martes, 29 de noviembre de 2016

Camino de vuelta (y media)

Aun sabiendo que cualquier regreso al pasado es necia impostura, un empeño en mostrar el propio relato como otro exempla del apotegma cesarista, tan verosímil como inquietante, de "vence quien permanece", en lugar del cuento de inicios inciertos que siempre acaba aún peor, simplemente porque termina, no obstante, es evidente que todo el que sigue aquí tiene algo que contar a los victoriosos, los que viven, incluidos los que se supone vivieron lo contado, para los cuales no deja nunca de ser una sorpresa esa vida en común pasada por las letras, sobre todo a manos de otro. 
Puestos así, solo se trata de esbozar, al modo naturista, algunos pasajes deslavazados, jirones cual cuentas de un rosario roto, obscenos tal vez, o así lo espero, rehilados del recuerdo de unos años, entre 1973 y 1987 (aunque la Transición en sentido estricto fue entre diciembre de 1976 y octubre de 1982), a fin de enturbiar con fea tinta esa agua cristalina que nos hemos forjado como origen de nuestro paraíso, y ello con un doble objeto. Uno, para poner en solfa esa mitología de culto que se cierne divina y terrible como madre de todas las mentiras, tan beatificable como una puta. Y dos, para camuflar en esa trivilalización, que incluye al mismo cefalópodo revisionista que todo escritor lleva dentro, sin desvelarse enteramente entre la bruma, pues la verdad es tanto más creíble cuanto más insondable parece. A eso van estos apuntes contra el alzheimer propio. Quienes puedan sentirse molestos por aludidos tengan presente que siempre serán más baratos que otras medicinas.




Almuerzos, café y batallitas

Aparte de eso, el verano del 76 lo recuerdo como pleno y hermoso.
La “célula” tenía la oficina en el Rex, la estafeta por la que históricamente había entrado todo lo bueno y lo malo a la capital. Gente de las juventudes comunistas y un par de anarcos también andaban por allí. Y allí hacíamos las reuniones disfrutando, todo hay que decirlo, entre plan y plan, de la manera más escéptica y criticona en cafés interminables donde comentábamos el Cambio 16, el Triunfo (menos) y la Revolución de los Claveles, que iba como mierda cuesta abajo; o las últimas y descerebradas tácticas y operaciones de nuestros manchegos guardias de la revolución.
Se celebraban las Olimpiadas. Era el 76.
      Y si allá corrían...
Por entonces, teníamos haciendo la instrucción al Pena y al Beibi, a los que, para homologarse y redimirse, los pusimos a colocar a diestro y siniestro bonos de Comisiones. Y eso, tan sólo meses antes de renegar todos de ellas para formar el verdadero sindicato, al que tampoco llegaría yo a pertenecer.
No sé de cierto cómo el par de dos accedió al tinglado a través nuestro, y no como los demás de su generación, por la vía de la Joven Guardia Roja. Condiscípulos de instituto de Maxi, enseguida nos tomaron apego. El Pena, siempre en busca de familiaridad, pronto empezó incluso a frecuentar el almacén de Maxi senior, donde teníamos nuestro particular taller de (de)formación, o sea la tertulia de mesa camilla-taller, y la otra, la de ping pong de Pepe, el hijo menor, que, tan pronto se dedicó al vicio congénito de sacarle los cuartos a los indígenas con la bisutería, fue bautizado por el Pena como Pepe Plusvalía.
...acá también.
El caso es que en seguida congeniamos (el Pena más con Maxi que conmigo, y el Beibi conmigo más que con Maxi), poniéndose de manifiesto la diferencia de caracteres, pues si éste ya avisaba como manipulador, el otro se advirtió rápidamente manipulable. Lo cual, unido a lo emotivo, sería enseguida utilizado por nuestros comisarios como arma arrojadiza (que iba a ser uno de sus sinos) contra los malos revolucionarios, nómina en la que pronto fui incluido, para no desmerecer aquellas otras de mal hijo, mal hermano, mal español, mal amigo y otras malvasías que la vida te va endilgando. Ea.
Portada característica de aquel verano de
          una emblemática revista satírica.
Siempre he pensado que el par de dos buscaban lo mismo que habían perdido: una fratria, pero algo más lucida que la recién dejada (pues eran espabilados e intuían que aquélla estaba acabada), un espejo donde mirarse… aunque fuera para afeitarse. Y allí estábamos nosotros. Y viniendo como venían de los complejos de aquellas clases pequeño burguesas del franquismo más torticero, espero fuese para ellos el refugio más acogedor donde reposar su parón biológico o punto y seguido, antes de dar el salto definitivo a la juventud que les esperaba y nosotros ya habíamos comenzado a pisar, señalándoles la trocha.
Años después, durante mi estancia en  el Ayuntamiento cuando me juntaba algunas mañanas  con el Beibi, Vicentico Tébar o Juanito Valverde a tomar café en el Mercantil, mientras ellos desayunaban su bocata (yo siempre he salido almorzado de casa, lo cual en algo habrá incidido en pillarme a contrapié con tanta gente), coincidíamos en comentar que menos mal que todo aquello se había ido a hacer leches.
“¿Tú te imaginas al Castellanos o al otro mandando?”, me decía. Y eso que aún no sabía lo peor: que todos lo íbamos a ver a él a los mandos (aunque camuflado). Así es el futuro: inmundo. O sea, en el mundo. Como el famoso pasodoble. Pero ocupémonos aquí sólo de la mierda del pasado.
Imagen reciente de Antonio Navarro, dirigente sindical
       de CC.OO., también conocido como El Beibi.
El Beibi, caminando siempre con zancos dentro de su estrategia supervivencialista, y su táctica de la desconfianza de antena, su camino llevaba. Por esos días, no había delegados sindicales, pero por cortesía municipal de la casa fucsia, los patronos permitían, y necesitaban, unos representantes para negociar, y allí estaba ya él (y Galo, y Ginés (Ortuño), para compensar), tratando de dejar de madrugar para atender el registro de carcasa de madera del registro. Un imposible biológico éste, que pude comprobar el día que fui a buscarlo y la madre me usó de despertador, al ángelus ya, en aquella habitación para felinos que hasta a mí me daba vergüenza.
El concejal de personal era Florián, al que yo había conocido cuando fui a verle en plan reclamante a la academia aquella de “permanencias” que tenía montada con varios profesores para sacarse un dinero extra con los mismos alumnos a los que suspendían en el instituto, con uno bastante crónico, hay que decirlo, y amiguete, Bernabé Briones para más señas, cuyo magín, bastante considerable, no había sido elegido por el camino del estudio. Pero jodiéndole ya aquel sacacuartos sin garantías ni de recuperar ni de aprobar, un día me llevó consigo como maestro que yo era, ya ves tú, para abogar por él ante aquel impostor impenitente. Y yo, pues le zampé el rollo tal cual, como me vino, teniendo así nuestro primer rifirrafe, en el que me dejó claro para los restos lo triquiñuelero y farfullas que podía llegar a ser.
Florián Godes, concejal de personal del
         ayuntamiento 1979-1983.
Pues en el Ayuntamiento, años después, daba largas y lecciones de ética a diestro y siniestro, según cayera, conjugando el verbo decir con Diego y algún que otro sustantivo, para echar flores o endiñar marrones, yendo de bienhechor moral mientras llevaba en la cartera una apuesta hípica múltiple con varios caballos ganadores, cosa por la que más de uno lo tenía calado ya en su propio grupeto, además de por los celos típicos que provocaba su lugartenientía del jefe de filas, bajo cuyo paraguas de secano se amiesaban todos, operando bajo esa supuesta tutela de garantía socialista de bien. En resumen, que meaba agua bendita, sin saber muy bien lo que se pescaba, lo cual podía ser hasta benéfico.
Yo nunca supe, ni quise saber, of course, bajo qué figura administrativa me había hecho el contrato, pues por críptica o insana que fuera, merecía toda mi gratitud, pues, de necesitado, había pasado del paro con una ayuda complementaria de trece mil pesetas a hacer la declaración de la renta, y pagar. Pero el Beibi decía que no tenía ni puta idea y que, por muy cuentaguijas que fuera, ellos se le colaban en el área (o sea en las arcas) que daba gusto. 

Aunque el Beibi también era un bravatero. Y yo un ignorante. Hasta cinco lustros después no sabría que lo mío había sido bajo la fórmula de contrato administrativo. O sea, reservándose la muy borde prerrogativa de poder romper a la mínima una relación que pendía de un hilo sujeto más a los vaivenes de la neurona sociata que a los caprichos del destino.  Esos eran mis interlocutores de relaciones laborales. Y aún estábamos en las preliminares.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Super lápida


Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única. 
Don Quijote
Cómo pasa el tiempo...

jueves, 24 de noviembre de 2016

Viernes Negro

A Rita Barberá no se la ha cargado ni el PP ni la Sexta ni cualquier otra secta. Nada personal tenían con ella; solo negocios. Por eso pudiera ser que, igual y según iba floreando tontunas en las páginas del Black Friday, tan arduas de compaginar, no encontró un bolso a juego con su ostracismo y se vino abajo. Porque eso duele. No es la primera, ni el primero que cae en un atracón de escaparate, que más bien ha sido lo suyo. Y que en España, la muerte, esa justiciera de géneros, tiene concertados este año en su libreta de baile más de 200.000 valses con mujeres, y mujeras. Y tocaba.
Más o menos, el mismo número que embriones hay en busca de madre (y a ti, papá, te encontré en un vasito), esperando congelados sin saber donde colocarlos, aunque, eso sí, bastantes menos que jamones, que para eso somos también (además de pajilleros trascendentes, quiero decir) el primer productor de cerdos de Europa, aunque no lo parezca en absoluto. De modo que entre unas cosas y otras, lo que sí está claro es que este país es en sí mismo un stock de macanas de tal desmesura y proporción que ni declarando negros todos los viernes del año se quita tal marrón.
Obama indultando al pavo.
A mí, por ejemplo me endilgan un embrión (o un jamón, que para el caso es lo mismo), y solo de pensar en lo de la reválida, los comedores escolares, la prohibición de los deberes o las fiestas de cumpleaños me entra un agobio, que es que aborto, ahora que Francisco ha dado rienda suelta al perdón, que ya me veo con todo el mundo ahí, en el cielo, ya verás tú; hasta con Clint Eastwood. Que es por lo que en vez de un jamón la gente en el Black Friday se compra un pen drive, por meter algo, o mejor, un ipad; porque no necesita jamonero ni hay que comérselo antes de que se reseque, y como es un montón de táctil puede servir hasta para un propósito lúbrico, como sucedáneo, ya que la última tendencia mundana es renunciar al sexo (si bien también se dice, pero esto es por intoxicar, que los jamones hembra son mejores –las jamonas, antecesoras de las curvys, es otro cantar, de los cantares).
Los pioneros de esta nueva moda, han sido como siempre los famosos, entre los que creo que se contaba Rita, y Lenny Kravitz, Paris Hilton, Morrisey o Lady Gaga (gagá para impropéricos) se declararon hace ya excedentes de cupo, y entre nosotros se acaban de apuntar Olvido Hormigos, otra desengañada de la política, el sexo y los videos (aunque no de las mentiras), o su ex cousufructuaria de pene, Ana Obregón, o, por motivos obvios dicen los malpensados, Bibiana, Roxy, Loles León y otras chicas del montón, que lo hacen de la manera más natural ya, entre recetas o incluso entre costuras, dejando atrás las del Pulpo, la Libélula y hasta la del mismísimo Misionero, entre costura y costura.

Pavo indultando a Obama.
De todas formas, y volviendo a lo nuestro, pues si es negro hoy es viernes, negarle a Rita un minuto de silencio como ha hecho Podemos es menos iconoclasta de lo que se creen, sino más bien bastante iconoplasta, no en vano la eternidad es la película muda por excelencia y un minuto de silencio es un trailer de nada. 
Lo que sí es una pena es que en el Viernes Negro no haya oferta de féretros. Parece un sinsentido, pero no. Indica claramente que los vampiros, en especial los nuestros, siguen igual de señoritos y absentistas, y prefieren de todas todas el colchón viscoelástico al tieso ataúd.  Y es que negro negro, ni los viernes lo son ya. Todo lo más un gris borroso.

martes, 22 de noviembre de 2016

El móvil

La idea de meter una tarjeta en un teléfono con raja hasta gastarla y después envainarla para su relleno, no se inspira, como podría pensarse, en la naturaleza sino en la sociedad.
Resulta que había un matrimonio al que costaba un dineral consumarse, dado que él, de profesión sus labores por razones obvias, era impotente si no oía por teléfono la voz de su amada, algo que descubrieron al empezar a llamarlo ella desde el trabajo para consolarlo en el primer síndrome de vuelta de vacaciones que vivieron, ratificado después al ver que él sólo podía mantenerse en sus trece (más o menos) si no era sujetando un auricular clásico, lo cual, pese a estos dichosos resultados, los llevó al psiquiatra, que les informó que ello podía ser en efecto cualquier latente pendejada.
Pero como era buena persona les advirtió que eso era muy común y que fueran a lo suyo. Y así lo hicieron, gozando del débito como dos personas, aunque no sin los avatares lógicos de buscarse el apaño de nuevas perspectivas, incurriendo frecuentemente en faltas posicionales, que se dice, ya que hacían el amor a lo manco, que era lo de menos, si bien para paliarlo habían llegado a ingeniar auténticos artilugios como un sujetateléfonos para ella en plan armónica de Bob Dylan, ya que él no podía desprenderse de su manubrio, y que estuvieron a punto de patentar para una cadena de sexshops que por sus méritos les había ofrecido una franquicia de sus productos, una serie anómala de arpiduques que abandonaron al ver que su excitación era más profunda sin ellos.
Al margen quedaban las bromas de los amigos cuando los llamaban al unísono a los dos números y al día siguiente les decían que habían llamado pero comunicaban; o cuando él cogía el teléfono pensando en ella y resulta que era su madre y al oírle decir que le iba a llevar unos mantecados de vino blanco, le movían sus vergüenzas, pasando él las de Gomorra, ya que al fin y al cabo era su madre, mientras buscaba con rapidez el auricular supletorio que actuaba en él como un alfiler en una ampolla.
Por no hablar también de cuando tenía algún direte con la conyuge y ésta, para asaetearlo como un San Sebastián de yugo y flechas, lo llamaba constantemente para excitarlo y en su soledad de amo de casa abandonarlo al onanismo.
Pero lo sobrellevaban. Hasta que un día se acabó, y nada, que no respondía. Y mira que marcaron el número. Y así un día tras otro, hasta convencerse de que aquello era el nulla carnibus, surgiendo el tormento de las dudas pertinentes, ahora también en ella, que no sabía si es que a él le había descollado ya totalmente la vena artesiana o si ella, de tanto dormir en el mismo colchón, se había hecho de la misma opinión. Y para no comerse más la cabeza, fueron de nuevo al psiquiatra.
Dado que lo suyo parecía irreversible, el terapeuta lo único que les pudo decir fue que denunciasen a la compañía telefónica, argumentando fallos a primera vista en el canal de comunicación con producción de ruido sexual, con el resultado que a la vista estaban.
Anonadados, consultaron con un comunicólogo (no sin antes pagar al psiquiatra) al que en cierta ocasión habían tardado un año en instalarle la línea, y, para su sorpresa, resultó que esa era la tesis más probable del apagón. Y pese al intento de la compañía de eximirse de responsabilidad tratando de endosarles el asunto como un caso claro de hastío e involución sexual –lo que le costó una indemnización extra, por incorrección política–, pudieron presentar el caso por lo criminal imputando a la compañía el móvil como arma del crimen. Y ganaron el pleito. Y no es que volvieran a la normalidad amorosa, pero al menos trincaron una pasta.

Moralejas: Cada móvil tiene su oreja, y detrás de un móvil sexual siempre hay un móvil económico. Y viceversa.