viernes, 29 de enero de 2016

Chuminadas

Yo, cuando vi la toma de posesión diputativa, con los abrigos en los asientos, las rastas y el niño de teta, fue cuando dije: “esto va en serio”. Que es por lo que ahora se retira Beppe Grillo, para volver a los (otros) escenarios, y no es ningún contrasentido; que se vayan los profesionales del drama será una lástima, pero es que estos amateurs que vienen arreando, de aquí solo a unas nóminas serán actores consagrados. Su función matinal de hemiciclo entra dentro del teatro como paradigma actual, con lo innovador como norma obligada, haciendo pasar por subversivo lo retro (el paleocomunismo vintage de la generación JASP, ya a los mandos), o esa mascarada reaccionaria por impostada de la revolución de mentirijillas. 
Todo, a mayor gloria del absolutismo renaciente de las nuevas élites (bien distribuidas en cualquier bando), y aceptada sin remilgos por el resto, sean seguidores o no. Un teatrus mundi tan virtual como virtualizado, ahora por vía internauta, lo último, esa tornaja audiovisual donde toda bazofia es escrutada y zapeada para escanearla, copiarla y apropiársela sin rubor al grito de “me gusta”.

Es la famosa guerra cultural, en que ha parado la célebre lucha de clases. La que se libra, no en el terreno económico (apropiarse de los medios de producción cuando lo que mola es repartir, es un engorro más que un chollo) y sí en lo ideológico, que el hejeredoxo Gramsci (y antes Bernstein, y Kautsky) postuló como la mejor forma de ganar la hegemonía cultural, y social por tanto, y el poder. 
Dominar pues las fuerzas de la cultura herederas del eurocomunismo (derrotado por empeñarse en declararse tal, aunque ya no lo fuera, y de lo que Podemos ha tomado nota)y sus batallitas cotidianas, las magas en vez de Reyes, Belluga por Carnestoltes, el “gallinero”, el cambio de callejero o bombardeos de memes, es apropiarse de un discurso haciendo de él un carnaval eterno, una juguesca que da visibilidad a lo secundario, lo anecdótico, lo simbólico o lo imaginario, y no a lo ‘principal’. Aparentemente son chuminás. Pero es que la ideología hoy se construye principalmente desde eso. Y la opinión es su ladrillo. La arcilla es lo retórico, el agua, su repetición, y la Red el horno donde se cuece. El fuego, aunque parezca mentira, es la futilidad, que es lo más serio del nuevo rupturismo emergente. Y cuela, oye, cuela.

jueves, 28 de enero de 2016

Porca sequía

En National Geographic había un anuncio que empezaba muy bucólico y terminaba con un tétrico “todos los años las mulas y los burros producen más muertes que los accidentes aéreos”, en lo que parecía una especie de aviso de que, por mucho que en esa marca vivan de los animalicos, no pretenden caer a su nivel intelectual. Otra cosa es que tantos años de propaganda ecológica de diseño hayan acabado arrastrojando de tal modo al personal, que hace dudar si la ecuanimidad es ya otro bichejo en extinción.
Acaso es que el declive de los recursos no sólo es el motor de la adaptación de las especies –aunque el hombre (y lo mujer no veas) es el único animal que ha demostrado adaptarse aún peor a la abundancia–; pues la escasez aguzará el ingenio, pero también nubla las cabecicas, porque sobre todo es la madre de la ruindad.
Los ejemplos están a ojos vistas en cualquier tiempo y lugar, pero hay ocasiones en que el inventario de mezquindades da para una tesis, llamando la atención una de ellas, no por peor que otras, ya que no pasaría de (interesante) anecdotario de despropósitos como ha suscitado, si no fuese por la significación social y psicológica de su trasfondo, como es esa propuesta ecologista que surge a cada gran atentado del anticiclón de las Azores contra la península, como es que no se riegue, que en nuestro entorno es casi como decir que no se cultive.
El órdago propuesto por radicales libres de tal jaez, por decir algo, se hace desde una lógica economicista que cuando menos despierta la sonrisa, por tratarse de gente supuestamente contraria al beneficio y la plusvalía, por supuesto sostenibles. Y no con ello defiendo lo del otro bando, que es de carcajada, que empiezan contestando en el mismo plan, a la simplona, calculando las hectáreas que podrían regarse sólo con el despilfarro de agua que se hace en las ciudades,  acabando rizando el rizo hasta autoproponerse como una especie en extinción en sí mismos, la de los campesinos, a la que hay que proteger y cuidar precisamente regándola.
Eso, además de postularse como los primeros ecologistas, lo que recuerda a esos cazadores que dicen que nada más matan a las perdices cojas o enfermas, como si las llevasen a un veterinario y sólo cuando éste certifica su estado terminal, les pegan cuatro tiros (hay que quemar cartuchos). Tapar las vergüenzas de la propia desnudez mental lleva a contaminar el aire con la bruma de la estulticia. Y es que todo va escaseando ya. Pero hay más.  
Estas dos posturas, que parecen absurdamente contrapuestas, no lo son tanto. El ecologismo, que por cierto recibió un gran impulso definitivo en la Alemania nazi, como parte de un complejo ideológico de vuelta al paganismo, la búsqueda nihilista del desaparecido Dios en las raíces de las esencias de lo telúrico y las frutas del bosque, y la nueva comunión tribal con la Naturaleza, no ha dejado de constituir de hecho una punta de lanza, contradictoria, en esa vieja guerra incesante contra el campo, para acabar con él como episodio primitivo para terminar de reelaborarlo a partir de la sofisticación del Estado de multinacional, como un universo maqueado, con sus matitas, sus animalicos escogidos y su falso primitivismo recurrente. En el fondo, otra segregación y rechazo de ese estorbo repleto de personas rupestres y apestosas para una sociedad cuya función consiste ahora en comportarse según una vida estilizada.
Eso explica que los agricultores, que de tan pocos parecen los buenos, puedan aparecer, en orden a un legítimo supervivencialismo sostenible, como finos objetores victimistas del desarrollismo más vil. Y los ecologistas –parecidos en su empeño a esos huelguistas que van contra el público y no contra sus empresas– se muestren como fervorosos intervencionistas económicos, una posición disparatada, pero menos si pensamos en la herencia recibida del batiburrillo histórico, que va de la revolución pendiente hasta la revolución permanente, o la permanente de la revolución, o la revolución con permanente, que en otros ámbitos, aparte de en las peluquerías, pasó a llamarse revolución cultural, la apertura de las cien famosas flores y las cien escuelas, y que insufla a no pocos seguidores de esa patraña dialéctica de lo renovable o reciclable, que el postcapitalismo ya ha hecho suya sin reservas, o mejor dicho, con las pertinentes reservas, pero de campesinos, como aborígenes de lujo mantenidos por el solo motivo de ese conservacionismo caprichoso que anima a las sociedades ultrarricas.
Lo más grave es que todo ese ruido de sables, o de legonas, o de chirucas, no hace sino apagar los auténticos efectos con que nos amenaza la escasez y que bien pronto tomarán el mismo derrotero que las de otras materias primas, cuya trayectoria alguien debería tomar como ejemplo a estudiar, tanto en lo malo –acumulación de stocks, especulación galopante, tarifas de expolio, guerras por controlar la producción, mercados negros, desarrollo desquiciado–, como en lo bueno: desarrollo de recursos alternativos, racionalización de los mercados, inversión en investigación, mejora de los consumos. En definitiva, buscar la manera de producir agua (por síntesis, por lluvia artificial, desalinización) y ponerla en el mercado con suficientes garantías de acceso. Y pronto antes que tarde.
Todo lo demás es desviar la atención del encumbramiento absoluto de la golfería, el abuso, el sectarismo y la postergación ad infinitum de los zapes de la cola de renegados oportunistas que suelen traer los negocios de la escasez.

Mientras tanto cada equis tiempo el puto anticiclón de las Azores se te planta ahí en medio y te seca los tuétanos, y hale, a practicar el deporte más aplaudido por los poderosos y que más gusta a cualquier damnificado de este mundo: echarle la culpa al damnificado de al lado y enfrentarse con él. Vamos, que si los ecologistas, y parafraseando lo de las mulas y los asnos, en su afán por salvar ciudadanos acabarían con más agricultores, a buen seguro que los que se cargan los accidentes aéreos –aunque hoy hay agricultores que vuelan mucho y muy alto–, nadie nos garantiza que, para preservar el negocio, otros no acabarán también con ciudadanos, burros y mulas, ecologistas incluidos.

jueves, 21 de enero de 2016

Papel caliente

Que la prensa murió hace tiempo todo el mundo lo sabe. Bueno, o no lo sabe, porque no lee la prensa. Y escribir en ella es como hacerlo directamente en la piel de un cadáver aún sin encuadernar con el sudario. De todos modos, faltaba el certificado de defunción, aunque fuese retórico, el cual ahora nos llega por partida doble. Así, el último número de Playboy, de primeros de año, será también el último en incluir un desnudo de portada. 
Ante este hito, su director ha declarado que “la desnudez era provocativa, pero ahora es algo pasado de moda”. Que no sé si habrá sido la causa de haber elegido precisamente a la muy demodé Pamela Anderson para llenarla (la portada), pasando así, irónicamente, a la historia, icónicamente, claro, a sus 48 bien posados (en diferentes posturas), y tras haber pasado ella misma hace tiempo a los anales (perdón, se me ha escapado), aunque eso no importe en realidad.
Pero el palo definitivo es que la revista Penthouse dejará de publicarse en papel. 
No se trata de una victoria más del Ejército de Salvación o de la Liga del Cilicio, no, sino pura supervivencia, en ambos casos. Se trata solo de atraer marcas que no se anuncian en el porno blando, una vez visto que los aficionados al más duro, si es que lo hay, ya no se la cogen ni con papel de fumar, ni con ningún otro, pues el porno ya no juega en el papel ni su papel de siempre. Algo tan definitivo como definitorio, pues porno y periodismo nacen juntos, son gemelos, casi dos hijos siameses de las artes gráficas, separados ahora por la revolución audiovisual y otras. 
Y el porno blando se ha ido con otra, concretamente con la mujer, para feminizarse y transformarse con el empleo de formatos como Gran Hermano, un subgénero casi exclusivo para mujeres, como la mayor parte de la ficción, que visualizan el sexo y las pasiones al modo emotivo, indirecto o sublimado, y no desde lo carnal, que es el formato más acorde con la percepción masculina del sexo, y la manera en que el porno se verificaba social y culturalmente hasta aquí. 
Así que el nuevo porno blando, ya morigerado, pasa de su viejo público masculino, y ya no pasa por el offset (que no es ninguna perversión, aunque, bien mirado, sí). Y no porque las mujeres no sean leídas, sino porque al maldito Cillit Bang no le sale de anunciarse en el Penthouse. Pero eso ya es otra historia. 

lunes, 18 de enero de 2016

San Antón, nuestro patrón


El otro día me dieron ganas de ir al Santo. Llevo yo un tiempo flojucho, y siempre es mejor que ir al veterinario, porque al fin y al cabo por lo menos te ahorras la farmacia. Pero luego, cegado por mi parte humana, la muy sublime, rehusé. Y es que uno es muy espiritual y, por paradógico que pueda parecer, eso incluye no visitar demasiado a los intercesores… ajenos. Veamos.
Si hay un santo maltratado hoy en día, ese es San Antón. Por protector de las especies, de la vida animal en su estado más somático con el único fin de procurarse la felicidad para sí y para el Creador mediante la mera realización de una serie de funciones corporales con más o menos estética. Si esto es así, este santo debería figurar en lo más alto de las adoraciones y ser proclamado Patrón de la Posmodernidad. Y si los modernos fueran consecuentes, después del pádel, sauna y cremas (el café, copa y puro de antes) irían a comerse un kilo de dátiles al asilo, a dar gracias por sentarles tan bien los vaqueros. Pero ya digo que no está el foro para preces.

El hombre, ahora, más bien se dedica a reabsorber las múltiples potencias derivadas de especies inferiores, en su carrera espiritual fundamentada en la rara profundidad de elevar ciertas vísceras a una categoría superior, como hacen esas tribus que sorben la sesera de otros para enfundarse su ánima.
Así, para ir superándonos, se quiere trasplantar órganos de cerdo. Directamente y no por la boca como hasta ahora, supongo; con que nos asimilaremos más in person y rápido a ese animal de tan apreciadas cualidadades ya iríamos bien servidos. Y de paso nos ahorraríamos un colesterol.
En otros casos se adoptan perros, para su emulación –algo que ya se está consiguiendo– y aprendizaje de sus célebres facultades animales en estado salvaje de honradez, nobleza, fidelidad e instinto maternal, como ya demostrara la loba de Rómulo y Remo, a cambio de alguna cualidad nuestra que les trasferimos, para que vayan haciendo bocacomo los celos, aunque luego pase lo que pase. Obviado lo cual, el balance puede ser hasta positivo.
O incluso, en el afán recuperacionista de lo animal, se echa mano hasta de seres prehistóricos desaparecidos para dar color o enjundia a la política y adornar la miga social simbólicamente en siglas, escudos, etc, como es el caso español del pterodáctilo. Loable afán.
De manera que los animales nos sirven para todo: para buscarnos y para aborrecernos. Y con su posesión adquirimos algo así como un cupón de la cartilla de racionamiento en que se ha convertido el planeta. Total, para luego usar y tirar...
Y como eso no es a lo que se refería el Génesis con lo del dominio de las bestias, más de uno se anda preguntando ya, a razón de quién a aprendido más de quién, si el hombre de los animales o estos del hombre, si el mandato divino no debería haber sido al revés: “Andad y coméroslos por los huevos”.

Claro que entonces, la historia hubiera cesado en la más remota antigüedad y no habríamos conocido ni la modernidad ni sus postureos ni sus escaparates. Aunque, eso sí, San Antón habría sido un santo de los vencedores. Y los animales, los modernos.

jueves, 14 de enero de 2016

Eunucos


Tras el numerito del niño los de Podemos se habrán quedado bescansando. Solo faltó que fuese niña. Eso habría sido ya la hostia. Todo un plus. Ahora estaríamos hablando de sexismo infantil, además del que estos días se viene denunciando desde ciertos sectores y del que son víctimas las nuevas madres de la patria (la entrada de la mujer en política tiene también ese peaje): que si vaya peinados, que si para ser radical no hay porqué ser tan feas o si están buenas seguro que son putas. Comentarios formales que apenas encubren su carácter ideológico, pues la estética es la boca por donde cada pez respira y muere.  Amén de cierto primitivismo.
En las sociedades con más años de oficio, sin embargo predomina la otra cara o pose con que se enmascara lo mismo: el buenismo hipocritón a ultranza. Hacer como si no. Silbar, mirar para otro lado (habrá que oírlos en casa o en petit comité). Y aunque aquí vamos mejorando, pues ya estamos más preocupados por el terrorismo global que por la violencia machista, los nórdicos es que se llevan la palma, como vienen demostrando últimamente. 
Manos fuera...
Lo de las hordas musulmanas tocaculos y restriegacebolletas  en Alemania (si no quieres morir en Estambul, quédate aquí a que te toquemos el bul), y la poli, achantada, sin cantar, ha hecho que se desvele que en Holanda y Suecia hace tiempo que hay un acoso similar, una movida parecida (y unas ciertas masas movidas), incluso con violaciones y embarazos, todo, muy bien tapado por las autoridades. 
...o manos arriba.
El hecho de que mucho refugiado pichabrava haya arribado como mano de obra barata por un efecto llamada; el que semen retentum venenum est, o que la jodienda no tiene enmienda, puede dar un tinte morboso al asunto y a caer en el tópico de si, con tanta mano larga, además de un déficit laboral en esa parte de Europa no habrá también otro sexual. 
Lo cual nos llevaría directos a la pornografía, y a esa superioridad sexual que las sociedades confieren a los que consideran inferiores. Los nórdicos a los mediterráneos, estos a los árabes, y estos a los negros, etc. Así, el culmen del porno, desde sus inicios, es un negro con una rubia (y si puede ser, ama de casa). Es como, de una, se transgreden todos los tabúes. 
Y algo habrá de eso en este caso. Pero tanta discreción, por no decir secretismo hasta de las denuncias (menos de las debidas o esperadas) da que pensar en esa obsesión occidental por no ser malos, el miedo a la etiqueta facha y el vamos a llevarnos bien (y si hace falta os dejo a mi mujer) como sea, para redimirse y limpiar la culpa de los muchos pecados cometidos, que tanto condiciona nuestra relación con los “otros”, y que solo ilustra lo podrido de todo, y que si ellos actúan así es que lo saben.