jueves, 30 de junio de 2016

Intríngulis

Estas elecciones han demostrado cómo el sistema y sus fábricas de opinión, supeditados a la vieja partitocracia, puede generar una burbuja en su contra, hacer creer a los autores que la integran que la manejan, por el mero hecho de que cierta mediaticanalla se declare colega y les inviten a sus jijijajás televisivos, y tenerlos enjuguescados hasta pincharles la pompa para darse el hostión contra el suelo de una realidad que resultó ser espejismo, más pasmados que un espantapájaros. 
Es lo que pasa (que no ves venir al sistema con todo lo gordo) cuando se es más devoto de La Sirenita que de La Odisea (y sus cantos de sirenas), o de pensar (y eso que dicen haber leído a Lenin) que en la lucha por el poder puede haber otros amigos que no sean los errores del enemigo. Lo propio de una (otra) generación que, más o menos obligada a la paradoja de ser eternos piterpanes en una juventud permanente y precaria, confía más en su (falso) ambiente de iguales, guay y solidario, que en el saber aquilatado (pero aposentado, vertical y sospechoso) de la experiencia del pasado. Pero en una cosa aciertan estos de La Roja, versión política: han hecho historia.

Cuando se sepa qué porcentaje de la izquierda no les votó por darlos aún como dudosos populistas, o cuánto del transversal por considerarlos izquierda; o si una movida de derechas extranjera (el Brexit) sacó las castañas del fuego a la de aquí, eso serán anécdotas. 
Lo relevante es su papel en el proceso histórico actual, presidido por el fantasma de esos nuevos fascismos, racismo, proteccionismo, soberanismo y otros, recorriendo un continente cada día más insatisfecho pero cobarde, prostático consentidor por apoyancado, tuneado pero con olor a sudario, con lo viejo vestido de nuevo (o al revés, ojo) para colocar su producto a las nuevas generaciones compradoras, más inocentes que un tazón de sopas. 
A lo que también han jugado ellos, pero con un gran logro a beneficio de todos: haber integrado en el juego (aunque sea para modificarlo) primero a un movimiento, el 15-M, que aun domesticado mira si ha traído cola; y ahora catalizando a millones de jóvenes de dudoso futuro ‘tirados’ a la cuneta de la historia. ¿Qué sería de ellos –y de todos, por tanto– sin ese asidero político al que tratan de agarrarse, y que tanto se empeñan en demonizar desde el poder, el sistema y la competencia, ya sea por ideología o dinero? Y sobre todo, hasta cuándo los pirómanos seguirán jugando a tales fuegos? Porque aquí, que se sepa, nadie es ignífugo. Y menos, con la sequía que arrastramos.

martes, 28 de junio de 2016

Ahora lo llaman perfil


Las paredes no sólo oyen; también hablan. Para muestra, el grafiti: “Nuestros sueños no caben en las urnas”. Lo típico. Sólo que debajo alguien había apostillado, o contestado: “Por no hablar de otras cosas”. Que, al margen de lo poético de tomar ese receptáculo, con perdón, como objeto simbólico de la bella imagen de contención de los deseos abstractos, y hasta de los más bajos sentidos (tómese bajo sólo en sentido geográfico), dejándome con el enigma de a qué cosas se referiría el tapiógrafo, al que de inmediato acoplé en el perfil (que es lo que se lleva ahora) del tópico segmento JASD (Joven Aunque Sobradamente Decepcionado), por ligar urna y obscenidad con el suficiente desparpajo anticonvencional; aunque también podía haberse tratado de un sátiro canoso, un ama de casa traumatizada por el precio de las bajoquetas o una abuela necesitada. Pero pongamos que era un joven.
Quizá haya en la opción un cierto voluntarismo romántico. Y acaso sea una muestra de inclinación idealista, pero conste que yo sé perfectamente lo que es un joven. Los he conocido que se han llevado unas botas katiuskas al Sahara; otro se me tiró horas en un videoclub buscando El beato y la lesbiana, un deuvedé que le habían dicho era “lo más” del porno, y que resultó ser El beato de Liébana. Y por las mismas sé que muchos de ellos podrían ganarse bien la vida dando clases particulares de dormir, ahora que el insomnio es trending topic en las consultas. Pero todo eso que induce a dudar si nuestra juventud es sólo una leyenda urbana y nada más, o si el esguince cerebral será una enfermedad juvenil, no me amilana para cavilar que es dudoso que la juventud sea un problema de perfiles, como se dice.
No sé si alguno de nosotros ha llegado a imaginar el futuro desde una posición ecuánime. Es decir como flirteo entre la imaginación y el deseo. Cosas ambas que viven muy candentes en el alma de la juventud como categoría que se ha venido alargando hasta después de los cuarenta, obligándonos a mantenerla con una fecha de caducidad sine die bajo la certeza de una expectativa de vida más allá de los cincuenta; cuando la vil circunstancia es que, tras la fatídica cuarentena, entramos en una especie de muerte social de la plenitud, sólo mantenida artificialmente por nuestros delirios y el espejismo de esa imaginación del futuro que nos alimenta la ilusión de vivir en ese eterno albor que nos vuelve ignorantes de que todo pasó hace años. Y mientras nos imaginamos juncales y cimbreantes, el tiempo se ríe a nuestra costa.
Así, el problema de los jóvenes es que todo está lleno de ellos, incluidos los viejos “por su quinta” que no se jubilan de esa flor de la vida con respiración asistida y no pasan el testigo ‘ni pa Dios’. Demasiada competencia, pues. Es el síndrome Rolling Stones, que se han pasado medio siglo calentando el ambiente medio y ahora hacen conciertos contra el calentamiento del planeta, una fórmula cínica que al grito de ¡Pasta ya!, un colectivo al que pertenecen miles de millones de terrícolas, es pura metáfora de la dicotomía entre lo nuevo y lo viejo, y que subraya el problema juvenil de la identificación dentro de esa juvenalia universal artificiosa y a la page en la que les resulta tan difícil encontrar el respeto, el autocontrol de su vida y la autoestima necesarios para pasar de la imaginalia de sus deseos a una cierta esperanza. Algo que los últimos sucesos electorales dudo que mejoren.
La finalidad de las sucesivas ampliaciones de Europa era ensanchar los mercados, entre ellos el laboral, de forma que en el futuro, o sea, ahora, existieran tres ejércitos de parados en reserva para competir entre ellos por un chusco: los inmigrantes, todo el excedente oriental y buena parte de la juventud occidental.
Tres grandes masas de “hambrientos” entreverados y dispuestos a batirse el cobre y a abaratar los jornales, en lo que parece una reedición de aquella reestructuración económica americana que, en pos de la productividad, obligó a desarraigarse a todo el mundo y en especial a la juventud, a la que se sigue pidiendo, contra viento y marea (y Brexit) y, por si no lo hubiera hecho ya bastante, que en pro del multiculturalismo y el cosmopolitismo (y la necesidad nunca mentada) se conviertan en nómadas plurilíngües para que sus empleadores no tengan ningún problema a la hora de insultar a sus inteligencias, sobradamente cultivadas con los enormes recursos de sus países de referencia, igual que se tira al mar el buen café sólo para que suba de precio. Y, aún más grave, que como herederos de esa nueva Europa, sean sus grandes protagonistas. ¿Cómo? ¿Yendo de turismo por toda la CE con la beca Erasmus, el chequetrén y sus mochilas a las diversas actuaciones de los monstruos del pop? ¿O escardando cebollino en Moravia?

El paraíso heredado pues por los jóvenes por su quinta no parece tan maravilloso, pues el vagabundaje de lujo, en emulación de aquellos estudiantes o peregrinos perpetuos del medievo comunitario, con MP3, eso sí, en las orejas, no es el ideal para rentabilizar un patrimonio de siglos. Por mucho que se diga que eso es un gran yacimiento de empleo, más parece el futuro osario de las aspiraciones de toda una generación. 
Una cosa es que la Europa de añagaza, veleidosa, enrobinada, inapatente y disoluta necesite sangre fresca, y otra desperdiciar precisamente sus mejores rebrotes, aduciendo que en báscula dan un perfil demasiado alto, ensalmándolos con lo de juventud, divino tesoro, para camelarlos, mientras se piensa en ellos como una divina ful cuya mejor redención consiste en seguir votando. 
Es lo propugnado por esos otros cuyo perfil rastrero no ha variado un ápice desde el principio de los tiempos y que por muchos eufemismos que se gasten, siguen siendo unos sinvergüenzas sacahámagos, de los que el continente está repleto. Asignatura en la que los jóvenes andan haciendo un verdadero doctorado. Y si no sondeen, sondeen, a ver los que han votado y el qué.

sábado, 25 de junio de 2016

Salvaespañas

Occidente ha divulgado un tópico falso que ahora le sale caro, cual es que, contra lo que parece, un régimen puede ser tan democrático sin votar, como otro de lo más tiránico votando.

jueves, 23 de junio de 2016

Ramadaneando o San Ramajuán


Si bien los topicazos británicos están en desbandada (como la flema de sus júligans), el pragmatismo todavía permanece como especie de lo más isleña, y el Cameron de la isla, con su arrogancia brit y todo, como uno de sus más fieles cultivadores.

martes, 21 de junio de 2016

Camino de vuelta (y media): Anecdótica maoísta

Aun a sabiendas de que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años (entre 1973 y 1987, aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.



Quien pierde, gana

...Y el caso es que ya habíamos pasado antes por eso, cuando los pistoleros psiquiatras del PTE se lanzaron sobre nuestra carne joven tomándola por carroña y enseguida iniciaron su desarticulación, aislando al elemento conflictivo y para ellos más dudoso (yo), y reconociendo al más activo y ejemplar (el Pena) sacándolo de la trinchera-chistera para utilizarlo como bomba fragmentaria y ejemplarizante contra la troupe. Y mientras duró la jugada, desde el periodo preelectoral del 77 hasta el final de año, cuando desaparecimos tragados por la mili y otras miasmas, la cizaña sembrada hizo sus efectos en forma de una alerta contra mí que nunca lograría sortear. Y eso pese a que la realidad misma sería la encargada de demostrar que si tal cosa podía estar justificada, la manipulación de nuestras relaciones por la parejita de marras era de juzgado de guardia y querella.
En poco tiempo, y sirviéndose de los más dúctiles, nos habían dividido y logrado subírsenos a coscoletas, imponer sus criterios, sus métodos y hasta su propia parroquia de acólitos, los alfonsitos, curras o qijanos, o gente de la farfolla profesional que, como ellos mismos, no acababan de obtener sitio de butaca en la izquierda de oro y, no conformes con ser cola de león optaban al título de cabeza de ratón, y mediante el óbolo de su aportación monetaria o en especie, podían asistir así, en vivo y en directo, por un cómodo precio, como invitados particulares VIP, al divertidísimo show loco de la insurgencia juvenil.
En base a ese programa de querencias y malqueridos se montó una hidra que al modelo “pecero” incorporaba el añadido del recebo: los estudiantes, las mujeres, los marginados, o los autónomos, sobre la base de una irreductible alianza obrera y campesina, muy en el tono de un maoísmo mecanicista a la española verdaderamente de psiquiatra.
Por eso ellos estaban al frente, y si no llegamos a pegarnos el gran hostión, nos hubiera costado prematuramente la juventud y la amistad, tal era la insidia, los tejemanejes, la inquina rezumante, el hincapié y la doble baraja y la extorsión de las voluntades en formación muchas de ellas. 
Todo, amortiguado por una actividad febril e inmeditada por llegar a una industria política (la revolucionaria) ya en pleno desmantelamiento, o, en su defecto, a un campo totalmente simbólico y verdaderamente incógnito para todos (del que lo más aproximado era yo), a través de una juventud desmanotada, y unos viejos combatientes que con su prestigio se suponía iban a arrastrar a los rezagados (y no a la tumba, que era lo normal), cuando no a las obreras del textil, por ejemplo, de las que tanto se hablaba, aunque nunca conocí a ninguno que se echase a una costurera de novia.
Una imagen, hacía poco desaparecida (la de los
          tratantes de ganado de La Cuerda).
        Que por algunos avatares parecía seguir presente.
Una descarga continua de adrenalina sobre cerebros de plastilina que a los que tratábamos de reposar el juego y repensar lo que estábamos haciendo, nos colocaba en el alero como tara de la gran marcha y cabeza de turco de las iras de los que lo estaban dando todo metidos de lleno en el partido, como se decía entonces y que ahora, no sé si gracias al cielo, es sólo terminología futbolística.
Basten esos aperos para imaginar lo incordial y neurótica de la situación anímica en que estábamos enfangados. Para más INRI, yo era secretario de finanzas, o sea el encargado de recortar, economizar, cobrar cuotas, perseguir morosos, llorar como un avaro, exprimir sangrías, forzar derramas, declararme pobre de solemnidad, insolvente total: el sacristán, o diácono de economías, un oficio en el que me había revelado implacable desde nuestros principios por libre, en lo de mantener una liquidez de calcetín difícil de explicar, que debió ser lo que los invasores consideraron para mantenerme en el puesto (totalmente odioso), pero con la precaución de colocarme a rueda, de comisaria, a la tirana consorte. Con lo cual se aseguraban el funcionamiento sin la pejiguera de tener que currárselo. Y todo en ese plan. Aunque lo de los cuartos era lo que iba a poner a prueba mi idiocia en una de esas lecciones que sólo la tontuna de la juventud es capaz de dar, por supuesto pagando.
Como cabía esperar en una organización en la estacada tras un fracaso electoral que no fue ni sonado, y que habían dejado a nuestro erario lo que se dice frito, entre otras inventivas recurrimos a la originalidad de vender lotería, pero ligada a un número. Y vendimos para aburrir. Bueno, vendieron, porque a mí, que siempre me ha dado repelús comprarla (mi repulsión por el azar es paralela a mi adicción por el vértigo), venderla es que me sublevaba, y la poca que conseguí colocar me la sacaron prácticamente de los bolsillos.
De modo que, como nadie me controlaba las ventas, sino yo a los demás, guardé celosamente más de 750 papeletas que no vendía ni a la de tres, con la esperanza de que, al irme a la mili el día de reyes, que me echaran un galgo y me denunciaran por irresponsabilidad política al coronel del CIR. Y con las mías, el doble o más del resto de malos vendedores, juntando en total miles de papeletas, más de cien mil pesetas del año 77 en lotería, que sólo controlaba yo. Y tocó. 12 pelas por peseta. Encontrándome en las manos un kilo y cuarto potencial de romeros de torres.
Imagen del 77, tan simbólica como parece: los famosos
percheros de navajas de la estación de Albacete.
Venía mucho  bacalao que cortar.
Para martirio de tentaciones –o por lo menos ensoñaciones del fumador de celtas cortos–, yo llevaba las cuentas tan al dedillo que, entre meterme en una adulteración (que, bien mirado, no hubiera sido tan difícil); lo azaroso; los efectos secundarios de una operación así, estando de por medio todo mi clan; y que no se podía cobrar la morterada antes de incorporarme a filas (cárcel que no dejaba de ser una liberación), y sobre todo que era gilipollas, apenas si me lo planteé como una fantasía improbable, el sueño woodialleniano de un pobre, y no tuve más remedio que dejárselo a la comisaria jefe (lo cual fue como apartar de mí un cáliz demasiado intragable), y que conmigo tenía firma reconocida en la cuenta bancaria, y que sería, según dijeron (¿), la que cobraría aquel retaleo que jamás nadie fiscalizó, cuya versión más caritativa es la de que fue a parar a las muchas deudas que se arrastraban antes de meter la excavadora en el proyecto aquel de revolución.
Y, visto lo visto con estos ojicos de ahora que se ha de comer el fuego eterno de la incineradora, y comprobado el género humano por diez mil millonésima vez, y teniendo en cuenta lo descalabrado y caliente de la desbandada (y la ignorancia interna sobre nuestros propios asuntos cuyo conocimiento para todos excepto para la cúspide, era más bien estanco, aunque no fumasen), me permito esa sombra de una duda que todavía hoy mantengo al respecto, aunque ninguna sobre mi propia estupidez, que, revelada como algo tan consustancial a mi persona, me persuadió de que en lo sucesivo, o tenía buen cuidado con ella o sucumbiría sin remedio a su desolación.

Por desgracia, cuando pensé en ello, mientras leía en alguna de las cartas que me llegaban sobre lo contento que estaba todo el mundo con cobrar unas miles de pesetas, yo estaba ya enchiquerado haciendo la instrucción entre un aroma de eucalipto y asco. Solo que antes de llegar a esa conclusión ya había cometido el último error que cambiaría más de un año de mi vida, que si entonces pensé que para mal, al final cambié de parecer, porque como en tantas cosas en esta vida lo malo se convierte en bueno y el que pierde, gana.

jueves, 16 de junio de 2016

Tres en uno

M. estaba tan preocupado como el que más por la corrupción, el empleo y los recortes, las pesadillas, según decían, de la ciudadanía, antes mal llamada ‘los españoles’, y el objeto repentino ahora de todos los desvelos de los líderes habidos y por haber, por salvar de nuevo la piel de toro, tantas veces cazada y vendida, y vuelta a salvar. Lo iban a explicar, con pelos y señales, esa noche en debate a cuatro (y en la 5, y en la sexta, etc,) televisivo electoral, valga la redundancia.
Tenía que ser esa noche, precisamente, en que él tenía doble sesión de grabación en una peli ineludible. ¿Qué hacer?, se preguntó a lo Lenin. O como Cabrera Infante, ¿Cine o sardina? Porque él tenía que ver el debate. Como fuera. Y cumplir. Porque él, aunque eventual, era actor porno. De momento, porque se había presentado a unas oposiciones. Y para no quedar mal con su nueva jefa, una de esas nuevas creadoras de porno no machista creativo, se había tomado una viagra, nada personal, solo negocios, para no fallar en el trabajo, pues él, dentro de lo que cabía, que no era mucho, iba de profesional, siquiera a tiempo parcial discontinuo.
Y allí estaba, con su libido sostenible en una mano (es un decir), haciendo oídos sordos a las voces de la seño, un tanto mosqueada ya por aquella debilidad suya por lo social, instándole de urgencia a incorporarse al lecho de escena, y en su caso del dolor, mientras sopesaba en la otra, retóricamente hablando, como buen titulado superior (y dos master), y aspirante a funcionario aunque fuese interino, que la clave de todo aquel gran eje del mal que los políticos de las cuatro formaciones esenciales para su porvenir y el de sus compatriotas, venía a ser una administración desprofesionalizada precisamente por los mismos partidos, más los sindicatos interactuantes con ellos (con la excusa, mira por dónde, de empoderar lo público).
Una administración, un sector público, tan amplio y tan determinante para toda la economía y la vida en general, que, al ser tuneada para su control y explotación de cara a establecer y mantener el clientelismo y el caciquismo reinantes en todos los órdenes, la sociedad toda quedaba supeditaba a esa descomposición en forma de herpes, que volatilizaba recursos, impedía tanto unas políticas de empleo coherentes, como las productivas, o de inversión, la nueva generación de riqueza, condenando a eternizarse los recortes y la falta de crecimiento tan interdependientes, o ambas cosas y al esquilme obligado de bolsillos y pertenencias.
De manera que aquella trilogía de grandes males de la patria era una gran falacia, o mejor, tres falacias como tres soles; otra vil mentira. Y a todo esto, muy desanimado, por no ver ni siquiera en los nuevos representantes alternativos, su última esperanza, mínimas muestras de acabar, ni paliar, el cáncer que le perfilaba claro y nítido. Cosa que aún le desesperaba más. Entonces, otro grito apremiante le sacó de su nirvana:
“¡¿Vienes al catre o no? Que se nos va a dormir esta, joder¡”.
Miró hacia abajo, instintivamente, y se observó lo suyo. Y viendo que resistía, y que aún aguantaría cierto receso, contestó: “¡Un segundo!”, dilatando a ver si al menos veía empezar el debate, maldiciendo la publicidad. Y así se mantuvo, en sus trece (bueno, algo más), agazapado, huyendo del débito laboral, hasta que, con tanto grito, palmadas a la puerta y algún “¡será mariconazo¡”, con todo el dolor de su corazón y otros, tanto unimusculares como anímicos, tuvo que acudir al set, pues lo primero era lo primero.
Allí, nada más llegar, fue abroncado, instado y jandicapado por el plantel, casi todo femenino, del equipo. Y se puso manos a la obra. Pero como, definitivamente, no estaba a lo suyo, pensando más en Ana Blanco que en su partener, antes de que acabaran las pruebas de luz, a tentación vino a hacerse con él, y fue darle la última instrucción y deshacérsele el nudo gordiano.
Había metido el huevo. O mejor dicho, tres huevos en uno.Y al grito de ¡¡corten!! y sin miramientos fue sustituido por un extra de origen marroquí, bastante más al loro, saliendo de allí a voz en grito, sin duda influenciado por su situación anímica, que si “¡corruptos!”, que si “!recortadores¡”, en fin, lo típico. Directo al paro a echar currículos, que él sabía hacer incluso mejor que el amor.

Moraleja: la viagra y la política no son incompatibles. Pero la erótica del poder y el arte, sí.