viernes, 18 de agosto de 2017

Eufemísmamente


Este año las serpientes de verano (o liebres de prensa tras las que corre el público) han decepcionado otra vez cual simples viborillas. Kim, el guarín venido a más con problemas de sobrepeso, el nini disminuido que toma a su pueblo por una colección de airgam boys, de líder fraternal ha quedado en primo al postponer el show de Guam y celebrar agosto como Dios (y la Virgen) mandaban, y con las mismas nos ha dejado in albis. 
¿Y ahora qué hacemos con las teles de 48” compradas para el evento?¿Ponemos el video de los fuegos de las fiestas del pueblo? ¿Vas a dejar que se ría de ti ese juanlanas que parece que se lava el cabezo con gaseosa La Casera, Kim? A esto hemos llegado. 
Y no hay derecho. ¿Es que no se dan cuenta de que con la edad que tenemos algunos, nuestras posibilidades de ver algo bueno de verdad son cada vez más decrecientes? ¡Menudo estado del bienestar este de la contraprogramación que no garantiza ni asueto ni nada ni siquiera a los viejos! 
Y es que no se puede dejar el mundo del espectáculo, ni el de las superproducciones ni el de las de bajo presupuesto, en manos de mearras aficionados atascaváteres y caganidos, que a la primera de cambio empiezan a bubear: “no, es que no se daban las condiciones; es que dicen mis primos chinos que me espere, que han hecho unos rollitos primavera y se les van a pasar; es que la vía diplomática es mejor, y además es que estoy liao (¿liao? ¿ese no es chino?) ahora con esto de la gente de color, perdón, digo afroamericanos, lo del Black & White (al güisqui se referirá) y tal. 
Baaahh, menudo orandután. Para eso tanto ir por ahí en plan gladiator diciendo lo de “A mi señal, ira y fuego”. Y luego, ni una triste mascletá. Unos fachamoñas es lo que son. 
Y yo, que había depositado, anidado, empollado si me apuras, mis esperanzas de redención estival en lo que parecía la mejor pareja (budy movies les dicen ahora) desde El Gordo y el Flaco (bueno, fofisanos), descartado Kim veo que ahora solo me queda Trump, y qué gran nombre para un número de payasos de la tele del circo global, Kim y Trump –el chino sería Gabi, el tercero comedido y tocando el saxo (un chino con un saxo, otro buen título)–. Kim, el biberón cohete y Trump el supremacista blanco –de críticas, pero blanco al fin, pues peor es ser negro (de críticas), y si eres subsahariano ni te cuento–. 
Aunque no todo está perdido. 
Si el cohetazo es al fin en septiembre, lo podremos poner, en diferido, en pantalla gigante en el Pincho de la Feria. Y si el Parlament al fin se decide con lo suyo, y da luz verde a lo de la desconexión, el pleno es que sería total, con la Diada, esa otra cabalgata, campando en el Redondel. Un chute del carajo. Y gratis, supongo. ¿Por qué sería retransmitido por Eurovisión, no?

jueves, 17 de agosto de 2017

Noticias de Venezuela


El mercado negro de pañales adquiere tintes preocupantes, al ser todos blancos.

martes, 15 de agosto de 2017

Desiertos


Se me antoja que el estandarte de la era del jijí-jajá en las relaciones que nos deprime son esas coletillas con que se torea a los demás, incluido “amigos”, en un remedo (propio de los toreros pegapases en que nos hemos convertido) de la santa trinidad tauromáquica consistente en parar, templar y finalmente mandar (a hacer puñetas) al otro con alguna de estas frases morcillonas: “Bueno, ya nos veremos”, “a ver si nos llamamos”, “ya hablamos, eh”, o “y si eso, pues ya, bueno”, y otros despilfarros orales con que algún bienqueda se lía en su pretensión de no infringir la corrección banal recién adquirida creyendo que con eso queda de puta madre. Y después, el silencio (o el guasap, que es peor), que según Erasmo es cuando surge amenamente la verdadera amistad entre dos. Aunque si dura este seis meses o un año, como suele suceder, más bien es preocupante. 
Y es que muchos dan la impresión de estar más ocupados que la libreta de baile de Escarlata O’Hara. Así pues, los encuentros tienden a ser fortuitos, casi milagrosos debido a los muchos viajes, compromisos, entretenimientos, rollos familiares y agobios jubilosos de una vida social y laboral tan insoportablemente plena que niega un rato de asueto para dar una vuelta a ver qué pasa, deporte al que solo se asoman los que no que no perdieron el gusto por la vida pública improvisada, deduciéndose una falta de gimnasia en los que lo han abandonado para ejercitarlo en petit comité, ese tipo de vida pública de salón en grupos de confianza –de los que más hay que desconfiar–, o quizá por abandono de esa sobrecarga que es la máscara y las normas teatrales (extenuantes cuando no son asumidas naturalmente) de la actuación callejera. 
Aunque tal vez todo se circunscriba simplemente a una simple actuación hipócrita, la de rellenar la agenda artificialmente hasta el infinito con tal de no tener que exhibir públicamente y a vista gratuita de todos esos dos naufragios tan humanos como son el deambular (ese signo andante de derrota) y el sentarse a ver pasar otros cadáveres tanto del enemigo como del amigo, aún pendientes de enterrar (y de dejar de tomar cañas). 
Para muchos, abandonarse de esa manera es algo impúdico, como sacar una soriasis al sol, o la basura al contenedor, grandes demostraciones de un final cada día más próximo (y aunque ellos no lo crean, seguro). Por tanto, y echados los candados pertinentes sobre el hábito desusado, antiestético y negativo de mostrarse acabado y perdido en medio de esa nada mucho más inclemente de lo normal que es la veraniega, cual fantasmas (físicos) enviciados en un peripatetismo urbano zombi, astrado y nauseabundo, por el cual habría que pagar más impuestos, según algunos de los que practican el escondite a cal y canto por miedo al qué dirán de su propio colapso, el desierto humano cunde con el calor
Solo de noche, a la luz parda de los gatos, reaparece la fauna draculiana de morciguillos perentorios, a chupar lo que sea, aire, sangre, vino, producto mayoritario de ese otro fantasmeo –más fantasmas– del parapetarse tras el cartel de “Todo ocupado”, y no dejarse ver ni interactuar de forma natural (solo a la luz protectora de la lunas de neón), confiriendo a eso, a la penumbra general, incluida la suya, un glamur de a media luz tú y yo, que es lo que hoy da valor a las relaciones, un valor añadido siempre que sean veladas, y que precisamente le niegan a la grosera exhibición diaria del fracaso anunciado del vivir, sin mayores pretensión ni compromiso, y predicarlo en el desierto. Todo, por otra parte tan saludable.

sábado, 12 de agosto de 2017

Rabotadas

Hace tiempo que sabemos que los únicos toros como dios manda son los de las carreteras, los de Osborne, que para colmo llevan apellido inglés. Y que de los otros, los de verdad, lo que más hemos obtenido son mitos. Los ganaderos saben bien que toda esa parafernalia del encuentro sexual entre toro y torero, esa supuesta sublimación erótica a través de la faena, todos esos tremebundos argumentos estéticos a partir de la ambigüedad sensual de la fiesta, desde Creta a Gibraltar pasando por todos los siglos, tienen su base, comprobada y manifiesta en los corrales, en que al toro le van los machos.
Cualquiera que se haya dedicado a la ganadería vacuna sabe que a los mejores sementales se les va el vergajo para arriba y que los fuera de serie eyaculan tanto sobre una piel de toro –dicho sea ésto sin intenciones antipatrióticas–, como de hembra, y que las historias de amor entre ellos resuenan con virulencia sobre los jarales de los campos. Y cuanto más bravos, peor. O mejor, quién sabe. Son gente de mucho cuero, ésta. Que se lo pregunten si no a los gañanes.
De manera que, con tales ejemplares, las vacas, que atadas a los pesebres todas alineadas en la misma dirección, lo tienen muy difícil para hacer un sesenta y nueve, llegó un momento en que se vovían locas. Aunque, como ya digo, la cosa  viene de muy atrás (¿por estar de cara a la pared?), y es que hay que ver lo que han pasado las pobres a lo largo de la historia. 
Mi padre lo decía: “la Margarita está para que la encierren”, retóricamente, dado que ya estaba encerrada. O, “la Estrellita está como un cencerro, como si estuviera siempre movía”. Algo normal, si pensamos que cada vez que sacaba al macho a montarlas se las veía y se las deseaba para que se subiera, primero, para que no se bajara, después, o para que no se equivocara; todo, llevado a base de un mamporrerismo que ni que fueran una especie en extinción.
Se padecía mucho entonces, con el sexo directo. En cambio ahora está chupao, dicho sea en sentido metafórico. Pero cuando parecía que se iban conformando, al menos en la cosa carnal, la problemática vacuna se ve ampliada con el uso de piensos cárnicos, el caso es no dejarla parar. Y entonces surge las hipótesis: ¿se están volviendo caníbales los toros?, ¿se les da carne de vacuno para que no se tiren al torero directamente?, ¿es la razón por la que se están volviendo mansos?, ¿no habría que retirarles la testosterona?
Sé que son muchas preguntas que los científicos y sobre todo los políticos, heterosexuales o no, tendrán que solventar. De momento y por lo que pueda pasar, la carne de toro de lidia corre grave riesgo de pasar a la historia, al no saberse de dónde dimana la cosa de la loquera, si del rabo o de la culata. En este plan, en la próxima feria, encima ya, como quien dice, sin ánimo sexual, el guiso de toro lo van a tener que hacer con búfalo. Y la lengua hervida con tomate, cebolla, ajos, laurel y pimenta pasados por el pasapurés, entre unas gorrinerías y otras, se acabará para siempre sin que nos dé tiempo a decir esta lengua es mía.
Pero esto no es lo peor, porque el estofado de rabo de toro, ese monumento más grande que el faro de Hércules, qué digo, más que el Pirulí, y quintaesencia de la cultura verbenera española y de los jugos más eximios de toda nuestra idiosincrasia, desaparecerá sin remisión, huérfano de toros de los de antes y, lo que es peor, al final será adoptado, que es como se dice ahora a los plagios, por la nouvelle cousine, para que los toros de la Camargue sirvan al fin para algo; aunque amargue.

Cuando todo esto suceda, es decir cuando el rabo, aunque sea de toro, deje de ser la reserva espiritual española, daremos paso a otra nostalgia imperial y nos lamentaremos de que nuestros antepasados no supieron elegir en su día los mitos y los símbolos de los que sacar tajada tanto material como espiritual. Por supuesto, nos quejaremos mientras nos comemos alguna estupidez salida de la nueva cocina insulsa. Y ante eso, alguno (y alguna, con perdón) no podrá evitar pensar: qué rabos aquellos.

viernes, 11 de agosto de 2017

Noticias de Venezuela

Cuando Maduro dice eso de que obligará a dialogar a la oposición, por las buenas o por las malas, recuerda mucho a esas madres cuyos hijos gimotean y lloran sin mucho fuste y entonces agarran y les pegan un bofetón diciéndoles:"¡Toma, para que llores con razón!". 
Dialoga o muere, so cabrón, un buen lema para la nueva democracia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Camino de vuelta (y media): La realidad era esto

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.

Enfoques y desenfoques

Si Maxi, con su hoja de servicios, no las tenía todas consigo de que no le guindaran el bocata de la Dipu, qué decir de mí. Y su táctica para que no me viniera abajo en una de mis rumias malagüeristas ciclotímicas era meterme caña. Con lo que conseguía todo menos alentarme. Porque si con eso le daba el pego a tantos, a mí me ponía todavía más a cavilar. Eran muchos años de gimnasia juntos. Lo cual no significa que lo conociera del todo (¿quién puede?). Ya lo había dejado claro con su adelantamiento por la derecha a toda la basca de la noche a la mañana.
Desde entonces yo tenía activada una luz de precaución constante (y cierta admiración, a qué engañarnos) ante su recién descorchado sorpassismo vital. Y él, para desmontar cavilaciones, solía dibujarme con sus bien afilados pinceles el cuadro de ventajas, el horizonte de plácida y verde campiña que se abría con aquellos nuevos capos enrachados en gastar en fichajes. 
Solo que por esas fechas a mí aún me iba más el bodegón. Y ya digo que su apertura en plan Capablanca me había puesto en guardia. Pero, conociendo mis muchas flaquezas, en seis meses me tenía renovando mi contrito contrato social esta vez como su compañero de viaje, con él de piloto, y de otra escudería. Y no es queja. Yo, a los amigos siempre he preferido tenerlos al lado. Pero si a alguno le gusta adelantar, tampoco pasa nada.
Y en efecto. Mientras los demás mirábamos un reciclaje de trapillo que ponernos para ir hibernando en el nuevo clima, él había tocado pelo y mudado ya al prêt a porter, demostrando ser el más largo de la cuadrilla. Y sabiéndolo, estaba dispuesto a surfear en la ola como señuelo para el ex grupo de iguales que, con lo depredatorio como religión inconfesable, en el fondo, no nos engañemos, veían su salida por la banda toda una proeza, un trofeo de caza mayor. Un buen comienzo y no un vergonzoso final.
Maxi emergiendo de las sombras.
Por supuesto, para curarse en salud, le dijeron de todo. La típica mezcla de rabia y envidia por haberse anticipado. Pero en cuanto pudieron aducir en su favor una mínima buena disposición y ganas de ayudar (si adoptada o sincera, si estudiada o espontánea, allá cada cual), enseguida obtuvo el place por tender puentes (como buen pontonero) entre los nuevos ungidos y los airados olvidados, y la consideración de eslabón perdido entre pródigos y bienhablados,  como fontanero postmoderno de palacio del rebautizado Paseo de la Libertad
Rotos y descosidos, lubricación de cadenas de transmisión entre facciones, beligerantes o no, limado de asperezas con opositores, esgrima con funcionarios o periodistas y enjuagues diversos para los que se requería ubicuidad y destreza, todo ese apretado programa que suponía entonces ser secretario particular de la toma de un palacio de invierno de provincias (para vencer) eran facetas de su oficio, recién inaugurado de la democracia, y, si no indemne, iba sobreviviendo, que era mucho. Y se crecía. 
La colgada peña despeñada (y despenada) estaba estupefacta y deslumbrada. Y él, como buen concesionario del poder, aunque fuese de alquiler, se venía arriba y jugaba para ver hasta dónde llegaba con él y su saber como esencia inherente del mismo, alzándose en lo que canta un gallo como el pivot que el parvulario necesitaba de referente en su derivaY mientras él corría por la calle principal, echaba liebres de prueba en otras para experimentar.  Por ejemplo, la célebre cooperativa de artes gráficas.  

Huyendo de la quema
Era nuestro sueño chico, un viejo proyecto engordado para su puesta en marcha con parte de la peña para llegar a siete, el número cabalístico exigido por la ley, y que nos iba a proporcionar las ayudas y apoyos necesarios para comenzar una aventura laboral como base de la periodística, que era el sueño grande.
Estando a la faena, algo no casó y, una vez en Chinchilla para firmar ante notario la constitución de la empresa, resultó que no había ni el menor asomo de apoyos, ayudas ni compromisos oficiales que él, en plan aquí estoy yo, poco menos que había apalabrado. Y empezó a olerme a cuerno quemado. Al repasar la repalandoria del sumario, mis dudas crecieron hasta casi convencerme de que aquello era otro hueso, un entremés más lanzado para entretenimiento de la quijada tiesa. El típico ejercicio de estilo de quien hace prácticas de pirotecnia política.
Maxi, a mi izquierda, seis años antes en un pueblo de la ruta La Sierra en Moto, con unos niños
       que curiosean, mientras fuman, en aquellos extraterrestres que aún éramos los de ciudad.
Así estaba el patio.
Pero la inversión emocional era ya tan grande que, convencido de ser (yo) un revientaverbenas, me costaba creer que todo aquello fuera el embarque de Capitán Araña que parecía. Aunque lo era.  Todo un castillo de naipes cuyo derrumbe él mismo no había sabido parar antes de producir una merdé del calibre de la montada: darnos cuerda hasta meter el cuezo y llevarnos directos como cretinos hacia la estacada más ridícula, quise entender que bloqueado por no poder responder a las expectativas generadas desde su suficiencia vital (entonces muy subida de tono), dejando rodar la ful llevado por su natural huida de todo lo que fuese contrario al estupendismo cultivado como táctica, su aversión al riesgo y su necesidad de garantías y ventajas de éxito antes de apuntarse a algo, y aparecer solo cuando tenía algún triunfo para mostrar. Un buen sistema, pero que aún no tenía depurado. Así es que, menos mal que no pasamos al notario. Aunque más tonto fui yo, pues encima, me mosqueé.

Claro, éramos colegas, y días después fui a su casa y le dije algo así como que aquella era la típica situación que me daba ganas de liarme a hostias. Él calló, esquivó el enfrentamiento, quitó hierro al asunto y, pegando un carpetazo despectivo, me salió por peteneras de amigo cómplice privilegiado, que era su táctica de reserva para camelarme, con el conque de que aquella mierda de cooperativa acariciada desde antes de la jodida democracia, era un agua pasada que no movía molinos nuevos. Y me dribló. 
Y lo peor era que el muy jodido seguía llevando razón. (Aunque su comportamiento debería haberme alertado de que los tiempos, los externos y los nuestros, estaban cambiando, y me hubiera ahorrado más de un disgusto). Y refunfuñando, por toda reacción me quedé esperando su siguiente regate de trilero, que no se hizo esperar. Tenía la iniciativa, y yo, por mucho que no la viera clara, no tenía otra mejor. Y además, el nuevo envite era todavía más de relumbrón. Y sabía que era algo que yo no podía rechazar.