lunes, 27 de febrero de 2017

Ese trío La, La, Land. ¡Hele!

Las primarias socialistas bien podrían hacer oficial esta vieja canción que está arrasando con el particular Trío La, La, Land, que lo dice casi todo. Aunque la de Susanita tiene un ratón tampoco es moco de pavo. 

El trípode


No es casual que La Biblia siga siendo el relato, cuento, historia o lo que sea, de más éxito de la humanidad. Ese cóctel, cual perfecto gintonic, mezcla en dosis misteriosas pero de resultado ideal, sexo, violencia y humor. Algo que solo fue posible escribir y asimilar en épocas en que esos elementos eran vistos consustanciales al hombre por naturales. Cosa que ya no. 
La cultura, o la civilización, han destilado un individuo procesado que debe exorcizar la violencia para delegarla en el estado y asumir el sexo como estrategia de socialización. La ficción, sobre todo la audiovisual, sirven para eso. Sin embargo el humor, incluso como fuente de anticuerpos, apenas se da junto con los otros dos, sino más bien en discursos aparte (comedia) y muy depurado y artificial, pues su solo concurso convierte a un dúo de lo más llevadero en trío conflictivo. Y eso en la ficción.
En la vida real, si es que existe, el humor es un sospechoso habitual muy cuestionado, con un interdicto más o menos velado que empieza a pesar sobre muchas de sus facetas. En todos los campos salvo en uno: la política, el único que puede conjugar esas tres claves del relato vital sin riesgo de prohibirse por políticamente incorrecto, al ser un paradigma en si mismo y ser su alternativa sencillamente la guerra. No es que todo valga, pero casi. Trump, LePen, Podemos, Grillo, por todas partes los únicos con patente de corso para el cachondeo, la guasa borde, la broma pesada, la golfería hilarante, el sarcasmo más vil y hasta la sátira, con discursos preñados de sintaxis sexual y vocabulario violento, son los políticos. 
Del mismo modo que sus consumidores, en cierta reciprocidad, quedamos también en cierto modo aforados para permitirnos ese mismo trato con la política, convertida ya en reality y sus actores en personajes –los de la Casa Real son una especie de cruce entre ambos: políticos y famoseo, por bien ganados méritos propios–. El animus iocandi con que legalmente puede eximirse de pena el trato satíricosexualviolento de lo político, así lo prueba. 
Y es como debe ser. De ahí el éxito todavía de la política, pese a todo, como sumidero, terapia y catarsis. De modo que si en la tele no hay ya humor solo es porque ya lo hay, y bastante, en la vida cotidiana, donde, de momento, aún no está prohibido. Y, la verdad, donde se ponga la realidad, que se quite la ficción.

viernes, 24 de febrero de 2017

Camino de vuelta (y media). 23-F, el día después

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.



El enseñante enseñado

Al día siguiente del día 23 de febrero de 1981 todo estaba en ese mismo viejo orden con los típicos arrugones de una mala noche, que una buena capa de maquillaje y de rutina enseguida ayudarían a camuflar. Arranqué el coche de la escarcha y acompañé a mi padre a la Residencia a revisarse los achaques.
Las consultas estaban repletas, y la gente, mucho más pendiente de sus averías que de las del país. Se palpaba el comportamiento indiferente y resignado, la misma tragedia cretina cotidiana que en pleno franquismo. Por mucho que unos días después tuviese lugar aquella manifestación con sus frases grandilocuentes, la cabeza de Jano de las masas patrias seguía fiel a sí misma, contrita en medio del olor a carne de cañón inapetente. De su propio olor. Y fui consciente de que el golpe hubiera triunfado sin ninguna dificultad, respaldado por el tedio. Y eso que los déspotas llaman pueblo, y los más listos de ellos conjunto social.
Fue esa mañana cuando pensé, en aquella consulta de la vieja Residencia que, por mi parte, les podían ir dando a todos por donde amargan los pepinos. Si me quedaba alguna capacidad de sacrificio universal, esa noche había consumido el último gramo. Y desde entonces pienso que todos los que lo hacen sin cobrar, es porque o llevan liebre, principalmente de recuperar con creces lo invertido, o por puro romanticismo, que aún es más peligroso, aunque por suerte estos son mucho menos numerosos.
Otra conclusión fue que es muy difícil escapar al propio destino, que es el compendio de circunstancias, modo de ser, comportamiento y fantasías que te impiden hacer de otro que no seas tú, haciéndote ver que no hay dónde huir si no es fuera de uno, y aun así siempre recalarás en otro tan parecido a ti y tan dependiente de la suma de todos que es el estado, como otra parte alícuota tan insignificante y sujeta por el engrudo que a todos nos hace únicos y víctimas del todo, que no merece la pena sino quedarse.
Muestra de algunos de los chistes que se publicaron en la prensa a día siguiente del golpe.
Por ejemplo, Juan y Concha, se habían instalado esa noche con los niños en casa de Maxi junior, que aún no los tenía, y que con su bien ensayada pose de serenidad y temple, podía levantar el ánimo a quien no lo conociera, aunque supongo que todo se reduciría a darse compañía mutua, como todos, en noche de relámpagos. [Inciso: la verdad es que, de haber pasado algo realmente, la policía no habría tenido que hacer grandes movidas, pues salvo algún enaltecido por la aventura, en la locura de la huida, todos habíamos acabado más juntitos que las ladillas, atrapados por esa suspensión de la falsa línea pasado-futuro, pues la voluntad y capacidad de huir de situaciones límite se ve anulada por la de la búsqueda fatalista de un entorno favorable a la mejor gestión del duelo, aceptado de antemano, que supone en realidad la cercanía de la amenaza de la propia integridad. Por eso los depredadores lo tienen tan fácil, pues raramente sus víctimas no colaboran con ellos como última posibilidad, si no de salvarse, sí para pasar los últimos instantes con quien te procure el postrero bienestar atávico –que no sé si será libertad–, de elegir perderte para siempre pero en comunidad, junto a quienes prefieras, como último deseo satisfecho de cualquier condenado. Y además, como era martes, sin poder embarcarse y ya casado, ¿dónde ibas?]
Dichas todas estas sandeces, por la tarde me di un garbeo por la sede, pero sin ánimo de estacionarme. Y al verla tan gris y fantasmal, sin ninguno de los habituales, apenas los cuatro abuelos contritos de fascismo (aún en vigor, por lo visto y vivido), decidí posponer mi vuelta al día siguiente jueves, que otro que tal, pues todo había quedado suspendido, supeditado a la manifestación del sábado, la gran demostración de masas que iba a ser el lifting que la transición venía necesitando después de años de meros avíos, apaños y lavados de cara para evitar, con la excusa de los ineludibles efectos traumáticos de toda operación quirúrgica, la ruptura con el viejo régimen inconcluso preconizada por un sector importante de la sociedad, y evitada precisamente por los mismos que ahora invocaban la voluntad finiquitadora de las masas. 
El 23-F como escena de última hora empastada en la muy morcillera obra de la transición, iba a dar definitivamente el espaldarazo a la democracia concertada, zanjando de una vez tanto las aspiraciones de la reacción como de la vanguardia democrática, equiparándolas de hecho, estigmatizadas y censuradas por igual por el diabólico efecto de la catarsis y otras manipulaciones, sellando indefinidamente el paso de cualquier intento de poner en marcha una democracia decente.
Febrero, el Pluvioso del calendario revolucionario
–lo (poco) que habrá llovido desde entonces–,
fue el punto final de lo que hasta el día antes
dábamos por sentado que acababa de empezar.
Teoría de la relatividad en estado puro.
Estaba claro. Aquello era el telón. Y aunque algunos ya sabíamos que la historia es un banquete de sapos, no dejaba de ser asqueroso y encima había que estar contentos. Pero, si tenía oportunidad, a mí no me iban a pillar, ni en la manifestación ni en sus postrimerías.
Yo estaba iracundo, por un lado contra mí por haberme autoengañado al elegir aquel partido como la mejor opción para conciliar egoísmo y cambio social, sin querer ver su incompatibilidad; y por otro por la condena a la pena capital de un cambio real que iba a andar errante durante años por el corredor de la muerte hasta ser ejecutada a plazos por los gobiernos de González. Con él, la democracia, como en esos matrimonios amañados, no perdía una hija sino que ganaba un hijo, y, de paso, un tendero para llevarle el chiringuito. 

Faltaba pues, muy poco para el despido (¿improcedente?) de los que se habían descornado en llevarla hasta allí, darles las gracias por los servicios prestados y dejarlos en la estacada. De modo que, ya metido en el berenjenal, y como desandar la senda era un suicidio tonto, decidí tomar nota de aquel anuncio de certificado de defunción y arrostrar la situación tan consecuente, cínica y descreídamente como las musas me dieran a entender, para salir de tángana de todo aquello a la mínima oportunidad, pues si una cosa tenía absolutamente diáfana era que no podría soportarlo a largo plazo. Y eso, al mes de instalarme de aparatchik y a apenas ocho de tener el carné. 
Pero si yo era consciente de estar indignado, aún ignoraba que además era estúpido, soberbio e imprudente.


 El estirón del enano
Si yo hubiera sabido todo eso, me hubiera evitado en lo posible lo que años después, cuando pensaba haberme desaturdido de la manera más cívica, indolora y honesta que yo creí para todos, de las ataduras políticas, se me vino encima como si en mi despedida a la parisién me hubiese llevado el brazo incorrupto de Pablo Iglesias para venderlo a un anticuario calé, en una atención a mi persona que yo siempre he visto excesiva e ininteligible, quizá por considerarme un don nadie; sin darme cuenta de que el sectarismo es lo que más magnifica, a través de la tiña, la fobia y la inquina irracional, a cualquier enano que por el hecho de no estar con ellos está contra ellos. 
Y ése era yo. Un enano crecido. O mejor dicho, que iba a ser, porque en aquel momento no era más que un pringado dispuesto a no seguir siéndolo, ni mozo de cuerda, ni engrosar las filas de tanto sobrado como se congregó ese sábado para pedir por fin una democracia no en condiciones sino de cualquier manera. Que fue lo que se consiguió, y a la que le podían dar mucho por el culo. Así es que decidí echarle cara al asunto, ir a lo mío, y mientras, dar la razón a todo listo viviente.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Camino de vuelta (y media). El golpe

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.


Sic transit

A mis veintiséis años, yo estaba contento con mi signo astral, mi ducados, mi mujer, mi hijo, que empezaba a echar los dientes (como yo), mi cadena hi-fi (mi único lujo de pobre), donde podía al fin escuchar comme il faut a Bob Dylan o a Menese, mi tele BN de segunda mano (un atraco) y mi seiscientos de cuarta, aunque necesitase un luchador de sumo para arrancarlo. Todo en mí refulgía de dicha y oropel dentro de mi jersey de cremallera comprado en las rebajas de Saldos Arias, sin poder entender a cuantos me reprochaban cómo podía estar tan ahíto de haber caído tan bajo. Pero lo estaba. Ea.
Entonces, una tarde, apenas un mes de iniciado mi crucero por la dicha, en plena julandronería mamporrera, ombliguista y mentecata, cuando estaba en medio de aquella hemorragia de satisfacción en plena digestión del puchero, repantigado tan a gusto en la silla de escai terminando de saborear el café del bar de abajo, se presentó Juan, con sus malas noticias de siempre con tal de llevar razón, pero está vez acompañado de una cara atrabiliaria que lograba mantener encajada de milagro, y con voz que no acabó de salirle del todo redonda del galillo y un gesto presuroso y esquivo, me soltó, así, sin más: “La Guardia Civil ha entrado en el Congreso”. Y empezó a recoger papeles. Cuan transitorio es todo.
Esa tarde en que sobrevivió al doctor Tejero yo supe que su corazón no estaba tan mal como decían, y con lo que explicaban su vida profundamente ascética, siempre a pie y a cuerpo, todo lo más con una gabardina, o una chupa muy de domine (que lo delataba), cuando arreciaba nuestro biruji, para vigorizarse y protegerse el sistema coronario.
Una vez le pregunté de coña si es que no tenía ningún abrigo o pelliza, y naturalmente me miró irónico y algo triste y no me contestó. Concha decía que sí, que estaba delicado, sin especificar, y quizás para engordar la leyenda, o para que le evitáramos disgustos, añadía que al final lo tendrían que operar, pero así, en abstracto. Pero, ¿y a quién no? Bien pensado, todos estamos en este mundo para que nos operen.
Como se ve, hasta ahora llegan las consecuencias del golpe.
Pero, aparte que diéramos por lógico que no se atreviera a meterse en cirujanos, algo no aclarado había en su exceso de profilaxis. Muchos años después supe de soslayo que por fin le había entregado su corazón a algún cardiólogo, y lo habían tuneado, por lo que aún iba a cuerpo con más razón. Pero aquel día 23, después de verle llegar al despacho como una aparición de las parcas con cara de cejilla y voz enjuta, anunciando aquel suceso de terrorismo verde con la frialdad y brevedad de una sentencia, y sobrevivir a ello, yo supe que su corazón no era el órgano llamado a ejecutarlo. Aunque no era precisamente en eso en lo que tenía mi mente aquella tarde.
De hecho, salí de la habitación y pude ver a los vecinos, entregados a una pesquisa telefónica bastante infructuosa, tan encogidos por la misma emoción que me columpiaba a mí también en el vacío más atenazante.
Las noticias eran crecientemente inciertas, contrapuestas y tan confusas como ensombrecedoras, siendo las caras puro mercurio especular unas de otras. Y sin más trámite y viendo que no mejoraría, poco después de abandonar la sede mi jefe con cuatro papeles, dado que nosotros no custodiábamos nada comprometedor, me fui a buscar a la familia cuando la noche doblemente tempranera de febrero se cernía.
Mi nombre es Bond, Pepe Bond
Mi crónica personal del 23-F es de lo más anodino, aunque a otros niveles fuese determinante. Encontré a mi mujer y la rastra en casa, esperándome, pues no habían querido ir a por mí, por si nos despistábamos mutuamente. En casa guardábamos varias pilas de publicaciones peligrosas, ilegales incluso entonces, que habíamos ido coleccionando tan romántica como perversamente. Apartamos tontamente las de peor catadura, sin pensar ni un instante que si aquello triunfaba no se iban a conformar con valorarme sólo por los méritos de mi última afiliación conocida, y las bajé al coche, aparcado en la calle, como si aquel vehículo fuera lo último que un golpista podía revisar, por ser un seiscientos. Una de las mayores ignominias de un golpe de estado es la ratonera mental que produce.
Hecho esto, nos fuimos al almacén de los padres de Maxi, a distancia de una manzana, a comentar la jugada en territorio amigo. Y visto, por la radio, gran vidente, que aquello seguía sin dar de sí nada claro, me dirigí a casa de mis padres, no muy lejos, con el objeto de conocer la opinión de mi hermano Juan, destinado en el País Vasco, que precisamente en esos momentos, fiel a su estilo sobrado, tranquilizaba a los presentes, quienes, naturalmente, por quien más estaban preocupados era por él, como inspector de policía; una tranquilización tan intranquilizante que me disipó las ganas de volverlo a llamar, no fuera que reincidiera en seguir dando ánimos quitando hierro a la cuestión. Así es que, con las mismas, volví grupas al almacén, donde ya Maxi padre estaba aparejando la furgoneta para dar una batida por la ciudad, que fue lo que hicimos.
Es lo que había en los telediarios. Y cómo no podía ser
de otro modo el golpe caló.
La ciudad estaba en calma, como se sabe. Nada denotaba la incidencia producida. Era como hacer una ruta turística por un pueblo dormitorio. Un completo chasco, ilustrado con las consiguientes sentencias típicas maximinas (que el hijo haría suyas con la edad) de “ná, esto ná”, así como decepcionado.

Total, que regresamos, nos subimos a su casa, y allí, entre la charleta, la tele, la radio y la juguesca con el niño, que con sus ocho meses estaba en todo lo suyo para el resobeo y la zambra encima de la mesa, el rey del mambo (más que el de la tele y la Zarzuela de aquella noche), se hizo hora de cenar y allí que nos asilamos, tan calentitos y a gusto a ver qué pasaba, que no pasaba nada, comentando la jugada de aquel fiasco, entreteniendo la neurona hasta que no sé si el monarca o su majestad el sueño nos mandó a la cama sin más.

España se rompe, pero... mañana

El acercamiento entre el Gobierno y el secesionismo catalán, escenificado con Hollande haciéndole el verso a Rajoy (ya veremos a cambio de qué) diciendo que a la escisión ni agua, solo se ha producido en realidad al darse por seguro que lo que habrá, en vez de plebiscito y choque de trenes, serán otras elecciones, que es lo que ha decidido la izquierda, al dar por hecho que las van a ganar. Y se han puesto al habla con Esquerra Republicana como máximos candidatos al Palau, y también a otra encrucijada, la de hacer de gran motor de la independencia y a la vez de una coalición de izquierdas –¿con los Comuns?– como lo más probable (seguir con la derecha sería ya de traca), pues es en ese eje de la nueva relación de fuerzas (dominantes ya de hecho) sobre el que ha de seguir el Procès para ser viable.
Hasta aquí todo bien. La incógnita es ¿qué harán los cosmopolitas y postmodernos metropolitanos colauitas de Comuns,  claves en todo el nuevo panorama, tan distintos de ERC pero tan coincidentes en el pragmatismo? ¿Serán sus compañeros de viaje ideales, o acabaría siendo al revés? Aún falta mucho, pero esto va rápido, y todo dependerá de los votos, entre otras cosas. Pero una cosa ya está clara: si hay algo a lo que la derecha (y esto es lo que siempre la delata) teme más que a otra cosa es a una izquierda alternativa. 
Lo mejor pues es empezar a desaglutinarla antes de nacer incluso, en lo que parece todo un encarguito de la parte contratante de la segunda parte que es el sector de la burguesía catalana con más que perder o más miedosa (entrevista Rajoy-Puigdemont, Presidente con President). Y cueste lo que cueste, pues además no lo pagarán ellos, como siempre, sino a escote entre todos... los españoles. Ya lo ha dicho Rajoy, y muy claro. Que él lo paga todo (¡hele, generoso!), menos el referendum. Que si se trata de eso, oye, ya podían hacer uno ellos mismos por crowdfounding, y a otra cosa. Pero la pela es la pela. Y las penas (de la dependencia) con pan son menos. Y si es con butifarra es que ni existen.  

martes, 21 de febrero de 2017

Lápda

Chicote ha perdido 20 kilos en un año, algo de lo más normal teniendo en cuenta que no le gusta ninguna comida de los restaurantes que examina.

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Iba para algo. Aunque no sabía cómo explicarle a la suegra aquello de casar dos votos (ya se sabe: un hombre, un voto; una suegra, dos), uno para una lista y otro para otra que necesitaba el mayor número posible de ellos para poder formar grupo parlamentario. Y mucho menos por qué el acuerdo aquel había sido sólo para el caso de ganar. ¿Es que, caso de perder, iban a romper el libro de familia y a meter los niños en la inclusa? 
En definitiva, aquella tarde volvió a casa hecho una novicia que no entiende aún el santísimo misterio de fornicar y seguir siendo vírgen a que el pacto quería someterlo. 
De manera que abrió el buzón y, retirando del aluvión de ofertas todas las que no venían al pelo de su quimera del día, se apoltronó en el sofá y se enfrascó en el repaso de una de esas revistas que ofrecen mercancías por correo, como una indispensable manta escocesa o una cinta de tres horas de vídeo que le prometía “365 positions, para cada día del año” o un chándal sauna, que bastaba con ponérselo y “continuar realizando las actividades habituales” para acabar sudando como en un tormento de la Inquisición, por si no le hacían sudar ya bastante en su actividad cotidiana; o aquella lencería femenina fina que servía para todo, “incluso para dormir” y que “enloquece a los hombres”, con la precautoria oferta dos por uno, al darse por sentado que la primera sería hecha jirones ipso facto. 
Enloqueciendo pues, le ofrecían luego un completísimo juego de cuchillos profesionales, “siempre a mano para trabajar y con el que podrás competir con tu carnicero”, que buena falta le iba a hacer, sobre todo el de trinchar; al igual que aquel enchufe de tres tomas, que dentro de nada le sería imprescindible. 
Y al pasar página, se encontró un relajante tornado, en forma fálica de cohete espacial, ideal para regalo para poner en juego toda la imaginación en sus bolitas giratorias. Relajación que le fue imposible ya que al lado mismo una muchacha lo turbó con aquella vibradora flexible, “mejor que el habitual masaje manual”, pegadito al “desatascador inmediato” con el que no tendría que llamar al fontanero ni utilizar productos químicos, y otro que lo invitaba a “sentarse sobre 88 bolas de masaje”, nada menos, por 2.495 en lotes de dos, y con una caja de herramientas de regalo, “del mejor material”, más un maletín incluido (“¡Se acabó el buscar la herramienta adecuada!, perfecto en casa, el coche, o los fines de semana”). 
Y con este revoltillo y confundiendo masajes con mensajes, y eso que pasó por alto el “encendedor más seguro del mundo”, que a esas alturas ya no le hacía falta para nada, fue a parar al chollo, un telescopio con una gachí en bolas (más bolas) a lo lejos, con el que “¡observarás tantos detalles invisibles a simple vista!”, que le era ideal para su presbicia más que despuntada. 
Y además, con este “modo apasionante de ocupar los momentos de ocio”, que iban a ser muchos en adelante, le regalaban un mapa del cielo y una guía de constelaciones, proponiendo “el descubrimiento de la luna y las estrellas, pudiendo utilizarlo además para observaciones a gran distancia sin ser visto: planetas, animales, personas, barcos...”, que cayó dormido y se puso a soñar que se convertía en un vibrador (muy) flexible que, ascendiendo como un cohete por entre bolas, se incrustaba telescópicamente de 365 maneras distintas en algo que sudaba dentro de un chándal o un salto de cama, no sabía, y en esto que oía voces que gritaban: “¡para desatascarlo hay que cortarle la herramienta!”, que fue cuando se despertó asfixiado. 
Pero enseguida sonrió al ver que era sólo cuestión de días poder materializar sus sueños.