jueves, 28 de mayo de 2015

¡Ay la Virgen!


El hombre postmoderno, que básicamente es aquel que ha sobrevivido a los clásicos, vive entre el desencanto y la esperanza (además de la cocina de autor, quiero decir). Las cuales, junto a la suspensión de la incredulidad, forman las tres patas del voto, ese tripartito, en el que la tercera es clave, ya que desconecta la alerta de la razón contra la cantinela sirénica política, anula el desencantamiento del mundo y reactiva temporalmente la ilusión de lo imposible. 
Sí, ya sabemos que hay mucha hambre...
El milagro es el voto. En realidad un acto de lo más primitivo. Pariente no tan lejano suyo son las romerías, bien sean aquellas en las que se lleva el santo a hombros y corriendo, sean las que se salta la valla en estampida para pisotearse, estrujarse y reventar, con tal de tocar ya en trance a la efigie, o sean esas otras en las que se les llena el manto de billetes, y a otra cosa. Después, la efigie regresa a su santuario, se le echan cuentas al cepillo, y se pide hora en algún comedero vip, porque esto aún no está claro y hay que hablarlo, que ya está bien de insultarnos para entretener a la gurufalla. 
Antes, esa comunión era con carne; ahora son otras viandas. El puto progreso. Es el momento entonces de analistas, comicionistas y otros merodeantes pastelectorales que han de descuartizar la res, pública por supuesto. Lo que tarde la incredulidad en regresar al resto de las reses, más putativas, será directamente proporcional a la longitud del menú y de los acuerdos a los postres, muy importante. 
Por eso es una pena que, al igual que Leticia Savater se ha operado para recuperar el himen, los demás no podamos meternos en un quirófano (al menos por lo público) tras las elecciones para reconstruirnos el hipotálamo, que no es ni una cama baja ni un jergón, ni está ni al final de la espalda, malpensados. 
... pero el voto alimenticio puede ser mortal
Y es que estoy seguro de que, de tanto activar y suspender la credulidad y darle al interruptor, ahora me lo creo, ahora no, uno tiene que acabar pillando algo idiomático (algo a añadir a la idiocia natural), y al no saber la causa, pues te vas a que te vean por lo privado. Y eso es solo el comienzo de todo un viacrucis que, tras sacarte todos los cuartos, te lleva a un curandero, al rabogato y la yerbaluisa, para acabar, ya desahuciado, en un reclinatorio, otro más, en la capilla de alguna virgen, reconstruida o no por la medicina u otras yerbas.  Otra Leticia de palo en definitiva. Y hale, a rogar como un romero. O, para resumir: a la fe por la incredulidad. Y para eso, la verdad, mejor, una de carne y hueso, aunque sea joven, y aunque no sea virgen.

martes, 26 de mayo de 2015

Política postcoito

Un gobernante que se precie ha de saber manejarse entre la mierda. Los purines segregados por la digestión social no son, en puridad, más que el universo donde se incuban las mejores recetas de salud pública. Todo surge de la basura, incluso ellos, y, cómo no, los gestores más determinados suelen ser aquellos que, con un cierto temperamento proclive a la coprofagia, por su tendencia a emular el picoteo aviar, aprovechan las aprensiones de compañeros más tiquismiquis o mejor colocados a la derecha del padre, para salir voluntarios a la caza de gratificación, pues al calorcete del estiércol se medra mejor.
Son una especie de marines pateadores de deposiciones humanas y animales, un nuevo Tercio de Plastas que suma a su gestión de aves carroñeras, por lo depurativo de sus actos, la previsión de mejores condiciones para el porvenir. Y desde ese punto de vista de dioses menores pero no menos importantes, su actividad es completamente bacteriana, y, por aquello de que el oficio crea carácter, algunos llegan a peinarse como ellas, pues este tipo de seres suelen ser finos estilistas, y si no fuera por ellos, que se quedan con la mejor parte, por partirla y repartirla, nadaríamos literalmente en la mierda. Pero como ya he dicho, algunos de ellos tratan de poner las bases para que eso no siga ocurriendo.
Así, los expertos de la cosa, que suelen ser técnicos en aguas limpias que fichan por las sucias, afirman que en cuestión de depuradoras estamos mejor que queremos. Y están en lo cierto. A nuestro alrededor (y no es por ser aguafiestas) existen miles de pozos mouras a los que van a parar las producciones más típicas de uso tópico del genero humano, dicho así para no suscitar arcadas en parturientas o alguno que esté almorzando
Y no es que tales simas se vean rellenadas de continuo con cantidades importantes de tales producciones primigenias, pero ahí están, para unas prisas y para ilustrar el enorme cagadero arrojadizo en que esto se ha convertido, según se progresa, y valga la paradoja, hacia los estadios de civilización que los gobernantes nos iban prometiendo y algunos afirman que ya hemos conseguido.

Si hacemos extensible esta circunstancia, bastante generalizada, y si incluimos además las miles de instalaciones ganaderas y sus derramaderos fecales como ramblas, arroyos, ríos de mierda incontrolados, o controlados pero sin coto, como suelen ser un suponer las mesas electorales, se puede calcular que todo es una inmensa letrina que, con poca o mucha actividad, no es que tire de espaldas sino que más bien infecta e infesta hasta el gin tonic que bebemos, con efectos que se estima duren lustros, siglos, quizá milenios. 
Eso sí, para contrarrestarlo, disponemos de la mejor red de gestores bacterianos preocupados del medio ambiente hasta la desesperación (de los demás, claro). A la vez que unas instalaciones depuradoras modélicas y extendidas por prácticamente todo nuestro excusado (perdón, geografia), que garantizan que las aguas sucias, después de depuradas y pasadas por el Instituo de Estadística, sección electoral, sean teóricamente más consumibles que antes de usarlas, por proceder de un yacimiento que, pese a ser otro inmenso estercolero, como todos, al menos, oye, está bendecido por la estulticia general, que, como se sabe, es santa.

viernes, 22 de mayo de 2015

Transparentes


Si hay una mercancía que haya subido como la espuma en el mercado de futuros político (que no pasa de lonja de carne), esa es la transparencia. Todo un pelotazo si se pudiera enlatar y almacenar y no fuera tan etérea y volátil de suyo. Hasta aquí, cuando a un político español se le pedía transparencia, iba y le compraba a su domadora una négligée, un tisú, o un más práctico salto de cama picardías. 
Rihanna, al mismo enterarse
de la aprobación
de la ley de transparencia.
Pero han llegado las elecciones y esto parece un desfile de Victoria’s Secret, hala, todo a la vista (a pique de envarracarnos y armar un escándalo), ¡viva lo cristalino!, ¡fuera secretos!, que desvelados, ya no lo serán. (Lo cual a los de más de 50 nos hará todavía más invisibles. ‘Ay, la Virgen!) Y tras tanta opacidad, se promete transparencia a carros, a carretas, tiradas por las dos tetas del camelo y la persuasión como sea, desde ese frontispicio mediático dominado por la ruidocracia, el tertulianismo, la faceboocracia y la tuiteritis, que funciona como esas fotos de desnudos colectivos, en las que acaba por difuminarse lo sexual para predominar el magma abigarrado indistinguible, el mogollón. 
Que es lo propio precisamente de los mensajes y discursos electorales, ese carrusel interminable que acaba siendo intercambiable a nuestros ojos y cerebros: Trabajar, hacer, crecer, medrar, trepar, mojar, trincar…; Tu ciudad se lo merece, ¿pero qué hemos hecho?; Cuento contigo, ¿para qué deporte, para el teto?; Es tiempo de izquierda, como si antes fuera de derechas; Ahora (el cambio), ¿se refieren al climático tal vez, o es que no llevan suelto? El poder de la gente, ¿qué es, algún mensaje subliminal de aquel Power to the people johnlenninista, o tal vez un simple cuelgue lenihilista; Gobernar para la mayoría, y a los otros que nos den, o mejor, sí, dejarlo así, no nos gobernéis, por favor. 
Es la misma presión que la puesta en hacernos consumir, y que difumina el voto como opción para convertirlo en obligatorio, lo cual, además de inoperante y signo totalitario es un fascismo en sí mismo. O sea, su negación. Votad, votad, malditos, parecen arrearnos, parafraseando aquella peli basada en un libro de capcioso e inquietante título: ¿Acaso no matan a los caballos? (cuando están reventados, se entiende, como muchos ahora). Y todo, para no se sabe bien qué, pues, Gracia pedida, vela encendida; gracia lograda, ni velas ni nada. Más claro, pues eso.

jueves, 21 de mayo de 2015

lunes, 18 de mayo de 2015

Dios norte, Dios sur

Esto era un meteorólogo que no creía en Santa Bárbara. Bueno, allá él. Y sin embargo le tenía una fe ciega al Meteosat.

Lápida refrán



Votar o no votar: Más vale ser cornudo sin que lo sepa ninguno que no serlo y que lo diga todo el mundo.