lunes, 28 de noviembre de 2016

Super lápida


Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única. 
Don Quijote
Cómo pasa el tiempo...

jueves, 24 de noviembre de 2016

Viernes Negro

A Rita Barberá no se la ha cargado ni el PP ni la Sexta ni cualquier otra secta. Nada personal tenían con ella; solo negocios. Por eso pudiera ser que, igual y según iba floreando tontunas en las páginas del Black Friday, tan arduas de compaginar, no encontró un bolso a juego con su ostracismo y se vino abajo. Porque eso duele. No es la primera, ni el primero que cae en un atracón de escaparate, que más bien ha sido lo suyo. Y que en España, la muerte, esa justiciera de géneros, tiene concertados este año en su libreta de baile más de 200.000 valses con mujeres, y mujeras. Y tocaba.
Más o menos, el mismo número que embriones hay en busca de madre (y a ti, papá, te encontré en un vasito), esperando congelados sin saber donde colocarlos, aunque, eso sí, bastantes menos que jamones, que para eso somos también (además de pajilleros trascendentes, quiero decir) el primer productor de cerdos de Europa, aunque no lo parezca en absoluto. De modo que entre unas cosas y otras, lo que sí está claro es que este país es en sí mismo un stock de macanas de tal desmesura y proporción que ni declarando negros todos los viernes del año se quita tal marrón.
Obama indultando al pavo.
A mí, por ejemplo me endilgan un embrión (o un jamón, que para el caso es lo mismo), y solo de pensar en lo de la reválida, los comedores escolares, la prohibición de los deberes o las fiestas de cumpleaños me entra un agobio, que es que aborto, ahora que Francisco ha dado rienda suelta al perdón, que ya me veo con todo el mundo ahí, en el cielo, ya verás tú; hasta con Clint Eastwood. Que es por lo que en vez de un jamón la gente en el Black Friday se compra un pen drive, por meter algo, o mejor, un ipad; porque no necesita jamonero ni hay que comérselo antes de que se reseque, y como es un montón de táctil puede servir hasta para un propósito lúbrico, como sucedáneo, ya que la última tendencia mundana es renunciar al sexo (si bien también se dice, pero esto es por intoxicar, que los jamones hembra son mejores –las jamonas, antecesoras de las curvys, es otro cantar, de los cantares).
Los pioneros de esta nueva moda, han sido como siempre los famosos, entre los que creo que se contaba Rita, y Lenny Kravitz, Paris Hilton, Morrisey o Lady Gaga (gagá para impropéricos) se declararon hace ya excedentes de cupo, y entre nosotros se acaban de apuntar Olvido Hormigos, otra desengañada de la política, el sexo y los videos (aunque no de las mentiras), o su ex cousufructuaria de pene, Ana Obregón, o, por motivos obvios dicen los malpensados, Bibiana, Roxy, Loles León y otras chicas del montón, que lo hacen de la manera más natural ya, entre recetas o incluso entre costuras, dejando atrás las del Pulpo, la Libélula y hasta la del mismísimo Misionero, entre costura y costura.

Pavo indultando a Obama.
De todas formas, y volviendo a lo nuestro, pues si es negro hoy es viernes, negarle a Rita un minuto de silencio como ha hecho Podemos es menos iconoclasta de lo que se creen, sino más bien bastante iconoplasta, no en vano la eternidad es la película muda por excelencia y un minuto de silencio es un trailer de nada. 
Lo que sí es una pena es que en el Viernes Negro no haya oferta de féretros. Parece un sinsentido, pero no. Indica claramente que los vampiros, en especial los nuestros, siguen igual de señoritos y absentistas, y prefieren de todas todas el colchón viscoelástico al tieso ataúd.  Y es que negro negro, ni los viernes lo son ya. Todo lo más un gris borroso.

viernes, 18 de noviembre de 2016

El funeral



Está siendo todo un espectáculo. Patético, casi grotesco. Lo del nuevo Bokassa electo (por ahora solo Bokasas). Desde Riga a Lisboa, de Algeciras a Estambul, otro fantasma recorre Europa: Trump, y se derraman lebrillos de lágrimas, lágrimas como garbanzos (especiales las de Garbilondo), siendo una pena que la elección no coincidiera con Halloween. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Cienmatontunas: Cuando Hollywood era la retaguardia

Es norma archisabida de las guerras que la retaguardia hay que tenerla bien cubierta, ya que es donde se cuece todo. Y no solo en las guerras. De modo y manera que resulta fácil intuir que igual de relevante, si no más, es la primera línea, como las cocinas.

viernes, 4 de noviembre de 2016

La cobra


En Podemos debaten estos días (por internet, claro, el paraíso del tuiticidio impune) si Bisbal hizo o no la cobra a Chenoa. Sublime decisión.

martes, 25 de octubre de 2016

Escuelajes

La prisa del personal por integrarse al siglo XXI viene del ansia por abandonar definitivamente el diecinueve, pues el siglo veinte fue, como tantas otras cosas, decimonónico, y eso que con él se inauguró la era del plástico, por ejemplo, con todo tipo de prótesis, alimentarias, de vestuario, sexuales, que responden al principio de lo desechable y paso de página como filosofía y que han culminado consecuentemente en el alumbramiento de sus propias catedrales como ese hallazgo tan elocuente del Todoacién, aparte de lograr el avance histórico tan infrecuente de convertir las mulas en animales en extinción que, total, eran híbridos, por muy mucho que nos empeñáramos en llamar “macho” a su elemento masculino. 
Un exterminio que ha llegado hasta el lenguaje metafórico que recrea la existencia de la piel muerta de la historia, como es el que a las mulas mecánicas se las llame ahora motoazadas, que responde más a una mentalidad de dibujo animado de legona virtual, alegre e inocua para la crisma. Lo prosáico de la pura tecnología como desgaste de la poesía inherente a la dialéctica de los objetos.
Otro de los grandes adelantos del siglo XX, tan explicativos del mismo, fueron los horóscopos. 
De hecho, somos pura horoscopia, por el conformismo con que aceptamos  programas de vida artificiosos, manipulados y gilipollescos, bajo la excusa de ser aquel destino antiguo, tan respetable y noble, y no nuestro pancismo el que así lo desea, haciendo del porvenir una hurí descarriada y borrachuza  que, armada de naipes digitales, nos predice una fortuna mansa, no en vano vivimos tiempos de tecnología lista y hombres tontos. 
O como la escuela, que se dice estarán informatizadas y conectadas a Internet en un piepava. Normal. También se dice que en un bachillerato futuro se podrá mejorar –ya que empeorar es difícil– pero no suspender, democratizando los resultados y dando el carpetazo a aquella tecnología decimonónica que era la palabra.
Es sabido que en cada democratización suena un requiem, y ahora las campanas tocan a muerto por la escritura, utilizada por los herederos de la Ilustración como alta tecnología para la reconversión social. 
Tan es así que los periódicos de gran parte del XIX eran concesiones –como las teles de ahora– del mismísimo rey (las famosas regalías), y que una vez lograda la propiedad de las palabras, la burguesía limitó su adquisición a los que venían detrás. De ahí la revolucionaria democratización propuesta por el tardoprogresismo español de levantar la mano en las calificaciones  escolares, un gesto honroso y de mucho cambio, si tenemos en cuenta que antes, cuando un maestro te levantaba la mano te metías automáticamente bajo el pupitre; pero que no quita para que, confusos ante tanta permisividad –y la influencia del teleputerío–, haya alumnos que en el análisis lingüístico, al definir la palabra “emanciparse”, pregunten si es algo sexual y que les suena, lo mismo que otros renuncian a la fecha de nacimiento para que no les digan que son Capricornios.
Y es que no es lo mismo un signo que un sino.
Estamos pues ante una democratización que pone la enseñanza al nivel de la historia que viene –qué coño viene, que ya está aquí–, desprovista de traumas, banal, desobligada, que no sirve ni para encontrar trabajo ni como educación, sino simplemente para consumir otro bien público (como el votar) que más que bien es regular tirando a mal, pero que es exigido como otro derecho sin contraprestaciones y que conlleva otros sospechosamente aberrantes como la gratuidad de los libros, que yo creo que ya lo son, visto lo visto, y que así se desvirtúa su significado, lo mismo que la política no es votar o la economía no es ir a las ofertas o cambiar de coche, y para lo cual hacen falta, claro, muchos coordinadores, inspectores, etc, que tan a gusto atiendan tanta demanda.

Así lo explicaba uno de ellos a una sufrida madre que no encontraba aposento para el chiquillo en el instituto más cercano, por haber caído en una de las dos Españas en que para el reparto democratizador hoy se parten las regiones, incluso las ciudades. Viéndose perdida, la madre no le quedó otra y dijo: “Bueno, y ya que no me lo admiten en el instituto, ¿no se podía quedar aquí de inspector o algo? Total...”. 
Después de tantos años de proceso democratizador, sabía que lo único que podía perder ya eran las cadenas. Y más cuando, luego a luego, van a ser de pago.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Movilización


La feria de Albacete, que es algo así como Kamela, que todo dios ignora pero venden pa aburrir, ha convocado otra vez más gente que ñus una charca del Serengueti. Dicen que más de dos millones, o al menos esos son los móviles detectados por los artilugios de la cosa en el ferial durante esos diez días que conmovieron nuestro pequeño mundo. A eso le llamo yo movilización. 
Mientras tanto y por doquier, intelectuales de todos los calibres y canales, alguno incluso a medianoche desde el templete interior del ferial, se siguen devanando la sesera para ofrecer alguna conjetura del porqué, en pleno chuleo, vacile y pendejeo de los políticos elección tras elección, aquí nadie se moviliza, siendo la letal actitud del común la pasividad, presentar el otro carrillo (de cara o culo, oh confusión) y un alegre laisser faire, tan propio de la actual era de la contemplación, sospechosa de una desmovilización programada, para vencernos por aburrimiento y, con los cuatro votantes que queden, poder seguir llamando a esto democracia y hacer de las suyas cierta gente.
Es lo último en opinión pública. Y algo habrá de eso, aunque sea conspiranóico. Pero no el meollo de la cuestión, pues si algo quieren los políticos es que participemos, que para ellos es votar. Pero sobre todo que asistamos a un espectáculo que ya es diario, estemos pendientes de sus números, y opinemos, aplaudiendo o despotricando. Que es lo que hacemos. Y con esa encuesta perenne de cháchara y ruido van modulando el show, pero sin soltarlo. Y listo. 
Es la democracia audimétrica, la del aplaudímetro y las redes, la de la sociedad instantánea y de batiburrillo en la que lo más importante, también para el gobernado, no es votar o cogestionar sus intereses, sino estar ahí, en vivo y en directo a ser posible, y reaccionar y responder a todo, y mostrarlo como forma suprema de relación (lo más valorado) dejando constancia de sí diciendo me gusta (o no). Una expresión elocuente de esta nueva demo chat son esos congresos con votaciones vía internet, el sumun de la democracia directa. 
Y es que a cada vez más gente le satisface más sentirse público permanente conectado, y jugar, que arreglar de verdad lo que en el fondo se sospecha no tiene arreglo. Para lo cual hay que vivir movilizado (será por móviles), participar y no ser antisocial, pero como un fin en sí mismo, de una forma intrascendente, desmovilizada. Lo  típico de la democracia meramente chismosa de wifi-bar que nos invade, más virtual que los dibujos animados. 

lunes, 1 de agosto de 2016

Disfraces de verano


Quizás por ser una norma social que la mayoría sobreestima lo que no es y subestima lo que es, el verano es la época del año en que se utiliza más conscientemente el disfraz para contradecir a Chesterton, que decía que cada uno se disfraza de aquello que es por dentro, siendo pues muy fuerte pensar que todo el mundo tiene el alma marrón, en bermudas y con chanclas, y que su manifestación más gloriosa una vez eclosionado al exterior es jamarse una paella mixta de preparado congelado.
Uno, que quiere ser benévolo, piensa más bien que a algunos los disfraces no los revelan, sino que los tapan, sin querer, y otros, sencillamente lo hacen a conciencia utilizando la canícula como mes por excelencia del camuflaje de esos puntos negros del ser, cumpliendo así con el estío como la época por excelencia para lucir ese tuneo emocional o de interior, como un turismo, que tanto se agradece bajo un sol atocinante, y a lo que el otoño, por ejemplo, no se presta, por antipódico, y en el que más bien se da esa sensación típica del porro.
Benjamin, ilustre porrero que no me extrañaría fuera más colocao que un gorrión con cañamones en muchas de sus reflexiones, y que acabó diciendo que sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie, dijo que el otoño nos deja ese regusto de autosospecha y congoja que nos lleva a la mini depresión, incluso a la confesión, al desalojo y arrojo de sí, pero sin pasarnos, y al bajón controlado y sostenido, para prevenir y evitar la gran depre, dando paso así a la estación más desgarbada, confesa y convicta, en que al fin y tras el mucho atabaleo estival, y visto que la vida es como aquella prisión donde era obligatorio llevar corbata, ya puedes sentirte tranquilamente tan ridículo como un desnudo con calcetines, y olvidarte del mucho trabajazo que implica la estación del calor.
 Porque el calor actúa como una cirugía plástica del alma, y todo aquello que nos resulta duro e incómodo sobrellevar, como el odio, la venganza, la envidia o la ira, acaba tuneándolo, a base de maceración y fermentados que lo matizan adecuadamente, como un photoshop emocional, un maquillaje o la simple decoración de interiores más o menos infumables, transformándolo en sentimientos más vacacionales, ligeros, emolientes y molones, como el tedio, el abandono, incluso la angustia, o la insatisfacción, el disgusto, y hasta la pena.

No en vano todos somos aspirantes a ser nominados pimpollos, renovados frutos acuosos, azucarados e inocuos de estación. Eso, y que nadie quiere dar una imagen emotiva virgen, cruda y real a lo bruto, y mucho menos en verano, con lo que se suda.