil. Pero es su opción. Y, con lo que está cayendo, no diría yo que la peor. Y a los padres, sintiéndolo mucho, que los zurzan.