sábado, 30 de abril de 2016

Camino de vuelta (y media): Buscando un papel en la historia

Aun a sabiendas de que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años (entre 1973 y 1987, aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.

El engendro


...Poco tiempo antes habíamos iniciado conversaciones con los enviados Pteneros, que vinieron de La Mancha dando un rodeo desde Murcia, en una carambola muy típica del misterio y oscurantismo que acompañan a la conspiración,

lunes, 25 de abril de 2016

Agenda oscura

La mayoría de los pobres disponen hoy día de un aparato con agenda electrónica incluida. Solo que la llevan vacía. Si algo caracteriza al paria de hoy es una agenda virgen. Yo mismo creo que tengo una. Pero no sé ni dónde para.

jueves, 21 de abril de 2016

Lectores


A cuatros siglos de Cervantes la clave de publicar sigue siendo tener la edición vendida de antemano.

martes, 19 de abril de 2016

Decoración

La principal filosofía de vida hoy es la de hacerse el tonto, muy ligada a eso tan de moda de la inteligencia psicológica

domingo, 17 de abril de 2016

Lápida refrán

Normas para formar gobierno:

El primero, fue a santiguarse y se sacó un ojo, y el segundo, a la Virgen, salves y a los Cristos, credos, pero los cuartos, quedos.

jueves, 14 de abril de 2016

Esterilizados

Mi admirado Albiac, fiel a su afrancesamiento ilustrado y al olor de los lodos, miasmas y marrones fruto de esa norma que pena con requisas brutales y hasta robo descarado de la pensión, a perceptores empeñados en insistir activos en el trabajo intelectual del burrapateo y afines tras acceder a su postrera condición de limosneros de pro, ha ido a soltar una boutade y ha acabado profiriendo lo que en manchego se dice gorrumbada, pues, aspirando a una salida del tiesto llamativa por ingeniosa, ha conseguido una sentencia jactanciosa del copón al decir que la norma “supone la esterilización de los que se dedican a la escritura”. 
Lo cual, aunque se agradezca por lo que toca, es mucho decir. Y no solo por los que hace mucho andan estériles, unos de motu propio, bien por serlo de nación (independientemente de ser vascos, castellanos o catalanes) y no darles mucho más de sí el juntaletras, pese a su mucha palabrería; bien por haberse hecho hace tiempo ellos solicos la vasectomía literaria (o ligadura de plumas, o vasectosuya, ellas). Por lo cual resulta al menos pretencioso culpar a la capaora administrativa de la falta de elam vitae de que adolecen sus tinteros. Que no es su caso.

Adivinar el escritor paniaguado
A no ser se refiera a otra cosa, la de siempre, el ungüento benéfico como objeto oscuro pero clarísimo del deseo de todo aquel que anda a la greña negro sobre blanco, la mayor parte de los cuales se quedan en lo último, o alpiste. Pero hay quién no. Que es de los que habla me temo, el mentado vocero. Muchos de los cuales (no todos, gracias a las musas) dedican su asueto, que no jornada laboral, a crear para la principal correduría y también compradora de sus productos, y sobre todo mayor pagador, que es la administración, que en su mejor (o peor) calidad de gestoría de clases pasivas y activas, y por activa y por pasiva gran gerente del gremio, les contrata para reconocer servicios, premiar lealtades, con ayudas, conferencias, tribunales, lecturas, colaboraciones o fotos, para mayor solaz de perplejos. 
Es la ayudica, el sobresueldo paniaguado que revive (si es que murió) la gracia del aquel señor benefactor avalista del escritor que, biennacido, le hacía el elogio previo (y que ahora es permanente). Y si los esterilizan, ¿quién escribirá? Pues los pobres, los que no trabajamos ni por la costa (por ser de interior). Y es que este Montoro es mejor que Lenin.

martes, 12 de abril de 2016

El amante de bolsillo

El tabaco es una de las formas de amor más baratas, dado que sólo cuesta la salud. Amante bilabial, se comporta como un dogal de seda que te rodea con su voluptuosidad mimándote el bronquio, hasta que te deja.

jueves, 7 de abril de 2016

Venezuela

Nuestros mejores estudiosos, que suelen ser de más allá del Ebro y los primeros precisamente en aludir a los de más acá como españoles, saben que, al igual que las putas finas suelen tornarse monjas recatadas de falsa clausura, los pelagatos más renegados suelen aparecer como los mayores salvapatrias.

domingo, 3 de abril de 2016

Camino de vuelta (y media):El pasado nunca muere


Aun a sabiendas de que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años (entre 1973 y 1987, aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.


El Pena. Apuntes para un retrato

...A este respecto, hay que recordar que el gobierno de Arias Navarro, la secuela de escuela franquista de sus apologetas o postfranquismo propiamente dicho, era mucho peor que el auténtico, por el miedo precisamente y la poca confianza en sus planteamientos y en su futuro, que les hacía parecer una cuadrilla de podadores haciendo leña, lo cual, en pleno 1976, con una nueva generación de menores de sangre caliente y fácil en la calle, con una herencia cerebral mixta de Led Zeppelin, Che Guevara y los campamentos de la Oje, facilitaba el ojeo y alistamiento para la proeza adolescente como rito de paso de lo salvaje a la civilización en plena reforma por traspaso del negocio. 
Así que no fue extraño que la Joven Guardia Roja, con un modelo de actuación directa y escasas letras (salvo alguna de Paco Ibáñez), mucha foto y poco pie, aspirantes a la revolución cuché o al menos en cuatricromía, concitase por sí sola el ánimo encendido de una pluralidad quizá excesiva de jóvenes rebeldes, en su mayoría consigo mismos, para desgrasar y poner en práctica a toro pasado lo del imposible categórico sesentayochista, y que los iba a hacer convertirse en el vivero de pesca del partido, a pesar, o gracias a que eran una organización autónoma –de hecho funcionaban ya, con dirección murciana, cuando el Peté echó a andar ese año–, a la que habían dado suelta casi por libre como una ganadería cimarrona y a su aire, hasta engordar lo suficiente para después echarle el lazo y ponerla a servir, al pueblo, naturalmente.
Inmediatamente después de la formalización del partido, empezamos a colaborar con los miembros más activos (de la Joven Guardia Roja), a alguno de los cuales, como el Beibi o Pena, ya conocía de vista cuando apenas tenían diecisiete años.
1973. Juan Miguel, Maxi y el bloguero, antes de salir a emular
al Che, pero sin salir de la provincia, entonces igual de remota.
Maxi, Chacón (Juan Miguel Velasco) y yo hacíamos una de nuestras rutas Por la sierra en moto, como así titulara La Verdad los reportajes de estas excursiones patrocinadas por la delegación  de Información y Turismo de Pío Cabanillas en tiempos de García Carbonell, quien, cada vez que íbamos a verlo a repasar algún detalle, siempre nos decía, con su mano sobre alguno de nuestros hombros y con cara de circunstancias aquello de “ya veréis cuando vosotros cojáis la antorcha…”, que no sé si quería decir que hasta que no la lleváramos no veríamos un pimiento, o que cuando al fin viéramos nos íbamos a enterar de lo lindo, o las dos cosas.
El caso es que estábamos acampados al pie de los Chorros cuando se presentaron el Beibi y algún otro vestidos de montañeros con los restos de serie de la planta de oportunidades de la Organización Juvenil, recién bajados de la cueva que trataban de sondear.
Maxi y el Beibi habían sido condiscípulos de COU, lo que dio pie a que los visitantes se quedasen a curiosear el espectáculo de Chacón cantando siguiriyas desencajadas, un nuevo palo del flamenco que no llegó a cuajar, conmigo de guitarrista farragoso.
Aquello les chocó, claro, y a cualquiera, nos ha jodido. Pero el Beibi, que se dio a conocer, nada más verle, como culo de mal asiento, al momento ya le estaba picando –o sería la llamada lobezna de la luna, que tanto le iba a chulear el hipotálamo–, y bastó que apareciese el Pena de entre lo oscuro, reclamándolos con su eterna vocación espeleológica hacia la caverna, sin pararse apenas a alternar, avisando así del jinete en ciernes del Pony Express que ya era, para que salieran cortando trocha arriba hacia la boca de los Chorros donde pensaban pernoctar, detrás de su ser hecho de prisa sin el menor sosiego para pararse a pensar dos minutos seguidos en un mismo asunto. 
El Pena, en una movida de los 80 y muy propia,
        de la Asamblea de Parados. Obsérvese el grupo
        de observadores de detrás, parados, obviamente.
Treinta años, conversiones, reconversiones, regomeyo y dosis inducidas de forzada y dubitativa autoestima después, la leyenda urbana que acabó siendo le iba a absorber su propio ser infundiéndole en cambio un personaje en el que al principio a duras penas lograba habitar, pero al que finalmente se agarró integrándose en él, como héroe del radicalismo más trasnochador que trasnochado, de palmadita, piropo, jaleo y sublimación insatisfecha que en él depositaba sus marchitos sueños, y tal vez como mito portátil para los más inocentes, hasta el extremo de acabar creyendo en su propia leyenda más que en sí mismo, de quien fue gradualmente desprendiéndose según la enfermedad se le apoderaba y más tenía que demostrar, en funciones de tarde, noche y madrugada frente a propios y hasta extraños, que él podía, primero vencer, después soportar y a la postre afrontar su destino oprobioso con una valentía como si nada, como un actor del método, como bien pondría de manifiesto en la planificación de sus propias exequias, la escenificación de su extinción, y hasta la dirección artística del montaje funerario, con la música, los textos y el decorado deseados, incluida la compañía.
Eso se llama asumir un personaje hasta desaparecer en él y transfigurarse –para lo cual primero hay que convertirse en transido de uno mismo– dejando así atrás la propia vida como la camisa una serpiente metamorfoseada –y utilizo este símil a conciencia, por considerarlo mejor, aunque francamente menos lírico que el de la crisálida, y contra el maniqueísmo con que nuestra tradición nos ha afligido con el mito negativo sin causa de la sierpe–, para integrarse en ese universo maya de los no creyentes mitad ecologistas, mitad cienciológos, budistas, naturalizantes, transmigracionistas y yo qué sé cuantas cosas más que en la mente de un ser tan acelerado podían darse cita.
Imagen muy identificativa de la época, aunque decadente, de
esplendor de la transgresión, ante el Gobierno Civil y la mirada
atenta y divertida de policías y autores de la performance.
Así es como desapareció como persona hacia el reino de las cosas, siendo la única que yo haya conocido que, aprovechando la muerte social que sucede y precede a la más auténtica todavía, al enrolarse en la propia leyenda en vida generada de sí mismo como un producto de consumo espiritual, se apuntó a la tarea, les echó tres manos, como siempre, y se automitificó, pienso yo que sin llegar a cerrar de forma positivista el ciclo que Kübler-Ross estableció para cualquier moribundo ya sea del montón o con pedigrí, por el cual al final de la vida, un paso antes de cruzar la meta, todo el mundo se reconoce como animal humano, pasa de todo y se entrega al cosmos importándole tres cojones que después de hacerte plop el cerebro te canten el Oh, Susana o Els Segadors.

Y si bien dicen que al final toda tu vida te pasa por la mente, la suya llegó a representarse como una sucesión tal de proezas para un público ávido, que sustituyó definitivamente por una realidad que creo siempre le fue muy poco gratificante, en un esperpento ciertamente embrujador para hacernos el obsequio de una existencia entre la fantasía, el virtualismo y la crudeza, en que se mimetizó desidentificándose de otras posibles lecturas tal vez más auténticas, pero no tan plausibles, quizás su más buscado regocijo, de cuyas mejores muestras no disfrutó por estar ya bien muerto, reencarnado ya como un paliativo social, algo –lo de paliar– que el Pena no sé si habría aceptado, pues si hay algo anterior a los mitos y por lo tanto permanece con nosotros tras la muerte, son los males que aliviamos con ellos para seguir juntos. Aunque eso en realidad a quién le importa ya, cuando muchos se dan todavía con un canto en los dientes sólo con su recuerdo, para ellos el mejor placebo y bastante para su rememoria.