domingo, 26 de marzo de 2017

Camino de vuelta (y media): Giro al Purgatorio, I

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.




Giro al Purgatorio, I

Yo pastaba alegre, sereno y lánguido con mi hijo en el césped trasero del depósito de agua de la Fiesta del Árbol, adonde solía llevarlo a dar sus primeros pasos, cuando Maxi se presentó con aquella Ducati castañera en aquel rincón del paraíso, tan mío por diversos motivos, y soltó lo último que yo quería oír, engalgado como estaba en mis diversas servidumbres: que los munícipes habían dado rienda suelta y el parabién al viejo proyecto de crear un ente de prensa, y en breve se iba a dilucidar cómo ponerlo en marcha.
Maxi parecía más empeñado que yo en aquel embolado. Pero tenía su lógica. Siendo un pescador nato de cualquier planta de oportunidades, la transición era para él como hacerlo en una piscifactoría. Y como no se podía comer la nueva tajada por tener ya otra en la boca, y odiando por su formación del espíritu comercial, que cualquier captura cayera en otras redes, yo era el socio ideal para avanzar posiciones, apalancar territorio y tomarse merecido desquite de aquella falsa aristocracia desdeñosa socialistilla, que las piaba escandalizada cada vez que alguien quería tocar en su templete, que ni que se lo hubieran echado de reyes. Era su modo personal de demostrar a los cuatro vientos que les daba sopas con onda.
La cosa fue más o menos así.
Hacía tiempo que el consistorio le daba vueltas a lo de contratar alguien que les llevase las relaciones con la prensa, y limar así sus asperezas con unos medios cuyas líneas editoriales con el ayuntamiento iban desde lo crítico a tirar directamente a degüello. Una situación indeseable a la que no acababan de hacer frente por no haber un consenso en el “who”, o quinto toro en este caso (nunca malo, dicen) de la información, dado que los comunistas, que con cinco concejales se habían apropiado de la bodega, la sentina y hasta el puente de mando cuando les dejaban (que eran muchas veces), tenían su propio apadrinado, uno de los pocos apoyos relativos en los medios, el cual, pese a sus poses denostadoras o sobradas como encargado de los primeros y precarios informativos de la SER, sintonizaba suficientemente con todos y era lo bastante servicial como para aspirar a premio. Pero algunos socialistas no se decidían, sobre todo de cara a su galería y por aquello de no dar siempre la imagen de decir sí, padre, a sus socios; aunque en el fondo estuvieran igual de acuerdo con la propuesta. Y un día, de improviso, hubo fumata blanca.
Era lo que Maxi me había venido a decir, tomándose la molestia de buscarme en el quinto pino para comerme el coco, como siempre.
Jesús Alemán, entonces pieza fundamental
         de loscomunistas en el Ayuntamiento,
         años después, instalado ya como
        renacido bastión neosocialista.
Yo estaba dispuesto a tomármelo de la manera menos cruda posible, y me puse a mi estilo, refractario, escéptico y lamentón, un “milpegas”, sentido o forzado, dando la guerra por perdida de antemano, y por ver qué decía, también, visto lo poliédrico de sus miras: “¿Y qué pasa con Juan?¿No voy a quedar como un ablandabrevas? ¿Y voy a hacer yo de pinche sparring para que el paripé tenga una jeta democrática, y luego aire y a pringar?”. Todo, para que entendiera que ésa también podía ser mi gran oportunidad de acabar hecho picadillo, y él, de rositas y tan bien o mejor que antes.
Él sabía todo aquello y más. No en vano llevaba años como fichaje fulgurante en las cocinas, desde donde había cogido vuelos hasta egrupirse en los saraos, mojes y movidas del nuevo circo. Y también recibía lo suyo por ello. Nada es gratis para los procedentes de las ligas inferiores. Y allí estaba, dispuesto a dar otra vuelta de tuerca desde su promontorio, listo para el dos por uno: ayudar y marcarse otra muesca en el currículo, servirse un buen plato de ego, frío o como fuera, aumentar el acumulado, y dar en los morros a más de uno demostrando por enésima vez su hábil espadachineo. Por eso me espoleaba. Y porque sabía que yo estaba hasta el duodeno del potreo y de perder el tiempo, que era de agradecer. Pero también que yo no iba a tragar a la primera, porque yo estaba escaldado y no sabía ya dónde poner el huevo, yendo de la sartén al fuego. Por eso se ofreció a involucrarse apostando en una carrera que si no podía correr solo, podía ganar acompañado.
Y a partir de ahí me fue descartando dudas, dando mis argumentos por improcedentes, a su estilo empoderado con sus “ya se verá”, “bah, cagaleos”, y tal, que era su pose preferida cuando no tenía salida o no quería derrotarse dando su cerebelo a torcer, especialmente si era yo el contendiente.
En el 79, la derecha sacó a su nuevo
          icono ante lo que parecía iba a ser
otro paseo electoral...

Y naturalmente acabó haciendo el
          paseíllo. Pero perdió las elecciones,
y la izquierda se instaló
en los municipios
Yo le dejé explayarse, que me dorase la píldora, que me hiciera el artículo de que no iría de burro para leones y todo eso. Necesitaba ánimos, ver luz. Era nuestro modo de entendernos: el negativo y el positivo, el yin y el yan, el blanco y el negro. Así, hasta llegar a un acuerdo en el que yo aceptaba de mala gana, algo que ya sabía que ocurriría inexorablemente, y más si, como era evidente, él seguía teniendo razón en que lo último era enterrarme como servilleta del partido y no probar fortuna en otros viveros. Que eso era para perdedores. Que no había más cojones. Yo, otra cosa no tendré, pero cuando me dicen lo que hay, sé reconocerlo. Y lo agradecía.
Aun así, me quedaba, como de costumbre ya, ese poso de levedad de no saber si el nuevo envite se resolvería en el terreno de la inercia amistosa o del interés compuesto cada vez más evidente en él, intuyendo que negocios y amistad, agua y aceite, y que lo mercantil, más que un nexo podía acabar siendo un arrecife.
Y así quedó la cosa. Sin esperanza y sin pena, morituri perdido. Pero entonces, un milagro vino en mi auxilio, demostrando ser cierto eso que decía Marx de que la casualidad era tan importante como la causalidad.
Eduardo Cantos, a la sazón presidente (quasi vitalicio) de la Asociación de la Prensa, y a cuyas órdenes yo había trabajado durante el verano del 76 en la delegación de Pueblo, periódico del cual el susodicho era subdirector (el director era León Cuenca), queriendo acaso (no se me ocurre otra cosa) recuperar algo del prestigio, o mejor, para evitar desprestigiarse todavía más, y una vez que se le había pasado el susto del cambio político y el riesgo de perder las tres o cuatro sinecuras que había conseguido apercollar, creyendo poder reverdecer laureles, en un ataque de dignidad ignota y para demostrar que él podía ser más demócrata que ellos –cosa entonces chocante, pero tan factible luego–, introdujo una cuestión de orden institucional y dijo que la Asociación –o sea, él, que si mal no recuerdo me había retenido el carné procedente de Madrid, entregándomelo como si de una gracia suya se tratase– de ninguna manera iba a permitir que aquello se hiciese a dedo, proponiendo que se abriera un concurso en condiciones para que todo el mundo tuviera una oportunidad. Increíble, pero cierto. O lo mismo es que pensaba que el previsto era yo.
Eduardo Cantos, cuando entonces (a la derecha, claro).
Al enterarme de este arranque de Romance de valentía a mí me dio la risa. Y más de un concejal tuvo que ir al Avión, que era la segunda sede municipal, a tomarse algo.
Allí estaba, todo un ex comisario de prensa de los sindicatos franquistas y otras hierbas, dando lecciones de pluralismo. Con un par. Y los de UCD, viendo en este asunto tan simbólico como táctico la ocasión perfecta para no ser pasados por la piedra, y la oportunidad de lucirse adoptando una posición liberal, lo apoyaron, no teniendo el resto más remedio que promover un concursillo, eso sí, muy plegado, aunque ya no tan descaradamente, a las prerrogativas de la primera idea.
Nosotros, entonces, nos hicimos el longuis. Para mí nada difícil, considerando que me encontraba inmovilizado y fuera de juego. Sin embargo acordamos algo mucho más importante: a Juan, ni media. Por dos motivos: uno, podría intervenir en contra, por no convenirle mi marcha, lo cual les vendría de guachileré a los munícipes deseosos de segar la incursión; dos, podía intervenir a favor, y eso era todavía peor. Y como en caso de fracaso, la cosa se me iba a afear, ¿a qué pedir un trailer del castigo final? Así es que dejamos caer la arena silenciosa en el reloj y nos preparamos para una guerrilla de corta duración, pero de lo más interesante porque iba a ser mi oportunidad de empezar a conocer la urdimbre de esas miserias humanas que los expertos denominan entresijos de palacio.

sábado, 25 de marzo de 2017

Cinematontunas: La mala suerte (o quizá falta de precaución) de Tito Donaldo


Las mulas dan algo más que patadas. Donald O’Connor no se había subido a lomos del éxito como tercero y no en discordia (por hacer el rol de colega indefinido sexual y más bien infantil, algo así como un perrito de compañía o un payaso), del famoso trío de Cantando bajo la lluvia junto a Kelly y la Reynolds, en 1952. Él llevaba tocando pelo desde un año antes, dando la réplica, con perdón, a su partenaire: un equino, concretamente la mula Francis (la actriz más barata que jamás tuvo Hollywood: 350$), gloriosa encarnación de lo híbrido, y muy queridas desde la época pionera, y más aún tras su buena actuación durante la aún cercana guerra. Y le iba muy bien… a Donald, quiero decir;  a grupas del éxito, hasta que, sea porque el roce hace el cariño o lo que fuera, en su quinta temporada, en el 1955, se tuvo que retirar temporalmente de su particular cumbre. 
¿Fatiga del artista? ¿Estrés etiológico? ¿Emociones contrapuestas? Quiá. 
La Universal, dueña del chiringuito formado por la mixta pareja le forzó a hacerlo para purgar una enfermedad que no trascendió, pero que le obligaba a estar lo bastante lejos del cuadrúpedo para curarse. Lo que dio lugar a que corriera la voz de que había pillado una zoonosis, palabra de lo más feo, aunque fuese una enfermedad laboral, si tenemos en cuenta que es un mal pegado por un animal, y el casi íntimo trato a que su contrato le obligaba con el de referencia. 
Así pues, puesto definitivamente al pie, si no de los caballos, sí de su compañera, con solo 30 añitos, Donald se retiró, primero por descanso, luego más en serio, y al final, y tras la última película que haría con el animal que llevaba fuera, renunció a seguir con la serie, para caer en el ostracismo tras años de verse obligado por contrato a hacer al mínimo una película anual con la Francis y hacerle perder con ello otros papeles importantes, cayendo en el olvido y no trabajar ya apenas en el cine. Moraleja: Hay amores que matan. Además de tirar coces.

viernes, 24 de marzo de 2017

Procacidad

Pablo Iglesias, el de la barba en flor, la ha vuelto a liar. Esta vez por decir, ¡en el Congreso!, que a Mariano, según qué cosas se la bufa, se la suda y se la pela. {Que no esperaba yo que se quedase tan corto, en referencia a tan ejemplar entierramierdas tuno y amagado, dicho en manchego, dedicado en alma, corazón y vida a echar tierra encima a todo aquello que puede causarle problemas, que es mucho, para que se pudran o generen aún más problemas}.
Así, en un lenguaje coloquial por otra parte tan irrelevante hoy como el pito, caca, culo, pis de aquellos niños repipis que tantas tardes de gloria dieran a sus babacaídas yayos. Y que ni nos habríamos coscado si no fuese por ese ancho abanico de medios farisaicos, falaces y meapilas, siempre al quite cual manijeros para dar un eco pecaminoso a asertos, mangas o capirotes del nuevo Gran Líder Fraternal, echarle los perros y ponerle banderillas a este su abanderillado preferido, que ejerce de principal vomotivo de motivados plufímeros aspirantes a merendistas de plantilla (más difícil hoy que machihembrar caracoles serranos)
Y no han podido resistirse a la tontación de empentarla, poco plausiblemente, dicho sea de paso, con él; ni él a picarles el billete con su guerrilla culturipédica, que le gusta más que a un perro los picatostes.

O igual es que todos tienen los nervios de puta (por lo venal, lo digo). Y que es algo completamente normal, pues, desde lo de la crisis, la escasez y ruina total del periodismo, eso de la objetividad es como la Loto, que dicen que toca pero nadie conoce a ningún ganador. Y tanto voceros rosáceos como gavióticos han venido a plegarse, con más o menos floritura, congoja o callada quietud, que cantaría Aznavour, a lo que emana de palacio, ocupados todos por unos u otros de siempre todavía. 
De resultas, es en lo mediático donde el poder bipartidista se expresa más perfectamente, y ya antes de que la Gran Coalición ese iniciase como práctica habitual en lo municipal. Y luego se quejan de que les incluyan en la metida esa de La Trama, el nuevo refrito mensajero podemita titulado a lo Hitchcock
Y es que el bipartidismo sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, solo que ahora también en la fabricación y suministro de opinión –lo de la Sexta es una hábil impostura para trincar audiencia entre los desheredados ansiosos de mensajería ligera neoprogre–. Y con su concurso imprescindible de las medias verdades de siempre recocinadas como novedosas recetas, acaba así de cerrar el círculo vicioso de un sistema en el que el triangulismo político no tiene cabida, donde los terceros siempre son discordia y dos no riñen si no es por otro, que siempre es criminalizado per se. 
Y cualquier cosa, unas veces el lenguaje, otras el vestuario, otras el estilo, y siempre el argumento, es utilizada para redundar en el mensaje desde arriba de no merecer estar ahí, en las Cortes, disfrutando del premio, que es como los que parten y se reparten el bacalao lo entienden, y que es por lo que se les ve el plumero, pues el ladrón piensa que los demás son de su condición. Aunque, claro, también es que, como ya dijera Cocteau, es que ciertos premios, lo que hay que hacer es no merecerlos.