sábado, 17 de junio de 2017

Letras p'al cante: tonás

Incredulidad

Yo pensé que era pobre
y era pudiente.
Y mi único tesoro
era tenerte.
Ay, que mi dolor ya no tiene
ni huesos ni carne
donde hincarse más ducas

que vengan a molestarme.

40

Las mociones de censura no están hechas para que alguien gane, aunque sea por una pata de perro, sino para que todos perdamos, aunque sea el tiempo, que es lo que más sobra. De hecho, los mileuristas (u ocupados) son superados en mucho ahora mismo por los milhoristas (u ociosos), que es el núcleo duro espectador, enterado y tertuliano del asunto. 
Por eso Irene y Pablo, la pareja que amenaza con desbancar a la otra telegénica de David y Paula, cambiaron el modelo venezolano por el castrista del discurso de ocho horas, aquel que ahorraba a la población en meriendas y hasta en cenas imposibles –ya se sabe el axioma obrero, ocho horas para trabajar, ocho para oír a Fidel y ocho para descansar (de lo segundo)– lo que aquí se consume en los bares solo en yintonis y panchitos entre chascarrillo y chascarrillo sobre el circo televisado. 
Hacerlo (no el amor sino la moción) en plena ola de calor es lo que tiene, y estos días se echaban de menos las guayaberas, abanicos y bermudas –no así los mojitos–, y para llegar hasta la victoria final (siempre), a Irene y Pablo les faltó hacerlo de noche (el debate), que es cuando los suyos, más noctámbulos y en edad de licantropía, hubieran sido la mayoría expectante, on the rocks y comentarista. 
Ya lo dijo McLuhan: el medio es el masaje. Y a esas horas más. Y más si es tailandés, aunque sea medio. Pero la prisa, que mata al viejo, lo vuelve más al joven. 
Y a estos, a su pesar criados con mitos, que si 40 años de franquismo, que si los 40 principales, que si 40 de elecciones –que se cumplen ahora, qué fatalidad–, les ha entrado el correyvuela de la crisis de los 40, esa barrera que separa las crisis juveniles de las viejunas, esa herencia vital con su impuesto de sucesiones que es la huida hacia delante, y piensan, como todos, que lo mejor es que los 40 te pillen, más que confesado, en el poder, que erotiza mucho, dicen, y te puedes ahorrar en viagra un mogollón. 
Le entró a Felipe (con 38 años cumplidos) y a Hernández Mancha (cercano ya a esa edad). Y es que, contra lo creído, 40 no es cifra mágica sino tétrica. Y te puede perder la boca, y afirmar que 40 años de democracia no es nada (o dos de a 20, que tampoco) y además era falsa (como si hubiera alguna auténtica). Y lo peor: querer construir una verdadera. Otros 40 años. Otro mito. Y eso sí que no hay dios que lo aguante, ni cuerpo que lo resista.

jueves, 15 de junio de 2017

Otra reválida: la prueba del huevo

De todos es sabido, si bien muchos lo sepan sólo por las encuestas, lo bivalvos que son y lo abstruso que resulta hoy distinguir a jóvenes de adolescentes. En lógica consecuencia padres, psicólogos y profesores por estas fechas se desfarfollan la panocha para ayudarles a solventar las carreras más adecuadas a escoger, máxime cuando les coincide el paso de aduana de una edad a otra, o eso se cree.
Particularmente, pienso que el status de joven que hoy nos invade hasta bien pasados los cuarenta y que antes era la flor de la vida, ha fagocitado también la fase previa que era la adolescencia, que ahora adolece precisamente de sí misma, puesto que apenas si existe, pues la juventud la ha hecho desaparecer, pasándose de la pubertad, ese masturbatorio con espinillas, al ruedo y las novilladas con picadores sin pasar por las vaquillas.
Prisas de la vida, a veces sin paseíllo, morilleros ni alguaciles, que impiden verlos venir por su sitio, y no sabes si darles un clines o un condón, habida cuenta de que a esa edad el único canal que suele fallar es el de la comunicación, pues son edades del silencio, ya que, por perplejo que parezca, si los zagales son básicamente atronadores, es precisamente porque son malos administradores del sonido.
Hoy, cuando tanta importancia se da a la expresión, lo que sería menester es enseñar precisamente a manejar el silencio, cosa que no ocurre en los institutos. Con el silencio pasa ahora como antes con el sexo, que se aprende en la calle, siempre tan ruidosa. 
Por eso es tan importante interpretarlos, y reconocer a un bocazas de un samugo a primera vista o a primera oreja, y saber que cuando los chiquillos dicen que ya no quieren que los conviden a un mataero es que lo que quieren es lomo adobado, y cuando dicen que para emanciparse se necesitan mil papeles al mes, hablan en realidad de que no piensan trabajar en cosas que dén menos de ese emolumento, o sea de operarios, jornaleros, peones, proletas..., o si dicen ser de izquierdas es que quieren identificarse con proyectos de jeta humanista que incluyan viajes y excitación, pues para ellos es mucho más revolucionaria la última ballena alegre que el primer curro. Y cuando le digan gagá o facha, no se preocupe: es sólo por el look o por el mando a distancia.
No se preocupe porque están aprendiendo la asignatura del silencio. Lo importante pues, es la respuesta que se les dé, porque de ella depende la palabra futura. Casualmente, necesitan de nuestra palabra para llegar a conocer el silencio. De ahí que nuestra mudez pueda ser tan nociva y tan delatora como su locuacidad. Todo un juego con el que poder distinguir a un adolescente de un joven. Lo otro, lo de encaminarlos en el estudio, es más difícil. Aunque hay manera.
Por ejemplo, ahora que están tan de moda las carreras de ciencias naturales, conozco una táctica infalible para conocer a un buen veterinario o biólogo futuribles, y es la prueba del huevo. 
Posología: se le coge, al estudiante –para no traumatizarlo de repente de buenas a primeras–, una gallina que esté en periodo de puesta y se invita a éste a meterle por el ósculo posterior el dedo corazón, que facilita por su longitud el tantear, ya dentro de la cloaca del animal, si ésta tiene albergada en su seno algún huevo, listo para ser puesto. Si el estudiante realiza la operación sin asomo de pudor o mezquindad y si no se mira el dedo con asco inmediatamente después de sacarlo, es que aprovecha y puede usted gastarse los cuartos con gentileza en el zángano. En familias muy aprensivas, puede prescribirse usar guantes de fregar.

La prueba puede hacerse extensible a parientes próximos, y es válida tambien para universitarios ya granados e incluso en fase de master o doctorado, y, en general, puede servir a fines sociales. Tanto, que, visto lo visto, en algún partido están pensando, como excepción primero, pero de cara a hacerlo norma, adoptar un operativo similar para elegir líder o candidatos para cargos públicos. Con permiso de algunas próstatas. 
Sin duda es un dato alentador, que animará a más no tardar a fomentar tal tipo de pruebas en todo tipo de actividades y campos, también en las humanidades, y no precisamente porque dicha elección sea cosa de proctólogos. Que conste.  

martes, 13 de junio de 2017

Cinematontunas: sigue tu destino, Katy


María Cristina Estela Marcela Jurado García, Katy Jurado hasta hoy, jalisqueña de armas tomar, fue la primera hispana nominada al Oscar por La lanza rota –en la que sustituyó a Dolores del Río, vetada para la misma por represalias acusada de comunista en plena era macarthiana–, aunque el premio al final se lo darían  a una rubia –¿otra represalia?–, a Eva Marie Saint, por Nido de ratas. Como la vida misma. 
En su caso, no se cumplió ni lo de a la tercera va la vencida, pues era su tercera película en Hollywood, ni la supertición del mundillo de que al haber recibido el Globo de Oro, el premio gordo sería el siguiente.

Hija de una familia de la élite mexicana con ínfulas que iban desde la política a la farándula, fue descubierta en plena adolescencia por Emilio Fernández para la posteridad, si bien para el mito lo sería por el director Budd Boetticher y John Wayne, que la vieron en una corrida de toros cuando ella ejercía de crítica taurina –con lo que se ganaba la vida en USA, además de columnista de cine y periodista de radio–. y el director no perdió tiempo en invitarla a su próxima película, The Bullfighter and the Lady (Tarde de toros, 1951). Y así fue como Stanley Kramer y Fred Zinnemann, al verla, le pidieron su número a Boetticher para llamarla para Solo ante el peligro, que haría sin saber apenas inglés, y por la que recibiría el Globo.

Para llegar hasta ahí, la mujer, jalisqueña de pro, se había tenido que desembarazar, primero de sus padres, que no aprobaban su carrera, y luego de su esposo, el aspirante a actor y a escritor Víctor Velázquez, con el que se había casado a los 16 añitos para sustraerse a la jurisdicción familiar, con el que tuvo a sus dos hijos y con el que permaneció hasta 1946. Y así fue como la actriz que quería hacerse un book en Hollywood solo para ser la más grande de México, acabó siendo su mayor icono norte arriba y una grande del cine racial de La Meca del Cine. Si bien ella lo que pensaba era que "Las mujeres pueden tener una carrera, pero la verdadera carrera es ser una mujer. Es hermoso ser una mujer y dar a luz." Sobre todo si es la luz del cine, claro.