miércoles, 21 de febrero de 2018

Carnaval de Cádiz, de la fiesta a la feria

La imagen del Carnaval de Cádiz no puede ser más exitosa. Muchos años, talento para venderla y un buen producto, han tenido la culpa. Y Cádiz es al Carnaval lo mismo que fue para la libertad en tiempos napoleónicos, cuando la invasión la convirtió en el último bastión en pie contra la opresión, entonces de los ejércitos y ahora de la contrarrevolución social. Si bien yo tenga mis dudas al respecto, pues, ni entonces se encontraba tan indefensa, como isla protegida por unas muy buenas armadas española e inglesa –dando pie a esa chulería, aunque fuera a posteriori del “con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”–, ni ahora sea tan irreductible su determinación a mantenerse impávida ante las embestidas de la marea de represión ideológica que supone la corrección política. Aunque el tópico crezca y el mito se engrandezca.

lunes, 19 de febrero de 2018

Letras pa'l cante: romeras

Agua para el culto

Un velero se fue al mar
como si entrara en un cuerpo,
abriendo llagas de espuma,
mecido en olas de fuego.

Soy como del mar burbuja,
que hace con sus caballitos
nidales de plata pura,
y convierte corazones
venidos de la amargura
en tiovivos de colores
con el alba por montura.

Fuego en el viento, 
rosa de arena,
vé y dile tú al oído 
mi amor canela.

Las aguas del mar llamaban
a una sirena a nadar
y tú me llamas, 
contigo, me llamas,
cañaílla a naufragar.

Auroras son los días, 
romero verde,
las sabanitas blancas,
flores de jara donde perderme.

Vuela en el aire,
fecunda mi alma,
que tengo esta noche
la alegría de guardia.


viernes, 16 de febrero de 2018

CARNACAI 2018


Camino de vuelta (y media): El biplaza

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en suscribir el viejo apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, "vence quien permanece", y porque el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, sobre todo a los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, a manos de otro, aquí va un esbozo, al modo naturista, de algunos pasajes deslavazados, jirones rehilados cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, de unos años, entre 1973 y 1987, a fin de enturbiar esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso actual, y ello con un doble objeto, uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta; y dos, para camuflar indesvelado en esa trivilalización al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. Apuntes contra el alzheimer propio, que siempre serán más baratos que otras medicinas para aquellos cuyo recuento les resulte molesto. 
O también podría valer lo dicho, mucho mejor que yo, por L.-F. Céline: 
"La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas que hayamos visto en los hombres y después buscar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida."



Juego para dos y el perro

Durante el año y medio que siguió, y sobre todo tras mi (esperada) decepción de mi paso por el Ayuntamiento, me ratifiqué en lo que ya había aprendido en la mili y no quería admitir: aquí no vale ser más listo, o habilidoso o tener más estudios o más huevos que los demás. El rasero declara a todos escoria, y una vez te dejan con las vergüenzas al aire, lo que funciona es la oferta y la demanda. Y hay que adaptarse o morir. Si piden un cornudo, tú, con un par de astas que ni un ciervo; y si un lindo don diego, ahí estás, emperifollado como para una boda, aunque asustes al diablo de feo y contrahecho; y si reclaman eruditos, entonces, aunque fueres analfabeto, te presentas como el Espasa, el monosabio compendio de los siete de Roma. El caso es cumplir el requisito y nunca postularse antes de saber qué es lo que cojones buscan esos cabrones.
Contrariamente a los inquilinos de la Casa Consistorial, allá en la Dipu parecían estar en mejor disposición para con los aspirantes a colaborar (aunque fuese por un módico precio) en lo que iba a ser el nuevo régimen y pronto acabaría siendo matadero de sueños, ideales y demás. Y quizá por tratarse de una institución más distinguida e indirecta, enseguida habían adoptado ese estilo propio del guante blanco de no pegar la puñalada los políticos directamente, de forma que necesitaban esbirros, soldados, sargentos y oficiales como mano de obra de la demolición del espíritu del cambio. Y técnicos para crear la nueva ilusión. Muchos técnicos.
Grueso socialista de la 1ª corporación municipal democrática.
Es un signo inevitable, lo técnicos: en cuanto entran por la puerta, la esperanza  del cambio (para bien) sale por la ventana. Y allí estaba yo, otro más, para defenestrar lo que hiciera falta, empezando por mí mismo.
No pretendo decir que lo llevase en cartera. Ni siquiera en esbozo. Yo no estaba a disgusto con mi papel en el Ayuntamiento, me llevaba bien con muchos y me sentía agradecido y con ganas de agradar y apencar. Pero bien soliviantado por el desaire inmutable de mis “compañeros” munícipes, la convocatoria de aquellas plazas de Técnico de Publicaciones justo al lado, acabó produciendo en mí la penúltima y más perversa (e irrisoria) conjunción de sentimientos encontrados, mezcla de aborrecimiento y alegría, y en ellos el de ese extraño resentimiento tan cercano a la rabia de verse ‘culpables’ de que, en su obsesión por deshacerse de mí, yo pudiese lograr como desenlace otro puesto, según ellos, mejor. Y alguno estaba que se tiraba de los pelos. Y eso que aún no habían sido ni las oposiciones. Pero suele pasar. Y de remiso, incluso retrechero con el caldo, acabé presentándome voluntario, tan contento, a por las tazas que hicieran falta. Se llama necesidad.

Siempre hay un tren que tomar
Estación anterior a la actual de Albacete. 
A los munícipes, y otros, que se la cogían con papel de fumar les hubiera mitigado mucho su pesar el saber que el puesto tenía más novios, que aún no le habían puesto nombre ni mucho menos, y que además, yo me presentaba bastante acuciado, y ya se sabe lo que se dice, jugador por necesidad, perdedor por obligación. Así es que, si me marchaba era, primero lleno de incertidumbre, y con tanta pesadumbre como mucho descanso, consciente de ir derecho a un segundo plato, con ese sentimiento entreguista del casorio por interés con un amor de circunstancias, y sospechando que lo elegido te dará todo tipo de insatisfacciones para siempre, algo que en el fondo nunca (te) perdonas, por obligado, por mucho que todos piensen que has de agradecerlo de por vida (y otros que hiciste la jugada de tu ídem).
Un enrevesamiento, como se ve, digno de reseña especial, que iba a alimentar un desaliento donde lo personal, lo laboral y lo social se entremezclaban sin salida, y que maduraría en el desencuentro definitivo primero con los socialistas, y al final de aquellos difíciles años señalados vividos en clave de facilidad, con los restos de mi quinta, agotado ya en mí todo deseo de actividad política, sustituido por la pirólisis del hastío permanente.

Un biscuter apañado
El procedimiento técnico, por así decir, de llegar a consumar aquel torticero golpe de mano de busca de la vida/ruina para siempre partió de su protagonista principal,  Maxi, que ya había vendido allí donde y a quienes debía que él era su hombre. Pero como los conocía y no les fiaba ni los palominos, les colocó un dos por uno, o sea dos tazas, un dos plazas, para asegurarse una, presentándoles la otra como una copia de seguridad, y a mí como la mía de verdad. Lo que se llama una buena jugada, pero sobre el papel.
Eso, a políticos y fauna adjunta los puso en el disparadero, listos para abrir la caja de Pandora, el maniobrismo de puñalada trapera y el chalaneo más artero que pueden suponerse en una carrera de quítate tú para ponerme yo.
Recepción de invitados del Cultural de Albacete, en la Diputación.
A todo esto, yo, sin pintar nada, bien ocupado con mi propia guerra en la casa de al lado, desde cuya barrera veía cómo se empezaba a jugar al pinto, pinto, gorgorito, con la dichosa y a todas luces redundante plaza que, por eso precisamente, su copia (o sea, a la que yo podía aspira) podía ser vendida al mejor postor casi como un bien mostrenco, y a todo esto sin poder involucrarme lo más mínimo para no levantar todavía más resabios en contra. Ya estábamos como siempre.
Luego, había esos otros aspirantes nada despreciables a los que el poder había dado esperanzas y carrete, como el protegido de marras del diputado comunista instructor de metidas de todo tipo, que para mayor comodidad de su apadrinado pegó el cambiazo a última hora del temario de artes gráficas por otro de literatura más apropiado, y que luego, cuando no se presentó siquiera, las malas lenguas dijeron que sus donosas posibilidades se habían acabado antes incluso de la convocatoria, disque por no tener en realidad el título universitario requerido. Para habernos matao. Y ahí acabó su futura carrera funcionarial, si bien luego la emprendiese como laboral sin necesidad de prueba alguna, en el Cultural Albacete. Maldita meritocracia, con sus fiascos, que tanto dais que hacer a las musas con tales farsas mundanas.
Otro novio de la cosa (éste titulado) era Nicasio Sanchís, de nuestra propia escuela de Cambio-de-marcha-aprovechando-el-cambio, cuyas esperanzas de esponsorio y jamancia de las perdices de palacio le venían de la inclinación que, a su modo personal de hueseador hartizo falsamente incauto, parecía suscitar entre los cortejados, que le correspondían con un lógico buen trato como periodista de Radio Juventud. Y dado que los pescozones mediáticos eran entonces pan del día, los patrones se dejaron poner velas confirmándolo como otro desamparado con derechos, otro de aquellos hijastros especiales con dientes que el socialismo empezaba a recoger de la calle con la displicencia a cargo de la cual exigirían luego tanta pleitesía.
Él se veía con designios (lo que ahora se dice nominado), víctima de los rumores instructores del desasosiego que en tales bretes se desatan con grave perjuicio para la claridad.
Poemario de Nicasio Sanchís, editado muchos
        años después... por la Diputación Provincial.
De mi experiencia con la bestia (y de ahí una de mis ventajas), yo sabía que hay que huir de este tipo de acaramelados del poder como el gato del agua fría, por devenir fatales para el programa, pues suelen llevar al desavisado, a causa de su pura necesidad, a una impepinable pérdida de pie de la realidad.
Un año atrás habíamos estado juntos en aquel otro “proyecto cangrejera” o de futuro, o por si acaso, de la agencia de noticias Castilla-Mancha Press, que quedó en nada y que yo había dado de alta como propietario en la oficina de patentes, con él como director figurante. Quiero decir que había unos ciertos lazos. Y que te descabalguen los amiguetes, duele. De donde su rebote a toro pasado, y su amarga (y humana) queja de un trato de favor (cierto, pues se me acabó franqueando el paso) que él quería para sí, y la pérdida de una piel del oso que aún no era suya.
Yo, en cambio, sabía que las hostias las tenía adjudicadas desde mi mero aspirantazgo, como supuesto coautor de aquel plato de nouvelle cousine, guisado en realidad por el amigo Juan Palomo como final de travesía hacia la solvencia. Y lo tenía asumido. Sabía que iba de porra en el tinglado. Y si salía, bien. Y si no, pues buen viaje. Y de rejoneo, el justo. Aunque, dicho esto, nada era descartable, salvo una cosa: cualquiera que meta en un saco a unos cuantos gatos pescaderos (para divertimento del dueño, como era el caso), éstos podrán hacerse pedazos pero jamás morderán la mano que los menea.

El poder: encuentro en la segunda fase
El chef, comprendiendo mi poco entusiasmo por la movida, ponía especial énfasis en presentarla como conjunta (aunque quien de verdad se la jugaba era él). Y, para la historia, quedaría como copiloto. No importa que fuera sin mandos, o fuera un socio a veces consultivo, otras artístico, o un ayuda de cámara especial. Y como mi gratificación por capear aquella res (pública) tocada en suerte, seguro que me compensaba, y mucho, por hacerme cargo de las muchas guijas que no le cabían al chef en su propio gorro, perdoné el beso por el coscorrón, aceptando fehacientemente mi papel en el menú, por la cuenta que me traía.
Aunque nuestra interdependencia estaba clara, yo, dada mi situación trémula y entredicha, era el que delegaba. Lo cual, en la recta final, se reveló abstruso e incierto, consistiendo el trato de favor de los políticos en dejar a los aspirantes disputarnos a cara de perro aquel puesto secundario, también para ellos, con la típica suficiencia y la indulgencia ante las putaditas que en tales casos se suceden, de “tranquilo, no te preocupes”, esa excusatio non petita, acusatio manifiesta que tanto huele siempre a sudario de buenas intenciones y emplasto para moribundos, y que reavivaba más mis oscuros designios de relegación perpetua y mis deseos de que no me quisieran tanto.
Así, hasta la tercera y última prueba, en que, a la vista de cómo me había curado la segunda plaza, o vete tú a saber, el Presidente (que ya apuntaba maneras de lo que iba a dar de sí en el empoderamiento) tomó en persona las riendas del tribunal, lo que indicaba que lo tenía claro, daba por buena la clasificación, y demostrando que no quería sorpresas ni virajes enojosos de última hora, debió darla prácticamente por definitiva, a la vista de lo que fue la prueba restante bajo su autoridad, que la ejercía: un mero trámite.
Y así fui refrendado como compañero de viaje. Así que nunca supe si podía haberme tirado el mejor folio de mi vida, para el que me había preparado, viendo el percal, y demostrar así mi competencia –cosas de ilusos– o, por el contrario, si aún con eso, ni la Macarena me habría librado de cualquier barrabasada propia de estas lides.
Lo que sí quedó nítido fue que, cuando se trata del poder, y cuando ya te crees que vas a tocar pelo por ti mismo, éste te siega la hierba y te dice: “No eres tú el que entras, sino yo el que te deja pasar”. Y ya estás otra vez entrampado. Porque la vida tiene un precio. Aunque yo no sabía que la cosa, de pago aplazado, sólo en intereses me iba a salir por un pico (pero sin pala, menos mal).

lunes, 12 de febrero de 2018

Taquillazos lejanos

Los españoles empezamos a detestar nuestro cine al llegar los setenta, como un efecto más de esa tendencia tan propia al automenosprecio, acrecentada por la apertura y adjunto resentimiento, que entonces nos invadía, y el éxito de la contrapropaganda antifranquista de que todo lo de aquí era bizarro y cutre y todo lo extranjero caramelo de malvavisco. 

viernes, 9 de febrero de 2018

Normas para formar gobierno


Lo que abunda no daña. Y dejaba crecer la grama. 
Por ejemplo, el secesionismo.

Compatibilidad


En El Padrino hay una escena en que Don Corleone va y dice aquello de que las mujeres y los niños pueden ser confiados; los demás, no. Pero de ser gallego, Mario Puzzo jamás habría escrito esa frase.

martes, 6 de febrero de 2018

ACLARACIÓN

La detenida por dejar a su bebé en la calle mientras jugaba en un bingo, no es que lo abandonase, es que no quería acabar apostándoselo por una mierda de línea. que quede claro.

lunes, 5 de febrero de 2018

Memorias erráticas

Contaba el actor Fernando Rey que Buñuel lo había contratado en un principio porque hacía muy bien el muerto, función que en el cine es, o era, harto meritora si tenemos en cuenta que a tal pose se le concedía en lo simbólico tanto valor dramático como valor económico se confiere hoy a hacerse el

Lápida


Uno de los ideales de la era lúdica es leer un libro con una mano y comer un churro con la otra. Y, con un atril, rascarte el otro con la otra.

sábado, 3 de febrero de 2018

Lápida


La posverdad es que solo han quedado dos verdades, una anual que es la declaración de la renta, y otra mensual que es la factura de la luz.