El comunismo no volcó
en el 89 al periclitar la URSS, sino mucho antes, cuando Den Xiaoping se sacó
de la manga su “da igual que el gato sea blanco o negro; lo importante es que
cace ratones”, asumiendo así el modelo de producción capitalista, disfrazado en
un control estatal, para frenar la miseria y los millones de muertos por hambre
(y otras cosas) que daba el sistema.
España está
invirtiendo en pobres, pero a lo bestia. Y todo dios, dando palmas. El
gobierno, porque se supone que los pobres votarán a la izquierda. La iglesia,
porque de ellos es el reino de los cielos, amén de que heredarán la tierra.
Una ilusión muy
extendida, fruto del pensamiento positivo y asertivo hoy día exigido para no
ser muy infeliz, es que al morir no desaparecemos del todo. Y es verdad.
Recuerdo que en la
puta mili no se aceptaba la expresión fila india -ni tanque, ni bazuka- para
referirse a una hilera -a un carro de combate, a un lanzagranadas–.
Mi experiencia
con niños, sobre todo grandes, me dice que lo de Trump obedece a esa
perversión polimórfica (que diría Freud), tan típica del acostumbrado a que
todas sus malas o buenas acciones (especialmente estas) no le pasen factura
desde nunca.
La religión no deja de ser un oficio de incrédulos (además de tinieblas).
Y no se trata de una paradoja. Siempre hay algo más aparte del rebaño. Es lo
que define cualquier fe como credo entre líneas: su cara oculta. Como la de una
luna ignota pero intuida.
Si hay algo que ya
estoy echando de menos en la guerra del Golfo contra Irán es una buena
flotilla. Y mira que el Golfo se lo ha puesto a huevo a Ada Colau, Barbie Gaza
y demás soldadesca a sueldo, valga la remunerancia, que es lo que más redunda,
pidiendo eso, ¡una flotilla europea, por favor!, aunque sea de boqueroneros, o
del capellán.
Hace una eternidad, pero que
igual podría haber sido ayer tarde, le preguntaron (de buena fe) a Raimon, el
cantautor, por qué no cantaba en castellano, para que lo entendiera más gente.
A lo que contestó (de muy buena fe) que, de querer llegar al máximo de gente
cantaría en chino.
Lo de Sánchez previniéndonos
sobre la extrema derecha no deja de ser de agradecer, desde que la sacó de la
irrelevancia en aquellas elecciones andaluzas para joder al PP. Pero no hay
nada como lo cotidiano para tomar conciencia.
Contradiciendo
(que es lo mío) al gran Terenci, sí digo que sí fue un sueño, lo de Cuba, digo,
y es más, siempre lo digo, que nunca fue otra cosa que un sueño inacabado, como
todos los sueños (y como debe ser).
La Junta ya tiene la solución para el cupo de España vaciada que
le toca: formar pastores para llenarla (con sus ovejas, digo yo), sin más armas
que el báculo, el móvil y el perro, la santísima trinidad hoy de lo pedestre. Y
hale, creced y multiplicaos.
Es un hecho: la guerra lo explica todo. Incluso 87 años despuès. Hasta
las cosas más tontas. Que, mira por dónde, también suelen narrar las más
relevantes.
Me juego dos dioptrías a que, cuando Sánchez tenga que comparecer
sobre el descarrile -no el suyo sino el importante, el del tren, esa metáfora
de España-,
Vivimos tiempos
deslumbrantes en la penumbra, y como la ceguera que sigue al resplandor así se plasma
un devenir de claroscuros que, entre fogonazo y fogonazo,
Se dice que cuando
Hitler invadió Dinamarca solo hubo un muerto: un cabo (no sé si primera) que
creyó que todo el país estaba en guerra y se puso muy farruco.
El gachaperomental español es monumental. La mayoría está de acuerdo con el “madurazo”,
pero la mayoría, también, cree que va contra el orden internacional. Con un
par.
No quiero pensar que Trump
captura y secuestra a Sánchez. Es capaz de dejarnos de presidenta a Margarita
Robles, a la Yoli o incluso a Marlaska. ¡Auxilio!
La gran carrera de
propósitos del año acaba de empezar. Sin muchas novedades, la verdad. Sánchez, con
su pertinacia numantina de engarabitarse al gotelé monclovita;
Dentro de nada,
como quien dice, los máximos defensores de la limitación (y devolución al
remitente) de inmigrantes serán los niños que ahora mismo y desde hace un
tiempo están naciendo en nuestras maternidades de padres que llevan aquí cuatro
días o incluso acaban de llegar.
El imaginario
colectivo del bienestar es bien sabido que va por barrios. Así, aparte de algo
que garantice la supervivencia, si en Francia, por ejemplo, empieza a serlo el
transporte, en España, por cuestiones históricas de escasez, culturales de
apego y laborales como el horror