jueves, 31 de diciembre de 2015

Läpida


El único título de Kant que se saben los políticos es La metamorfosis de Kafka.

Arrecogíos

A los que procedemos de otra época (si bien esto es una sandez, pues todo el mundo viene de otra), nos cuesta o al menos nos llama la atención bregar con esa somanta de palos al riñón, hígado, páncreas, lengua, posaderas y sobre todo al cerebro, que supone lo de tener que estar un mes cenando, tomando, fumando, cascando, jijijeando, y algunos hasta ‘eso’. Y por decreto. Que parece que a la gente le falta tiempo para tirarse al solsticio (¿hay alguien por ahí llamado así?), sin tiempo ya para equinoccios, que evidentemente es el pasado. Y lamentablemente uno es hombre de equinoccios, de los de la igualdad entre la luz y la oscurina.
Pero el equinoccio era entonces. Cuando, sobre todo llegando estas fechas, los almuecines de turno, llamaban al recogimiento y la devoción, creyendo que lo uno llevaría a lo otro, y luego mira, la cantidad de partos que había para septiembre. Un fallo (de -o del- ogino, o de quien entonces estuviera en vigor, muy aconsejable para fecundar) lo tenía cualquiera.

Y no obstante pueda pensarse que tenían fácil la obediencia a sus preceptos, por los pocos incentivos de una época que ha pasado a la historia como gris tan sólo porque no había desembarcado la Kodak, la verdad es que les costaba lo suyo, porque en las casas había menos estímulos todavía. Y que siempre el hombre se ha sentido un poco extranjero en su propia casa. Y ahora la mujer. Con lo cual, si los almuecines se las veían y se las deseaban para recogernos a la mitad del rebaño, ahora se las tienen negras para enredilarlo al completo. Aunque no sé yo.
Me atrevería a decir que ahora hay menos perdularios que antes. O están más domesticados. Sea por lo que cuestan las casas, o por la mucha propaganda recibida o por la extensión del homo clausus como ejemplar tópico de esta civilización atomizada y dirigida por la opinión de los demás, y el apego al hogar es inquietante, a diferencia de cuando el hogar físico y sobre todo moral era aún tan impreciso que padres, tíos o hermanos tenían que trasponer las eras e ir a llamarnos a gritos a la Fiesta del Árbol, ante la aventura de buscarnos entre su espesura, porque se pasaba la hora de bautizar al último regalo de Dios y el cura no esperaba. Menos mal que habíamos tenido la precaución de ponernos la ropa de domingo para irnos a jugar el infinito partido dominical, que no nos recogíamos ni a la de tres.
"¿Cómo decirte que has sido
realmente malo?"
Ahora eso sería inviable, dado el exquisito punto, antelación, preparativos, pseudogalantería, protocolo y demás pamemas que se gastan desde los palacios hasta la mugre, para mantener la serie de relaciones sociales con que el personal tiene que desmostrencarse para aparentar estar disponible, en el mercado, accesible como ser sociable, desborregado, civilizado y en perfecto estado de revista.
Y sin embargo, la forma más que retórica, por lo comedido y milimétrico con que se lleva a cabo esa exhibición de alegre visibilidad, suscita dudas de si tal exteriorización no será precisamente lo contrario, el muro de plumas de pavo (y pava) y serpentinas que se levanta para proteger aún más una vida privada cada vez más identificada (y confundida) con lo íntimo.
Un espectáculo de extroversión disparatada pero tan premeditada de tanta cena, comida, celebración, cafés, aperitivos, meriendas y piscolabis, cuya creciente planificación y apalancamiento hacen pensar en una inversión vital para cubrir los diversos frentes abiertos de la persona de mundo, que ahora debe ser todo el ídem, y que no se quedan en dar la imagen de una perfecta integración, sino que al hacerlo en un espacio más bien público o neutro, aunque nunca neutral, se salvaguarda así el espacio privado de verlo atravesado por todas esas obligaciones sociales que en el fondo pensamos que no harían sino emporcarlo y envilecerlo.

Una evitación de mezclar churras con merinas que indica el apego sobreponderado al hogar y el desmedido valor que se da a lo privado, y por ende y por contradicción, la infravaloración, aunque se diga lo contrario, de lo público, de lo que por estas fechas hacemos gala a la menor oportunidad poniendo en valor, además de la ostentación de una neurosis woodyallenesca y, antes que nada, dos dichos, uno viejo y otro moderno, en la más rancia tradición socarrona aguilandera. El viejo, que siempre se presume de lo que se carece. Y el moderno, que mira que tienes que invertir en consumir cigalas fuera para poder comerte tranquilo en tu cocina unas lentejas viudas. Es lo que pasa por mirar la vida como un negocio. Y la casa como un templo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

sábado, 26 de diciembre de 2015

Lápida


La vejez es esa edad en que le temes a todo y a lo que más a que se acabe.

Natibios

Algunos se preguntan por estas fechas si, además o mejor que un Dios padre o un Dios hijo, no sería mejor tener un Dios hermano. Son gente que vive atenta a la narración del mundo y, apabullados por una sordidez que los sobrepasa, reaccionan segregando por su glándula ONG una piedad a la que acojerse, por lo que pueda pasar estos días, un cólico cerrado o una intoxicación maltesa, que es como por estos pagos pagados de si mismos se manifiesta el desorden de la naturaleza.
Otra gente dispone de otras glándulas, como el apego familiar, sin importarles las toxinas propias de cada hogar (sinonimo de lumbre, por cierto), y ese afán por compartir el ritual fraterno con tal de hacer eterno el canto afónico familiar, que aun así es preferible siga siendo el sacrificio ofrecido por la dispersión en que se convierte a la larga cada vida, pues si la pira en que quemar nuestras propias reliquias de diáspora fuese la amistad –algo que por desgracia empieza a cundir debido a tantas solterías–, en vez de la familia nos estaríamos cargando algo mucho más valioso e imprescindible.
Luego, hay quien dispone de glándulas ambiguas, como la nostalgia, y la hacen funcionar incluso como antídoto de la depresión: se tumban en el sofá y ponen su música de juventud y, al rato, les gusta incluso Rajoy, mareados por el número de pelillos que en forma de segmentos de vida vistos como desperdiciados, aparecen en el mar de los sargazos del pasado en el que naufraga cualquier navío botado tiempo ha, haciéndolo bueno con abismo y todo.
Como hay quien, por contra, se hace a mano un alzheimer de ganchillo, para olvidar que hoy es de día y mañana será la noche toda, la más bella a olvidar de entre el recuerdo, la aurora de percal y, sin embargo, tarima y porvenir para neófitos. Olvido, que es la llama que alumbra la propia extinción...
De este modo, entre la nostalgia y el alzheimer, discurre como una inapetencia el anunciado adviento que no nos atrevemos a querer, sólo a sufrir, pues padecemos de porvenir, sin más cura que el fondo de las copas, pues, mirado como Dios manda, aquellos que se deprimen por Navidad son los más cercanos quizá a su pesar al Evangelio, por desprenderse de un bienestar anímico en solidaridad con los que ni siquiera pueden acceder voluntaristamente al malestar de la civilización. Aunque, eso sí, desobedecen el mandamiento de alegría por el Adviento, como época antropológica iniciática vital, quizás intuyendo que se es llamado a sus filas sólo como extras de una escena presencial donde la ausencia, como alegoría de la muerte, es la protagonista absoluta.
Y finalmente está quien tiene la superglándula y pone a calcular la cotización de sus anhelos que antes le circulaban como las viejas calderillas por los ringondangos de su ser, unificando su esperanza en euros, mejor en cualquier caso que poner a plazo la fe en rublos o la caridad en pesetas, como forma de hacer la Pascua más consecuente, habida cuenta de que el mejor ingrediente para una buenas relaciones familiares o de amistad es el interés, simple o compuesto, aunque a veces te deje compuesto y sin nadie.
Y es que hay glándulas que si no hacen la felicidad, al menos sí te la hacen más llevadera cuando es proclamada obligatoria. Como la tan socorrida de la salud, por ejemplo. Pues eso, salud, y..., bueno, eso, que cada uno se apañe. Será por glándulas.