La religión no deja de ser un oficio de incrédulos (además de tinieblas).
Y no se trata de una paradoja. Siempre hay algo más aparte del rebaño. Es lo
que define cualquier fe como credo entre líneas: su cara oculta. Como la de una
luna ignota pero intuida.
Hablo, naturalmente, de todo aquel que, dentro del
más preclaro, invariable y natural ateísmo como actitud serena, y no en plan
forzado como el que llega a él desde el reniego o el rencor de sí mismo -he ahí
al militante anticlerical grotesco, ese rastrero atavismo mental-, de vez en
cuando visita, lo más seguro en clase turista, ese mundo en el que quizás un
día estuvo avecindado, o incluso le cabe la circunstancia de serle familiar,
aunque no fuere más que por la expresada por Don Antonio, fe de sus mayores.
Nada.
Una bagatela. Un adarme de nostalgia. Una debilidad consentida desde esa
fidelidad hacia sí mismo como única religión que aparece como flojera ante el
resto y que se la trae al pairo.
Es en esa actitud madura y de libre albedrío, aparentemente
tan anti religiosa, en lo que se basa, no el culto, pero sí la presencia en el
fenómeno religioso, de un caudal guadianesco que en fechas y ocasiones señaladas,
por el calendario o el destino, acude sin complejos con un monto fijo discontinuo
de, no devotos, pero sí fieles (incrédulos), quizá más de sí mismos que del
madero, del que algo sienten tener, como un producto de la historia a la que se
conectan por momentos, pulsiones, fogonazos.
Cada credo, para, reafirmarse, ha
de tener sus furtivos. Y no solo es la Virgen su atavismo favorito. Puede que
la palma se la lleve el Cristo de Medinaceli. Así, hay quien, desde el descreimiento,
va a pedir por un enfermo terminal, por un caso perdido, por un milagro. Y por
primera vez, pisa un templo. Aunque, tras la (semi) decepción, jamás volverá,
siendo curiosamente ese espacio sacro, el que le confirme en su sagrado agnosticismo.
Otros no se cansan, y volverán ya, año tras año a un besapiés como la excepción
que les confirme su regla laica vital. Resulta extravagante. Pero no es más que
la expresión de la diversidad encerrada en cada humano, que, de no existir,
habría de inventarse.