lunes, 30 de enero de 2017

España se rompe

Ayer murió, o mejor dejó definitivamente la postmodernidad, Paloma Chamorro, uno de los iconos de la movida española de los 80, a la que Fernando Poblet, su látigo oracular radiofónico, llamaba Chochorro. A aquella paloma la hicieron desaparecer, en pleno régimen socialista, por sacar en la tele un crucifijo rematado con una cabeza de cerdo. Treinta años después, a la asaltante de una capilla virginal con los pechos al aire cual libertad guiando a la francesa a los hijos de (¿aquella?) revolución, la hacen concejala. Despidamos pues definitivamente a la postmodernidad. Y demos la bienvenida, de nuevo, a nuestro inmortal sainete.

domingo, 29 de enero de 2017

Cinematontunas: El futuro fue ayer

¿Por qué todas las películas de ciencia ficción futurista acaban con las fechas tan obsoletas, desfasadas y más antiguas que un jersey de cuello pato? Por ejemplo, ¿es que no podían haber fijado Blade Runner en el 3004, en vez de en el 2018? Porque yo aún estoy esperando los coches voladores, las androides 10 y poder cambiar mi rodilla por una prótesis de nuevos materiales de Orión (Y más con la Seguridad Social actual). Hay que joderse con la sciencefictioness y su visión del futuro.

sábado, 28 de enero de 2017

Luz, más luz


Si la virtud, según Montaigne, necesita una persona y la amistad dos, la factura de la luz necesita tres: el listillo (suministrador), el tontico del gobierno (que se lo hace) y el primo, que la paga. Y la luz se hace, como el amor. Un kiki al mes. Qué menos. 
Ah, la deslumbrante corrupción eléctrica. Todo un clásico en el podio del typical gran robo español, eso tópico adenístico tan nuestro, ahora centrado en el consumo (aunque el expolio salarial tampoco es que decaiga), como cabe en una sociedad cuyo desarrollo se mide ya por la energía que se desperdicia y cuyo mayor gozo ciudadano es la contaminación lumínica pública invertida en el exterminio de las pobres sombras, declarada non grata la noche, y como si no lo pagara nadie, para después quejarse amargamente de su coste (que con tanta luz nos vamos a quedar a oscuras). 
Una sociedad cuya última frontera debería ser consecuentemente la de una democracia, no de los productores que ya no somos, sino de los consumidores consumidos por el consumo. Es la segunda y auténtica transición, que estamos a años luz de dar a luz, tan fracturados como estamos con tanta factura y extorsión energética, y que habría que esclarecer con (¿más?) luz y taquígrafos. Y algo más de decencia política, claro. 
Se trata de la misma revolución pendiente de los pobres energéticos esos de ahora, incluidos los miles de alumnos y profesores, que, independientemente del calor de su casa, estos días, envueltos en sus zamarras e incluso mantas, resuelven en las aulas la raíz cuadrada del frío tiritando en escuelas e institutos, ignorados olímpicamente por la agenda periodística impuesta por el Trumpower, la nueva iluminación led global, el nuevo fenómeno del empoderamiento a trompadas, aunque sean de farol, que ha subido al ring televisivo, quizá cual falso resplandor, para dejar el sueño entre tinieblas, y que las casas de seguros de USA están estudiando ya para ver de añadir, junto con las autolesiones, homicidios o accidentes, como otro factor de riesgo grave de la Navidad, tras la cual se ha constatado que aumenta alarmantemente la mortalidad, por estar los enfermos de vacaciones y postponer visitar al sanitario, que también lo está, entre otras cosas. 
Todo lo contrario de lo que pasa con la salud del español por allá, pese a la derogación del Obamacare y el ninguneo de la web presidencial en ese idioma, y que será invencible e imparable mientras haya millones de coños (que es donde radica la fuerza de una lengua) dispuestos a alumbrar hablantes sin parar (y Viva Méjico). Así que, nosotros, a lo nuestro, y adelante pues con los faroles. Pero tenues, eh, que estos de Iberdrola te cobran hasta por los candiles. Aunque no sean suyos.

jueves, 26 de enero de 2017

Camino de vuelta (y media) Prolegómenos 2

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.

Y el invierno que estaba al caer

Era grotesco. Hasta tal punto se la cogían con papel de fumar con su maniqueísmo timorato, sus fantasmas y sus pajillas mentales, que, viéndome como agresivo cazador de chollos, como mi subsidio de paro de escayolista –algo que yo tapaba, no fueran a acusarme de demagogia obrerista, o lo que es peor, que les tuviera que poner alguna moldura en el piso–, había que desbancarme pero ya, de un futuro que ellos mismos aún no estaban dispuestos a regalarme. ¿Alguien da más?
Pues sí: peor aún: se sentían solos en su gran guerra contra el intruso, pues nadie les daba bola, y parecían estar a punto de gritar: ¿Pero es que nadie va a hacer nada con este tío? Y nada, no había modo de que alguien les contestara algo para poder darse la razón de lo que fuera. Estaba claro: era la batalla perdida de antemano contra los propios fantasmas. 
Su merdé era tan supina y su necesidad de chivos expiatorios tan elocuente, que pasé de ellos, al darme cuenta de lo imposible de convencer a quien sólo está empeñado en ser vencido. Y a cambio de recibir hasta en el carné de identidad, me lo pasé en grande haciendo de forastero que amenaza la homeostasis y el bienpensantismo. 
Y casi me encasillo en el papel de samurai al que más le vale no dejarse ver demasiado. Que no me gustaba demasiado. Por no cuadrar ni a mi propia imagen ni a la medida de mis sueños, y porque, una vez encasillado, las propias capacidades son las que incapacitan excluyéndote para otros menesteres. Había que espabilarse.
Mientras los ediles dictaminaban si eran churras o merinas, los barrios menos favorecidos
–la imagen corresponde a una manifestación en las 500 viviendas–
seguían movilizándose por lo que ya estaba tardando en llegar.
Así que, cuando surgió aquel trabajillo, mucho más descansado, amable y hasta rentable, aquella especie de beca con asignación mensual, vi la ocasión de huir de la agrupación con achaques de que me absorbía y no podía con ambas cosas y tal. 
Juan me miró a su modo y luego soltó una risita irónica, que en él equivalía al descojono padre, pues si había alguien capaz de ocuparse de tener la agrupación según las exigencias del guión, o sea más parada que el caballo de un fotógrafo, de la ayudantía que me ofrecía, de hacer un panfleto, una campaña de algo, de ir a la compra y hacer una fideuá a la vez, experto en llevar cuarenta cosas en rueda, treinta y nueve de ellas mal, ése era yo.
Por eso me la pelaba el rechazo, la insidia o lo que fuera con lo que me estigmatizarían esta vez. El que ha pasado por un largo túnel sabe que lo único garantizado es la oscuridad y que la luz a su final puede cegarte como un espejismo. Y ni una ni otra salen gratis. Y yo llevaba demasiado tiempo a oscuras como para no saber que el ensañamiento no era más que el modo en que los que acaban de pisar la moqueta del poder se reafirman contra aquellos que creen su competencia. Y aquéllos estaban dispuestos a abrirse las venas con un peine antes que ceder un palmo de él a cualquiera que no fuese besando sus pisadas. 
Un discurso lo bastante descabellado como para no decidir ir a lo mío y no tomarlo más en cuenta de la ídem. Aunque siempre aluciné con el hecho de que tanto desdén, ladeo y otras muestras de cariño, hubieran empezado incluso antes de mi elección como secretario local. Lo que se dice un proscrito del socialismo avant la lettre.
Toreros y futbolístas de la época, al margen de todo, como de costumbre, en un partido benéfico.
Años más tarde, luego de colaborar con algunos de mis críticos, diluidos los avatares y algo menos ofuscado por mis propios rigores, pude comprender que el mal pie del enconado desencuentro a primera vista –y lo recalco por haber sido el mayor que yo tuve jamás–, pudo haber sido mi oscura carta de presentación, tan intemperante y taimada, que cuadraba con mi imagen de entonces (y todavía hoy explotada por algunos), de inaprensible tocahuevos, crudo, montaraz, deslenguado y borde, que sin ser necesariamente ni incierta ni negativa, sí inspiró mi atravesamiento en sus laringes, esa inquietud propia de los espíritus propensos a fustigarse con los temores más interesados. 
Una empenta vergonzante que yo no tenía ningún interés en capear, y menos de asumirla como culpable. De eso había quedado arregostado para siempre tres años antes al montar aquel numerito chinesco en casa de los Boira.



miércoles, 25 de enero de 2017

martes, 24 de enero de 2017

España se rompe

   Tengo una duda razonable, y es si los secesionistas andan dando tumbos, largas y divagando porque sí o lo que están haciendo es esperarse a que N. Nigroponte, el gurú del MIT y gran defensor de la educación y la inteligencia colectiva, termine de desarrollar su investigación iniciada con el texto La última profecía, sobre que los idiomas podrán aprenderse tomando una pastilla. Y como eso conlleva (o mejor comporta, que diría un catalán) la otra cuestión igual de vital, la de olvidarlos, la cuestión más bien radica en si haría falta solo una pastilla o dos. Que quizá sea lo que esté alargando tanto el Procés, por si debiera o no recetarlas la sanidad pública, o ir a cuenta del Fondo de Liquidez Autonómico. O algo.    

Primeras nieves














lunes, 23 de enero de 2017

El nuevo misal

Resulta curioso que mientras acabamos de secularizarnos y nos convencemos cada vez más de que venimos del mono y no del perro, como algunos creen, aunque sea a éste –e incluso al perro que llevamos dentro– al que llevamos al veterinario en vez de a San Antón, crezca también el número de los cultivadores del género religioso o esotérico. Por decirlo en lenguaje concino, es como si, cuanto más se impusiera la lógica, más a su contra se empecinara en desarrollarse lo que no entra por el aro de la razón. Y sin embargo, ambas posiciones parecen condenadas a entenderse.
Sabíamos que el sueño de la razón produce monstruos. Lo que no sabíamos es que el sueño de los monstruos pudiera ser bastante razonable. La prueba es que va en aumento el número de los que, aprovechando el eclecticismo reinante y lo barato de las chaquetas en rebajas, aceptan una proposición y se apuntan a la otra, haciendo a pelo y a lana. El mundo es un vivero de escépticos. 
Pero esa transfusión no resulta tan rara si pensamos que la idea de lo evolutivo triunfa de la mano de la divulgación científica y su aceptación como guía social, mientras la práctica religiosa se renueva mediante un idealismo que a nivel individual resulta más gratificante que la frustración de una ciencia decepcionante y, por cierto, bastante idealizada.  

De modo que, más que en convivencia, nuestro modo de vida lo es en connivencia. Convivimos con la vida en una especie de cohabitación generalizada de los pensares que es tan fruto del cagaleo mental como de una promiscuidad ignoro si bien entendida. 
En plena época de concubio ideológico, como en otro tiempo hubiérase dicho, si a misa va gente convencida de su ascendencia simiesca, hay científicos que rezan al Niño Jesús por el éxito de sus clonaciones de conejos. Y mientras hay quien impulsa el liberalismo social secularizante a base de ayudas a la educación religiosa, otros se meten a anticlericales apoyando a los obispos. 
Es el autoadulterio –no confundir con el materializado en un auto– como signo de los tiempos en que se presume de todo lo que escasea: de la libertad de pensamiento, la tolerancia con uno mismo y de la capacidad de obrar en consecuencia de una razón de la que hemos hecho un imperio en este mundo y que, si de veras nos asiste, que venga Dios y lo vea.

sábado, 21 de enero de 2017

Perros de pre(n)sa


La persecución de los tuits por presunta apología terrorista no son más que otra prueba del tabú decretado hoy contra la sátira y del interdicto general que lo políticamente correcto tiene tendido sobre cualquier humor que contenga en su ADN algo de melanina. En resumen, que si Aristófanes viviera ya estaría en el trullo. y Emilio el Moro en el patíbulo.

Camino 2016

CAMINO AL PÁRAMO






viernes, 20 de enero de 2017

Velas y vientos

Pese a lo dicho por el Dante, de “No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia”, resulta de lo más patético comprobar que sea en estos días siberianos que nos convierten a todos en repentinos pobres energéticos, cuando echas de menos el verano. 
Pero como no todo van a ser penas, la eurodiputada Punset, de Ciudadanos, ha decidido casarse (ay el frío) con el también algo rebotado con su partido y portavoz en las Corts valencianas, adelantando el evento (que será en los conocidos salones Veles e Vents, sí, sí, como el poema de Ausiàs March), antes de que se les pase el arroz, tanto político como del otro, precisamente el mismo día de la renovación de la dirección del partido, lo que indica que la muchacha pasa bastante de postularse para el alto mando. 
Y a uno, que siempre tuvo al padre por un sensato poliédrico, peinado incluido, no le queda sino dar un ole a la hija por su alegre espantada, fiel a su vez a su ya probado polimérico talante, demostrando con su decisión que a la lucidez se llega más por la búsqueda de la felicidad que por la del poder, ese sucedáneo siniestro.

En eso, las hijas de las descubridoras (y acaso víctimas) del feminismo crudo anterior a los hombre cocinillas y la rumba (tanto la del Pescaílla como la limpiasuelos), lo tienen más claro, al divergir, cuando no disentir directamente del más mecanicista y bizarro de sus antecesoras, pues las muy revisionistas son capaces hasta de casarse para liberarse (de qué, ya es otra cuestión), emulando a las que en tiempos lo hacían para huir del patriarcado, el campo o la miseria, o de las tres cosas a la vez, cambiando tres esclavitudes por una. 
Todo un avance revolucionario entonces, pero ahora muy denostado, como estas ahora en ejercicio que, sin haber pegado clavo, no haber ido nunca a espigar y con papás empalagosos de tan solícitos, van y se entregan a las cadenas, dejándose uncir el yugo del amor y asaetearse por las flechas de Cupido. Díganlo o no, sigue siendo el sueño renovado de millones de féminas, díscolas o remilgadas.
Un escándalo que pone en entredicho esa femineidad lúcida postindustrial de tratar de ser cabal siendo mujer y hacer lo que se te ponga, sea ello censurado como reaccionario, colaboracionista o ataque de matriz, y que se proclama también como nuevo feminismo consciente y reflexivo (o irreflexivo, que más da, si la dicha es buena), instalándose así como otra tendencia alternativa del discurso, en el mismo plano, frente o al lado de otros más a contrapelo, y que entrambos renuevan el filón del debate, que hoy pasa por encrucijadas tales como mujerizarse o marujizar al otro, por ejemplo. Y que no está mal. 
¿Renuncia al empoderamiento obligatorio o remodelación burguesa de las relaciones entre sexos? Solo por poner alguna de las disyuntivas de esta larga singladura que es el viaje de los géneros. Claro, que también puede que sea que solo ellas sepan lo que el poeta (March) proclamara en su Veles i vents hace ya casi seis siglos: que el negocio de dos está siempre sujeto al juego de dados del azar, como nave en medio del mar a los cinco vientos y solo con la vela del amor como trebejo para manejarse en las olas. Y esperar el rescate es para náufragos. Y tontería.