sábado, 29 de octubre de 2016

Mix y remix

Visto lo visto, igual es peor lo de la Gran Coalición que las dichosas “terceras elecciones”, esa bicha con la que nos han estado amedrentando, como si votar, igual que consumir, ir al médico o sacar el coche los domingos, no fuera lo que más nos pirra.

martes, 25 de octubre de 2016

Escuelajes

La prisa del personal por integrarse al siglo XXI viene del ansia por abandonar definitivamente el diecinueve, pues el siglo veinte fue, como tantas otras cosas, decimonónico, y eso que con él se inauguró la era del plástico, por ejemplo, con todo tipo de prótesis, alimentarias, de vestuario, sexuales, que responden al principio de lo desechable y paso de página como filosofía y que han culminado consecuentemente en el alumbramiento de sus propias catedrales como ese hallazgo tan elocuente del Todoacién, aparte de lograr el avance histórico tan infrecuente de convertir las mulas en animales en extinción que, total, eran híbridos, por muy mucho que nos empeñáramos en llamar “macho” a su elemento masculino. 
Un exterminio que ha llegado hasta el lenguaje metafórico que recrea la existencia de la piel muerta de la historia, como es el que a las mulas mecánicas se las llame ahora motoazadas, que responde más a una mentalidad de dibujo animado de legona virtual, alegre e inocua para la crisma. Lo prosáico de lo pura tecnología como desgaste de la poesía inherente a la dialéctica de los objetos.
Otro de los grandes adelantos del siglo XX, tan explicativos del mismo, fueron los horóscopos. 
De hecho, somos pura horoscopia, por el conformismo con que aceptamos  programas de vida artificiosos, manipulados y gilipollescos, bajo la excusa de ser aquel destino antiguo, tan respetable y noble, y no nuestro pancismo el que así lo desea, haciendo del porvenir una hurí descarriada y borrachuza  que, armada de naipes digitales, nos predice una fortuna mansa, no en vano vivimos tiempos de tecnología lista y hombres tontos. 
O como la escuela, que se dice estarán informatizadas y conectadas a Internet en un piepava. Normal. También se dice que en un bachillerato futuro se podrá mejorar –ya que empeorar es difícil– pero no suspender, democratizando los resultados y dando el carpetazo a aquella tecnología decimonónica que era la palabra.
Es sabido que en cada democratización suena un requiem, y ahora las campanas tocan a muerto por la escritura, utilizada por los herederos de la Ilustración como alta tecnología para la reconversión social. 
Tan es así que los periódicos de gran parte del XIX eran concesiones –como las teles de ahora– del mismísimo rey (las famosas regalías), y que una vez lograda la propiedad de las palabras, la burguesía limitó su adquisición a los que venian detrás. De ahí la revolucionaria democratización propuesta por el tardoprogresismo español de levantar la mano en las calificaciones  escolares, un gesto honroso y de mucho cambio, si tenemos en cuenta que antes, cuando un maestro te levantaba la mano te metías automáticamente bajo el pupitre; pero que no quita para que, confusos ante tanta permisividad –y la influencia del teleputerío–, haya alumnos que en el análisis lingüístico, al definir la palabra “emanciparse”, pregunten si es algo sexual y que les suena, lo mismo que otros renuncian a la fecha de nacimiento para que no les digan que son Capricornios.
Y es que no es lo mismo un signo que un sino.
Estamos pues ante una democratización que pone la enseñanza al nivel de la historia que viene –qué coño viene, que ya está aquí–, desprovista de traumas, banal, desobligada, que no sirve ni para encontrar trabajo ni como educación, sino simplemente para consumir otro bien público (como el votar) que más que bien es regular tirando a mal, pero que es exigido como otro derecho sin contraprestaciones y que conlleva otros sospechosamente aberrantes como la gratuidad de los libros, que yo creo que ya lo son, visto lo visto, y que así se desvirtúa su significado, lo mismo que la política no es votar o la economía no es ir a las ofertas o cambiar de coche, y para lo cual hacen falta, claro, muchos coordinadores, inspectores, etc, que tan a  gusto atiendan tanta demanda.

Así lo explicaba uno de ellos a una sufrida madre que no encontraba aposento para el chiquillo en el instituto más cercano, por haber caído en una de las dos Españas en que para el reparto democratizador hoy se parten las regiones, incluso las ciudades. Viéndose perdida, la madre no le quedó otra y dijo: “Bueno, y ya que no me lo admiten en el instituto, ¿no se podía quedar aquí de inspector o algo? Total...”. 
Después de tantos años de proceso democratizador, sabía que lo único que podía perder ya eran las cadenas. Y más cuando, luego a luego, van a ser de pago.

viernes, 21 de octubre de 2016

Donde llueven poetas

Nadie sabe muy bien, y eso que doctores hay que se postulan para todo, porqué en este pueblo hay tanto poeta suelto. Tantos que se echa de menos un sindicato. Tú le das una patada a una piedra, a un bar, a una pastelería, a un municipal o a un niño, y te sale un poeta, algunos con su libro y todo. Los teóricos más climatéricos dicen que es por la aridez,  o, de la lluvia, el guíscano, y del secarral, el verso. Otros lo achacan al subdesarrollo, ¿tal vez como un arma cargada de futuro frente a la injusticia secular? 
Los más conspicuos, porque aquí hay mucho pequeño burgués pseudoilustrado y en algo han de matar el aburrimiento, a poder ser florido; la poesía, asesina del muermo. Subrayando con ello los más altaneros, cítricos y levantiscos, que este yermo no lo levantó la nada, ni la tierra ni el señor, sino la palabra. Aunque yo soy más de la tesis del náufrago de erial (de secano es menos poético, ¿no?).

A ver. Más que ese lugar de aherrojamiento a que obliga la estepa, su allanada soledad de caverna apenas rota por el rumor civilizatorio allende el ferrocarril (algo tendrá el tren del ver pasar los sueños, sueños como trenes, un sueño de película, muda, con palabras escritas en los rótulos, y un piano, quizás, para la muerte), esto semeja más esa ínsula semiolvidada por los mapas, por pillar a trasmano de las grandes rutas hacia las tierras prometidas, que consciente de estar relegada sine die, reconvertidas sus ínfulas baratarias en la desesperanza de asumirse cautivos de las olas, las corrientes, la desmemoria, y sabiendo que nadie nos rescatará de este islote al que van a parar, como vertedero privilegiado por remoto, inmisericordes, los fragmentos y enseres y demás habitantes de todas las naves naufragadas en el océano del devenir, los robinsones, de perdidos al verbo, reciclan tales restos par vestirse, unas veces de haikus, y otras con sonetos, los que creen en la rima, habiendo acabado el aislamiento por hacerlos a todos expertos en lanzar mensajes en botellas que, encima, llegan. 
El náufrago, así, salva otra vez al mundo. Y aquí, mira por donde, son legión. Y aunque algunos se mueran, como ayer, este sigue siendo el club de los poetas vivos, siempre. El club al que cualquiera puede pertenecer incluso aunque te acepten como socio. Y oye, larga vida.

lunes, 17 de octubre de 2016

Camino de vuelta (y media): La prueba sindical

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.



De pillo a pillo

Mi regreso al hogar, no por esperado dejó de irritar a Juan (de Dios), aunque bien que lo disimuló, pues nada podía contra mi actitud despectiva en el informe sobrado que le di del cursillo (“nada, que querían contarme las ventajas del emboquillado”), ni mucho menos contra la necesidad acuciante de disponer de alguien dedicado en exclusiva a facilitarle la supervisión política que, en vistas de la nulidad de UGT para llevarlo a puerto, el partido se había propuesto respecto de las elecciones sindicales, responsabilidad que estaba claro había asumido Juande para hacer patria y puntos.
Obsérvense las cifras entre 1977 y 1985. Fue la otra gran crisis anterior, la industrial.
De esta manera, y con un sindicato en formación, no tuvo más remedio que conceder al que se metía en el berenjenal una autonomía, bien que casi clandestina, pero obligada dada la inviabilidad tanto suya como del resto del personal disponible para cuestiones de calle y mugre, y confiarme aquel comisariado que era de hecho mi papel en las primeras elecciones sindicales y su control y manejo de resultados, tanto propios como ajenos, o eso entendí al entrevistarme, con la campaña encima, con Almunia en Santa Engracia, sede entonces del Psoe.
La verdad es que, en aquellos días, el PSOE esperaba tan poco del sindicato, que se conformaban con casi nada, aunque fuera caro. Y yo, que nunca me he andado por las ramas a la hora de presentar negativamente cualquier cosa, vi que eso era lo previsto, por la cara torcida que Don Joaquín puso de bascosa contrición (luego me enteré que era la suya, domingos incluidos) durante los diez minutos que estuve contándole el tortazo que nos esperaba, para curarme en salud, claro, pues yo estaba igual de estreñido con la misión. Así que le juré allí mismo dar mi vida por dejar el pabellón lo más alto posible, cosa que él ni se creyó ni se dejó de creer, no en vano habría recibido ya decenas de compromisarios (algunos seguro que menos desarrapados que yo), notándosele la rutina un tanto indiferente en su rictus medio amargo medio irónico. Y me despachó deseándome lo mejor, cosa que me traduje a mí mismo como que me fueran dando, ya que no esperaban gran cosa ni de mí ni de un lugar perdido con menos obrerismo que las Galápagos.
Asamblea algo anterior a las primeras elecciones.
Lo suyo era resignación, y con razón. Supongo que a él también le habrían metido el embolado: “Joaquín, tú que eres economista, hazte cargo de la cosa sindical y tal”. La política funciona así. En el PTE ya habíamos pasado por eso, poniéndonos de jefe a un psiquiatra (ojo clínico), cuya esposa también lo era, de suerte que estábamos asistidos por ambos, aunque con ella al mando, como superego, claro. Pero ni aun así. Yo creo que siempre faltó un pediatra en el staff. O al menos un puericultor que sacara aquello adelante.
Pues con estos, pizcas pajas. Conclusión: se trataba de salir del paso y no dejar mal ni al caporal ni a los barandas, trampeando o como fuera. Y así fue.
Visto que por su sitio no iba a conseguir gran cosa y puesto que íbamos a perder de todas maneras, al amparo de mi total impunidad como comando ilegal, entre col y col de las muchas actas que recopilaba aquí y allá, entremetía una lechuga ficticia de mi propia cosecha, que luego amañaba maquillando los memorandos que tenía que enviar a los burócratas madrileños, pues con papel de por medio y por escrito no se me da mal. 
Uno de los grandes ganadores de
        las elecciones... sindicales.
De resultas, entre los pocos delegados que me apuntaba en elecciones facilitadas por los alegres colaboradores alertados para echarme una mano donde no debían, y los que lograba atribuirme sacados de las actas –que yo debía coordinar– que se iban depositando en el Instituto de Mediación, Arbitraje y Conciliación (qué nombre, Dios mío), donde teníamos un enlace avisado del extinto régimen con ganas de agradar (que con el tiempo llegaría al empleo lógico de profesor de universidad), engordándolo todo con la contabilidad en un balance-milonga cuyo resultado abultado, risible y más falso que una moneda de tres euros a ojos vista para cualquier lugareño, obtuve los suficientes números como para dar el pego a los locales y a los capitalinos, a los que el gato les pareció liebre, dándose con un canto en los dientes, pues en su vida habían visto una de verdad, sirviéndoles las cifras además, seguro, para alardear en su propio favor, haciéndolas pasar por logro suyo en el avance a toda mecha de la causa en la estepa. 
Y todos tan contentos, pues nadie los iba a contrastar. 
Y aquí, celebrándolo con el otro.
De hecho, cuando se publicaron los resultados generales la confusión fue tan grande, que era imposible dar unos números fiables. La UGT dijo haber obtenido en todos los sitios muchos más delegados de los reales. Y lo mismo harían los demás. Y todo el mundo tragó. Al fin y a la postre solo se trataba de otra gran operación de lavado de cara y episodio obligado de la implantación de la democracia, una de cuyas pruebas más incontrovertibles era, sin duda, la normalización sindical. Así se escribe la hisoria.
En conclusión, la operación de marketing y asentamiento del partido como referencia obrera, también, había sido todo un éxito y de la nada empezaba a alcanzar las más altas cotas del sindicalismo. Y aunque Juan de Dios hizo un pequeño análisis nada complaciente en apariencia, adusto, criticando las muchas cosas a mejorar, y poniendo cara de apaleado cada vez que le recordaban el palizón de CC.OO., que era ciertamente lo que más le jodía, en el fondo de su alma de estraperlista estaba casi rebosante de satisfacción, pues en ningún momento había soñado, y eso que era profesional de ello, con un resultado que daba carta de naturaleza oficial (electoral) a un sindicato casi marginal o peor aún, inexistente.

viernes, 14 de octubre de 2016

Silencio, se rueda


Un país donde una parte importante aún identifica a España con Miura (sin h intercalada, ay) sigue siendo invertebrado. Y no me refiero a la famosa ganadería –otra seña de identidad, morigerada y todo, para los tontarras del otro lado del cretinismo patrio, el antiespañol–, sino al carnero mascota de la Legión (otro símbolo para tontos), por cuyo maltrato los animalistas no han vertido una lágrima quizá por ir cubierto para la lluvia con un manto y el gorrito lejía. 
A su paso caprino, y legionario, los políticos, encallados, callaron, otorgando. Su muda sepultura siempre es, como en los niños, presagio de algo malo, y esa frase de Rajoy, el gran comunicador de los silencios, ‘lo mejor es estar callado’, suena a reunión de pastores, carnero muerto. Porque lo de que los políticos no se entienden porque no hablan es otra gran mentira de nuestro tiempo, tan rendido a la dictadura de la comunicación oficiosa. 
Como lo es el clásico “hablando se entiende la gente”, pues es sabido que como más se entiende la gente es sin hablar, por mucho que el Gordo aquel de El Halcón Maltés le preguntase a Spade-Bogart si le gustaba hablar, pues los que no les gustaba solían decir muchas tonterías. Y al final perdía. 
Y es que quienes no pueden entenderse sin hablar nunca lo conseguirán hablando. Lo demás son mitos, ruido generado por la prensa para vender, lo cual, cuando ni aún así vende, la hace aún más sospechosa. 
Porque el mejor entendimiento surge entre los enemigos de confianza, que son los mejores pues sabes lo que quieren: lo tuyo, o lo que crees tuyo. Por eso dicen hablar de España, incluso en Badalona, también creída suya. Antes, los catalanes, si abrían la botiga en diumenge era pa guañar pelas. Ahora es para empreñar y gastar luz. Otro signo de españolidad. 
Y hablando de España, y su semana grande, ¿cómo es posible que con tantas aspiraciones, ínfulas y reverdecer de laureles se permita jugar el Mundial a Gibraltar (en terreno portugués para más inri), sin montar un pollo de cuidado ante la UEFA, la FIFA, la Otan y el Sursum Corda, y amenazar aunque sea con la boca pequeña no jugar el campeonato ante el agravio? Lo dicho. Ni los Miura son lo que eran ni los padres de la patria están por nada mejor que “estar callado”.