Si hay una mercancía que
haya subido como la espuma en el mercado de futuros político (que no pasa de lonja
de carne), esa es la transparencia. Todo un pelotazo si se pudiera enlatar y
almacenar y no fuera tan etérea y volátil de suyo. Hasta aquí, cuando a un
político español se le pedía transparencia, iba y le compraba a su domadora una
négligée, un tisú, o un más práctico salto
de cama picardías.
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Rihanna, al mismo enterarse de la aprobación de la ley de transparencia. |
Pero han llegado las elecciones y esto parece un desfile de
Victoria’s Secret, hala, todo a la vista (a pique de envarracarnos y armar un
escándalo), ¡viva lo cristalino!, ¡fuera secretos!, que desvelados, ya no lo serán.
(Lo cual a los de más de 50 nos hará todavía más invisibles. ‘Ay, la Virgen!) Y
tras tanta opacidad, se promete transparencia a carros, a carretas, tiradas por
las dos tetas del camelo y la persuasión como sea, desde ese frontispicio
mediático dominado por la ruidocracia, el tertulianismo, la faceboocracia y la
tuiteritis, que funciona como esas fotos de desnudos colectivos, en las que
acaba por difuminarse lo sexual para predominar el magma abigarrado
indistinguible, el mogollón.
Que es lo propio precisamente de los mensajes y
discursos electorales, ese carrusel interminable que acaba siendo
intercambiable a nuestros ojos y cerebros: Trabajar,
hacer, crecer, medrar, trepar, mojar, trincar…; Tu ciudad se lo merece, ¿pero qué hemos hecho?; Cuento contigo, ¿para qué deporte, para
el teto?; Es tiempo de izquierda,
como si antes fuera de derechas; Ahora (el cambio), ¿se refieren al climático tal vez, o es que no llevan suelto? El poder de la gente, ¿qué es, algún mensaje subliminal de aquel
Power to the people johnlenninista, o tal vez un simple cuelgue lenihilista; Gobernar para la mayoría, y a los otros
que nos den, o mejor, sí, dejarlo así, no nos gobernéis, por favor.
Es la misma
presión que la puesta en hacernos consumir, y que difumina el voto como opción
para convertirlo en obligatorio, lo cual, además de inoperante y signo totalitario
es un fascismo en sí mismo. O sea, su negación. Votad, votad, malditos, parecen
arrearnos, parafraseando aquella peli basada en un libro de capcioso e
inquietante título: ¿Acaso no matan a los
caballos? (cuando están reventados, se entiende, como muchos ahora). Y todo,
para no se sabe bien qué, pues, Gracia
pedida, vela encendida; gracia lograda, ni velas ni nada. Más claro, pues eso.