domingo, 28 de febrero de 2016

Lápida


Normas para formar gobierno:
Todo lo que puede ser dicho también puede callarse. ¿O era al revés?

jueves, 25 de febrero de 2016

Coprofagia

García-Page (Don Emiliano), que lleva más de media vida subido a un coche oficial, sin contar los taxis (a este paso supera a Martín Villa, don Rodolfo), ha dicho el otro día que al PP aún le saldrá más basura próximamente. No reveló sus fuentes (o manaderos), pero en lo que son alcantarillas, se le supone puesto, aunque menos que su padrino, tan calladito últimamente, su tío más que primo de Zumosol y dueño que fue un trienio del CNI, esa especie de FBI de tebeo de Bruguera y aún así el mejor seguro de vida de cualquier político carpetovetónico (carpeto, por lo clasificado). 
Lo cual no es descubrir gran cosa, habida cuenta que este, como todos, es un país de mierda. Solo que ahora estamos en pleno periodo coprófago, y con el calentamiento global huele más. Además de que, dada su abundancia, podemos seleccionarla, y si en plena crisis luce más bonito y sabroso lanzarla a los presuntamente ricos, también resulta que bajo tal cúmulo de linchamientos de mierda, se oculta, a sabiendas o no, y también por las supuestas izquierdas, esa otra mierda menos exclusiva, de peor olor y menor trazabilidad y calidad organoléptica, que no se come lo que se dice un kiwi y apenas despierta el olfato periodístico, embotado con la caca del papel moneda.

Así, enseguida se ha tirado de la cisterna, al ver esos 3.500 millones de € al año en horas extras no retribuidas. Y eso con 2 millones menos de currantes que en 2007. Un aumento del 12%, que quiere decir que el trabajo ha perdido, entre salarios y coste de la vida, al menos un 20% de lo suyo. 
Eso es lo que yo llamo mierda de calidad tirada a la basura de las papeleras mediáticas, en pro, por ejemplo, del comité de sabios pedido por Margallo (ministro de Exteriores, nunca mejor dicho), propuesta mucho más cool, trending y hasta hipster, dónde va a parar, para precisamente evacuar consultas y excretar como es debido algo digerible para las masas en cuestiones de mierda. 
Mientras tanto, la corrupción empuja al país, hace subir el PIB, la gente lo apoya en las urnas y es el signo de identidad nacional (incluida Cataluña), y hasta hace bajar, según creo, el consumo de viagra. 
Así que, como el mismo CSIC está investigando muy higiénicamente, por lo visto, las heces curan. Y si no, al menos hacen olvidar que no es que estemos haciendo limpieza, o regeneración, y no digamos ya que el grueso(intestino) de los españoles nos hayamos convencido de que también nos puede ir bien con el culo limpio, sino que todo esto que nos pasa no es más que otra falsa catarsis de mierda en toda regla. Y no precisamente de la virtual, sino de la buena, buena.

Lápida


Mariano y el dicho: 
No olvides, que te espero; no esperes, que te olvido.

martes, 23 de febrero de 2016

El dilema o leer o no leer

Aquel hombre no sabía que la poesía es un arma cargada de futuro. No era muy leído. Los tebeos del Capitán Trueno no solían incluir ese tipo de cosas. Si su prota las hubiera  dicho, entre eso y la escasa caña que metía a la Ingrid, habría sido la risión, el moño de la moñería, y no estaban los tiempos para relajaciones.
Fiel a su personaje favorito, los libros siempre le habían resultado igual de heavies que al Trueno, lo que no obstó –o dio lugar a ello, quien sabe–, para  que alcanzase una posición desahogada en la vida.
Un día cayó malo, no por lo anterior, o sí, quién sabe, y le dio por leer. Le gustaba, como el que vuelve a un onanismo perdido y se asombra de las magnitudes de una resucitación carnal insospechada; con el deleite del que se disuelve en lo que siempre creyó vicio patológico y resulta que le encanta.
Como es lógico, empezó con noticias, cogiendo tales colocones de nuevo periodismo que recitaba rítmicos nocturnos con lo último de lo último de la actualidad:”El ministro retomó...sobre la cumbre de París..., cien acciones a la par..., lubina y un bufé frío”. Y eso que no sabía de poesía. Quién sabe. 
Y con este poderío pensaba que para escribir todo aquello no había que estudiar. Y llevaba razón. Así es que pasó a los comentarios, crónicas y demás reductos de la quintaesencia de la malaleche y, como tenía buenas sensaciones, que por lo visto era lo principal según los futbolistas y otras personas importantes en temas lingüísticos, pues, aunque se le escapaban algunos insultos entrelineados y no entendía muy bien las hipérboles de sentido con que rajaban contra quien les pareciera, su experiencia le decía que lo harían sin duda guiados por el sacrosanto interés general... de sus bolsillos, o quién sabe, de nuevo, no mereciendo la pena adentrarse en tal quinta de columnas.
De forma que, buscando los formatos más excelsos, y aún con aquellas buenas sensaciones a pesar de todo, se fue a la guinda de artículos, cartas y editoriales que creía la crème de la pomada, la lírica del papel bobina.
Desconcertado, observó que algunos no se diferenciaban del estilo desharrapado del reporterismoy, más desconcertado aún, que otros, los que más pinta tenían de interesarle. Sencillamente, no los entendía. Se quejó a la vecina, a un primo abogado que no sabía de qué le hablaba, a un ingeniero –que él creía el rienvaplus– completamente analfabeto, y a su médico de cabecera que ya iba a echar mano del vademecum. O quién sabe (otra vez, hay que joderse). Todo, por no atreverse a mandar una carta al director. Hasta que por fin se encontró con uno de los autores de aquellos trabalenguas que eran para él como una moza esquiva, al que le preguntó cuál era el lenguaje de palabras tan rebuscadas en el que estaban escritos los jeroglifícos de su pasión y muerte, que le sonaban como algo lejano, conocido y recóndito a la vez, como esas nanas viejas que vienen impresas en los dientes de leche, o quién sabe (¡).
El autor, halagado por aquella preocupación sintáctica y morfológica de un viandante, respondió que simplemente se trataba de palabras castellanas y que lo rebuscado no era más que el intento de decir con propiedad, concisión y claridad... y un poco de gracia, las cuatro cosas que discurren por cualquier cabeza, o quién sabe.(Sin solución)

Pero al contestarle el lector que si la cosa era por cuestión de propiedades, él también tenía, se calló. Y cuando preguntó si los libros también eran así, ya le respondió que algunos y que los más imitaban cada vez más el lenguaje adulterado de la televisión y la prensa, que era el único que la gente conocía, sugiriéndole al despedirse que no se molestara y sólo viera la tele, como todo el mundo.
El aspirante a lector cubicó para su coleto que si no entendía ya el viejo lenguaje en que precisamente lo habían criado y que lo que sí entendía venía en otros que no eran el suyo, qué coño hacía él leyendo, de dónde venía y a dónde iba con los calcetines sudados, o quién sabe (¿Lo ven?)

Y por culpa de aquel maldito escritor, el aspirante a lector jamás vio un libro, con lo cual nunca supo que si la poesía en particular es una arma cargada de futuro, la literatura en general es otra pero cargada de pasado. Y así, para poder dejar de leer, no tuvo más remedio que quedarse en el presente y curarse, que es el único milagro conocido de un coleccionista de artículos. Que se sepa. O quién sabe.

Lápida


Podemos acepta C’s como animal de compañía. ¡Más condones! ¡Es la guerra!